Archivo mensual: noviembre 2015

Primer Domingo de Adviento, Noviembre 29, 2015, Año C

Los verdaderos profetas

infunden esperanza

 

Introducción

 

Caerse de brazos, ceder ante el poder abrumador del pecado que domina en el mundo y en nosotros es una tentación peligrosa.

 

Son profetas de mal agüero los que repiten: “No vale la pena comprometerse, nada va a cambiar”; “no hay nada que hacer, el mal es demasiado fuerte”; “el hambre, las guerras, la injusticia, el odio siempre existirán”.

 

No hay que escuchar a estos agoreros. Los que, como Pablo, “han asimilado la mente de Cristo” (1 Cor 2,16), ven la realidad con otros ojos, ven el mundo nuevo que está emergiendo y con optimismo anuncian a todos: “Ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43,19).

 

En nuestra vida personal descubrimos fracasos, miserias, debilidades, infidelidad. No podemos desprendernos de defectos y malos hábitos. Las pasiones ingobernables nos dominan, nos vemos obligados a adaptarnos a una vida de compromisos dolorosos e hipocresías humillantes. Los miedos, decepciones, lamentaciones, experiencias infelices nos quitan la sonrisa. ¿Será posible recuperar la confianza en nosotros mismos y en los demás? ¿Podrá alguien darnos serenidad, confianza y paz?

 

No hay ninguna situación de esclavitud de la que el Señor no pueda librarnos, no hay abismo de culpabilidad del que no nos pueda sacar. Él sólo espera que tomemos conciencia de nuestra condición y recordemos las palabras del salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Estoy seguro: el Señor realizará las promesas de bienestar que ha hecho”.

 

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Cristo Rey, Año B (22 de Noviembre 2015)

El triunfo de los vencidos

 

Introducción

 

“Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mando azotar. Y los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto rojo, y acercándose a él, le decían: ¡Salud, Rey de los Judíos!. Y le pegaban en la cara” (Jn 19,1-3).

 

¿Cómo es que Jesús no reaccionó como lo hizo cuando fue golpeado por al siervo del sumo sacerdote? (cf. Jn 18,23)

 

La entronización de un rey de parodia era un juego muy conocido en la antigüedad. Un prisionero que a los pocos días sería ajusticiado, venía revestido de insignias reales y tratado como emperador. Una burla cruel, a la que Jesús también fue sometido.

 

En la escena descrita por Juan aparecen todos los elementos que caracterizan la entronización de un emperador: la corona, el manto de purpura, las aclamaciones. Es la parodia de la realeza y Jesús la acepta porque demuestra de la manera más explícita cuál es su juicio sobre la ostentación de poder y la búsqueda de la gloria de este mundo. La ambición de sentarse en un trono para recibir honores e inclinaciones es para él una farsa, aunque sea, por desgracia, la comedia más común y grotesca recitada por los hombres.

 

En la escena final del proceso (cf. Jn 19,12-16), Pilato conduce fuera a Jesús, y lo hace sentar sobre una tribuna elevada. Es mediodía y el sol está en su cenit cuando, frente a todo el pueblo, señalando a Jesús coronado de espinas y cubierto con el manto de púrpura, proclama: “Ahí tienen a su Rey”. Es el momento de la entronización, es la presentación del soberano del nuevo reino, el reino de Dios.

 

Para los judíos, la propuesta es tan absurda que les supo a provocación, de ahí que, furiosos, reaccionan indignados: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Jn 19,15). Un rey así no quieren ni verlo, decepciona todas las expectativas y es un insulto al sentido común.

 

Jesús está allí, en alto, para que todos lo puedan contemplar, iluminado por el sol que brilla en todo su esplendor; está en silencio, no añade nada a la burla porque ya ha quedado todo explicado. Espera solamente que cada uno se pronuncie y haga su elección.

 

Uno se puede decidir por las grandezas, por los reinados de este mundo, o bien seguirle a Él, renunciando a todos los bienes y aceptando la derrota por amor. De esta elección dependerá el éxito o el fracaso de una vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Reinar con Cristo, nos convierte en siervo de los hermanos con él”.

 

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XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (15 de Noviembre 2015)

A invierno más duro,

más fructífera la nueva estación

 

Introducción

 

Estamos asistiendo en nuestro mundo de hoy a constantes progresos científicos y tecnológicos, al aumento de la sensibilidad hacia valores más altos, pero nos producen consternación y profundo malestar las injusticias planetarias, las guerras, los bruscos vaivenes políticos, económicos y sociales. Colapsan ideologías consideradas inmunes al paso del tiempo, vienen a menos las certezas, desaparecen de escena personalidades de la política, caen en el olvido atletas y estrellas del espectáculo tan pronto como se apagan los reflectores y las cámaras que los enfocaban. Todo es discutible. Incluso los dogmas son revisados y reinterpretados; ciertas prácticas religiosas que parecían indispensables e insustituibles, se revelan viejas y gastadas, su tiempo pasó y han sido abandonadas.

 

Frente a estas turbulencias, algunos se rebelan, otros se resignan, muchos se desaniman y piensan que hemos llegado al final de todo, incluso de la fe. ¿Cómo evaluar estas realidades? ¿Cómo comportarse frente a acontecimientos tan alarmantes? ¿Cómo participar en el día a día de este mundo que nos rodea: con ansiedad y miedo o con compromiso y esperanza?

 

Los afanes, dolores y sufrimientos del agonizante son preludio de una muerte inminente, los dolores de parto de una mujer anuncian el comienzo de una nueva vida.

 

Jesús nos ha mostrado la perspectiva justa: “Cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación” (Lc 21,28).

 

En un mundo que parece condenado a la ruina atrapado en su propia espiral de violencia, el no creyente baja la cabeza y se desespera convencido de que nos estamos acercando al final; el creyente permanece firme y erguido en medio de la prueba, alza la cabeza y en cada grito de dolor sabe que “la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto” (Rom 8,22). En todo lo que sucede, capta el preludio no de la muerte sino de un acontecimiento gozoso: el nacimiento de una nueva humanidad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El destino del mundo esta en las manos de Dios, por eso alzo la mirada”.

 

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XXXII Domingo del Tiempo Ordinario, Año B (8 de Noviembre 2015)

¿Cuánto vale el reino de los cielos?

 

Introducción

 

Son frecuentes las exhortaciones de la Biblia a la limosna: “El honrado da sin tacañerías” (Prov 21,26); “Da tu pan al hambriento y tu ropa al desnudo. Da de limosna cuanto te sobre y no seas tacaño en tus limosnas” (Tb 4,16).

 

Si hay un precio que pagar para entrar en el reino de los cielos, ¿cuánto cuesta? ¿Será suficiente dar algo como limosna? En una célebre homilía (Hom. en Ev. 5,1-3), el Papa Gregorio Magno (590-614) aborda el tema y responde: “El reino de Dios no tiene precio; vale todo lo que tienes”; luego ilustra su afirmación con algunos ejemplos tomados del evangelio.

 

En el caso de Zaqueo, la entrada en el reino de los cielos fue pagada con la mitad de los bienes que poseía, ya que la otra mitad la había gastado en retribuir cuatro veces más a los que había defraudado (cf. Lc 19,8). En el caso de Pedro y Andrés, el reino de los cielos vale las redes y la barca, ya que los dos hermanos no tenían otra cosa (cf. Mt 4,20).

 

La viuda lo compró por mucho menos: sólo dos moneditas (cf. Lc 21,2). Algunos entran incluso ofreciendo sólo un vaso de agua fresca (cf. Mt 10,42). El precio a pagar es fácil de establecer: el reino de Dios vale todo lo que tienes, por poco o mucho que sea.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El reino de Dios es un tesoro que no tiene precio, para conseguirlo hay que darlo todo”.

 

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