XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (15 de Noviembre 2015)

A invierno más duro,

más fructífera la nueva estación

 

Introducción

 

Estamos asistiendo en nuestro mundo de hoy a constantes progresos científicos y tecnológicos, al aumento de la sensibilidad hacia valores más altos, pero nos producen consternación y profundo malestar las injusticias planetarias, las guerras, los bruscos vaivenes políticos, económicos y sociales. Colapsan ideologías consideradas inmunes al paso del tiempo, vienen a menos las certezas, desaparecen de escena personalidades de la política, caen en el olvido atletas y estrellas del espectáculo tan pronto como se apagan los reflectores y las cámaras que los enfocaban. Todo es discutible. Incluso los dogmas son revisados y reinterpretados; ciertas prácticas religiosas que parecían indispensables e insustituibles, se revelan viejas y gastadas, su tiempo pasó y han sido abandonadas.

 

Frente a estas turbulencias, algunos se rebelan, otros se resignan, muchos se desaniman y piensan que hemos llegado al final de todo, incluso de la fe. ¿Cómo evaluar estas realidades? ¿Cómo comportarse frente a acontecimientos tan alarmantes? ¿Cómo participar en el día a día de este mundo que nos rodea: con ansiedad y miedo o con compromiso y esperanza?

 

Los afanes, dolores y sufrimientos del agonizante son preludio de una muerte inminente, los dolores de parto de una mujer anuncian el comienzo de una nueva vida.

 

Jesús nos ha mostrado la perspectiva justa: “Cuando comience a suceder todo esto, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación” (Lc 21,28).

 

En un mundo que parece condenado a la ruina atrapado en su propia espiral de violencia, el no creyente baja la cabeza y se desespera convencido de que nos estamos acercando al final; el creyente permanece firme y erguido en medio de la prueba, alza la cabeza y en cada grito de dolor sabe que “la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto” (Rom 8,22). En todo lo que sucede, capta el preludio no de la muerte sino de un acontecimiento gozoso: el nacimiento de una nueva humanidad.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El destino del mundo esta en las manos de Dios, por eso alzo la mirada”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Daniel 12,1-3

 

12,1: Por aquel tiempo, se levantará Miguel, el arcángel que se ocupa de tu pueblo: serán tiempos difíciles, como no los hubo desde que existen las naciones hasta ahora. Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. 12,2: Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua. 12,3: Los maestros brillarán como brilla el firmamento, y los que convierten a los demás, resplandecerán como estrellas, perpetuamente. – Palabra de Dios

 

 

A partir del siglo II antes de Cristo se difunde en Israel un movimiento cultural, denominado apocalíptico, caracterizado por el interés en la historia del mundo y la reflexión sobre el destino de todos los imperios. Los apocalípticos estaban convencidos de que el mundo no iba a mejor sino a peor, precipitándose en medio de terribles convulsiones hacia la muerte y la desaparición. Dios haría surgir de sus cenizas un mundo nuevo que les tocaría en suerte a los justos. Comenzaría una nueva era, la era dorada de la mitología griega, tiempos de paz, de bendiciones y prosperidad, en un reino gobernado directamente por el Señor.

 

Este anuncio de alegría y esperanza que constituye el mensaje central de la literatura apocalíptica, viene comunicado por los autores apocalípticos a través de un lenguaje obscuro y misterioso en el que todo tiene un valor simbólico: números, colores, animales salvajes, ropajes, partes del cuerpo, personajes. Son revelaciones transmitidas por medio de visiones, alegorías e imágenes que no hay que tomar literalmente (como hacen los testigos de Jehová), sino que deben ser cuidadosamente decodificadas.

 

El uso de este lenguaje tuvo su auge en tiempos de Jesús, por lo que no debe extrañarnos que también el Maestro lo haya empleado y que lo encontremos en todos los libros del Nuevo Testamento, no solo en el último que lleva el nombre de Apocalipsis.

 

El Libro de Daniel, del que ha sido sacado el texto de hoy, está considerado como el primero de los apocalípticos. Fue escrito en una época muy turbulenta par Israel, la de la confrontación entre la cultura helenística, impuesta a la fuerza por el rey Antíoco IV, y las tradiciones patrias defendidas por el movimiento de los Macabeos. Esta confrontación se convirtió en el símbolo de la lucha entre el bien y el mal.

 

Como todos los apocalípticos, el autor del libro de Daniel dirige al pueblo perseguido bajo la opresión del tirano un llamamiento a mantenerse firme en la prueba y anuncia un mensaje de esperanza: el reino del mal toca ya su fin y el reino celeste está a punto de surgir.

 

El texto comienza con una referencia a la gran angustia por la que atraviesa el pueblo, constatando que, desde el surgir de las naciones, nunca ha habido un tiempo tan desgraciado (v. 1), para anunciar, seguidamente, la intervención del gran príncipe, Miguel (1).

 

Se pensaba, por entones, que el Señor disponía en el cielo de una corte formada por ángeles, llamados “hijos de Dios” (cf. Dt 32,8) e incluso de un “ejercito celestial (cf. Dt 4,18). A cada uno de estos ángeles le había sido confiado un pueblo para protegerlo y garantizar la justicia.

 

Miguel era el ángel tutelar de Israel y el símbolo de las fuerzas del bien que luchaban contra las del mal. Ya en el libro de Daniel había aparecido este ángel tutelar en conflicto con el ángel tutelar de Persia (cf. Dn 10,21). Estamos claramente frente a imágenes que hay que decodificar para captar su significado.

 

Miguel significa “¿Quién como Dios?” La respuesta es obvia: ¡nadie!, porque nadie puede estar a la altura del Señor, Dios de Israel. Es frecuente en la Biblia la afirmación: “Yo soy el Señor, fuera de mi no hay salvador” (Is 43,11; cf. Os13,4). Nadie, aparte de Dios, puede conducir a la salvación e Israel lo ha ya experimentado. Cada vez que ha abandonado al Señor y confiado en otros dioses, invariablemente se ha buscado la propia ruina, ha sido esclavizado, deportado al exilio, ha visto su tierra devastada. Solo cuando en el mundo triunfará Miguel, es decir, cuando los hombres repudien todos los ídolos y se convenzan finalmente de que no hay nadie como Dios, surgirá en mundo nuevo.

 

Con mirada de profeta, el vidente del libro de Daniel escruta el futuro y vislumbra la llegada de una nueva era en la que todos los dioses desaparecerán como humo y el poder será entregado al verdadero y único Dios, simbolizado en la figura de Miguel.

 

El reino celeste aparecerá, pero un enigma continúa aún sin resolver: ¿Qué será de aquellos que han preferido morir a manos del perseguidor antes que renegar se su fe? Es ésta la pregunta que se plantean los israelitas que padecen la opresión de Antíoco IV en el siglo II a.C.

 

El vidente responde: todos los justos que duerman en el polvo de la tierra despertarán y participarán en la alegría del reino de Dios (v. 2) y los que han proclamado la verdad y defendido la justicia brillarán como estrella del cielo (v. 3).

 

Es ésta la primera afirmación clara sobre la resurrección que encontramos en la Biblia. Ninguna fatiga habrá sido en vano; ninguna lágrima, ningún dolor, ningún sacrificio habrá sido inútil.

 

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Segunda Lectura: Hebreos 10,11-14.18

 

10,11: Hermanos: Todo sacerdote se presenta a oficiar cada día y ofrece muchas veces los mismos sacrificios, que nunca pueden quitar pecados. 10,12: Cristo, en cambio, después de ofrecer un único sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la derecha de Dios 10,13: y se queda allí esperando a que pongan a sus enemigos como estrado de sus pies. 10,14: Porque con un solo sacrificio llevó a perfección definitiva a los consagrados. 10,18: Ahora bien, si son perdonados, ya no hace falta ofrenda por el pecado. – Palabra de Dios

 

 

Desde los tiempos más remotos, el pecado ha provocado en el hombre un profundo malestar interior; la violación de las normas morales será siempre motivo de angustia e inquietud. Las enfermedades, las desgracias, las calamidades y la muerte han sido atribuidas a las trasgresiones de los mandatos de la divinidad.

 

Para librarse de la contaminación del mal se han establecido ritos, se ha recurrido a la inmersión en los ríos sagrados, a la aspersión con agua y sangre de animales.

 

Israel ha heredado muchas de estas prácticas de las tradiciones de otros pueblos. Los sacerdotes ofrecían continuamente en el Templo sacrificios a Dios para espiar los pecados del pueblo. ¿Lograban, sin embargo, su objetivo? No, responde la lectura de hoy. Las purificaciones eran ineficaces porque la sangre de los animales no puede limpiar el corazón del hombre (v. 11) Solamente el sacrificio de Cristo puede llevar a cabo esta purificación. Ofrecido una vez para siempre, ha liberado realmente a los hombres de sus culpas (v. 12)

 

Frente a esta clara afirmación surge espontáneamente la pregunta ¿Cómo es así que el pecado continúa estando presente no solamente entre los paganos sino también entre los cristianos? El autor de la carta a los hebreos da la respuesta: aunque la suerte de todos los enemigos del bien está ya establecida, éstos no han sido completamente sometidos bajo los pies de Cristo (v. 13); es necesario esperar a que su victoria se manifieste plenamente.

 

Sin embargo, quien está convencido de que el mal ha sido ya derrotado por la muerte y resurrección de Cristo, no puede angustiarse, aunque se vea obligado a admitir que continúan existiendo en el mundo la maldad, la miseria y el pecado. Quien se deja llevar del pánico frente a un enemigo ya vencido demuestra tener una fe muy débil (vv. 14.18).


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Evangelio: Marcos 13,24-32

 

13,24: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: En aquellos días, después de esa tribulación el sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, 13,25: las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán. 13,26: Entonces verán llegar al Hijo del Hombre entre nubes, con gran poder y gloria. 13,27: Y enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos desde los cuatros vientos, de un extremo de la tierra a un extremo del cielo. 13,28: Aprendan del ejemplo de la higuera: cuando las ramas se ablandan y brotan las hojas, saben que está cerca la primavera. 13,29: Lo mismo ustedes, cuando vean suceder aquello, sepan que el fin está cerca, a las puertas. 13,30: Les aseguro que no pasará esta generación antes de que suceda todo eso. 13,31: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 13,32: En cuanto al día y la hora, no los conoce nadie, ni los ángeles en el cielo, ni el hijo; sólo los conoce el Padre. Palabra del Señor

 

 

Cuando Marcos escribe esta página de su evangelio, el imperio romano se debate en medio de guerras, pestilencias, calamidades y carestías. Las comunidades cristianas son golpeadas por la persecución y, profundamente turbadas, no logran captar el sentido de lo que está sucediendo. Esta crítica situación enciende la fantasía de algunos fanáticos quienes, recurriendo al anuncio de la destrucción del templo de Jerusalén hecha por Jesús, difunden sus previsiones sobre una inminente catástrofe, el final de todo lo creado y el regreso de Cristo sobre las nubes del cielo.

 

La serenidad de las comunidades se ve afectada y el evangelista se siente en el deber de intervenir. A fin de ayudar a los cristianos a situar los acontecimientos en su justa perspectiva, intercala en su libro un capítulo, el 13, que quizás inicialmente no estaba programado, en el que refiere las palabras iluminadoras del Maestro sobre este tema apocalíptico.

 

Recomienda, ante todo, no dejarse engañar por los discursos insensatos de aquellos que predican el inminente fin del mundo: “¡Cuidado que nadie los engañe! Cuando oigan ruidos de guerra, no se alarmen. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final. Porque se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino. Habrá terremotos en diversos lugares y carestías. Es el comienzo de los dolores de parto” (Mc 13,5-8).

 

No será el fin, sino el comienzo de los dolores. ¿Qué quiere decir esto? ¿Una intensificación del dolor? ¿Una dramática agonía del mundo, preludio de la muerte de todo lo creado o un nuevo nacimiento después de los dolores de parto? Marcos responde a estas preguntas con las palabras del Maestro que nos trae el evangelio de hoy.

 

El texto comienza con las imágenes típicas de la literatura apocalíptica: “El sol se oscurecerá, la luna no irradiará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y los ejércitos celestes temblarán” (vv. 24-25).

 

Todos los pueblos del antiguo Medio Oriente consideraban como divinidades a los astros del firmamento, pensaban que de ellos dependían los acontecimientos del mundo y que, por tanto, podían favorecer la vida o provocar desventuras y calamidades, por lo que les dirigían plegarias y ofrecían sacrificios.

 

Moisés había recomendado a su pueblo: “Al levantar los ojos al cielo y ver el sol, la luna y las estrellas, el ejército entero del cielo, no te dejes arrastrar a arrodillarte ante ellos y rendirles culto; porque son la parte que el Señor, tu Dios, ha repartido a todos los pueblos bajo el cielo” (Dt 4,19).

 

Los profetas habían condenado severamente el culto a los astros, dioses engañosos, ídolos que atraían la mirada estupefacta de los hombres, haciéndoles caer de rodilla en adoración; habían anunciado que se apagarían y asegurado su caída. “Las estrellas del cielo  y las constelaciones no destellan su luz, se entenebrece el sol al salir, la luna no irradia su luz”; “El cielo se enrolla como un pliego y se marchitan sus ejércitos como se marchita el follaje de la vid, como se marchita la hoja de la higuera” (Is 13,10; 34,4).

 

No eran presagios de desventuras sino oráculos destinados a infundir alegría y esperanza. Isaías no pretendía profetizar un futuro caos de las fuerzas cósmicas, sino que el mundo pagano, representado por estos astros, sería aniquilado y que los hombres serían liberados de servir a los ídolos.

 

Jesús retoma estas Imágenes no para asustar a sus discípulos sino para consolarlos. Las pestilencias, las carestías, la violencia y las persecuciones que deben afrontar son signos de un mundo todavía dominado por el maligno, no obstante, el fin de esta realidad penosa ha sido ya decretado y su declinar ha ya comenzado.

 

Inmediatamente después del eclipse de estos ídolos opresores, he aquí que aparecerá entre las nubes del cielo y con gran potencia y gloria el Hijo del hombre para instaurar el reino (v. 26). Todo ídolo que se desploma marca un replegarse del maligno, es un paso hacia adelante del reino de Dios; toda luz engañosa que se apaga es una victoria de lo humano sobre lo inhumano.

 

En este punto, Jesús introduce una nueva imagen apocalíptica: el Hijo del hombre: “Enviará a los ángeles para que reúnan a sus elegidos desde los cuatro vientos, desde un extremo de la tierra hasta un extremo del cielo” (v. 27). Parece el preludio a la escena del juicio final descrita en el evangelio de San Mateo. Se le corta a uno la respiración  esperando que Jesús pronuncie su sentencia: el Hijo del hombre “separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras…” (Mt 25,31-46).

 

El significado de la imagen de los ángeles que reúnen a los elegidos desde los cuatro vientos, es completamente diverso. No se trata del anuncio de un juicio, no es señal de ningún castigo. El mensaje es todo lo contrario a una amenaza, es la respuesta consoladora dada por Marcos a sus comunidades que están atravesando un momento dramático. Son perseguidas y sufren toda clase de abusos, algunos cristianos han sufrido la muerte y, por desgracia, existen entre ellos –y este es el aspecto más doloroso de la situación– divisiones y discordias; algunos incluso traicionan a los hermanos en la fe, denunciándolos y acusándolos ante los tribunales paganos. Han quedado lejos los tiempos en que los discípulos eran “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32), ahora se sienten a merced de las fuerzas del mal, como hojas arrojadas por vientos impetuosos (cf. Is 64,5), están desconcertados e incapaces de reaccionar.

 

A estos cristianos a punto de tirar la toalla, Marcos les recuerda la promesa de Jesús: el Hijo del hombre no permitirá que se dispersen; por medio de sus ángeles los reunirá desde los cuatro vientos –símbolo de los cuatro puntos cardinales– es decir, de toda la tierra.

 

La imagen es bíblica y aparece ya en boca de Moisés: “El Señor tu Dios te reunirá sacándote de todos los pueblos por donde te dispersó; aunque tus dispersos se encuentren en los cofines del cielo, el Señor tu Dios te reunirá, te recogerá allí” (Dt 30,3-4).

 

La reunión de los discípulos no será en vistas a rendir cuentas, sino para su salvación. A los ángeles hay que identificarlos por sus referencias bíblicas. El término ángel no designa necesariamente un ser espiritual, como generalmente se cree; indica todo mediador de la salvación de Dios; se aplica en la Biblia a todo aquel que se convierta en instrumento en manos de Dios en favor del hombre. Moisés que ha guiado a Israel en el desierto es llamado “ángel” (cf. Ex 23,20.23), el Bautista viene presentado al comienzo del evangelio de Marcos como un “ángel” (cf. Mc 1,2). Ángeles del Señor son todos aquellos que colaboran con el plan de Dios.

 

La salvación de los hermanos del rechazo de la fe y de la dispersión, no se debe a una portentosa intervención de Dios, sino que se lleva a cabo a través de la mediación de ángeles, los discípulos, que en la hora de la prueba han sabido mantenerse firmes en la fe. Ellos son los ángeles encargados de reunir a los hermanos en la unidad de la iglesia.

 

El mensaje es, por tanto, de gozo y de esperanza: ni uno de los elegidos será olvidado, ninguno se perderá. La sugestiva imagen del violento temporal que amedrenta y dispersa a los polluelos y de la gallina que los llama y los pone al seguro bajo sus alas (cf. Mt 23,37) sea quizás la mejor ilustración de este mensaje.

 

La segunda parte del episodio (vv. 28-32) responde a la pregunta que surge espontanea después de haber oído el consolador anuncio de que el reino del mal ha llegado a su fin y de que el Hijo del hombre reunirá a los elegidos en su reino: ¿Cuándo sucederá esto? La humanidad está harta de sufrir, de soportar las injusticias de los malvados, de constatar que el mal continúa insinuándose en el mundo y en todo hombre.

 

La respuesta viene dada con la imagen de la higuera (v. 28), el último de los árboles en echar hojas. Cuando éstas comienzan a despuntar, el campesino siente que ya se está aproximado el verano y se alegra pensando en la abundante cosecha.

 

Solo el Padre y nadie más, conoce el día y la hora en que el reino de Dios alcanzará su pleno cumplimiento (v. 32). No obstante, hay signos evidentes indicando que el momento decisivo se está acercando. Los cristianos han de cultivar la sensibilidad y tener la mirada atenta del agricultor que sabe percibir en todo lo que ocurre los signos de la nueva estación.

 

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Categorías: Ciclo B | 1 comentario

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Un pensamiento en “XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Año B (15 de Noviembre 2015)

  1. Primy Ruiz

    Hago un catequesis con los ancianos de un residencia y me ha venido fenomenal .Saludos .

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