Cristo Rey, Año B (22 de Noviembre 2015)

El triunfo de los vencidos

 

Introducción

 

“Entonces Pilato se hizo cargo de Jesús y lo mando azotar. Y los soldados entrelazaron una corona de espinas y se la pusieron en la cabeza y lo vistieron con un manto rojo, y acercándose a él, le decían: ¡Salud, Rey de los Judíos!. Y le pegaban en la cara” (Jn 19,1-3).

 

¿Cómo es que Jesús no reaccionó como lo hizo cuando fue golpeado por al siervo del sumo sacerdote? (cf. Jn 18,23)

 

La entronización de un rey de parodia era un juego muy conocido en la antigüedad. Un prisionero que a los pocos días sería ajusticiado, venía revestido de insignias reales y tratado como emperador. Una burla cruel, a la que Jesús también fue sometido.

 

En la escena descrita por Juan aparecen todos los elementos que caracterizan la entronización de un emperador: la corona, el manto de purpura, las aclamaciones. Es la parodia de la realeza y Jesús la acepta porque demuestra de la manera más explícita cuál es su juicio sobre la ostentación de poder y la búsqueda de la gloria de este mundo. La ambición de sentarse en un trono para recibir honores e inclinaciones es para él una farsa, aunque sea, por desgracia, la comedia más común y grotesca recitada por los hombres.

 

En la escena final del proceso (cf. Jn 19,12-16), Pilato conduce fuera a Jesús, y lo hace sentar sobre una tribuna elevada. Es mediodía y el sol está en su cenit cuando, frente a todo el pueblo, señalando a Jesús coronado de espinas y cubierto con el manto de púrpura, proclama: “Ahí tienen a su Rey”. Es el momento de la entronización, es la presentación del soberano del nuevo reino, el reino de Dios.

 

Para los judíos, la propuesta es tan absurda que les supo a provocación, de ahí que, furiosos, reaccionan indignados: “¡Fuera, fuera, crucifícale!” (Jn 19,15). Un rey así no quieren ni verlo, decepciona todas las expectativas y es un insulto al sentido común.

 

Jesús está allí, en alto, para que todos lo puedan contemplar, iluminado por el sol que brilla en todo su esplendor; está en silencio, no añade nada a la burla porque ya ha quedado todo explicado. Espera solamente que cada uno se pronuncie y haga su elección.

 

Uno se puede decidir por las grandezas, por los reinados de este mundo, o bien seguirle a Él, renunciando a todos los bienes y aceptando la derrota por amor. De esta elección dependerá el éxito o el fracaso de una vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Reinar con Cristo, nos convierte en siervo de los hermanos con él”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Daniel 7,13-14

 

7,13: Mientras miraba, en la visión nocturna, vi venir en las nubes del cielo una figura humana, que se acercó al anciano y fue presentada ante él. 7,14: Le dieron poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin. – Palabra de Dios

 

 

El capítulo del que se han sacado los dos versículos de la lectura de hoy se abren con una dramática visión nocturna. Del océano, que en el antiguo Medio Oriente era el símbolo del mundo hostil y del caos, emergen cuatro enormes bestias: un león, un oso, un leopardo y una cuarta bestia espantosa y terrible, de fuerza excepcional; todo lo tritura con sus dientes de hierro (cf. Dn 7,2-8).

 

El lenguaje y las imágenes son de la literatura apocalíptica; las referencias y alusiones apuntan a la historia de los pueblos vecinos.

 

El simbolismo de las cuatro ferias es explicado por el propio autor (cf. Dn 7,17-27). Representa a los cuatro grandes imperios que se han sucedido el uno al otro y que han oprimido al pueblo de Dios. El león indica al sanguinario reino de Babilonia, la maldita. El oso es la imagen de la gente de Media, voraz y siempre pronto a agredir; el leopardo de cuatro cabezas es el símbolo de los persas que miran en todas direcciones al acecho de la presa. La cuarta bestia, la más espantosa de todas, representa el reinado de Alejandro Magno y sus cuatro sucesores. De éstos, uno es particularmente siniestro, Antíoco IV, el perseguidor de los santos fieles a la ley de Dios. Él tiene el poder justo en el momento en el que se escribió el libro de Daniel.

 

La historia de Israel ha sido un sucederse de reinos crueles y despiadados con los débiles. Han violado los derechos de los pueblos y se han impuesto a sí mismos por la violencia, se han comportado como bestias.

 

¿Será el mundo siempre víctima de conquistadores arrogantes que hacen de la fuerza su dios? ¿Asistirá el Señor indiferente a la opresión de su pueblo?

 

Al vidente le es dado contemplar otra escena grandiosa: en el cielo vienen colocados unos tronos y un anciano, que representa al mismo Dios, se sienta para juzgar y pronuncia la sentencia: a las bestias les viene quitado del poder, y la última es matada, despedazada y arrojada al fuego (cf. Dn 7,9-12). ¿Qué sucede después?

 

Es aquí que comienza nuestra lectura de hoy. Daniel continúa su revelación: “Mientras miraba en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo una figura humana que se acercó al anciano y fue presentada a él” (v. 13), a quien el anciano, Dios, confiere el poder, la gloria y el reino.

 

Hijo del hombre es una expresión que significa simplemente hombre. Después de tantas bestias, finalmente aparece un hombre. El hombre es imagen de Dios y su vocación es dominar a los animales (cf. Gn 1,28; Sal 8,7-9).

 

¿Quién es este? ¿A quién representa? No viene del mar como los cuatro monstruos, sino del cielo, es decir, de Dios. El autor del libro de Daniel no se refería a un solo individuo, sino a Israel que después de la gran tribulación desatada por Antíoco IV, recibiría de Dios un reino eterno, un reino que nunca conocería el ocaso. Todas las otras naciones le serán sometidas sin opresión alguna porque el rey tendrá un corazón de hombre.

 

Con esta profecía, escrita durante la persecución del malvado Antíoco IV (167-164 a.C.), el autor ha querido infundir ánimo y esperanza en las personas piadosas de su pueblo. La opresión está ya llegando al final; unos años más, y Dios le daría a Israel el dominio del mundo.

 

¿Cuándo se cumplió esta profecía? Dos o tres años después, Israel conquistó de hecho su independencia política. ¿Había llegado, por tanto, el reino del “Hijo del hombre? Como siempre, cuando la autoridad es entendida como el poder y dominación, también los nuevos libertadores, los Macabeos, pronto se convirtieron a su vez en opresores y explotadores.

 

La profecía se ha cumplido sólo con la venida de Jesús, el “hijo del hombre”, que ha dado comienzo al reinado de los santos del Altísimo (cf. Mc 14,62). Todos los reinos que se han sucedido antes de él, se han inspirado en el mismo principio brutal: la confrontación. El fuerte ha subyugado al débil, el rico se ha impuesto al pobre, el más capaz ha reducido a servidumbre al menos dotado. Nuevos déspotas se instalaron en el lugar de sus predecesores, sin volver más humana la convivencia de los pueblos sino, por el contrario, deshumanizándola aún más, porque los pensamientos y sentimientos siguieron siendo los mismos: voracidad, codicia, crueldad y prepotencia.

 

Jesús ha interrumpido para siempre este sucederse de imperios feroces, ha dado un vuelco a los valores poniendo en el vértice no el poder sino el servicio. Ha introducido un nuevo criterio, el del corazón humano, que es lo opuesto al corazón cruel de las bestias.

 

Contaban los rabinos que, en una noche oscura, un hombre encendió una lámpara, pero el viento la apagó. La encendió por segunda vez y luego una tercera, pero de nuevo fue apagada. Después se dijo a sí mismo: esperaré a que salga el sol. Del mismo modo Israel fue liberado de Egipto, pero su libertad fue apagada por los babilonios; se salvó de nuevo, pero se vio abrumado rápidamente por los medos, los persas y los griegos. Entonces dijo: esperaré el sol, el reinado del Mesías.

 

Los hebreos están todavía esperando que surja esta luz. También nosotros la esperamos porque todavía no brilla con en todo su esplendor, pero sabemos que ha surgido ya: es Jesús de Nazaret, cuyo reino “brilla como la aurora que se va esclareciendo hasta pleno día” (Pr 4,18).

 

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Segunda Lectura: Apocalipsis 1,5-8

 

1,5: A Jesucristo, el testigo fidedigno, el primogénito de los muertos, el Señor de los reyes del mundo. Al que nos ama y nos libró con su sangre de nuestros pecados, 1,6: e hizo de nosotros un reino, sacerdotes de su Padre Dios, a él la gloria y el poder por los siglos de los siglos amén. 1,7: Mira que llega entre las nubes: todos los ojos lo verán, también los que lo atravesaron; y todas las razas del mundo se darán golpes de pecho por él. Así es, amén. 1,8: Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios, Aquel que es, que era y que será, el Todopoderoso. – Palabra de Dios

 

 

Des Patmos, minúscula isla del Egeo, un cristiano exiliado “a causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesús” (Ap 1,9), escribe a siete iglesias de Asia Menor, sacudidas por la persecución desatada por Domiciano, para exhortarlas a que perseveren en su fe.

 

Nuestro pasaje, tomado del prólogo de las siete cartas que constituyen la primera parte del libro de Apocalipsis, comienza con una referencia a Jesús, a quien le son atribuidos cuatro títulos significativos: Cristo, testigo fiel, primogénito de entre los muertos, príncipe de los reyes de la tierra (v. 5).

 

Hoy nos preocupa sobre todo el último, príncipe de los reyes de la tierra, porque es una invitación a evaluar con nuevos ojos la historia del mundo. Todos miraban al emperador de Roma como el árbitro de los destinos de los pueblos, el hombre omnipotente que se consideraba como un dios y llenaba todo el imperio de estatuas suyas. Y sin embargo, no era él el que regía el destino del mundo: él estaba sometido a un soberano superior, a Cristo, a quien el Padre le había consignado el reino que ya nadie será capaz de destruir.

 

El poderío de un imperio se mide, ante todo, por las dimensiones del territorio sobre el que se extiende. El reino de Cristo no ocupa ningún espacio geográfico, no se basa en demostraciones de fuerza y ​​no consiste en el dominio. Los miembros de este reino no son ni soldados ni esclavos, ni súbditos, sino sacerdotes (v. 6) llamados a ofrecer, con sus vidas, sacrificios agradables a Dios, es decir, obras de amor. Ésta es la única orden que reciben de su rey.

 

Cada gesto de generosidad que realicen es un ejercicio de su sacerdocio. Cuando son perseguidos debido a su fidelidad al evangelio, ofrecen a Dios el más agradable de los sacrificios: el amor heroico hacia esos mismos carnífices que los hacen sufrir injustamente y los llevan a la muerte.

 

El autor invita a las comunidades cristianas de Asia Menor, inclinadas desanimarse a causa de la persecución, a dirigir la mirada hacia el Señor que está viniendo (v. 7). Su victoria está asegurada y todo el mundo lo verá, aunque su triunfo no será lo que la gente suele esperar: no humillará a sus enemigos, no condenará a quienes lo han atravesado, sino que los vencerá ganando sus corazones. Todos reconocerán su pecado y se convertirán a su amor. Ésta es la única victoria que las comunidades cristianas deben esperar.

 

Al final del pasaje (v. 8) Dios ratifica con su firma las afirmaciones del vidente del Apocalipsis, presentándose como el Alfa y la Omega. La imagen de la primera y la última letra del alfabeto griego es una transposición feliz en la cultura helenística de la declaración bíblica: “Yo soy el primero y yo soy último; fuera de mí no hay Dios” (Is 44: 6). La historia del mundo es un periodo intermedio: todo viene de Dios y todo vuelve a él. Ante sus ojos, el poder de los emperadores de Roma es un breve interludio, aunque a los cristianos les parezca muy doloroso e interminable.


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Evangelio: Juan 18,33-37

 

18,33: En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? 18,34: Jesús respondió: ¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí? 18,35: Pilato respondió: ¡Ni que yo fuera judío! Tu nación y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué has hecho? 18,36: Contestó Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis soldados habrían peleado para que no me entregaran a los judíos. Pero mi reino no es de aquí. 18,37: Le dijo Pilato: Entonces, ¿tú eres rey? Jesús contestó: Tú lo dices. Yo soy rey: para eso he nacido, para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Quien está de parte de la verdad escucha mi voz. Palabra del Señor

 

 

En la parte más alta de la ciudad de Jerusalén, en lo que fue el palacio del rey Herodes el Grande, Pilato había establecido su pretorio. Allí, en la madrugada de la víspera de la Pascua, los judíos llevaron a Jesús acusándolo de ser un criminal. Es dentro de este pretorio que tiene lugar el diálogo referido en el texto del evangelio de hoy. La cuestión que viene formulada desde la primera pregunta que el procurador dirige a Jesús es de la más delicadas: “¿Eres tú el Rey de los Judíos”.

 

Desde que en el año 63 a.C. Pompeyo conquista Jerusalén y somete Judea a la dominación romana, en las sinagogas se había comenzado a recitar un salmo, compuesto por un rabino empapado del pensamiento bíblico: “Señor, tú eres nuestro rey. El reinado de nuestro Dios es eterno sobre todas las naciones. Tú has elegido a David como rey de Israel, y juraste que su descendencia nunca se extinguirá ante ti. Ahora, a causa de nuestras culpas, los pecadores se han levantado contra nosotros. Mira, Señor, y suscita a un hijo de David, en el tiempo que tú hayas establecido, para reinar sobre Israel”. Era un rechazo explícito a la potencia colonial extranjera.

 

Intentos poco realistas de desafiar el poder romano habían sido aplastados ya en el año 4 a.C, después de la muerte de Herodes. En Perea había tenido lugar la rebelión de Simón, un esclavo de la corte quien, después de haber prendido fuego a los palacios de Jericó, había hecho incursiones en todo el reino. En Judea, Atronge, un pastor de estatura gigantesca había infligido grandes pérdidas al ejército romano. Por último, con ocasión del censo de Quirino (6 d.C.), Judas el Galileo, también mencionado en el libro de los Hechos (Hch 5:37), había comenzado otra sedición en Séforis, cerca de Nazaret, instando a la gente a no pagar el tributo a César. Todos estos levantamientos fueron sangrientamente reprimidos. I así del 6 al 36 d.C., Judea conoció un período de tranquilidad bajo la autoridad de los prefectos de Roma. Los movimientos revolucionarios, como el famoso partido de los zelotes, sólo aparecieron más tarde, a mediados de los años 40 d.C., cuando Roma cometió la insensatez del enviar a palestina procuradores crueles y corruptos.

 

Incluso en un período de relativa calma como aquél en el que Pilato gobernaba (26-36 d.C.), la acusación de despertar esperanzas nacionalistas latentes o la sospecha de querer restaurar la monarquía davídica eran acusaciones extremadamente peligrosas.

 

Es en este contexto histórico donde hay que colocar el dialogo sobre la realeza mantenido entre Jesús y Pilato. La primera pregunta del procurador: ¿Eres tú el Rey de los Judíos?, tiene como objetivo puntualizar la acusación y revela las perplejidades de Pilato que se encuentra frente a hombre solo, sin armas, sin soldados que puedan defenderle, que ha sido abandonado por sus propios amigos y abofeteado por un siervo de Anás. No parece ciertamente el tipo que pueda poner en peligro el poder de Roma.

 

Jesús responde con otra pregunta para obligar al procurador a asumir su propia responsabilidad “¿Eso lo preguntas por tu cuenta o porque te lo han dicho otros de mí?”. Es decir: ¿tienes alguna razón para pensar que soy un sedicioso, o prestas oídos a habladurías? ¿No te han referido mi reacción ante el intento de uno de mis discípulos de echar mano de la espada (cf. Jn 18,10-11)?

 

Pilatos replica casi con resentimiento: ¡“Ni que yo fuera judío!”, es decir: soy un oficial romano y administro justicia de manera independiente. Y continúa: “Tu nación y tus sumos sacerdotes te han entregado a mí, ¿qué has hecho?” (v. 35).

 

Es en este punto que el tema de la realeza de Cristo se pone al rojo vivo. Jesús trata de ayudar al procurador a entender: “Mi reino no es de este mundo” (v. 36).

 

Pilato no conoce más que los reinos de este mundo. Si alguien le hablara del reinado de Tiberio, inmediatamente pensaría en el inmenso territorio sobre el que el emperador extiende su dominio, o bien al tiempo, a los años en que ha reinado, o incluso a la autoridad soberana que ejerce; pensaría también en las características bien definidas de los reinos de este mundo, es decir, que se cimentan sobre hombres movidos por la ambición, que se basan en el uso de la fuerza y del dinero, que hay que defenderlos con las armas, que el fuerte se impone y que los súbditos están sometidos y obedecen.

 

El de Jesús no tiene nada en común con estos reinos. No mata a nadie, es él quien va a morir; no manda a los demás, sino que obedece; no se alía con los grandes y poderosos, sino se pone de parte de los últimos, de los que no cuentan para nada. Poseer, conquistar, exterminar son para los hombres signos de fortaleza; para Jesús, por el contrario, de debilidad y derrota. Para él, grande es el que sirve.

 

Pilato no entiende de qué está hablando Jesús; sólo consigue hacerle una pregunta general: “Entonces ¿tú eres rey?” (v. 37). Jesús siempre ha reaccionado con dureza contra quienes han intentado atraerle hacia realezas de este mundo; las ha considerado desde el principio como propuestas diabólicas (cf. Mt 4,8-10). Ha defraudado las expectativas mesiánicas de sus discípulos y huido cuando la gente quería proclamarlo rey (cf. Jn 6,15). Ahora, sin embargo, que es él es derrotado y tiene las horas contadas, ahora que ya no hay ninguna posibilidad de malentendidos, proclama solemnemente ante el representante del mundo pagano: “Tu lo dices, sí yo soy rey”. Luego explica: “Para eso he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad” (v 37). No para enseñar la verdad, como hacían los sabios, sino para testimoniar la verdad.

 

Para los filósofos griegos la verdad era el descubrimiento de la esencia de las cosas, indicaba la caída de todo velo, de todos los secretos sobre el sentido de su existencia. Ligada a esta verdad filosófica estaba la verdad histórica que consistía en contar objetivamente, referir los hechos tal y como ocurrieron. Los judíos entendían la verdad de manera diferente En la Biblia verdad y fidelidad a la palabra dada es estabilidad y perseverancia, es aquello o aquel de quien uno se puede fiar. Dios es verdad porque no se contradice ni se desmiente nunca, porque mantiene sus promesas, está animado por un amor que nada ni nadie podrá nunca disminuir (cf. Ex 34,6).

 

Para un hebreo la verdad no es algo lógico, sino concreto, es lo que sucede en la historia. Para consolar e iluminar al vidente del Libro de Daniel, preocupado por los trágicos acontecimientos de la historia de su pueblo, el Señor le revela lo que está escrito en el “Libro de la Verdad” (cf. Dn 10,21). Es una imagen para indicar que Dios le ha revelado su plan de salvación que está ya para actualizar. Verdad son los designios del amor del Señor; conocer la verdad significa comprender estos designios y participar en su realización.

 

Jesús vino para dar testimonio de la verdad porque encarna el plan de Dios, lo lleva a cumplimiento, por esto es la verdad (cf. Jn 14,6). Con su presencia en el mundo, con toda su vida gastada por amor, demuestra la fidelidad del Señor a su pacto con el hombre.

 

Ahora deberían resultar más claras muchas expresiones usadas por Juan. Hacer la verdad (cf. Jn 3,21) y andar en la verdad (cf. 2 Juan 4) indican adhesión a Cristo con toda la propia vida; el Espíritu de la verdad (cf. Jn 14,17; 15,26; 16,13) es el impulso divino que, después de habernos introducido en el proyecto de Dios, nos la fuerza para mantenerlos fieles; la verdad nos hace libres (cf. Jn 8,32) porque sólo una vida conforme al evangelio es realmente libre, el que la desvía se convierte en esclavo de sus propias pasiones y de sus propios ídolos.

 

Jesús concluye la explicación sobre su reinado, declarando: “Quien está de parte de la verdad escucha mi voz” (v. 37). Y Pilato, que entiende cada vez menos, responde: “¿Y qué es la verdad?”. Al procurador no le interesa la persona de Jesús, sino saber si es una amenaza o no para el poder de Roma. Es refractario al plan de Dios, piensa en el reino de este mundo, no en la verdad. Insensible a la voz de Jesús y cansado de oír palabras sin sentido para él, interrumpe el diálogo.

 

Es el símbolo del mundo incrédulo que se niega a escuchar la palabra de la verdad: no encuentra en ella ningún motivo de condena, pero no tiene el coraje de tomar una posición y termina cediendo a las opciones de la muerte.

 

Pero no es, sin embargo, sobre la decisión del procurador romano de entregar a Jesús para ser crucificado que cae el telón sobre el drama de la realeza. Sobre el patíbulo Pilato hizo poner una inscripción en tres idiomas: hebreo, latín y griego, para que fuera leída y comprendida por todos: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos” (Jn 19,19). Sin darse cuenta, el representante del reino más poderoso de este mundo reconocía, oficialmente, la realeza de Jesús. Cuando los sumos sacerdotes protestaron pidiendo que rectificara, afirmó que esa declaración era irreversible: “Lo escrito, escrito está” (Jn 19,22). Él, el depositario de la autoridad del emperador, no podía cambiar: la victoria de los vencidos se inició con su rey levantado en la cruz. Ningún reino de este mundo nunca más será capaz de detener su avance. Esta era la gran sorpresa de Dios.

 

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