Primer Domingo de Adviento, Noviembre 29, 2015, Año C

Los verdaderos profetas

infunden esperanza

 

Introducción

 

Caerse de brazos, ceder ante el poder abrumador del pecado que domina en el mundo y en nosotros es una tentación peligrosa.

 

Son profetas de mal agüero los que repiten: “No vale la pena comprometerse, nada va a cambiar”; “no hay nada que hacer, el mal es demasiado fuerte”; “el hambre, las guerras, la injusticia, el odio siempre existirán”.

 

No hay que escuchar a estos agoreros. Los que, como Pablo, “han asimilado la mente de Cristo” (1 Cor 2,16), ven la realidad con otros ojos, ven el mundo nuevo que está emergiendo y con optimismo anuncian a todos: “Ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43,19).

 

En nuestra vida personal descubrimos fracasos, miserias, debilidades, infidelidad. No podemos desprendernos de defectos y malos hábitos. Las pasiones ingobernables nos dominan, nos vemos obligados a adaptarnos a una vida de compromisos dolorosos e hipocresías humillantes. Los miedos, decepciones, lamentaciones, experiencias infelices nos quitan la sonrisa. ¿Será posible recuperar la confianza en nosotros mismos y en los demás? ¿Podrá alguien darnos serenidad, confianza y paz?

 

No hay ninguna situación de esclavitud de la que el Señor no pueda librarnos, no hay abismo de culpabilidad del que no nos pueda sacar. Él sólo espera que tomemos conciencia de nuestra condición y recordemos las palabras del salmista: “Desde lo hondo a ti grito, Señor”.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Estoy seguro: el Señor realizará las promesas de bienestar que ha hecho”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jeremías 33,14-16

 

33,14: Miren que llegan días, oráculo del Señor, en que cumpliré la promesa que hoce a la casa de Israel y a la casa de Judá. 33,15: En aquellos días y en aquella hora suscitaré a David un retoño legítimo que hará justicia y derecho en la tierra. 33,16: En aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán tranquilos, y la llamarán así: Señor-nuestra-justicia”. – Palabra de Dios

 

 

Reconstruir una casa cuando todavía se tiene delante de los ojos los tizones humeantes de la anterior, requiere una fuerza de ánimo fuera de lo común, sobre todo si uno está ya entrado en años y no existe el estímulo de buenas perspectivas de futuro. La desilusión y el desaliento acaban con el entusiasmo y hacen que las dificultades aparezcan insolubles.

 

La situación de los Israelitas a quienes el profeta dirige las palabras que encontramos en la lectura de hoy, se puede comparar a quien, desconsolado, tiene fija la mirada en las ruinas de lo que fue su casa.

 

Un grupo que regresa del exilio de Babilonia encuentra la ciudad de Jerusalén en ruinas. La tierra asolada se ha convertido en un refugio de chacales (cf. Jer 10,22). Miran alrededor y solo ven signos de muerte y de destrucción.

 

Se comienza la reconstrucción, pero el trabajo avanza lento y a duras penas. Un negro presentimiento embarga el corazón de todos, aunque nadie se atreva a expresarlo: moriremos en la tarea y nos reuniremos con nuestros antepasados antes de ver la nueva Jerusalén…y se preguntan: ¿Por qué nos habrá caído encima semejante desastre? ¿Será que Dios nos ha abandonado para siempre? ¿Se ha olvidado de las promesas hechas a Abrahán, a Isaac, a Jacob, a David?

 

A esta gente descorazonada dirige el profeta un mensaje de esperanza: nuestras infidelidades que nos han llevado a la ruina, no impedirán al Señor de llevar a cabo sus promesas, porque él es fiel (v. 4). Están cerca los días –dice– en que de la familia de David surgirá un brote justo que “hará justicia y derecho”.

 

Si el juicio y la justicia de Dios fueran como los nuestros, Israel no podía esperar otra cosa que una sentencia de culpabilidad. Pero Él no viene nunca para pronunciar una sentencia, sino para crear la justicia, su justicia, que consiste en hacer participar a las personas en su proyecto de salvación.

 

El cambio de nombre de Jerusalén, indica el éxito completo de su obra. La ciudad –imagen de todo el pueblo– será llamada Señor nuestra justicia, es decir: el Señor ha logrado infundir en todos nosotros su justicia (v. 16).

 

Las promesas han tardado en realizarse pero Dios las ha mantenido. El brote de la estirpe de David esperado por los israelitas –hoy lo sabemos– ha sido enviado: Jesús de Nazaret. Con él se ha iniciado el reino de paz y de justicia. Es todavía, sin embargo, un árbol pequeño que crece lentamente y que tiene necesidad de nuestra colaboración y compromiso.

 

Quien se desanima, se rinde ante las dificultades, quien se vuelve intolerante consigo mismo y con los demás, quien pretende obtener transformaciones radicales e inmediatas, no ha entendido los ritmos de crecimiento del reino de Dios.

 

Es verdadero profeta quien ayuda a discernir los signos del nuevo mundo que surge, quien infunde optimismo y esperanza, quien hace comprender que el reino del mal no tiene futuro, quien sabe encontrar, incluso en situaciones desesperadas, un camino para recuperar y reconstruir una vida que, a los ojos de los hombres, quizás aparezca ya irremediablemente arruinada.

 

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Segunda Lectura: 1 Tesalonicenses 3,12–4,2

 

Que 3,12: el Señor les conceda crecer cada vez más en el amor mutuo y universal, como el que nosotros tenemos por ustedes; 3,13: y fortalezca sus corazones a que puedan presentarse santos e inmaculados ante Dios nuestro Padre, cuando venga nuestro Señor Jesús con todos sus santos. 4,1: Por lo demás, hermanos, les pedimos y rogamos en el nombre del Señor Jesús que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios. Ustedes ya viven así, sigan haciendo progresos. 4,2: Ya conocen las instrucciones que les dimos en nombre del Señor Jesús. – Palabra de Dios

 

 

La razón por la que este texto fue elegido como segunda lectura de este primer domingo de Adviento es que habla de la venida del Señor Jesús con todos sus santos (3,13) y nos dice también cómo debemos prepararnos para esta venida.

 

Dirigiéndose a los cristianos de Tesalónica, Pablo reconoce que son muy buenos, pero pide al Señor que los haga crecer aún más en el amor mutuo (v. 12). Éste –dice– es el camino que conduce a la santidad, y es la única forma de esperar vigilantes la venida del Señor (v. 13).

 

Las palabras del Apóstol son también válidas para las comunidades de hoy, que se preparan para acoger al Señor. Las relaciones mutuas son probablemente ya bastante buenas, pero siempre se pueden mejorar. Quizás todavía haya algún malentendido que superar, conflictos que resolver, algo de tensión que despejar. La búsqueda del buen entendimiento con todos, la práctica del amor mutuo –que Pablo recomienda a los Tesalonicenses– no puede substituirse por ninguna práctica devocional (por buena que sea) con la que intentemos prepararnos para la Navidad.


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Evangelio: Lucas 21,25-28.34-36

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 21,25: Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas. En la tierra se angustiarán los pueblos, desconcertados por el estruendo del mar y del oleaje. 21,26: Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán. 21,27: Entonces verán al Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria. 21,28: Cuando comience a suceder todo eso, enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación. 21,34: Presten atención, no se dejen aturdir con el vicio, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que aquel día no los sorprenda de repente, 21,35: porque caerá como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. 21,36: Estén despiertos y oren incesantemente, pidiendo poder escapar de lo va a suceder, así podrán presentarse seguros ante el Hijo del Hombre. Palabra del Señor

 

 

Ante las expresiones dramáticas y muy explícitas con que comienza el Evangelio de hoy, se podría pensar que Jesús está anticipando alguna información sobre lo que sucederá en el fin del mundo.

 

Así es como el texto se ha interpretado con frecuencia, no solamente por fanáticos de sectas fundamentalistas sino también por algún predicador en nuestras iglesias, sobre todo en tiempos no muy remotos.

 

La secuencia de los acontecimientos descritos es escalofriante: señales en el sol, la luna y las estrellas, el cataclismo de las potencias celestes y, en la tierra, el rugido aterrador del mar zarandeado por una terrible tempestad.

 

Parece el preludio perfecto a la escena de los ángeles que con sus trompetas vienen a despertar a los muertos para que vean aparecer en las nubes del cielo a Cristo juez; un Juez severo (difícil imaginarlo de otra manera, sabiendo cómo ha sido la historia de la humanidad, al menos hasta ahora) que llega para pronunciar un veredicto inapelable.

 

El anuncio amenazador del fin del mundo preocupa hoy día cada vez menos; algunos quizás se sientan psicológicamente turbados, mientras que hace sonreír a quienes, justamente, debería conmover, inducir a reflexionar y hacer entrar en razón.

 

Si el objetivo de Jesús hubiera sido provocar miedo no habría logrado su objetivo, pero no es ésta su intención, sino justamente lo contrario: liberar del miedo, suscitar alegría, infundir esperanza. Es decir, no está amenazando con cataclismos sino que anuncia un acontecimiento feliz. Intentemos comprender el significado de este difícil pasaje, difícil porque usa un lenguaje que no es ya el nuestro.

 

Para describir un gran cambio, una trasformación radical del mundo, una intervención resolutiva de Dios, la Biblia suele recurrir a imágenes impresionantes, las llamadas imágenes apocalípticas, muy usadas por los predicadores y escritores del tiempo de Jesús. Notemos, ante todo que los elementos mencionados (el sol, la luna, las estrellas, las potencias del cielo, el mar) son los mismos que aparecen en el relato de la creación.

 

El libro del génesis comienza con las palabras: “La tierra no tenía forma: las tinieblas cubrían el abismo” (Gn 1,2). Ninguna luz, ninguna forma de vida, todo era desorden y obscuridad hasta que Dios interviene con su palabra. Después, aparece el sol y la luna para señalar regularmente el ritmo de los días, de las noches y de las estaciones.

 

El mar –imaginado por los antiguos como un monstruo mítico– invadía la tierra, pero Dios “cerró el mar con puertas y cerrojos…y dijo hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí acabará la arrogancia de tus olas” (Job 38,8-11). Así fue el paso del caos al cosmos y así la tierra se convirtió en habitable para los seres humanos, animales y plantas.

 

En nuestro texto se anuncia un movimiento opuesto: viene descrito un retorno al caos primordial. Se dice que las fuerzas que mantienen el orden en el universo se desintegran, que vuelve la situación confusa, informe y oscura que existía antes de la creación.

 

Las imágenes apocalípticas usadas por Jesús no se refieren a explosiones de astros, a colisiones catastróficas de estrellas y planetas, sino que están apuntando a lo que está sucediendo hoy día: a nuestro mundo el que cada vez resulta más difícil vivir; estamos rodeados por abusos e injusticias; hay odio, violencia, guerras, mucha gente vive en condiciones infrahumanas; la naturaleza misma está siendo destruida por la sobreexplotación de los recursos, e incluso se está alterando el ritmo de los tiempos y las estaciones. Surgen por doquier preguntas angustiadas: ¿Qué pasará? ¿En qué terminará todo esto?

 

Este es el miedo. Frente al mal que nos supera sin que sepamos controlarlo, solo hay cabida para el pánico y la angustia. “Los hombres desfallecerán de miedo, aguardando lo que le va a suceder al mundo; porque hasta las fuerzas del universo se tambalearán” dice el evangelio de hoy (v. 26).

 

Es el terror que sienten los hombres ante desastres que ellos mismos han provocado con rechazo de toda ley ética, con el desprecio de los valores más sagrados, con la pérdida de toda referencia moral.

 

¿Está por lo tanto la historia de la humanidad encaminada hacia una catástrofe inevitable?

 

No, asegura Jesús (y este es el mensaje central de la lectura), sino todo lo contrario, ha humanidad se encamina hacia una nueva creación. Donde surgen signos del desorden causado por el pecado, allí hay que esperar al Hijo del hombre con gran poder y gloria. Su fuerza hará nacer un mundo nuevo a partir del caos (v. 27).

 

El peligro contra el que Jesús quiere ponernos en guardia es el miedo y el desaliento ante el problema del mal. Él nos invita a abrir el corazón a la esperanza: el mundo dominado por la injusticia, la maldad, el egoísmo, la arrogancia ha llegado a su fin y ya está amaneciendo un mundo nuevo.

 

¿Qué hacer durante la espera? (v. 28).

 

Aunque el caos todavía existente nos aterrorice, el discípulo no se desalienta. No se doblega como los otros por la angustia, “aturdidos por el miedo”. Se levanta y alza la frente. No espera intervenciones milagrosas de Dios, no se adormenta con la vana esperanza de que todo cambiará de repente por prodigios ordenados desde el cielo. El nuevo mundo puede nacer de cualquier situación de caos, es suficiente dejar hacer a la palabra de Dios, como sucedió al principio de la creación.

 

¡Cuántas personas vemos que caminan “encorvadas”, oprimidas por el dolor y la desventura, entumecidas por el miedo! No tienen la fuerza para levantar la cabeza porque perdieron toda esperanza: la mujer abandonada por su marido, los padres decepcionados por la conducta de los hijos, el profesional arruinado por la envidia de sus colegas, los hombres víctimas del odio y la violencia, las personas que viven a merced de sus instintos….

 

El evangelio de hoy invita a todos a “levantar la cabeza”. No existe caos del que Dios no pueda recabar un mundo nuevo y maravilloso. Y este mundo nace en el preciso instante en que permitimos a Dios realizar su Adviento en nuestras vidas.

 

Frente a las fuerzas del mal que parecen siempre llevar las de ganar, existe el peligro de la fuga además del desaliento, la búsqueda de paliativos, de soluciones falsas (vv. 34-35).

 

Lucas –que tal vez piensa en el comportamiento de algunos cristianos de su comunidad– hace una lista muy cruda. Apunta, sobre todo, al desenfreno y una vida de vicios. Son el símbolo de todos los libertinajes, de todas las evasiones y disipaciones con que tratamos de anestesiar decepciones y fracasos. Estos escapes son “una trampa” (v. 35) en la que muchos caen y permanecen atrapados, no logrando salir al encuentro del Señor que viene.

 

¿Cómo mantenerse despiertos, alertas, preparados para captar el momento y el lugar en que el Señor viene? Es fácil confundirse, engañarse, esperarle allí por donde no pasará y, en cambio, cerrarle el camino por el que desea entrar (el de nuestros malos hábitos, el de nuestro apego a los bienes de este mundo, el de nuestros proyectos de grandeza…).

 

Sólo hay una manera de mantenerse vigilantes: orar (v. 36). La oración –dice Jesús– tendrá dos efectos: darnos fuerza para “escapar de lo que va a suceder”, es decir, nos hará ver con los ojos de Dios todos los acontecimientos e impedirá que seamos víctimas del miedo. Nada nos espantará porque sabremos captar en cada evento –feliz, triste o incluso trágico– al Señor que viene para hacernos crecer, madurar y acercarnos a él.

 

La oración también nos permitirá permanecer de pie, es decir, esperar al Hijo del Hombre sin temor. Nos hará estar preparados para darle la bienvenida e irnos con él hacia los espacios libertad a donde nos quiere llevar. Es la oración la que libera de la mentalidad corrupta de este mundo, la que nos hace saborear y disfrutar del inminente juicio de Dios sobre la historia.

 

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