Archivo mensual: diciembre 2015

Solemnidad de la Madre de Dios, Enero 1, 2016, Año C

Bendigan, no maldigan:

es el camino de la paz

 

Introducción

 

Los cristianos han vinculado siempre la tradicional fiesta de Año Nuevo a algún motivo de su fe. Antes del Concilio se celebraba la circuncisión del Señor que tuvo lugar, según nos refiere Lucas, a los ocho días del nacimiento (cf. Lc 2,21). Después, este día ha sido dedicado a la Madre de Dios y, a partir de 1968, el primero de Enero se ha convertido, por voluntad del Papa Pablo VI, en la “jornada mundial de la paz”. Las lecturas reflejan esta variedad de temas: la bendición para comenzar bien el nuevo año (primera lectura); María, modelo de todas las madres y de todo discípulo (Evangelio); la paz (primera lectura y evangelio); filiación divina (segunda lectura); el asombro ante el amor de Dios (Evangelio) y el nombre con que Dios quiere ser identificado e invocado (primera lectura y evangelio).

 

Bendecir y bendiciones son términos que aparecen muy frecuentemente en la Biblia  (552 veces en el A.T. y 65 en el N.T.). Desde el principio Dios bendice a sus criaturas, a los seres vivientes para que sean fecundos y se multipliquen (cf. Gn 1,22), al hombre y a la mujer para que dominen sobre todo lo creado (cf. Gn 1,28) y al Sábado, signo de descanso y de la alegría sin fin (cf. Gn 2,3).

 

Tenemos necesidad de sentirnos bendecidos por Dios y por los hermanos. La maldición aleja, separa, indica rechazo, la bendición acerca, refuerza la solidaridad, infunde confianza y esperanza.

 

“El Señor te bendiga y te proteja” son las primeras palabras que liturgia nos dirige en este día para que permanezcan impresas en el corazón y la repitamos a amigos y enemigos durante todo el año.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a bendecir a quien nos insulta, a soportar a quien nos persigue, a confortar a quien nos calumnia”.

 

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Fiesta de la Sagrada Familia, Diciembre 27, 2015, Año C

Ni desvalorizada ni idolatrada

 

Introducción

 

“Los niños son un regalo de Dios para el mundo y son de todos”. Es ésta una frase que a veces provoca los celos de las madres, celos que son síntoma de un amor posesivo por su hijo, lo más probable hijo único, sobreprotegido, súper mimado, súper defendido.

 

La familia es el lugar privilegiado para la formación y la educación, pero no el único. Hay una comunidad en la que se debe integrar al niño para que en ella crezca, madure, se encuentre con los hermanos y hermanas, y aprenda a acoger la disponibilidad gratuita, la colaboración, la tolerancia, el perdón.

 

Restringir los horizontes, replegarse complacidos sobre el pequeño mundo de afectos e intereses, encerrarse en estrechas fronteras que ignoran la fraternidad universal, es una idolatría peligrosa para la institución familiar.

 

La familia querida por Dios es abierta, es una etapa hacia la meta final, es un trampolín desde el que proyectarse hacia la familia del Padre celestial. El momento de la separación puede ser doloroso –es la experiencia que han hecho María y José cuando Jesús los abandonó– y puede interpretarse como un rechazo y exclusión. En realidad se trata de un salto hacia la vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los niños son un relago tuyo para el mundo, Señor. No los rechazamos ni los consideramos como posesion nuestra”.

 

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Fiesta de Navidad, Diciembre 24, 2015, Año C (Misa de media noche)

Luz para el que yace en las tinieblas

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo cuando Dios dijo: “¡Que exista la luz!” (Gn 1,2-3). Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gén 1,3). Y puesto que “vio Dios que la luz era buena” (Gén 1,4), el hombre nunca ha dejado de amarla, de buscarla, pues teme y huye de la oscuridad. La oscuridad recuerda a la muerte y, por tanto, hay que salir de ella.

 

Quien nace viene a la luz y quien muere se encamina hacia la oscuridad (cf. Job 10,21). “Dios –dice Job– revela lo más hondo de las tinieblas y saca a la luz las sombras” (Job 12,22). En la concepción bíblica las tinieblas no son sino un estadio provisorio de la luz; están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz e inunda de luz a cada criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (cf. Is 26,19); incluso las nubes, oscuras y amenazantes, están grávidas de luz que brilla, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad en la noche para reproducir, de manera sensible, las tinieblas vencidas por la palabra del Creador, la oscuridad de nuestra condición humana iluminada por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Para los que viven en tinieblas, brilla la luz de un Niño”.

 

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Cuarto Domingo de Adviento, Diciembre 20, 2015, Año C

Ricos de su pobreza

 

Introducción

 

“Respóndeme, porque soy pobre” (Sal 86,1), así reza el salmista. Sorprende el argumento que usa con el fin de convencer a Dios para que intervenga en su favor: soy pobre.

 

Para obtener acceso a los palacios de los reyes, de los mandatarios de este mundo, se necesitan recomendaciones sólidas, títulos meritorios, credenciales de peso. Con Dios no es así: el único certificado necesario para ser recibido en audiencia es “ser pobre”.

 

Sus simpatías son para los pequeños, los indefensos, los abandonados. Él es “el Padre de huérfanos y protector de las viudas” (Sal 68,6), prefiere a quienes no cuentan, a los despreciables a los ojos de los hombres. “El Señor te ha elegido –dice Moisés a los israelitas– no por ser más numeroso que cualquier otro pueblo (son, en realidad, el más pequeño de todos los pueblos), sino porque el Señor te ama” (Dt 7,7-8).

 

“Los pensamientos del Señor no son como nuestros pensamientos y sus caminos no son nuestros caminos” (Is 55,8), por esto son difíciles de entender. Gedeón, llamado a realizar una ardua misión, objeta asombrado: “¡Oh, Señor! ¿Cómo puedo yo librar a Israel? ¡Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre!” (Jue 6,15).

 

Las lecturas de hoy nos presentan una serie de situaciones y personajes insignificantes en los que Dios ha hecho maravillas. Son una invitación a reconocer –como hizo María– nuestra pobreza y a disponernos para recibir la obra de salvación que el Señor viene a realizar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grandes cosas hará el Señor por los pobres que confían en él”.

 

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