Fiesta de Navidad, Diciembre 24, 2015, Año C (Misa de media noche)

Luz para el que yace en las tinieblas

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo cuando Dios dijo: “¡Que exista la luz!” (Gn 1,2-3). Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gén 1,3). Y puesto que “vio Dios que la luz era buena” (Gén 1,4), el hombre nunca ha dejado de amarla, de buscarla, pues teme y huye de la oscuridad. La oscuridad recuerda a la muerte y, por tanto, hay que salir de ella.

 

Quien nace viene a la luz y quien muere se encamina hacia la oscuridad (cf. Job 10,21). “Dios –dice Job– revela lo más hondo de las tinieblas y saca a la luz las sombras” (Job 12,22). En la concepción bíblica las tinieblas no son sino un estadio provisorio de la luz; están destinadas a convertirse en luz.

 

Dios es luz e inunda de luz a cada criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (cf. Is 26,19); incluso las nubes, oscuras y amenazantes, están grávidas de luz que brilla, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad en la noche para reproducir, de manera sensible, las tinieblas vencidas por la palabra del Creador, la oscuridad de nuestra condición humana iluminada por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Para los que viven en tinieblas, brilla la luz de un Niño”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 9,1-3.5-6

 

9,1: El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz. 9,2: Has acrecentado la alegría, has aumentado el gozo: gozan en tu presencia, como se goza en la cosecha, como se alegran los que se reparten el botín. 9,3: Porque la vara del opresor, el yugo de sus cargas, su bastón de mando los trituraste como el día de Madián. 9,5: Porque un niño nos ha nacido, nos han traído un hijo: lleva el cetro del principado y se llama Consejero maravilloso, Guerrero divino, Jefe perpetuo, Príncipe de la paz. 9,6: Su glorioso principado y la paz no tendrán fin, en el trono de David y en su reino; se mantendrá y consolidará con la justicia y el derecho, desde ahora y por siempre. El celo del Señor Todopoderoso lo realizará. – Palabra de Dios

 

 

La lectura comienza –y ¿cómo podría ser de otra manera?– con la imagen de la luz: “El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa, los que habitaban un país de sombras se inundaron de luz”.

 

Estas palabras fueron pronunciadas por el profeta en un momento dramático de la historia de Israel. Los asirios habían penetrado a sangre y fuego en Galilea y Samaria, esparciendo por todas partes sangre y terror. El país está sumergido en tinieblas y en oscuridades de muerte (v 1), cuando Isaías interviene, en nombre del Señor, para proclamar la paz e inculcar esperanza: está por amanecer –dice– un día de alegría y júbilo.

 

Para describir la inmensa alegría que suscita la aparición de esta luz, el profeta introduce dos comparaciones relacionadas con la cultura y la experiencia de su pueblo. La primera está sacada de la vida de los campesinos y la otra, de la experiencia de la guerra que acaba de terminar: la gente se regocijará, como lo hacen los agricultores al final de la cosecha y de la vendimia, cuando los graneros están llenos y los lagares rebosan de vino nuevo; la gente será feliz al igual que los soldados cuando se reparten el botín (v. 2).

 

¿Cuál es el motivo de tanta fiesta? La guerra ha terminado –es cierto– pero podría estallar otra. La opresión por parte de Asiria ha cesado, de momento, pero eso no es suficiente para justificar la explosión de alegría. En un crescendo apasionante viene presentadas tres razones.

 

La primera: “La vara del opresor, el yugo de sus cargas, su bastón de mando los trituraste como el día de Madián” (v. 3). Es el anuncio del fin de toda forma de esclavitud. El Señor va a intervenir en favor de su pueblo como lo hizo en Madián, donde los israelitas ni siquiera tuvieron necesidad de luchar contra sus opresores. Dios los puso en fuga al sembrar el pánico en el campamento (cf. Jue 7,16-23). Alégrate –dice el profeta– porque se cumplirá una liberación aún más sorprendente: desaparecerá el orgullo, el frenesí de poder, de éxito y de dominio y la codicia de acumular bienes. No más opresión ni engaño.

 

La segunda: “La bota que pisa con estrépito y la capa empapada en sangre serán combustibles, pasto del fuego” (v. 4 omitido en la lectura). No se celebrará sólo una tregua precaria, sino que será declarado el final irrevocable de todas las guerras. Las armas y todos los objetos relacionados con la violencia y el uso de la fuerza serán pasto de las llamas.

 

La tercera razón para la alegría: el nacimiento de un niño que va a traer la liberación y la paz al mundo (vv. 5-6). “Un niño nos ha nacido, nos ha sido dado un Hijo”. El verbo en voz pasiva –en el lenguaje bíblico– indica que Dios es el que lo ofrece. Será enviado desde el cielo. Será un hijo de cualidades excepcionales que acumulará en sí las dotes extraordinarias que caracterizaron e hicieron famosos a sus mejores antepasados.

 

Será un padre para su pueblo, al igual que los patriarcas, modelos de fidelidad y adhesión a Dios.

 

Será valiente como David, “guerrero tan fuerte como un dios”. Será capaz de proteger a su pueblo contra cualquier enemigo.

 

Será sabio como Salomón. Será un “un prodigio de consejero”. Pronunciará sólo palabras sensatas y prudentes, palabras de reconciliación, de amor, de bondad, palabras que siempre inspiran confianza y esperanza (cf. 1 Re 12).

 

Será príncipe de la Paz. No impedirá los conflictos armados con la fuerza de un ejército poderoso, ni con el temor a castigos y represalias, sino que actuará sobre las causas de las guerras: desaparecerán las tensiones sociales, las mentiras, las prevaricaciones. Su reino no se consolidará con el recurso a la astucia, al engaño, a las maniobras políticas, sino a través de “la justicia y el derecho”.

 

¡Misteriosa profecía! No es fácil determinar de qué niño está hablando Isaías. Seguramente pensaría en un descendiente de la dinastía de David, tal vez en el hijo de Acaz, Ezequías quien, como ya indicamos ya el domingo pasado, fue una buena persona, pero nada de extraordinario.

 

Nunca hubo un rey en la historia de Israel cuya personalidad y comportamiento se adecuaran plenamente a esta profecía; de hecho, no hubo ninguno que pudiera ni siquiera vagamente asemejarse al rey profetizado por Isaías. A esto hay que añadir que, en el año 598 a.C., Nabucodonosor tomó prisionero y deportó a Babilonia a Joaquín –el último descendiente de David– poniendo así fin a la dinastía que había reinado en Jerusalén durante cuatrocientos años.

 

¿Se había engañado Isaías? No. Nunca dudó Israel de la veracidad de esta profecía. Cultivó la firme convicción de que Dios no cambiaría de parecer… y aprendió a esperar pacientemente. Incluso en los momentos más difíciles y dramáticos de su historia, no perdió la esperanza, no dudó de la fidelidad de Dios.

 

Un día, el anciano Simeón –símbolo de los que habían permanecido fieles al Señor– bendecirá a Dios y tomará en sus brazos al niño enviado del cielo para iluminar a las gentes (cf. Lc 2,25-28).

 

Dios ha cumplido su promesa, pero no de acuerdo con las expectativas, los deseos mezquinos, los sueños ingenuos de los hombres. Ha sorprendido a todos enviando a un niño frágil, débil, humilde, indefenso, necesitado de ayuda. Sin embargo, es a través de este Niño que Dios ha comenzado derramar la paz en el mundo como un río incontenible. (Is 66,11).

 

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Segunda Lectura: Tito 2,11-14

 

2,11: La gracia de Dios que salva a todos los hombres se ha manifestado, 2,12: enseñándonos a renunciar a la impiedad y los deseos mundanos y a vivir en esta vida con templanza, justicia y piedad, 2,13: esperando la promesa dichosa y la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y de nuestro Salvador Jesucristo. 2,14: Él se entregó por nosotros, para rescatarnos de toda iniquidad, para adquirir un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras. – Palabra de Dios

 

 

“¡La gracia de Dios se ha manifestado!”, dice el autor de la carta a Tito. Es un incontenible grito de gozo por lo que Dios ya ha hecho, enviando su Hijo al mundo. Gracia es un término bíblico que indica la ternura, el amor y la bondad de Dios. Esta benevolencia de Dios se ha hecho visible, se ha manifestado en Jesús para proclamar la salvación a todos los hombres (v. 11).

 

Si el Hijo de Dios hubiese venido del cielo para anunciar un mensaje de salvación para los buenos, para los que guardan fielmente los mandamientos, no tendríamos razón para alegrarnos, no nos veríamos inundados de una nueva luz. Habríamos simplemente escuchado lo que desde hace siglos se venía repitiendo: quien respeta la ley de Moisés y sus preceptos es amado por Dios, los demás son gente despreciable y vil.

 

La alegría se vuelve incontenible cuando nos damos cuenta de que el Hijo de Dios habla de salvación para todos los hombres. Lo hemos entendido bien: salvación para todos, porque es gracia, don gratuito y no depende de nuestra fidelidad, sino de la suya.

 

La lectura sigue mostrando las consecuencias morales de esta manifestación de la bondad de Dios (vv. 12-14). Durante mucho tiempo se pensó que el miedo a Dios fuera ser el mejor elemento de disuasión para evitar el mal e inclinar los hombres al bien. Fue un pésimo método pedagógico. Este miedo nunca produjo nada bueno y ha sido causa de patologías y abandonos de la fe. Sólo contemplando el amor de Dios, pueden hombres aprender “a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos y a vivir en esta vida con templanza, justicia y piedad” (v. 12).

 

La gracia también infunde esperanza. “Nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo se manifestará ciertamente” (v. 13), la renovación de la vida de todos se llevará a cabo, a pesar del riesgo de que la adhesión a su propuesta de amor pueda ser diferida a causa de nuestras dudas y vacilaciones.


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Evangelio: Lucas 2,1-14

 

2,1: Por entonces se promulgó un decreto del emperador Augusto que ordenaba a todo el mundo inscribirse en un censo. 2,2: Éste fue el primer censo, realizado siendo Quirino gobernador de Siria. 2,3: Acudían todos a inscribirse, cada uno en su ciudad. 2,4: José subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a la Ciudad de David en Judea, llamada Belén –pues pertenecía a la Casa y familia de David–, 2,5: a inscribirse con María, su esposa, que estaba embarazada. 2,6: Estando ellos allí, le llegó la hora del parto 2,7: y dio a luz a su hijo primogénito. Lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no habían encontrado sitio en la posada. 2,8: Había unos pastores en la zona que cuidaban por turnos los rebaños a la intemperie. 2,9: Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor y ellos sintieron un gran temor. 2,10: El ángel les dijo: –No teman. Miren, les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: 2,11: Hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor. 2,12: Esto les servirá de señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. 2,13: Al ángel, en ese momento, se le juntó otra gran cantidad de ángeles, que alababan a Dios diciendo: 2,14: ¡Gloria a Dios en lo alto y en la tierra paz a los hombres amados por él! Palabra del Señor

 

 

Es casi inevitable que escuchemos el Evangelio de esta noche condicionados por el ambiente navideño que nos rodea: árboles iluminados, sones de panderetas, la nieve, los pastores. Posiblemente también nos embargue la emoción. No es ésta mala cosa, sin embargo este relato no ha sido escrito para conmover o incluso para dar información sobre el nacimiento de Jesús. Si hubiera sido así, tendríamos sobrada razón para quejarnos de la demasiada sobriedad de Lucas en contarnos todos que nos hubiera encantado conocer.

 

Fue compuesto, probablemente, después del resto del evangelio, y se trata de una página de teología que, como preludio maravilloso para el resto de la obra, quiere presentar lo que los cristianos de las primeras generaciones, inspirados por el Espíritu, llegaron a comprender sobre el Señor Jesucristo, muerto y resucitado.

 

El relato comienza con una ambientación histórica y geográfica bien precisa.

 

Es el momento en el que reina en Roma César Augusto, el príncipe celebrado en todo el imperio por su “coraje, humildad, compasión y justicia”. Es él quien, después de los interminables horrores de la guerra civil, ha restaurado por fin la paz en todo el imperio. Es la edad de oro de la historia de Roma, cantada por Virgilio.

 

En la famosa inscripción fechada en el año 9 d.C. en Priene, Asia Menor, se dispone que el año comience el 23 de septiembre, día del cumpleaños de Augusto, porque “todo el mundo debe considerar este evento como el origen de su vida y existencia, como el momento a partir del cual no hay llorar más por haber nacido. Dándonos a Augusto, la divina Providencia nos ha enviado, a nosotros y a nuestros descendientes, al que, como Salvador, tenía que acabar con las guerras y reorganizar todo. El día del nacimiento del dios (Augusto) fue para el mundo el comienzo de las buenas noticias (literalmente: “evangelios”) recibidas gracias a él.

 

Es el momento del censo en toda la tierra, censo que desde el punto de vista histórico presenta muchas dificultades, pero que, en la intención de Lucas, asume un indudable significado teológico. Le sirve para declarar solemnemente que el Hijo de Dios ha entrado en la historia universal, que se ha convertido en un ciudadano del mundo.

 

Luego indica el lugar donde nació Jesús: Belén, una ciudad (en realidad un pueblo de pastores) de las montañas de Judea. Lucas destaca que “José era de la casa y familia de David” y que “subió de Nazaret, ciudad de Galilea, a la Ciudad de David en Judea, llamada Belén” (v. 4). La referencia a este lugar es importante porque era Belén donde el pueblo esperaba al Mesías (cf. Jn 7,40-43). El profeta Miqueas había anunciado: “Y tú, Belén Éfrata, de ti saldrá el que será Señor de Israel” (Miq 5,1).

 

Con estas anotaciones históricas y geográficas Lucas quiere decirnos también que el nacimiento del Salvador no es un mito para ser relegado al mundo de las fábulas –de las que circulaban tantas en su tiempo– sino un hecho concreto y real.

 

“Estando ellos allí”, María dio a luz a su hijo “primogénito”, comportándose como todas las madres. Lucas menciona sus gestos premurosos y atentos: “lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre”. No ocurre nada milagroso. El nacimiento de Jesús es idéntico a la de cualquier otro hombre. Desde su primera aparición en este mundo comparte en todo nuestra condición humana.

 

“No habían encontrado sitio en la posada”. Si se tiene en cuenta lo sagrada que es en Oriente la hospitalidad, es muy poco probable que María y José se viesen obligados a buscar refugio en una cueva por haber sido rechazados por todas las familias del lugar.

 

El término utilizado en el texto original, no se refiere a posada o caravasar, sino a una habitación (probablemente la única) de la casa donde fueron recibidos José y María. Y como no era conveniente que el parto ocurriera donde no hubiera un mínimo de privacidad (este es el significado de la expresión: “no había lugar para ellos”), María, al igual que las parturientas pobres de Palestina también dio a luz en el recinto más interior y oculto de la vivienda, excavado por lo general en la roca, en el que se solía dar cobijo también a los animales de trabajo. Aunque el texto del Evangelio no habla del buey y del asno (que la piedad popular ha sugerido a raíz de un texto de Isaías): “Conoce el buey a su amo, y el asno el pesebre de su dueño” (Is 1,3), no es improbable que estuviesen allí.

 

Lucas resalta estos detalles para mostrar que Dios –como es su costumbre– subvierte los valores y criterios de este mundo. El Dios que los hombres, incluso hoy en día, esperan es fuerte y terrible, capaz de sembrar el pánico y hacerse respetar. Pero esto no es Dios, es un ídolo, es la proyección de nuestros sueños mezquinos de grandeza y poder. El Dios que se manifiesta en Jesús es todo lo contrario: débil, impotente, tembloroso, que depende totalmente de los cuidados de una mujer. No es éste un paréntesis, un momento pasajero de la revelación de Dios en Jesús, a la espera de que despliegue de todo su poder y esplendor. En Jesús acostado en el pesebre está presente en su plenitud el verdadero y eterno Dios, “escándalo para Judíos y locura para los paganos” (1 Cor 1,23).

 

En la segunda parte del evangelio (vv. 8-14) la escena cambia completamente. Ya no estamos en la intimidad de una casa, sino al aire libre, en el campo; los personajes son otros: pastores y ángeles.

 

“Había unos pastores en la zona que cuidaban por turnos los rebaños a la intemperie”. Si esto pretendiera ser un detalle informativo, entonces Jesús no nació en el invierno porque los rebaños eran custodiados a la intemperie solamente de Marzo a Octubre. De todas formas, lo importante para Lucas no es decirnos en qué mes nació Jesús, sino presentar a las primeras personas que reconocen en el niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre, al Salvador, al Mesías, al Hijo tan esperado de David. Estas personas son los pastores.

 

¿Por qué justamente ellos? ¿Por estar espiritualmente mejor preparados para recibir semejante privilegio? Nada de eso. Los pastores no eran en absoluto personas sencillas, buenas, inocentes, honestas, estimadas por todos. En tiempos de Jesús, eran considerados como los hombres más impuros de la sociedad… y había buenas razones para ello. Llevaban una vida no muy diferente a la de la de los animales; no podían entrar al templo a orar; no se les permitía ser testigos ante el juez por no ser personas de fiar; tenían fama de falsos, deshonestos, ladrones, violentos. Los rabinos decían que los pastores, los publicanos y los recaudadores de impuestos difícilmente se salvarían por el mucho daño hecho; habían robado tanto que ya no eran capaces de recordar a las víctimas de sus latrocinios y, por tanto, al no poder restituir lo robado, estaban destinados a la perdición.

 

Son justamente los pastores a quienes se dirige el mensajero celestial. “Les doy una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y el Señor” (vv. 10-11).

 

En las palabras del ángel resuena el eco de la inscripción de Priene. No era Augusto –parece insinuar Lucas– el Salvador que llenaría el mundo de alegría y que traería la paz. No fue su nacimiento, sino el de Jesús, el que marcaría “el comienzo de las buenas noticias recibida gracias a él”.

 

Desde su primera aparición en el mundo Jesús se coloca entre los últimos. Son ellos, y no los “justos”, los que esperan de Dios una palabra de amor, de liberación y de esperanza.

 

Al crecer, Jesús seguirá viviendo junto a estas personas: hablará su lenguaje sencillo, usará comparaciones, parábolas, imágenes tomadas de su mundo, participará en sus alegrías y sufrimientos, estará siempre de su parte en contra de cualquiera que los intente marginar.

 

La señal dada a los pastores para reconocer al Salvador es sorprendente, paradójica. El ángel no les dice que van a encontrar a un niño envuelto en luz, con rostro de ángel y aureola sobre su cabeza, rodeado de huestes celestiales. Nada de esto; la señal es… un niño completamente normal, con una sola característica: es pobre y se encuentra entre pobres.

 

Los dos grupos que encontraremos a lo largo la vida de Jesús quedan ya bien definidos en el momento de su nacimiento: por un lado, los pobres, los ignorantes, la gente despreciada que lo reconoce inmediatamente y le da la bienvenida con alegría. Por otro lado, los ricos, los poderosos, los que viven aislados en sus palacios, lejos de la gente y de sus problemas, convencidos de que ya poseen todo lo necesario para ser felices. Éstos no necesitan ningún salvador. Un Mesías, por tanto, que no responda a sus expectativas, que trastorne sus proyectos es un personaje incómodo, que debe ser eliminado lo más pronto posible.

 

Las mujeres que asistieron a María en Belén durante el parto, observando a aquel recién nacido, no tenían ni idea de que la historia del mundo se dividirá en dos partes: en un “antes” y en un “después” del nacimiento de aquel niño pobre.

 

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