Fiesta de la Sagrada Familia, Diciembre 27, 2015, Año C

Ni desvalorizada ni idolatrada

 

Introducción

 

“Los niños son un regalo de Dios para el mundo y son de todos”. Es ésta una frase que a veces provoca los celos de las madres, celos que son síntoma de un amor posesivo por su hijo, lo más probable hijo único, sobreprotegido, súper mimado, súper defendido.

 

La familia es el lugar privilegiado para la formación y la educación, pero no el único. Hay una comunidad en la que se debe integrar al niño para que en ella crezca, madure, se encuentre con los hermanos y hermanas, y aprenda a acoger la disponibilidad gratuita, la colaboración, la tolerancia, el perdón.

 

Restringir los horizontes, replegarse complacidos sobre el pequeño mundo de afectos e intereses, encerrarse en estrechas fronteras que ignoran la fraternidad universal, es una idolatría peligrosa para la institución familiar.

 

La familia querida por Dios es abierta, es una etapa hacia la meta final, es un trampolín desde el que proyectarse hacia la familia del Padre celestial. El momento de la separación puede ser doloroso –es la experiencia que han hecho María y José cuando Jesús los abandonó– y puede interpretarse como un rechazo y exclusión. En realidad se trata de un salto hacia la vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los niños son un relago tuyo para el mundo, Señor. No los rechazamos ni los consideramos como posesion nuestra”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 1 Sam 1,20-22.24-28

 

Al acabar el año 1,20: Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: –¡Al Señor se lo pedí! 1,21: Pasado un año, su marido, Elcaná, subió con toda la familia para hacer el sacrificio anual al Señor y cumplir la promesa. 1,22: Ana se excusó para no subir, diciendo a su marido: –Cuando destete al niño, entonces lo llevaré para presentárselo al Señor y que se quede allí para siempre. 1,24: Entonces subió con él al templo del Señor de Siló, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino. 1,25: Cuando mataron el novillo, Ana presentó el niño a Elí, 1,26: diciendo: –Señor, por tu vida, yo soy la mujer que estuvo aquí, junto a ti, rezando al Señor. 1,27: Este niño es lo que yo pedía; el Señor me ha concedido mi petición. 1,28: Por eso yo se lo cedo al Señor de por vida, para que sea suyo. Después se postraron ante el Señor. – Palabra de Dios

 

 

Cuando Dios presentó al hombre a la que había de ser la compañera de su vida, Adam, en un estallido de alegría, exclamó: Se llamará Eva –hawwah en hebreo– que no es nombre propio, sino que simplemente significa la que da la vida.

 

Vida es, por tanto, la identidad de la mujer; todo en ella habla de la vida, de la aceptación, de la disponibilidad y del servicio a la vida. En ella la vida se desarrolla, germina, crece y se entrega al mundo. El deseo de tener un hijo tiene sus raíces en la constitución biológica de cada mujer. Rachel, estéril, dice a Jacob: “¡Dame hijos, o me muero!” (Gén 30,1).

 

Al igual que a ella y como a tantas otras mujeres en la Biblia, tampoco Ana podía engendrar y, por tanto, sufría inmensamente. “¿Por qué lloras, le preguntó un día su esposo Elcana, ¿No soy yo para ti mejor que diez hijos?” (1 Sam 1,8). No, ni siquiera la ternura de un marido tierno y premuroso fue capaz de compensar su necesidad irreprimible de la maternidad.

 

Dios escuchó su insistente oración y le concedió un hijo, Samuel, destinado a jugar un papel decisivo en la historia del pueblo de Israel.

 

Ana sentiría, sin duda, la tentación de querer “todo para ella” a este hijo, regalo del cielo. En cambio, tan pronto como fue destetado, se encaminó con su esposo hacia el santuario de Siló y se lo ofreció al Señor. Lo crió hasta que él la necesitó y, después de haber cumplido bien su misión de mamá, lo confió a Elí, el sacerdote del templo que le ayudaría a comprender la vocación a la que Dios le llamaba.

 

Ningún niño es posesión de los padres, Dios se los confía como regalo precioso que debe ser apreciado, custodiado y preparado para la misión a la que el Señor los destina. Conscientes de esta ardua misión, los padres de Samuel, dan gracias a Dios por considerarlos dignos de tal confianza; no se apropian del don recibido, sino que están dispuestos a devolvérselo al Señor para que sea su instrumento en la realización de sus planes en el mundo.

 

Ana y Elcana –nos dice la lectura– subieron al templo del Señor en Silo con el niño, llevando un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino (v. 24). Fueron a celebrar una fiesta, no a llorar, a pesar de saber que regresarían a casa solos.

 

Con padres tan sensibles y atentos al querer de Dios, no es de extrañar que su hijo Samuel se convirtiera en una de las figuras más prominentes de la historia de Israel. En la Biblia se le llama vidente, sacerdote, juez, profeta y supo dirigir sabiamente a su pueblo en tiempos particularmente difíciles.

 

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Segunda Lectura: 1 Juan 3,1-2.21-24

 

3,1: Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos. Por eso el mundo no nos reconoce, porque no lo reconoce a él. 3,2: Queridos, ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a él y lo veremos como él es. 3,21: Queridos, si la conciencia no nos acusa, podemos confiar en Dios, 3,22: y recibiremos de él lo que pidamos, porque cumplimos sus mandatos y hacemos lo que le agrada. 3,23: Y éste es su mandato: que creamos en la persona de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros como él nos mandó. 3,24: Quien cumple sus mandatos permanece con Dios y Dios con él. Y sabemos que permanece con nosotros por el Espíritu que nos ha dado. – Palabra de Dios

 

 

La vida de Dios que el cristiano recibe en el bautismo es una realidad espiritual, misteriosa. Para describírsela a Nicodemo, Jesús, emplea una comparación: es como el “viento” que no se ve, que no se sabe de dónde viene ni a dónde va, y sin embargo existe, lo sentimos, experimentamos sus efectos. La vida divina en el hombre no se puede verificar con los sentidos, pero los signos de su presencia son inconfundibles. Los que la han acogido se convierten en hombres nuevos, guiados por un espíritu que no es el de este mundo.

 

La lectura de la Carta de Juan comienza con una exclamación de alegría: Miren qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos (v. 1).

 

La mentalidad semítica creía que el hijo no sólo daba continuidad a la vida biológica del padre, sino que debía hacerlo presente en su propia vida, no solo por la apariencia externa y los rasgos faciales, por supuesto, sino sobre todo por la integridad moral, la lealtad a Dios, por los aspectos más significativos de su carácter.

 

El verdadero cristiano es, en el mundo, la presencia de lo divino y, como todo hijo, reproduce el semblante del Padre que está en los cielos.

 

Por tanto –explica Juan– los que no conocen a Dios, tampoco pueden reconocer a los hijos que han sido engendrados por Dios (v. 1). En cambio, los que le conocen, se comportan de acuerdo con los pensamientos y sentimientos del Padre, se le asemejan, son diferentes de los demás, son “santos”. No es de extrañar, entonces, que sean incomprendidos por quienes tienen sus ojos puestos solamente en las realidades de este mundo.

 

También Pablo habla de esto a los Corintios. Los discípulos del Señor –dice– poseen una sabiduría, una forma de evaluar la realidad de este mundo que es incompatible con los criterios y juicios de los hombres. Se trata de “una sabiduría no de este mundo, o de los jefes de este mundo… sabiduría de Dios misteriosa y secreta… El hombre puramente natural no acepta lo que viene del Espíritu de Dios, porque le parece una locura y tampoco puede entenderlo” (1 Cor 2,6-14).

 

Después de haber recordado a los cristianos la dignidad de su filiación divina, pues ya somos hijos de Dios (v. 2), el autor de la Carta nos invita a contemplar el destino glorioso que nos espera: lo que seremos todavía no se ha manifestado (v. 2).
 Nuestra condición actual no es definitiva. Un velo constituido por nuestra realidad mortal ligada a la tierra, nos impide darnos cuenta de lo que realmente somos. Un día, este velo será quitado le y podremos contemplar a Dios como él es y entender plenamente lo que ya somos hoy.

 

En el seno materno el hijo recibe alimento y vida de la madre y, sin embargo, a pesar de depender completamente de ella, no es capaz de ver su rostro. Solamente después de nacer podrá mirar y abrazar con ternura a la que le dio la vida.

 

En este mundo el hombre vive la gestación a la espera del momento del parto. Se encuentra en el seno de Dios que es padre y madre. “En él vivimos, nos movemos y existimos”, recuerda Pablo a los atenienses (Hch 17,28), pero no podemos ver su rostro. Sabemos, sin embargo, que cuando aparezca, seremos semejantes a él y lo veremos con él es (v. 2). La semejanza con los padres biológicos es una imagen de la vocación a la que hemos sido llamados: ser como nuestro Padre Celestial “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos” (Mt 5,45).

 

Frente a meta tan sublime estamos tentados de resignarnos al fracaso. Aunque nos esforzamos por vivir de una manera consistente, nos damos cuenta de seguir siendo pecadores; Juan nos lo recuerda al comienzo de su carta: “Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros” (1 Jn 1,8).

 

Al hacer balance de nuestra vida, nos vemos obligados a admitir nuestros muchos errores, a estar encadenados a defectos y hábitos que no hemos sido capaces de corregir, de ahí nuestra obsesión de que, al igual que nuestra propia conciencia nos condena, también nos condena Dios.

 

Ante estas dudas y ansiedades la lectura responde con una de las declaraciones más conmovedoras de toda la Biblia. Si nos comprometemos a amar realmente al hermano, no debemos tener ya miedo de nuestras miserias, de nuestra fragilidad ni del severo juicio pronunciado por nuestra conciencia, porque “Dios es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo” (v. 20, no incluido en nuestra lectura).

 

La más sutil, la más diabólica de las tentaciones es la que nos incita a adorar a un Dios que, en realidad, es más pequeño que nuestra conciencia, un Dios que aparecerá un día, juez severo e inflexible, para castigar a quien no lleve nítida en su rostro la imagen de su Hijo unigénito, Jesucristo.

 

Nuestro corazón nos recuerda continuamente nuestra identidad de hijos de nuestro Padre Celestial y nos reprende cuando esta identidad queda desfigurada por nuestros pecados. Nos reprocha y condena… y esto es saludable, pero ¡qué pena si olvidamos que Dios es más grande que nuestro corazón!

 


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Evangelio: Lucas 2,41-52

 

2,41: Para la fiesta de Pascua iban los padres de Jesús todos los años a Jerusalén. 2,42: Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según costumbre. 2,43: Al terminar ésta, mientras ellos se volvían, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que sus padres lo supieran. 2,44: Pensando que iba en la caravana, hicieron un día de camino y se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos. 2,45: Al no encontrarlo, regresaron a buscarlo a Jerusalén. 2,46: Luego de tres días lo encontraron en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. 2,47: Y todos los que lo oían estaban maravillados ante su inteligencia y sus respuestas. 2,48: Al verlo, se quedaron desconcertados, y su madre le dijo: —Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados. 2,49: Él replicó: ¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en los asuntos de mi Padre? 2,50: Ellos no entendieron lo que les dijo. 2,51: Regresó con ellos, fue a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón. 2,52: Jesús crecía en [el] saber, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres. Palabra del Señor

 

 

Modelo mejor que la familia de Nazaret, es imposible proponer a nuestras familias; sin embargo, el hecho que nos narra el Evangelio de hoy es un tanto desconcertante. María y José se olvidan del niño en Jerusalén y caminan tranquilamente durante un día entero sin preocuparse por su ausencia. Por otra parte, Jesús se aleja de sus padres sin permiso y, cuando la madre le pide una explicación de su comportamiento, parece que no le da una buena respuesta. María y José no entendieron sus palabras; sólo al final se dice que Jesús volvió a Nazaret y, a partir de entonces, “siguió bajo su autoridad” (v. 51); buena decisión, pero ¿cómo se explica su “desobediencia” anterior?

 

Es cierto que, leído como un hecho de crónica, el relato presenta no pocas dificultades. ¿Cómo interpretarlo? Todos sabemos que un encuentro casual con una persona se cuenta de manera muy diferente si se trata de alguien a quien uno no vuelve a ver más o si la persona en cuestión se ha convertido en nuestro mejor amigo. Lucas no escribe su Evangelio el día siguiente de que ocurrieran los hechos, sino cincuenta años después de la Pascua, y en todas las páginas de su obra revela la fe en Cristo resucitado.

 

La muerte y resurrección de Jesús les ha hecho entender a él y a los cristianos de su comunidad, lo que ni siquiera pudieron imaginar María y José, setenta años antes. Ya en el niño de doce años, Lucas y los cristianos reconocen al Cristo, el Hijo de Dios, el Salvador, el que es obediente al Padre hasta el don de la vida. Después de esta introducción vayamos al pasaje de hoy.

 

La ley de Israel prescribía (sólo para hombres adultos) la peregrinación a Jerusalén tres veces al año durante los principales días festivos (cf. Ex 23,17; Dt 16,16). Para aquellos que vivían muy lejos, sin embargo, era prácticamente imposible observar este precepto. Muchos judíos se consideraban muy afortunados si podían hacer el viaje santo una sola vez en la vida. María y José viven en Nazaret, cerca de Jerusalén, a solo tres días de camino y subían cada año a la ciudad santa para celebrar la Pascua.

 

Es con ocasión de una de estas peregrinaciones que sucede el hecho narrado en el Evangelio de hoy. Jesús tiene doce años, por lo tanto tiene ya casi la edad requerida para la peregrinación (a los trece años en Israel los niños se convierten en adultos y deben cumplir con todos los preceptos de la ley).

 

El templo era un edificio inmenso y hermoso, rodeado de grandes pórticos en los que los rabinos y escribas explicaban las Sagradas Escrituras, recitaban salmos y daban consejos piadosos a los peregrinos. Jesús está ansioso por descubrir la voluntad del Padre y sabe dónde encontrarlo: en los libros sagrados de su pueblo, en la Biblia. Esa es la razón por la que se detiene en Jerusalén: quiere entender la Palabra de Dios.

 

Caminando por el templo durante la fiesta, tal vez quedó impresionado por las explicaciones de algún maestro mejor preparado y más piadoso que otros y quiere oírlo, hacerle algunas preguntas, aclarar sus dudas. Los peregrinos que lo oyen conversar con los rabinos se quedaban asombrados y admirados por su precoz y extraordinaria inteligencia. No es fácil encontrar un chico de su edad que muestre tanto amor por la Biblia y que sea capaz de plantear preguntas tan profundas.

 

El propósito del relato de Lucas no es hacer hincapié en la inteligencia de Jesús, sino preparar al lector para poder entender la respuesta que Jesús da a su madre, preocupada y sorprendida por su comportamiento. Estas son las primeras palabras que Jesús pronuncia en el Evangelio de Lucas, de ahí que para el evangelista sean de especial importancia, casi programáticas de lo que será después su vida. La respuesta está formulada en dos preguntas: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?” (v. 49).

 

Los niños están acostumbrados a hacer un número infinito de preguntas a sus padres, como Jesús ciertamente lo habrá hecho con los suyos. Ésta sería, probablemente, la primera vez que ellos, María y José, se quedarían sin saber qué responder, der ahí su asombro. “Ellos no entendieron lo que les dijo” (v. 50). Se dan cuenta de que Jesús ha comenzado a distanciarse del limitado entorno familiar y se abre a un horizonte más amplio. Nació en su familia, pero no les pertenece. Es un ciudadano del mundo y, como todos los hijos, es un don de Dios para toda la humanidad.

 

En aparente contraste con lo que estamos diciendo, la última parte del evangelio de hoy (vv. 51-52) señala que Jesús regresa a Nazaret con sus padres y “siguió bajo su autoridad”. Al parecer, después de la aventura, Jesús vuelve a la vida normal. El significado de la afirmación, sin embargo, es diferente. En Israel hay un mandamiento que impone “honrar a los padres”. Esto implica el deber de asistirles en su vejez pero, sobre todo, de seguir fielmente su fe religiosa. Los padres tienen el encargo de informar a sus hijos de lo que el Señor ha hecho por su pueblo (cf. Dt 6,20-25). Obedecer a los padres quiere decir aceptar sus enseñanzas e imitar su lealtad a Dios.

 

En este sentido, Jesús ha honrado a sus padres, ha asimilado su profunda fe en el Dios de Abrahán y el amor por la palabra de Dios a la que hará referencia constante a lo largo de su vida.

 

Podríamos terminar aquí, pero los eruditos bíblicos nos invitan a leer con más profundidad este pasaje. Están convencidos de que Lucas lo escribió para señalar de manera simbólica, ya al comienzo de su Evangelio, los detalles que rodearon la muerte y resurrección de Jesús. ¿Cuáles? Recordemos algunos.

En primer lugar, ambos acontecimientos (Jesús perdido en el templo y su muerte-resurrección) tienen lugar en Jerusalén, en la fiesta de Pascua. Jesús sube a Jerusalén dos veces para cumplir la voluntad del Padre y en ambas ocasiones todos regresan a sus casas y lo dejan solo: María y José se van sin entender que Jesús debe ocuparse de las cosas de su Padre; los apóstoles le abandonan y no entienden que el don de la vida es que abre las puertas a la gloria de la resurrección (cf. Lc 24,12).

 

Al igual que en el Evangelio de hoy, en los relatos de Pascua Jesús debe cumplir la voluntad del Padre (cf. Lc 24,7.26.44). Las mujeres están desesperadas, no lo encuentran, y escuchan la misma pregunta: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?” (Lc 24,5). Jesús (resucitado) les sale al encuentro “al tercer día”; los discípulos (como María y José) no entienden ni el acontecimiento ni las palabras que les son dirigidas. El domingo de Pascua, Jesús se sienta como un maestro y hace preguntas acerca de las Escrituras (cf. Lc 24:44), enseña la palabra de Dios con el fin de “calentar los corazones” y cautivar a sus oyentes (cf. Lc 24:32), tal como lo hizo en el templo cuando era niño.

 

En el templo los rabinos hacen preguntas a Jesús. Ellos, que también conocen bien la Biblia, no alcanzan a comprender su sentido último. Sólo hay una persona que puede iluminar la oscuridad de esos textos: Jesús. Es él quien, después de la resurrección, abre la mente de sus discípulos para que comprendan las Escrituras (cf. Lc 24,32). El Antiguo Testamento se hace comprensible sólo a la luz de la muerte y resurrección de Cristo.

 

Si estas referencias a los acontecimientos de Pascua son intencionales, como sostienen los eruditos bíblicos, entonces el propósito por el que Lucas ha incluido este episodio en su Evangelio está claro: quiere que los cristianos de su comunidad no se desanimen si todavía no pueden entender ni acoger el plan del Padre. No es fácil aceptar la idea de que la vida pasa a través de la muerte. El evangelista les invita a no huir, quiere hacerles regresar a Jerusalén donde, observando y escuchando al Maestro, irán poco a poco abriendo sus corazones a la voluntad del Padre.

 

Frente a acontecimientos a menudo inexplicables e incomprensibles, sólo hay una actitud correcta: “guardar todas las cosas en nuestro corazón”, como lo ha hecho María y meditarlas a la luz de la palabra de Dios. Tampoco para ella fue fácil entender y aceptar la senda por el que Dios quisp que su hijo se encaminara.

 

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