Solemnidad de la Madre de Dios, Enero 1, 2016, Año C

Bendigan, no maldigan:

es el camino de la paz

 

Introducción

 

Los cristianos han vinculado siempre la tradicional fiesta de Año Nuevo a algún motivo de su fe. Antes del Concilio se celebraba la circuncisión del Señor que tuvo lugar, según nos refiere Lucas, a los ocho días del nacimiento (cf. Lc 2,21). Después, este día ha sido dedicado a la Madre de Dios y, a partir de 1968, el primero de Enero se ha convertido, por voluntad del Papa Pablo VI, en la “jornada mundial de la paz”. Las lecturas reflejan esta variedad de temas: la bendición para comenzar bien el nuevo año (primera lectura); María, modelo de todas las madres y de todo discípulo (Evangelio); la paz (primera lectura y evangelio); filiación divina (segunda lectura); el asombro ante el amor de Dios (Evangelio) y el nombre con que Dios quiere ser identificado e invocado (primera lectura y evangelio).

 

Bendecir y bendiciones son términos que aparecen muy frecuentemente en la Biblia  (552 veces en el A.T. y 65 en el N.T.). Desde el principio Dios bendice a sus criaturas, a los seres vivientes para que sean fecundos y se multipliquen (cf. Gn 1,22), al hombre y a la mujer para que dominen sobre todo lo creado (cf. Gn 1,28) y al Sábado, signo de descanso y de la alegría sin fin (cf. Gn 2,3).

 

Tenemos necesidad de sentirnos bendecidos por Dios y por los hermanos. La maldición aleja, separa, indica rechazo, la bendición acerca, refuerza la solidaridad, infunde confianza y esperanza.

 

“El Señor te bendiga y te proteja” son las primeras palabras que liturgia nos dirige en este día para que permanezcan impresas en el corazón y la repitamos a amigos y enemigos durante todo el año.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a bendecir a quien nos insulta, a soportar a quien nos persigue, a confortar a quien nos calumnia”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

 

Primera Lectura: Números 6,22-27

 

6,22: El Señor habló a Moisés: 6,23–Di a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas: 6,24: El Señor te bendiga y te guarde, 6,25: el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, 6,26: el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. 6,27: Así invocarán mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré. – Palabra de Dios

 

 

Hoy día está muy floreciente el mercado de las bendiciones y maldiciones, de la magia y de los sortilegios, de los encantamientos y del mal de ojo. Más floreciente aún estaba en los tiempos antiguos cuando se creía que la palabra, sobre todo si venía acompañada de gestos y pronunciada por quien era considerado detentor de poderes sobrehumanos y misteriosos, realizaba lo que decía.

 

La Palabra de Dios era considerada, naturalmente, siempre eficaz: “Por la palabra del Señor se hizo el cielo…. Porque él lo dijo, y existió, él lo mandó y surgió” (Sal 33,6.9). Se temían sus maldiciones y se invocaban sus bendiciones. Él bendecía a su pueblo cuando lo colmaba de bienes, cuando derramaba salud y prosperidad, éxitos y victorias, lluvias y fecundidad en campos y animales (cf. Dt 28,1-8). Desventuras, enfermedades, carestías, derrotas, etc., eran señales de su maldición (cf. Dt 28,15-19).

 

Existían también los mediadores de las bendiciones divinas: el padre de familia: “La bendición del padre afianza las raíces (Eclo 3,9), el rey (cf. Gén 14,18ss) y los sacerdotes.

 

Nuestra lectura nos presenta el texto de la más famosa de las bendiciones, la que el Señor mismo enseñó a Moisés. Debía ser usada por los “hijos de Aarón” para invocar el nombre del Señor sobre los israelitas (vv. 23.27). Venía impartida al término de la liturgia diaria en el templo. El sacerdote salía a la puerta del santuario y, extendiendo las manos sobre la gente que lo esperaba, pronunciaba esta fórmula sagrada.

 

En ella viene invocado por tres veces el nombre del Señor –YHWH– nombre inefable que solo los sacerdotes podían pronunciar y solo para bendecir, no para maldecir. Después de cada una de las tres invocaciones del nombre santo, vienen añadidas dos peticiones:

 

– El Señor te bendiga y te guarde;

– El Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti;

– El Señor te muestre su rostro y te conceda la Paz.

 

Son seis imágenes que exprimen la petición de gracia y de favor.

 

Un rostro radiante es señal se amistad y benevolencia, inspira confianza, abre el corazón a gozosa esperanza. Usando un lenguaje deliciosamente humano, el piadoso israelita pide frecuentemente a Dios que “serene su rostro”, que “no le esconda su rostro” (cf. Sal 27,9), que “no se muestre airado”. “Ilumina tu rostro –suplica el salmista– y nos salvaremos” (Sal 80,4); “¿Quién nos mostrará la felicidad si la luz de tu rostro, Señor, se ha alejado de nosotros?” (Sal 4,7).

 

No solamente Dios bendice al hombre, sino que también el hombre está llamado a bendecir a Dios. Encontramos en los salmos esta insistente invitación: “Bendigan al Señor todos los siervos del Señor…. Levanten las manos hacia el santuario y bendigan al Señor” (Sal 134, -2); “Bendigan su nombre…. Canten su gloria, sus maravillas a todos los pueblos” (Sal 96,2-3). El israelita piadoso comienza sus oraciones con la fórmula “Bendito eres tú, Señor…”.

 

La bendición que el hombre dirige a Dios es la respuesta a los dones recibidos. Es la señal de haber tomado conciencia de que todo viene de él, de que todo es don suyo.

 

La Biblia habla continuamente de bendiciones de Dios y también –aunque muy raramente– de sus maldiciones. Se trata de un lenguaje humano para describir las consecuencias desastrosas provocadas, no por Dios, sino por el pecado. Quien se aleja del camino de la vida atrae sobre sí las peores desventuras. Lo había entendido ya el autor del libro del Eclesiástico, Ben Sira: “Al que hace el mal se le volverá contra él” (Eclo 27,27).  De Dios, solo vienen bendiciones.

 

¿Qué respuestas ha dado Dios a las súplicas de su pueblo?

Israel esperaba del Señor una bendición, una paz, un shalom muy “material”. En la plenitud de los tiempos Dios, han enviado su paz, enviando a su Hijo: “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). La sorpresa han sido de tal magnitud, que ha hecho exclamar Pablo: “¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo!, quien por medio de Cristo nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales del cielo” (Ef 1,3); y a Zacarías: “Bendito el Señor, Dios de Israel, porque se han ocupado de rescatar a su pueblo” (Lc 1,68).

 

“Dios resucitó a su siervo y lo envió…para bendecirlos” (Hch 3,25). En él, todas las maldiciones fueron transformadas en bendiciones (cf. Gal 3,8-14). Si en Cristo Dios ha revelado su rostro siempre bendiciendo, el hombre tiene que bendecir siempre, aun a sus enemigos: “Bendigan y no maldigan nunca” (Rom 12,14), “No devuelvan mal por mal ni injuria por injuria, al contario, bendigan, ya que ustedes mismos han sido llamados a heredar una bendición” (1 Pe 3,9).

 

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Segunda Lectura: Gálatas 4,4-7

 

4,4: Cuando se cumplió el plazo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, 4,5: para que rescatase a los que estaban sometidos a la ley y nosotros recibiéramos la condición de hijos. 4,6: Y como son hijos, Dios infundió en sus corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios llamándolo: Abba, es decir, Padre. 4,7: De modo que no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres heredero por voluntad de Dios. – Palabra de Dios

 

 

En este pasaje de la Carta a los gálatas, Pablo recuerda la verdad central del Evangelio: después de haber enviado Dios su hijo al mundo, nacido de mujer, es decir, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, podemos llamar a Dios: “¡Abba, Padre!” (v. 6) ¡Esta es la buena noticia!

 

También los paganos llamaban a Dios “padre de todos los hombres”. ¿Qué les diferencia de los cristianos? ¿Por qué afirma Pablo, conmovido, que ahora el cristiano no es más esclavo, sino hijo y que puede gritar: “Abba”? ¿Es el “Padre nuestro” una oración que todos los hombres pueden recitar?

 

A esta última pregunta todos probablemente responderemos “sí” y hay un texto evangélico que justifica esta respuesta: “Amen a sus enemigos, oren por sus perseguidores. Así serán hijos de su Padre del cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Mt 5,44-45). La benevolencia de Dios no hace ninguna distinción entre los hombres, todos son sus hijos.

 

Es verdad, Dios es padre de todos, pero cuando un pagano y un cristiano invocan a Dios Padre no entienden la misma cosa. El pagano lo llama padre porque es consciente de haber recibido de él el don de la existencia. El cristiano se siente hijo de Dios a otro nivel: sabe que, además de la existencia, ha recibido de él su Espíritu, es decir, su misma vida divina. Por esto, en los primeros siglos de la iglesia, la oración del Padre nuestro era entregada solamente unos días antes del bautismo, solamente cuando los catecúmenos estaban en grado de conocer su significado.

 

También esta lectura está ligada al tema de la fiesta de la paz. Quien ha recibió el Espíritu y llama a Dios “Abba”, no puede menos de sentirse hermano de todos los hombres y convertirse en constructor de paz.


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Evangelio: Lucas 2,16-21

 

En aquel tiempo, los pastores 2,16: fueron rápidamente y encontraron a María, a José y al niño acostado en el pesebre. 2,17: Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. 2,18: Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. 2,19: Pero María conservaba y meditaba todo en su corazón. 2,20: Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado. 2,21: Al octavo día, al tiempo de circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido. Palabra del Señor

 

 

El evangelio de hoy es continuación del pasaje proclamado en la noche de Navidad. Junto a la cuna de Jesús aparecen nuevamente los pastores (vv. 16-17). Según el anuncio recibido del cielo, éstos se dirigen a Belén y encuentran a José, María, y al niño acostado en un pesebre.

 

Nótese bien: no encuentran nada de extraordinario. Ven solamente un recién nacido con su padre y su madre. Y, sin embargo, en ese ser débil, necesitado de ayuda y protección, los pastores reconocen al Salvador. No tienen necesidad de señales extraordinarias, no ocurren milagros y prodigios. Los pastores representan a todos los pobres, a todos los excluidos quienes, casi por instinto, reconocen en el niño de Belén al Mesías del Cielo.

 

En las representaciones de la escena navideña, los pastores aparecen siempre de rodillas ante Jesús. El evangelio, sin embargo, no dice que se hayan postrado en adoración como han hecho los Magos (cf. Mt 2,11). Se quedan simplemente observando, estupefactos y extasiados, ante la obra maravillosa que Dios ha hecho en favor de ellos; después, han comenzado a anunciar a todos su alegría y, cuantos les escuchaban, también se quedaban maravillados (18).

 

En los primeros capítulos de su Evangelio, Lucas resalta frecuentemente el estupor y la alegría incontenible de las personas que se ven envueltas en el proyecto de Dios. Isabel, al descubrir que estaba embarazada, repite a todos llena de alegría: “Así me ha tratado el Señor cuando dispuso que terminara mi humillación” (Lc 1,25); Simeón y la profetisa Ana bendicen al Señor que les han concedido ver la salvación preparada para todas las gentes (cf. Lc 2,30.38); también María y José se quedan maravillados, estupefactos (cf. Lc 2,3.48).

 

Todos éstos, tienen los ojos y el corazón del niño quien, a su vez, sigue con la mirada, embelesado, cada gesto del padre, y de la madre… y sonríe porque en todo lo que sus padres hacen, el niño intuye un sigo de amor: “El reino de los cielos pertenece a los que son como ellos –dirá un día Jesús–. Les aseguro, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,14-15).

 

La primera preocupación de los pastores no es de tipo ético; no se preguntan qué deben hacer, qué tienen que corregir en sus vidas no siempre ejemplares, qué pecados deben empeñarse en evitar… No, simplemente se quedan allí a gozar de la alegría que les embarga ante lo que Dios ha hecho. Después, solo después de esta experiencia de ser amados, estarán preparados para escuchar los consejos, las propuestas de una vida nueva que el Padre les ofrece. Solo así se encontrarán en la disposición justa de poner toda su confianza en Él.

 

En la segunda parte del Evangelio (v. 19) viene señalada la reacción de María al encuentro con los pastores: “María conservaba y meditaba todo en su corazón” (literalmente: ponía justas todas estas cosas). Lucas no quiere decir que ella “memorizaba” todo lo que estaba ocurriendo sin perderse un detalle, ni tampoco pretende señalar a María  –como algunos han pensado– como su fuente de información sobre de la infancia de Jesús.

 

El alcance teológico de su afirmación va mucho más allá. El evangelista dice que ella colocaba juntos los acontecimientos, los relacionaba entre sí y sabía captar su sentido, descubría el hilo conductor, contemplaba la realización del proyecto de Dios. María, jovencita de doce o trece años, no era una muchacha superficial, no se exaltaba cuando las cosas iban bien ni se abatía frente a las dificultades. Meditaba, observaba con ojo atento cada acontecimiento para no dejarse condicionar por las ideas, las convicciones, las tradiciones de su pueblo, a fin de ser receptiva y estar preparada para las sorpresas de Dios.

 

Una cierta devoción mariana la ha alejado de nuestra condición humana, de nuestras angustias, de nuestras dudas e incertezas, de nuestras dificultades para creer. Ha sido envuelta en un nimbo de privilegios tales que –según los casos– la han convertido en objeto de admiración o envidia, pero no de amor.

 

Lucas la presenta en la óptica justa, como la hermana que ha realizado un camino de fe no diferente den nuestro. María no entiende todo desde el principio: se admira y se sorprende de lo que Simeón le dice del niño (cf. Lc 2,33). Se queda atónita, como se quedaron atónitos los apóstoles y todo el pueblo frente a las obras de Dios (cf. Lc 9,43-45). No comprende las palabras de su hijo que ha decidido ocuparse de las cosas de su Padre (cf. Lc 2,50) como los Doce no comprendieron las palabras del Maestro: “Ellos no entendieron nada, el asunto les resultaba oscuro y no comprendían lo que decía” (Lc 18,34).

 

María no entiende, pero observa, escucha, medita, reflexiona y, después de la Pascua (¡no antes!) comprenderá todo, verá claramente el sentido de cuanto ha sucedido.

 

Lucas la presentará, por última vez, al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, colocándola en su puesto, entre la comunidad de creyentes: “Todos ellos con algunas mujeres, la madre de Jesús y sus parientes, permanecían íntimamente unidos en la oración” (Hch 1,14). Ella, la bienaventurada, porque ha creído (cf. Lc 1,45).

 

El evangelio de hoy concluye con el recuerdo de la circuncisión. Con este rito Jesús entra oficialmente a formar parte del pueblo de Israel. Pero no es ésta la razón principal por la que Lucas recuerda el hecho. Es otro detalle el que le interesa: el nombre que le viene impuesto al niño, nombre no escogido por sus padres, sino que les fue indicado desde el Cielo.

 

Para los pueblos del antiguo Oriente, el nombre no solo era un medio para identificar  a la persona. Era mucho más, exprimía la naturaleza misma de quien lo llevaba, formaba un todo con él. Abigail dice de su marido: “No tomes, señor, a Nabal (literalmente: “necio”)… porque es como dice su nombre. Se llama Necio y la necedad va con él” (1 Sam 25,25). Ser llamado con el nombre de otra persona quería decir hacerla presente, ser como ella, tener su misma autoridad, gozar de su protección (cf. Dt 28,10).

 

Teniendo presente este contexto cultural, estaremos en grado de comprender la importancia que atribuye Lucas a la imposición del nombre al niño. Se llama Jesús, que significa: “él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21).

 

En el comentario a la primera lectura decíamos que el nombre de Dios –YHWH– no podía ser pronunciado. Sin nombre, por otra parte, se permanece en el anonimato. Quien no conoce nuestro nombre solamente puede establecer una relación superficial con nosotros.

 

Si Dios tenía el plan de entrar en diálogo con el hombre, tenía que decirle cómo quería ser llamado, es decir, indicar su nombre, revelar su identidad. Lo ha hecho. Escogiendo el nombre de su Hijo, Dios nos ha revelado quién es él. He aquí su identidad: el que salva, el que no ha hecho otra cosa que salvar. En los Evangelios este nombre viene repetido 566 veces… como para recordarnos que las imágenes de Dios incompatibles con este nombre deben ser canceladas. Ahora comprendemos la razón por la que en el A.T. Dios no permitía que fuera pronunciado su nombre: porque solo en el nombre de Jesús había pensado revelarnos quién es él.

 

Es interesante notar quiénes son las personas que, en el evangelio de Lucas, llaman a Jesús por su nombre. No son los santos, los justos, los perfectos, sino los marginados, los atrapados por las fuerzas del mal. Son los endemoniados (cf. Lc 4,34); los leprosos:   “¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!” (Lc 17,13); el ciego: ¡“Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!” (Lc 18,38) y el criminal que muere en la cruz junto a él: “Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí” (Lc 23,42).

 

Se lo dirá Pedro a los jefes religiosos de su pueblo: “No se ha dado a los hombres sobre la tierra otro Nombre por el cual podamos ser salvados” (Hch 4,12).

 

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