Archivo mensual: febrero 2016

III Domingo de Cuaresma, 28 de Febrero 2016, Año C

Convertirse es encontrar la propia identidad

 

Introducción

 

“No se puede seguir así, todos se aprovechan, todos engañan, los abusos son sistemáticos, insoportables y, para colmo, no se ve ninguna perspectiva nueva”. Estamos a acostumbrados a oír lamentos como ésta.

 

Quejarse es fácil, más difícil es proponer soluciones.

 

Lamentarse de las violaciones del derecho, escribir comunicados oficiales, proclamar la propia indignación puede también aportar algún beneficio pero, la mayoría de las veces, las denuncias, especialmente cuando se reducen a gestos formales y a declaraciones diplomáticas, se convierten en letra muerta.

 

Frente a la injusticia muchos se dejan llevar del frenesí de la venganza, llegando a cometer actos insensatos. El recurso a la violencia no ha dado nunca resultados positivos, por el contrario, ha provocado siempre problemas, a menudo irreparables.

 

Existe otra posible alternativa: el desinterés. Es la opción de quien se encierra en su pequeño mundo, evita comprometerse, aunque solo sea emocionalmente, con los dramas ajenos, a no ser que los acontecimientos políticos les afecten en su vida personal o familiar.

 

¿Qué hacer? La realidad, social, política y económica del mundo nos interpela, no podemos desinteresarnos, alejarnos de ella, observarla desde afuera como espectadores inertes. Pero ¿cómo intervenir?

 

Existe un modo correcto de hacerlo: lo sugiere hoy la palabra de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

Bueno y misericordioso es el Señor, Él libra de todas las culpas y cura todas las enfermedades”.

 

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II Domingo de Cuaresma, 21 de Febrero 2016, Año C

Las misteriosas razones del corazón

 

Introducción

 

Perder la cabeza por alguien significa, en lenguaje, popular enamorarse. El impuso de amar no niega lo racional, sino lo sobrepasa, abre horizontes, remonta el vuelo hacia un mundo de insospechadas emociones.

 

La fe es una elección ponderada, Jesús lo advierte a aquellos que quieren convertirse en discípulos suyos: “Si uno de ustedes pretende construir una torre ¿No se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?” (Lc 14,28). Pero es también un fiarse completa e incondicionalmente de Dios, un impulso de entrega hacia él que requiere, por consiguiente, despojarse de este mundo y de su lógica, es un perder la cabeza.

 

Francisco de Asís, presentándose desarmado durante la Cruzada al Sultán de Egipto, fue objeto de burla y tomado por loco por los cruzados. No estaba loco, simplemente seguía una lógica distinta, estaba enamorado de Cristo y creía verdaderamente en el Evangelio.

 

En lenguaje del AT este perder la cabeza es presentado con la imagen del duermevela o del sueño. Durante el sueño de Adán es creada la mujer (cf. Gn 2,21); cuando el torpor se apodera de Abrahán, el Señor viene a establecer un pacto con él (primera lectura de hoy); en el monte de la Transfiguración los tres discípulos contemplan la gloria del Señor cuando son vencidos por el sueño (Evangelio de hoy). Parece como si el debilitarse u ofuscamiento de las facultades del hombre sea premisa necesaria para las revelaciones e intervenciones de Dios.

 

Es verdad: solo quien pierde la cabeza por Cristo puede creer que muriendo por amor se llega a la vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“He confiado mi vida al Señor ¿A quién temeré?”

 

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I Domingo de Cuaresma, 14 de Febrero 2016, Año C

La tentación, oportunidad

más que peligro

 

Introducción

 

Del análisis de los textos bíblicos emerge un dato curioso: los impíos nunca son tentados por Dios; la tentación es un privilegio reservado de los justos. Ben Sira, autor del libro de Eclesiástico, recomienda al discípulo: “Prepárate para la prueba…Acepta todo cuanto te sobrevenga, aguanta la enfermedad y la pobreza, porque el oro se prueba en el fuego y los elegidos en el horno de la pobreza” (Eclo 2,1.4-5). Las desgracias y fracasos ponen a dura prueba la fidelidad al Señor, pero también la fortuna y el éxito pueden constituir una amenaza para la fe.

 

La tentación ofrece la oportunidad de dar un salto hacia adelante, de mejorar, de purificarse, de consolidar las decisiones de fe. Lleva consigo también el riesgo del error: “Porque la fascinación del vicio ensombrece la virtud –afirma el autor del libro de la Sabiduría– el vértigo de la pasión pervierte una mente sin malicia” (Sab 4,12). La tentación, sin embargo, no es una provocación al mal, sino un estímulo al crecimiento, un paso obligado para llegar a la madurez.

 

Pablo asegura: “Dios es fiel y no permitirá que sean probados por encima de sus fuerzas” (1 Cor 10,13).

 

El autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda otra verdad consoladora: Jesús ha experimentado nuestras mismas tentaciones, “no es insensible a nuestra debilidad…. Como él mismo sufrió la prueba, puede ayudar a los que son probados.” (Heb 4,15; 2,18)

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, no te pedimos que nos libres de las dificultades y de las tentaciones, sino que nos ayudes a salir maduro de ellas”.

 

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