II Domingo de Cuaresma, 21 de Febrero 2016, Año C

Las misteriosas razones del corazón

 

Introducción

 

Perder la cabeza por alguien significa, en lenguaje, popular enamorarse. El impuso de amar no niega lo racional, sino lo sobrepasa, abre horizontes, remonta el vuelo hacia un mundo de insospechadas emociones.

 

La fe es una elección ponderada, Jesús lo advierte a aquellos que quieren convertirse en discípulos suyos: “Si uno de ustedes pretende construir una torre ¿No se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?” (Lc 14,28). Pero es también un fiarse completa e incondicionalmente de Dios, un impulso de entrega hacia él que requiere, por consiguiente, despojarse de este mundo y de su lógica, es un perder la cabeza.

 

Francisco de Asís, presentándose desarmado durante la Cruzada al Sultán de Egipto, fue objeto de burla y tomado por loco por los cruzados. No estaba loco, simplemente seguía una lógica distinta, estaba enamorado de Cristo y creía verdaderamente en el Evangelio.

 

En lenguaje del AT este perder la cabeza es presentado con la imagen del duermevela o del sueño. Durante el sueño de Adán es creada la mujer (cf. Gn 2,21); cuando el torpor se apodera de Abrahán, el Señor viene a establecer un pacto con él (primera lectura de hoy); en el monte de la Transfiguración los tres discípulos contemplan la gloria del Señor cuando son vencidos por el sueño (Evangelio de hoy). Parece como si el debilitarse u ofuscamiento de las facultades del hombre sea premisa necesaria para las revelaciones e intervenciones de Dios.

 

Es verdad: solo quien pierde la cabeza por Cristo puede creer que muriendo por amor se llega a la vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“He confiado mi vida al Señor ¿A quién temeré?”

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Génesis 15,5-12.17-18

 

15,5: En aquellos días, el Señor tomó Abraham afuera y le dijo: –Mira al cielo; cuenta las estrellas si puedes. Y añadió: –Así será tu descendencia. 15,6: Abrán creyó al Señor y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación. 15,7: El Señor le dijo: –Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos para darte en posesión esta tierra. 15,8: Él replicó: –Señor mío, ¿cómo sabré que voy a poseerla? 15,9: Respondió el Señor: –Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón de paloma. 15,10: Abrán los trajo y los partió por en medio colocando una mitad frente a otra, pero no descuartizó las aves. 15,11: Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. 15,12: Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. 15,17: El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. 15,18: Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: –A tus descendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates. – Palabra de Dios

 

 

El sueño de todos los nómadas del desierto es poseer una tierra donde el agua no haya que sacarla de los pozos, sino que caiga del cielo; una tierra donde lluvias regulares y abundantes permitan cultivar campos de trigo, viñas, árboles frutales; una tierra donde establecerse con su propia familia y vivir en paz, donde “se sentará cada uno bajo su parra y su higuera, sin sobresaltos” (Mc 4,4).

 

Abrahán es uno de estos nómadas: ha salido de un país lejano, ha estado moviéndose por muchos años de un lugar a otro como un caminante sin meta. Es viejo y no tiene hijos. Su vida se precipita hacia un final de fracaso total. Un día, sin embargo, recibe la revelación del Señor que le promete lo que él ha siempre deseado y no ha sido capaz de conseguirlo: una tierra (vv. 17.19) y una descendencia numerosa como las estrellas del cielo (v. 5).

 

¿Cómo es que Dios ha tomado la iniciativa de hacer estas promesas a Abrahán? ¿Por qué a él y no a otros? ¿Era acaso el mejor hombre de la tierra?

 

Los rabinos del tiempo de Jesús –convencidos de que el Señor concede favores solo a aquellos que los merecen– sostenían que Abrahán se había ganado las bendiciones de Dios por haber practicado la misericordia y la justicia.

 

Es ésta una suposición gratuita. La Biblia no hace referencia a ninguna buena obra de Abrahán y presenta la llamada y las promesas como un don gratuito de Dios. Abrahán tuvo un solo mérito, posterior, no anterior a la llamada: “creyó al Señor y el Señor se lo tuvo en cuenta para su justificación” (v. 6).

 

Es la primera vez que se dice en la Biblia que un hombre ha tenido fe en Dios.

 

El verbo que nosotros traducimos por creer, en hebreo significa apoyarse en un fundamento sólido, estable, seguro. No indica una adhesión intelectual a algunos dogmas, sino la confianza total y sin condiciones que damos a una persona. Una imagen expresiva puede ser la de la esposa: cuando ésta afirma que “cree en su marido”, quiere decir que se fía ciegamente de él, que tiene depositada en él toda su esperanza, que ha puesto en sus manos su futuro, su misma vida.

 

Abrahán ha oído la voz de Dios y se ha abandonado en sus brazos, ha creído en él, seguro de no ser traicionado. Esta es la fe que Dios “le tuvo en cuenta para su justificación”. Es una afirmación importante que será retomada también por Pablo (cf. Rom 4,3; Gál 3,6). Significa que Dios ha considerado justo a Abrahán, no porque éste haya hecho obras virtuosas y meritorias, sino porque el Patriarca ha establecido una relación justa con el Señor: se ha fiado de sus palabras, de sus promesas, ha permanecido firme cuando las apariencias podrían haberle inducido a pensar lo contrario.

 

La lectura describe la respuesta del Señor a esta fe: después de haber hecho su promesa, Dios realiza un ritual para sancionarla.

 

Entre los pueblos antiguos de Mesopotamia los pactos solemnes se estipulaban con una ceremonia: se tomaba un animal (un buey, cabrito u oveja) y se descuartizaba; a continuación, los que comprometían con un juramente de fidelidad pasaban por medio a los pedazos de carne, pronunciado esta fórmula: “Si traiciono el pacto, que me hagan pedazos como a este animal”.

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 9-17) Dios corrobora sus palabras con el cumplimiento de este rito de alianza. Todo sucede en una misteriosa visión. Después de haber hecho la promesa, Dios ordena a Abrahán sacrificar a los animales y colocar sus carnes a ambos lados de un sendero; como una llama de fuego, Él pasa entre las víctimas.

 

Nótese bien: solo Dios cumple el rito de la alianza, Abrahán no pasa entre las carnes de los animales. La promesa de Dios es absolutamente incondicional, no pide nada a cambio. Sabe que no puede pedir nada porque los hijos del patriarca serán frecuentemente infieles e incrédulos. Durante el Éxodo llegarán incluso a pensar que el Señor los haya conducido al desierto para hacerlos desaparecer (cf. Nm 14,1-9).

 

Las promesas de Dios al hombre son siempre gratuitas. Los profetas presentan a Dios siempre y en toda circunstancia como el esposo fiel, aunque la esposa le traicione (cf. Is 54,5-10). Su amor no se rinde ante ninguna traición.

 

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Segunda Lectura: Filipenses 3,17–4,1

 

3,17: Hermanos, sigan mi ejemplo y pongan la mirada en los que siguen el ejemplo que yo les he dado. 3,18: Muchos –se lo decía frecuentemente y ahora se lo digo llorando– viven como enemigos de la cruz de Cristo: 3,19: su destino es la perdición, su dios es el vientre, su honor lo que es vergonzoso, su mentalidad es terrena. 3,20: Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos recibir al Señor Jesucristo; 3,21: él transformará nuestro cuerpo mortal, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, con el poder que tiene para dominar todas las cosas. 4,1: Por eso, hermanos queridos y añorados, ustedes, amados míos que son mi alegría y mi premio, sigan así fieles al Señor. – Palabra de Dios

 

 

Cuando oímos hablar de los “enemigos de Cristo”, quizás pensemos en los ateos, en los miembros de sectas fanáticas, en quienes se comportan de modo disoluto. En el relato de la carta de Pablo que hoy leemos, los enemigos de Cristo son identificados con un grupo de cristianos de la comunidad de Filipo. De éstos, dice el Apóstol: “su dios es el vientre, su honor lo que es vergonzoso, su mentalidad es terrena” (v. 19).

 

¿Cuál es su pecado? Las expresiones usadas nos llevan a pensar en la sensualidad, en la búsqueda desenfrenada de los placeres de la comida y el sexo. En realidad, Pablo probablemente se refiera al error de quien reduce la fe a la observancia de prácticas tradicionales como la circuncisión, la abstención de ciertos alimentos, los ayunos y privaciones extenuantes. Se trata –como el Apóstol comenta con sarcasmo– de comportamientos todos que hacen referencia… al vientre.

 

A este punto nos preguntamos si para “ser amigos de la cruz de Cristo”, es necesario sufrir, mortificarse, hacer sacrificios, renunciar a todo lo placentero.

 

Mortificarse significa hacerse morir y nosotros queremos vivir, no morir. La muerte, en todas sus manifestaciones, siempre nos parece un mal. Pero no todo lo que a nosotros nos parece vida, lo es realmente. Los amigos de la cruz de Cristo están llamados a renunciar a lo que no es vida.

 

Pablo declara que esta es la única elección sabia: “nosotros somos ciudadanos del cielo” (v. 20) y nos espera la “transformación de nuestro cuerpo mortal” (v. 21). Fiel al pensamiento bíblico, el Apóstol no habla de aniquilamiento del cuerpo –como sostenía la filosofía griega– sino de una metamorfosis de toda la persona en conformidad con el cuerpo glorioso de Cristo.

 

Se equivocan, por tanto, quienes miran a esta tierra como si fuera la morada definitiva, y hacen del “vientre” su dios. En este mundo el hombre es un extranjero, un nómada, como Abrahán.

 

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Evangelio: Lucas 9,28b-36

 

9,28: En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago y subió a una montaña a orar. 9,29: Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y su ropa resplandecía de blancura. 9,30: De pronto dos hombres hablaban con él: eran Moisés y Elías, 9,31: que aparecieron gloriosos y comentaban la partida de Jesús que se iba a consumar en Jerusalén. 9,32: Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño. Al despertar, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. 9,33: Cuando éstos se retiraron, dijo Pedro a Jesús: —Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a armar tres chozas: una para ti, una para Moisés y una para Elías –no sabía lo que decía–. 9,34: Apenas lo dijo, vino una nube que les hizo sombra. Al entrar en la nube, se asustaron. 9,35: Y se escuchó una voz que decía desde la nube: —Éste es mi Hijo elegido. Escúchenlo. 9,36: Al escucharse la voz, se encontraba Jesús solo. Ellos guardaron silencio y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto. Palabra del Señor

 

 

Este pasaje ha sido interpretado por algunos como una breve anticipación de la experiencia del paraíso, concedida por Jesús a un número restringido de amigos para prepararles a soportar la dura prueba de su pasión y muerte.

 

Hay que estar siempre muy atentos cuando nos acercamos a un texto evangélico porque lo que a primera vista parece el relato de crónica de un acontecimiento, puede revelarse, después de una examen más detenido, un texto denso de teología redactado según los cánones del lenguaje bíblico. El relato de la transfiguración, referido de manera casi idéntica por Mateo, Marcos y Lucas, es un ejemplo esclarecedor.

 

Hoy nos detendremos sobre algunos detalles significativos que solamente se encuentran en la versión de Lucas.

 

Solo este evangelista especifica la razón por la que Jesús sube a la montaña: para orar (v. 28). Jesús solía dedicar mucho tiempo a la oración. No sabía desde el principio cómo se desarrollaría su vida, no conocía el destino que le esperaba, lo fue descubriendo gradualmente, a través de las iluminaciones que recibía durante la oración.

 

Es en uno de esos momentos particularmente intensos que Jesús se da cuenta que ha sido llamado a salvar a los hombres no a través del triunfo, sino de la derrota.

 

Hacia la mitad de su evangelio, Lucas comienza a revelar las primeras señales de fracaso: las multitudes, primero entusiastas, abandonan a Jesús; hay quienes lo toman por un exaltado, como un subversivo; sus enemigos comienzan a tramar su muerte. Es comprensible, pues, que él se interrogue sobre el camino que el Padre quiere que recorra. Por esto “subió a una montaña para orar”.

 

Durante la oración su rostro “cambió de aspecto” (v. 29). Este esplendor es signo de la gloria que envuelve a quien está unido a Dios. También el rostro de Moisés resplandecía cuando entraba en diálogo con el Señor (cf. Éx 34,29-35).

 

Todo auténtico encuentro con Dios deja alguna huella visible en el rostro humano. Después de una celebración de la Palabra vivida intensamente, todos regresamos a casa más felices, más serenos, más buenos, más sonrientes, más dispuestos a ser tolerantes, comprensivos, generosos; salimos con caras más relajadas que parecen reflejar una luz interior.

 

La luz sobre el rostro de Jesús indica que, durante la oración, ha comprendido y hecho suyo el proyecto del Padre; ha comprendido que su sacrificio no terminaría con la derrota sino con la gloria de la resurrección.

 

Durante la experiencia espiritual de Jesús, aparecen dos personajes: Moisés y Elías (vv. 30-31). Son el símbolo de la Ley y de los profetas y representan al AT. Todos los libros sagrados de Israel tienen como objetivo conducirnos a dialogar con Jesús, están orientados hacia él. Sin Jesús, el AT es incomprensible, pero también Jesús, sin el AT, permanece un misterio. En el día de Pascua, para hacer comprender a sus discípulos el significado de su muerte y resurrección, Jesús recurrirá al AT: “Comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que toda la Escritura se refería a él” (Lc 24,27).

 

También Marcos y Mateo introducen a Moisés y Elías, pero solamente Lucas recuerda el tema de su diálogo con Jesús: hablaban de su éxodo, es decir del paso de este mundo al Padre. La luz que le ha desvelado a Jesús su misión ha venido de la Palabra de Dios contenida en el AT. Es allí que él ha descubierto que el Mesías no estaba destinado al triunfo, sino a la derrota, que tenía que sufrir mucho, ser humillado, rechazado por los hombres, como se dice del siervo del Señor (cf. Is 53).

 

Los tres discípulos, Pedro Santiago y Juan, no comprenden nada de lo que está sucediendo (vv. 32-33). Son invadidos por el sueño. Es difícil pensar, aunque alguno así lo haya hecho, que los discípulos se adormentaran por la subida fatigosa a la montaña o porque la escena se desarrollara de noche (v. 37). No lo pide el contexto.

 

Caigamos en la cuenta de un detalle: en los pasajes del evangelio que hacen alguna referencia a la pasión y muerte de Jesús, estos tres discípulos son siempre víctimas del sueño. También en el huerto de los Olivos se dejan vencer por el sueño (cf. Mc 14,32-42; Lc 22,45). Es extraño que siempre en los momentos cruciales sientan esa irresistible necesidad de adormentarse.

 

El sueño es frecuentemente usado por los autores bíblicos en sentido simbólico. Pablo, por ejemplo, escribe a los romanos: “Ya es hora de despertar del sueño…la noche está avanzada, el día se acerca” (Rom 13,11-12). Con esta llamada urgente, el Apóstol quiere sacudir a los cristianos del torpor espiritual, invitándoles a abrir la mente para comprender y asimilar la propuesta moral del Evangelio.

 

En nuestro relato, el sueño indica la incapacidad de los discípulos de entender y aceptar que el Mesías de Dios deba pasar a través de la muerte para entrar en su gloria.

 

Cuando Jesús realiza prodigios, cuando la multitud le aclama, los tres apóstoles se muestran bien despiertos; pero cuando Jesús comienza a hablar del don de la vida, de la necesidad de ocupar el último puesto, de convertirse en siervos, no quieren entender, lentamente cierran los ojos y se quedan dormidos…para continuar soñando con aplausos y triunfos.

 

Las tres tiendas son el detalle más difícil de explicar (incluso el evangelista anota que ni siquiera Pedro, que es el que ha hablado, sabía lo que estaba diciendo).

 

Quien construye una tienda o cabaña en un lugar lo hace con la intención de quedarse allí, al menos por un tiempo. Jesús, por el contrario, está siempre de camino: debe realizar un “éxodo” –dice el Evangelio de hoy– y los discípulos son invitados a seguirle. Las tres tiendas quizás indiquen el deseo de Pedro de quedarse para perpetuar la alegría experimentada en un momento de intensa oración con el Maestro.

 

Para comprenderlo mejor, podemos recurrir a nuestra experiencia: después de haber dialogado largamente con el Señor nos cuesta regresar a la vida ordinaria. Los problemas y dramas concretos que debemos afrontar nos asustan. Sabemos, sin embargo, que la escucha de la palabra de Dios no lo es todo. No se puede uno pasar toda la vida en la iglesia o en la casa de retiros espirituales; es necesario salir para encontrarse y servir a los hermanos, ayudar a quien sufre, acercarnos a quienes tienen necesidad de amor. Después de haber descubierto en la oración la senda a recorrer, hay que ponerse a caminar con Jesús que sube a Jerusalén para dar la vida.

 

La nube (v. 34), especialmente cuando se posa sobre la cima de un monte, indica según el lenguaje bíblico, la presencia invisible de Dios. La referencia a la nube es frecuente en el AT, sobre todo en el Éxodo: Moisés entra en la nube que cubre el monte (cf. Éx 24,15-18), la nube desciende sobre la tienda del encuentro y Moisés no puede entrar porque en ella está presente el Señor (cf. Éx 40,34).

 

Pedro, Santiago y Juan son introducidos en el mundo de Dios y allí reciben la iluminación que les hará comprender el camino del Maestro: el conflicto con el poder religioso, la persecución, la pasión y la muerte. Intuyen al mismo tiempo que ese será también su destino… y tienen miedo.

 

De la nube sale una voz (v. 35): es la interpretación de Dios de todo lo que le ocurrirá a Jesús. Para los hombres será un derrotado, para el Padre será el “elegido”, el siervo fiel en quien se complace.

 

Agradable al Señor es quien sigue las huellas de este siervo fiel. Escúchenlo –dice la voz del cielo– aun cuando parezca proponer caminos demasiado difíciles, sendas demasiado estrechas, elecciones paradójicas y humanamente absurdas.

 

Al término del episodio (v. 36), Jesús se queda solo. Moisés y Elías desaparecen. Este detalle indica la función del AT: llevar a Jesús, hacer comprender a Jesús. Al final, todos los ojos deben fijarse solo en él.

 

No es fácil creer en la revelación de Jesús y aceptar su propuesta de vida. No es fácil seguirle en su “éxodo”. Fiarse de él es muy arriesgado: es verdad que promete una gloria futura, pero lo que el hombre experimenta aquí y ahora es la renuncia, el don gratuito de sí mismo. La semilla arrojada en tierra está destinada a producir mucho fruto, pero hoy, lo que le espera es la muerte. ¿Cuándo y cómo podrá ser asimilada esta sabiduría de Dios tan contraria a la lógica del hombre?

 

La respuesta viene dada en el detalle, aparentemente superfluo, con que se inicia el Evangelio de hoy. El episodio de la transfiguración viene colocado por Lucas ocho días después de que Jesús haya hecho el dramático anuncio de su pasión, muerte y resurrección, ocho días después de haber presentado las condiciones para quien quiera seguirle: “niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día” (Lc 9,22-27).

 

El octavo día tiene para los cristianos un significado preciso: es el día después del sábado, el día del Señor, el día en que la comunidad se reúne para escuchar la Palabra y partir el pan (cf. Lc 24,13).

 

Y esto es lo que quiere decir Lucas con la referencia al octavo día: cada Domingo los discípulos que se reúnen para celebrar la Eucaristía, suben “a la montaña”, ven el rostro transfigurado del Señor, es decir Resucitado, comprenden en la fe que su “éxodo” no ha concluido con la muerte y oyen de nuevo la voz del cielo que les dirige la invitación: “¡Escúchenlo!”.

 

Pedro, Santiago y Juan, después de bajar de la montaña, “guardaron silencio y por entonces no contaron a nadie lo que habían visto” (v. 27). No podían hablar de lo que no habían comprendido: el éxodo de Jesús no se había cumplido todavía. Nosotros hoy, saliendo de nuestras iglesias, podemos, por el contrario, anunciar a todos lo que la fe nos ha hecho comprender: quien da la vida por amor entra en la gloria de Dios.

 

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