III Domingo de Cuaresma, 28 de Febrero 2016, Año C

Convertirse es encontrar la propia identidad

 

Introducción

 

“No se puede seguir así, todos se aprovechan, todos engañan, los abusos son sistemáticos, insoportables y, para colmo, no se ve ninguna perspectiva nueva”. Estamos a acostumbrados a oír lamentos como ésta.

 

Quejarse es fácil, más difícil es proponer soluciones.

 

Lamentarse de las violaciones del derecho, escribir comunicados oficiales, proclamar la propia indignación puede también aportar algún beneficio pero, la mayoría de las veces, las denuncias, especialmente cuando se reducen a gestos formales y a declaraciones diplomáticas, se convierten en letra muerta.

 

Frente a la injusticia muchos se dejan llevar del frenesí de la venganza, llegando a cometer actos insensatos. El recurso a la violencia no ha dado nunca resultados positivos, por el contrario, ha provocado siempre problemas, a menudo irreparables.

 

Existe otra posible alternativa: el desinterés. Es la opción de quien se encierra en su pequeño mundo, evita comprometerse, aunque solo sea emocionalmente, con los dramas ajenos, a no ser que los acontecimientos políticos les afecten en su vida personal o familiar.

 

¿Qué hacer? La realidad, social, política y económica del mundo nos interpela, no podemos desinteresarnos, alejarnos de ella, observarla desde afuera como espectadores inertes. Pero ¿cómo intervenir?

 

Existe un modo correcto de hacerlo: lo sugiere hoy la palabra de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

Bueno y misericordioso es el Señor, Él libra de todas las culpas y cura todas las enfermedades”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Éxodo 3,1-8a.13-15

 

3,1: Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián; una vez llevó el rebaño más allá del desierto hasta llegar a Horeb, el monte de Dios. 3,2: El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. 3,3: Moisés dijo:–Voy a acercarme a mirar este es­pectáculo tan admirable: cómo es que no se quema la zarza. 3,4: Viendo el Señor que Moisés se acer­caba a mirar, lo llamó desde la zarza:–Moisés, Moisés. Respondió él:–Aquí estoy. 3,5: Dijo Dios:–No te acerques. Quítate las sandalias de los pies, porque el sitio que pisas es terreno sagrado. 3,6: Y añadió:–Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob. Moisés se tapó la cara temeroso de mirar a Dios. 3,7: El Señor le dijo:–He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. 3,8: Y he bajado a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel. 3,13: Moisés replicó a Dios:–Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes. Si ellos me preguntan cómo se llama, ¿qué les respondo? 3,14: Dios dijo a Moisés:–Soy el que soy. Esto dirás a los israelitas: Yo soy me envía a ustedes. 3,15: Dios añadió a Moisés:–Esto dirás a los israelitas: El Señor Dios de sus padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a ustedes. Éste es mi Nombre para siempre: así me llamarán de generación en generación. – Palabra de Dios

 

 

Israel ha conocido al Señor sobre todo como liberador. Solo después ha descubierto que Él es también padre, madre, esposo, rey, pastor, guía, aliado…La lectura narra cómo ha comenzado esta revelación de Dios a su pueblo.

 

Moisés se encuentra refugiado en el desierto del Sinaí porque, unos años antes, se vio envuelto en un lio muy serio: había visto a un hombre de su pueblo siendo maltratado por un supervisor egipcio e, interviniendo en su defensa, mató al agresor (cf. Ex 2,11-15).

 

Moisés es de temperamento impulsivo, no soporta la opresión, los abusos, las artimañas y vejaciones contra los más débiles. Lo ha demostrado en el mismo desierto a donde había huido. Estaba sentado un día junto a un pozo, llegan algunas jóvenes para abrevar a sus ovejas cuando unos pastores que merodeaban por allí las expulsaron del abrevadero; Moisés, indignado, no soporta el abuso, da un salto y reduce a golpes a los pastores y después ayuda a las jóvenes a dar de beber al ganado (cf. Ex 2,16-22).

 

La prudencia y la experiencia, a un cierto momento, le aconsejan tomarse las cosas con calma y no mezclarse en problemas ajenos. Es doloroso asistir impotente a las injusticias perpetradas contra los débiles pero ¿qué se puede hacer? Si interviene corre el peligro de verse envuelto en problemas más serios. Mejor es no pensar y desinteresase de todo.

 

Moisés se refugia en casa de Jetró, el padre de las muchachas, se casa con una de ellas y comienza una vida pobre pero tranquila. Todos los días sale para llevar a pastar el rebaño del suegro y solo quiere que lo dejen en paz.

 

Pero ¿podrá uno como él olvidarse de sus hermanos que en Egipto siguen sometidos a continuas vejaciones de parte de sus amos?

 

Dios, que conoce sus sentimientos, decide un día revelarle su proyecto: quiere liberar a su pueblo de la esclavitud.

 

El relato de la llamada de Moisés está construido según el esquema clásico de las llamadas vocacionales, con las acostumbras imágenes para presentar las manifestaciones de Dios.

 

Moisés está cuidando de las ovejas del suegro junto al monte Horeb cuando, de pronto, ve una zarza que ardía sin consumirse. Se acerca y siente la voz de Dios quien, después de haberle invitado a quitarse las sandalias, le dice: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído sus quejas contra los opresores y me he fijado en sus sufrimientos y he bajado a liberarlos” (vv. 7-8).

 

El fuego es una de las imágenes más comunes en la Biblia para indicar la presencia de Dios: en el desierto el Señor guiaba a su pueblo con una “columna de fuego” (Ex 13,21); “El Señor bajó (al monte Sinaí) con fuego (Ex 19,18); “¿Qué pueblo ha visto a Dios hablando desde el fuego? (Dt 4,33).

 

También aquí el fuego indica la voz que revela a su siervo la misión arriesgada y difícil a la que le ha llamado.

 

La encina ardiente sin consumirse exprime muy bien la “llama” de Dios que arde interiormente y no da tregua a Moisés. Es la misma de la que habla Jeremías: “la sentía dentro como fuego ardiente encerrado en los huesos: hacia esfuerzos para contenerla y no podía” (Jr 20,9).

 

La imagen de la encina podría haber sido sugerida al autor bíblico de un fenómeno curioso que ocurre en el desierto: del dictamus albus (un arbusto de un metro de altura del que exuda esencias oleaginosas que se incendian en los días de mucho calor).

 

Las sandalias completan el simbolismo de la escena. Al estar confeccionadas con piel de un animal muerto, son impuras y no pueden ser introducidas en un lugar santo donde tiene acceso solamente lo que hace referencia a la vida (también hoy hay que de dejar el calzado antes de entrar en una mequita).

 

Diciendo que Moisés ha sido invitado a quitarse las sandalias, el autor sagrado quiere afirmar que ha entrado en contacto con Dios. La inspiración que ha tenido no era fruto de su fantasía, una veleidad suya, sino que provenía del Señor.

Ahora es posible de intentar reconstruir lo que puede haber ocurrido. En la solitud y silencio del desierto, mientras quizás reflexionaba sobre la suerte de su pueblo en Egipto, Moisés ha recibido una iluminación. Dios lo ha introducido en su mundo, ha derramado en el corazón de Moisés sus mismos sentimientos, su pasión por la libertad de los oprimidos. Le ha dado a entender que para realizar su sueño tenía necesidad de uno como él.

 

En esta experiencia espiritual intensa y profunda, Moisés se ha dado cuenta también de las dificultades que tan ardua empresa presentaba y ha expuesto al Señor sus objeciones: “Mira, yo iré a los Israelitas y les diré; el Dios de sus padres me ha enviado a ustedes. Si ellos me preguntan cómo se llama ¿qué les respondo?” (v. 13).

 

En la segunda parte de la lectura (vv. 13-15) el Señor responde revelando su nombre. Dice a Moisés: “Esto dirás a los israelitas: Yo soy el que soy” o, mejor Yo soy el que seré (esta es la traducción más exacta).

 

¿Por qué quiere Dios ser llamado de modo tan extraño? ¿Qué significa este nombre que aparece 6.828 veces en la Biblia? Quiere decir: se darán cuenta que yo seré; verán por lo que haré quién soy yo.

 

¿Qué verán los israelitas? No ciertamente un Dios que se queda tranquilo en el paraíso, ocupado en mantener al día la contabilidad de los pecados, que no quiere que le molesten, que le interesa muy poco lo que ocurre en la tierra.

 

El Dios que se revelará a Israel es un Dios que vive con pasión los problemas de su pueblo, que no tolera la opresión de los débiles, que interviene para liberarlos.

 

Los rabinos hacían notar que el texto sagrado no dice que los israelitas han gritado al Señor, sino que él ha observado la miseria de su pueblo en Egipto y ha oído su grito. Los israelitas gritaban de dolor. Dios ha sentido aquel lamento como una invocación dirigida a él y ha decidido ayudarles.

 

Dios no cambia nombre. Sus sentimientos por aquellos que sufren injusticias, por quienes son víctimas de cualquier tipo de opresión y abuso, son siempre los mismos. Ni siquiera cambia el método como lleva a cabo sus liberaciones: se sirve de sus ángeles –es así como es llamado Moisés (cf. Éx 23,20-23)– realiza sus obras por medio de aquellos que se dejan modelar por su palabra, que cultivan en el corazón sus mismos sentimientos y que no tienen miedo de correr riesgos.

 

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Segunda Lectura: 1 Corintios 10,1-6.10-12

 

10,1: No quiero que ignoren, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube y atravesaron el mar; 10,2: todos se bautizaron en la nube y el mar uniéndose a Moisés; 10,3: todos comieron el mismo alimento espiritual 10,4: y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que les seguía, roca que es Cristo. 10,5: Pero la mayoría no agradó a Dios y quedaron tendidos en el desierto. 10,6: Esos sucesos nos sirven de ejemplo para que no nos abandonemos a malos deseos como ellos lo hicieron. 10,10: No se rebelen como algunos se rebelaron y perecieron a manos del ángel destructor. 10:11: Todo esto les sucedía a ellos como figura, y se escribió para advertirnos a los que hemos alcanzado la etapa final. 10:12: Por consiguiente, quien crea estar firme, tenga cuidado y no caiga. – Palabra de Dios

 

 

La comunidad de Corinto es una buena comunidad, sin embargo, como sucede en todas partes, tiene también sus puntos negativos: divisiones, inmoralidad, envidias. Algunos cristianos están convencidos que baste el bautismo para estar seguros de la salvación. Pablo se da cuenta que los corintios son víctimas de una peligrosa ilusión.

 

Para corregir esta falsa seguridad, les pone el ejemplo del pueblo de Israel. Dice: todos los israelitas han creído en Moisés y le han seguido, han cruzado el mar Rojo, han estado bajo la nube, han comido el maná y bebido el agua que surgió de la roca; sin embargo, a causa de su infidelidad ninguno de ellos ha entrado en la Tierra Prometida.

 

Lo mismo puede suceder a los cristianos. Éstos deben tener presente que los favores de Dios no producen resultados de modo automático o mágico. No basta haber creído en Cristo (nuevo Moisés), haber sido bautizados (paso del mar Rojo), haber sido alimentados por la Eucaristía (el pan y el vino corresponden al maná y al agua del desierto). Es necesaria una vida coherente, de los contrario, también ellos pueden perderse, como ha ocurrido a los israelitas en el desierto.

 

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Evangelio: Lucas 13,1-9

 

13,1: En aquella ocasión se presentaron algunos a informarle acerca de unos galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. 13,2: Él contestó:—¿Piensan que aquellos galileos, sufrieron todo eso porque eran más pecadores que los demás galileos? 13,3: Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten, acabarán como ellos. 13,4: ¿O creen que aquellos dieciocho sobre los cuales se derrumbó la torre de Siloé y los mató, eran más culpables que el resto de los habitantes de Jerusalén? 13,5: Les digo que no; y si ustedes no se arrepienten acabarán como ellos. 13,6: Y les propuso la siguiente parábola:—Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. 13,7: Dijo al viñador:—Hace tres años que vengo a buscar fruta en esta higuera y nunca encuentro nada. Córtala, que encima está malgastando la tierra. 13,8: Él le contestó:—Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y la abonaré, 13,9: a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás. Palabra del Señor

 

 

En la primera parte del relato (vv. 1-5) viene referidos dos sucesos de crónica: un crimen cometido por Pilato y el derrumbamiento accidental de una torre cercana a la piscina de Siloé. El gobernador no era ciertamente un hombre de corazón tierno. Los historiadores le atribuyen varios episodios dramáticos de los que fue protagonista. El Evangelio de hoy narra uno ellos.

 

Algunos peregrinos venidos de Galilea para ofrecer sacrificios en el templo, probablemente con ocasión de la Pascua, se ven envueltos en un episodio de sangre. La Pascua celebra la liberación de Egipto y es, por tanto, inevitable que despierte en todo israelita deseos de libertad, agudizando el sentimiento de rebelión contra la opresión romana. Es posible que también estos galileos, quizás un poco fanáticos, hayan intercambiado con los soldados romanos algunos insultos y de las palabras hayan pasado a los hechos, primero con gestos provocativos y empujones para terminar en una reyerta.

 

Pilato, que solía transferirse de Cesarea a Jerusalén durante las grandes fiestas para asegurar el orden y prevenir revueltas, había impuesto una férrea política de tolerancia cero frente a cualquier señal o incluso amago de rebelión y, en consecuencia, también en esta ocasión hace intervenir al ejército y, sin respeto alguno por el lugar sagrado, masacra a los desventurados galileos. Un gesto brutal y sacrílego, un ultraje al Señor, una provocación al pueblo que considera el templo como morada de su dios, un lugar donde los mismos sacerdotes tenían que caminar descalzos, incluso en invierno.

¿Por qué el Señor no ha intervenido reduciendo a cenizas a los responsables de este crimen? Los fariseos tienen la respuesta: no hay castigo sin culpa. Si Dios ha permitido que estos galileos hayan sido víctimas de la espada romana, significa que estaban llenos de pecados. Pero ¿cómo aceptar una explicación tan absurda? Para el pueblo, la cosa es clara: el pecador es Pilatos y los malvados son los soldados romanos.

 

Alguien refiere lo sucedido a Jesús, quizás con la esperanza de oír de su boca una severa condena, una toma de posición anti-romana. Quizás alguno incluso crea de poder contar con él en una revuelta armada. Frente a semejante crimen, piensan, el Maestro no reaccionará invitando al perdón y la paciencia. ¿Qué menos que una indignada declaración contra Pilato?

 

Jesús sorprende a sus agitados e iracundos interlocutores: no pierde la calma, no sale de su boca ninguna palabra descontrolada. En primer lugar, dice taxativamente que no hay relación alguna entre la muerte de estas personas y los pecados que hayan podido cometer; después, invita a sacar una lección de este acontecimiento. Hay que interpretarlo como una llamada a la conversión.

 

Para esclarecer más su pensamiento, recurre a otro acontecimiento de crónica: la muerte de diez y ocho personas, provocada por el desplome de una torre, suceso que lugar probablemente durante la construcción de un acueducto junto a la piscina de Siloé. Estas perdonas, dice Jesús, no han sido castigadas a causa de sus culpas: han muerto por una fatalidad, en vez de ellos podían haber muerte otros. También este acontecimiento debe ser interpretado como una llamada a la conversión.

La respuesta de Jesús parece eludir el problema. ¿Por qué no toma posición frente a la masacre? Sorprende su respuesta porque Jesús ha ido siempre al grano y ciertamente no tiene miedo de decir lo que piensa.

 

Las estructuras opresivas (y Pilato representa una de ellas) son generalmente muy sólidas, tiene raíces profundas, se defienden con medios potentes. Es una ilusión pensar que se puedan venir abajo de un momento al otro. Hay muchos que piensan que el recurso a la violencia pueda ser un medio rápido, eficaz y seguro para restablecer la justicia. ¡Es la peor de las soluciones! El uso de la fuerza no produce nada bueno, no resuelve los problemas, crea otros…y más graves.

 

Jesús no se pronuncia directamente sobre el crimen cometido por Pilato. No quiere dejarse envolver en aquellas inútiles conversaciones en las que todo se reduce a imprecar y maldecir. Él no es insensible, ciertamente, a los sufrimientos y a las desgracias, se conmueve hasta las lágrimas por amor a su tierra. Sin embargo, sabe que la agresividad, el desprecio, la ira, el odio, el deseo de venganza no llevan a ninguna parte, es más, son contraproducentes. Estos sentimientos conducen solamente a gestos desconsiderados que complican aún más la situación.

 

La llamada de Jesús a la conversión es una invitación a cambiar de manera de pensar.

 

Los judíos cultivaban sentimientos de violencia, venganza, rencor contra los opresores. Éstos no son los sentimientos de Dios. Es urgente que revisen su posición, que renuncien a la confianza que ponen en el uso de la espada. Por desgracias, no están dispuestos a la conversión y así, cuarenta años después, perecerán todos, (culpables e inocentes) en una nueva y más grande masacre.

 

Jesús no busca huir del problema, propone una solución diversa. Rechaza los remedios paliativos. Invita a intervenir sobre la raíz del mal. Es inútil hacerse la ilusión de que la situación pueda cambian simplemente sustituyendo a aquellos que detentan el poder. Si los nuevos gobernantes no tienen un corazón nuevo, si no siguen una lógica diversa, todo seguirá como antes. Sería como cambiar los actores de un espectáculo sin cambiar el texto que deben recitar.

 

He aquí la razón por la que Jesús no se adhiere a la explosión colectiva de indignación contra Pilato. Jesús invita a la conversión, propone un cambio de mentalidad. Solo quienes se convierten en personas diferentes, solo personas con un corazón nuevo pueden construir un mundo nuevo. Esta es la solución definitiva.

 

¿Cuánto tiempo tenemos a disposición para realizar este cambio de mentalidad? ¿Puede postergarse algunos meses más, algún año más? A estas preguntas Jesús responde en la segunda parte del evangelio de hoy (vv. 6-9) con la parábola de la higuera.

 

En la biblia se habla frecuentemente de este árbol que, dos veces al año, en primavera y en otoño, da frutos dulcísimos. En tiempos antiguos era símbolo de la prosperidad, de la paz (cf. 1 Re 4,25; Is 36,16) En el desierto del Sinaí, los israelitas soñaban con una tierra con abundancia de manantiales de agua, campos de trigo…e higueras (cf. Dt 8,8; Nm 20,5).

 

El mensaje de la parábola es claro: de quien ha escuchado el mensaje del Evangelio Dios espera frutos deliciosos a abundantes. No quiere prácticas religiosas externas, no se contenta con las apariencias (en primavera la higuera da los frutos incluso antes que hojas), sino que busca obras de amor.

 

A diferencia de los otros evangelistas que hablan de una higuera estéril que Jesús ha hecho secar o casi (cf. Mc 11,12-24; Mt 21,18-22), el evangelista de la misericordia, introduce una prórroga: otro mes de espera antes de la intervención definitiva. Lucas presenta a un Dios paciente, tolerante con la debilidad humana, comprensivo con la dureza de nuestra mente y de nuestro corazón.

 

Esta actitud magnánima, sin embargo, no hay que entenderla como indiferencia frente al mal, no es una aprobación de la negligencia, del desinterés, de la superficialidad. El tiempo de la vida es demasiado precioso como para que se puede desperdiciar aunque sea un solo instante. Apenas surge la luz de Cristo, es necesario recibirla y seguirla, inmediatamente.

 

La palabra es una invitación a considerar la Cuaresma como tiempo de gracia, como un “nuevo año precioso” que le viene concedido a la higuera (cada uno de nosotros) para dar fruto.

 

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