Domingo de Ramos, 20 de Marzo 2016, Año C

¿Por qué ha debido morir para salvarnos?

 

Introducción

 

Para quienes han interiorizado una imagen devocional de Jesús es difícil comprender la razón por la que lo mataron. ¿Cómo se puede llegar a ser enemigo de quien sana a los enfermos, abraza y acaricia a los niños, ama a los pobres, defiende a los débiles? Desde esta óptica, su muerte es un hecho inexplicable, solo atribuible a una misteriosa voluntad del Padre quien, para perdonar el pecado de la humanidad, necesitaba que corriera la sangre de un inocente. ¡Absurda e injusta interpretación!

 

Con profunda tristeza recordamos lo absurdo de culpar de esta muerte al pueblo Hebreo y la consiguiente parodia de otros tiempos de golpear con la cruz a los judíos durante las procesiones del Viernes Santo.

 

Entonces, ¿por qué murió Jesús? ¿En qué sentido ha inmolado su vida por nosotros? ¿De qué esclavitud nos liberado entregándose a quien lo ha clavado en la cruz?

 

La razón de la hostilidad que se ha desencadenado contra él está en el hecho de haber aparecido como luz del mundo (cf. Jn 9,5). “La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Jn 1,5). “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9), “y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas” (Jn 3,19).

 

Algunos rayos de esta luz que han rasgado la oscuridad del mundo han sido particularmente intensos. Son rayos que han penetrado en el corazón de la gente sencilla, llenándola de alegría y esperanza y que, al mismo tiempo, han deslumbrado, molestado y se han hecho insoportables para los ojos turbios de otros (y esta dramática historia puede repetirse hoy en día). En particular:

 

Jesús ha presentado un nuevo rostro de Dios. Ya no es un Dios justiciero, sino un Dios que salva a todos.

Ha presentado un nuevo rostro del hombre. Ha volcado los valores de este mundo: grande para él no es quien gana y domina, sino el que sirve a los demás.

Ha propuesto una nueva religión. No la de ritos vacíos, sino de “espíritu y verdad”.

Ha propuesto una nueva sociedad en la que el “primero” es el pobre, el débil, el marginado.

 

Jesús no ha buscado la muerte en la cruz, pero para evitarla hubiera tenido que renunciar a todas estas propuestas, a no salirse de la fila, a tener la boca cerrada, a adaptarse a la mentalidad corriente, a resignarse al triunfo del mal, a abandonar para siempre al hombre en manos del “príncipe de este mundo”. Hubiera tenido que regresar a Nazaret a dedicarse a hacer mesas y arados. Lo hubieran dejado tranquilo. No lo hubieran colgado de una cruz, sino colmado de honores. Hubiera quizás hecho carrera en la institución religiosa oficial… consiguiendo aquellos “reinos de este mundo” que satanás le había prometido desde el principio. Pero esto hubiera significado el fracaso de su misión.

 

Durante esta semana no se nos invita a entristecernos y llorar por la muerte de Jesús, sino a alegrarnos por la liberación que ha llevado a cabo entregando su vida. Intentemos también preguntarnos: ¿Hemos entrado de verdad en la nueva realidad nacida de su sacrificio? ¿Hemos acogido su reino, asimilando el nuevo rostro de Dios, la nueva religión, el nuevo rostro del hombre y la nueva sociedad propuesta por él?

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Como todos los apóstoles hicieron en la última cena, también yo me preguntaré: ‘¿Soy quizás yo, Señor, el que se opone a tu reino?’”

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 50,4-7

 

El mismo Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que yo sepa reconfortar al fatigado con una palabra de aliento. Cada mañana, él despierta mi oído para que yo escuche como un discípulo. 50,5: El Señor abrió mi oído y yo no me resistí ni me volví atrás. 50,6: Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba; no retiré mi rostro cuando me ultrajaban y escupían. 50,7: Pero el Señor viene en mi ayuda: por eso, no quedé confundido; por eso, endurecí mi rostro como el pedernal, y sé muy bien que no seré defraudado. – Palabra de Dios

 

 

Explicando la primera lectura de la fiesta del Bautismo del Señor, habíamos hablado de un personaje misterioso que entra en escena en la segunda parte del libro de Isaías. Se trata del “Siervo del Señor”. En la lectura de hoy este “Siervo” reaparece y habla él mismo.

 

Describe, sobre todo, la misión a realizar: ha sido enviado a anunciar un mensaje de consuelo a abatidos y desesperanzados (v. 4). De sus labios solo salen palabras de aliento para los descarriados por sendas de muerte y que no aciertan a encontrar el camino de la vida, para quienes, sumidos en tinieblas, se tambalean en la obscuridad.

 

Después, aclara cómo llevará a cabo su misión (vv. 4-5). El Señor, dice, le ha dado un oído capaz de escuchar y una boca en grado de hablar. Sin embargo, su primera reacción ante lo desagradable y terrible que ha tenido que escuchar, ha sido la de echarse para atrás, renunciar, buscar una excusa para quitarse de en medio (v. 5).

 

Finalmente, cuenta lo que le ha sucedido, cuáles han sido las consecuencias de su coherencia. Ha transmitido fielmente el mensaje oído y ha sido golpeado, insultado, abofeteado, le han escupido en la cara, pero no ha reaccionado, ha continuado a confiar en el Señor (v. 7).

 

Escuchando, sobre todo la última parte de la lectura, uno se siente espontáneamente inclinado a identificar este Siervo con Jesús (es esto lo que inmediatamente hicieron los primeros cristianos después de la Pascua de Resurrección). Como el “Siervo del Señor”, Jesús se ha mantenido siempre a la escucha del Padre, ha pronunciado siempre palabras de consuelo y de esperanza, ha confortado a los desesperanzados, a los marginados y ha terminado como el Siervo del que habla el libro de Isaías (cf. Mt 27,27-31).

 

A este punto, existe el riesgo de pararse a contemplar y admirar la fidelidad de Jesús, de conmoverse ante sus sufrimientos, de indignarse por las injusticias que ha padecido, para concluir diciendo que, también hoy, hay héroes, fieles a Dios, que están pasando por la misma dramática experiencia del Siervo del Señor.

 

No solo unos cuantos héroes, sino todo creyente ha sido llamado a llevar a cabo la misión del “Siervo” y de Cristo, que no es otra sino: mantenerse siempre a la escucha de la palabra de Dios, traducir en hechos lo escuchado y estar dispuestos a cargar con las consecuencias.

 

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Segunda Lectura: Filipenses 2,6-11

 

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; 2,7: sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana 2,8: se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz. 2,9: Por eso Dios lo exaltó y le concedió un nombre superior a todo nombre, 2,10: para que, ante el nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en el cielo, la tierra y el abismo; 2,11: y toda lengua confiese: ¡Jesucristo es Señor!, para gloria de Dios Padre. – Palabra de Dios

 

 

La comunidad de los filipenses era excelente y Pablo estaba muy orgulloso de ella pero, como sucede aun en las mejores comunidades, en Filipo también había envidias entre cristianos. Por lo visto, cuando alguien quería atraer sobre sí la atención se comportaba en plan patrón, queriendo imponer su voluntad a los demás. A causa de esta situación, Pablo les amonesta con apasionamiento en la primera parte de la carta: “Les pido que hagan perfecta mi alegría permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo espíritu, un único sentir. No hagan nada por ambición o vanagloria…nadie busque su interés sino el de los demás” (Fil 2,2-4).

 

Para mejor imprimir en la mente y en el corazón de los filipenses esta enseñanza, presenta el ejemplo de Cristo. Lo hace citando un himno estupendo, conocido en muchas de las comunidades cristianas del siglo I.

 

El himno canta el dos estrofas la historia de Jesús.

 

Él existía ya antes de hacerse hombre. Encarnándose, “se vació” de su grandeza divina, aceptando entrar en una existencia esclava de la muerte. No se ha revestido de nuestra humanidad como quien endosa un vestido para quitárselo después. Se ha hecho para siempre semejante a nosotros: ha asumido nuestra debilidad, nuestra ignorancia, nuestra fragilidad, nuestras pasiones, nuestros sentimientos y nuestra condición mortal. Ha aparecido a nuestros ojos en la humildad del más despreciado de los hombres, el esclavo, aquel a quien los romanos reservaban el suplicio ignominioso de la cruz (vv. 6-8). El camino que él ha recorrido, sin embargo, no ha terminado en la humillación y muerte de cruz.

 

La segunda parte del himno (vv. 9-11) canta la gloria a la que ha sido elevado: el Padre lo ha resucitado, lo ha puesto como modelo para todo hombre, le ha dado el poder y el dominio sobre toda criatura. La humanidad entera terminará uniéndose a él y, en aquel momento, se habrá cumplido el proyecto de Dios.

 

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Evangelio: Lucas 22,14–23,56

 

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles 22,15: y les dijo:—Cuánto he deseado comer con ustedes esta Pascua antes de mi pasión. 22,16: Les aseguro que no volveré a comerla hasta que alcance su cumplimiento en el reino de Dios. 22,17: Y tomando la copa, dio gracias y dijo:—Tomen y compártanla entre ustedes. 22,18: Les digo que en adelante no beberé del fruto de la vid hasta que no llegue el reino de Dios. 22,19: Tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:—Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía. 22,20: Igualmente tomó la copa después de cenar y dijo:—Ésta es la copa de la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes. 22,21: Pero, ¡cuidado!, que la mano del que me entrega está conmigo en la mesa. 22,22: El Hijo del Hombre sigue el camino que se le ha fijado; pero, ¡ay de aquél que lo entrega! 22,23: Ellos comenzaron a preguntarse entre sí quién de ellos era el que iba a entregarlo. 22,24: Luego surgió una disputa sobre quién de ellos se consideraba el más importante. 22,25: Jesús les dijo:—Los reyes de los paganos los tienen sometidos y los que imponen su autoridad se hacen llamar benefactores. 22,26: Ustedes no sean así; al contrario, el más importante entre ustedes compórtese como si fuera el último y el que manda como el que sirve. 22,27: ¿Quién es mayor? ¿El que está a la mesa o el que sirve? ¿No lo es, acaso, el que está a la mesa? Pero yo estoy en medio de ustedes como quien sirve. 22,28: Ustedes son los que han permanecido conmigo en las pruebas, 22,29: por eso les encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó: 22,30: para que coman y beban, a mi mesa, en mi reino, y se sienten en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel. 22,31:—Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos como se hace con el trigo. 22,32: Pero yo he rezado por ti para que no falle tu fe. Y tú, una vez convertido, fortalece a tus hermanos. 22,33: Pedro le respondió:—Señor, yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte. 22,34: Le respondió Jesús:—Te digo, Pedro, que hoy antes de que cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces. 22,35: Y les dijo:—Cuando los envié sin bolsa ni alforja ni sandalias, ¿les faltó algo? Contestaron:—Nada. 22,36: Les dijo:—Pero ahora quien tenga bolsa lleve también alforja, quien no la tiene, venda el manto y compre una espada. 22,37: Les digo que se ha de cumplir en mí lo escrito: fue tenido por malhechor. Todo lo que se refiere a mí toca a su fin. 22,38: Le dijeron:—Señor, aquí hay dos espadas. Les contestó:—Basta ya.

 

22,39: Salió y se dirigió según costumbre al monte de los Olivos y le siguieron los discípulos. 22,40: Al llegar al lugar, les dijo:—Oren para no caer en la tentación. 22,41: Se apartó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, se arrodilló y oraba: 22,42:—Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 22,43: [[Se le apareció un ángel del cielo que le dio fuerzas. 22,44: Y, en medio de la angustia, oraba más intensamente. Le corría el sudor como gotas de sangre cayendo al suelo.]] 22,45: Se levantó de la oración, se acercó a sus discípulos y los encontró dormidos de tristeza; 22,46: y les dijo:—¿Por qué están dormidos? Levántense y oren para no sucumbir en la tentación.

 

22,47: Todavía estaba hablando, cuando llegó un gentío. El llamado Judas, uno de los Doce, se les adelantó, se acercó a Jesús y le besó. 22,48: Jesús le dijo:—Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre? 22,49: Viendo lo que iba a pasar, los que estaban con él dijeron:—Señor, ¿usamos la espada? 22,50: Uno de ellos dio un tajo al empleado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. 22,51: Jesús le dijo:—Ya basta. Y tocándole la oreja, lo sanó. 22,52: Después dijo Jesús a los sumos sacerdotes, guardias del templo y ancianos que habían venido a arrestarlo:—¿Como si se tratara de un asaltante, han salido armados de espadas y palos? 22,53: Diariamente estaba con ustedes en el templo y no me detuvieron. Pero ésta es la hora de ustedes, ahora son las tinieblas las que dominan.

 

22,54: Lo arrestaron, lo condujeron y lo metieron en casa del sumo sacerdote. Pedro le seguía a distancia. 22,54: Habían encendido fuego en medio del patio y estaban sentados alrededor; Pedro se sentó entre ellos. 22,56: Una sirvienta lo vio sentado junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:—También éste estaba con él. 22,57: Pedro lo negó diciendo:—No lo conozco, mujer. 22,58: Poco después otro lo vio y dijo:—También tú eres uno de ellos. Pedro respondió:—No lo soy, hombre. 22,59: Como una hora más tarde otro insistía:—Realmente éste estaba con él, además, también es galileo. 22,60: Pedro contestó:—No sé lo que dices, hombre. En ese momento, cuando aún estaba hablando, cantó el gallo. 22,61: El Señor se volvió y miró a Pedro; éste recordó lo que le había dicho el Señor: Antes de que cante el gallo, me habrás negado tres veces. 22,62: Salió afuera y lloró amargamente. 22,63: Los que lo habían arrestado a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban. 22,64: Tapándole los ojos le decían:—Adivina quién te ha pegado.

 

22,65: Y le decían otras muchas injurias. 22,66: Al hacerse de día se reunieron los ancianos del pueblo, los sumos sacerdotes y letrados, lo condujeron ante el Consejo 22,67: y le dijeron:—Dinos si tú eres el Mesías. Les respondió:—Si se lo digo, no me creerán, 22,68: y si pregunto, no me responderán. 22,69: Pero en adelante el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de la Majestad de Dios. 22,70: Dijeron todos:—Entonces, ¿eres tú el Hijo de Dios? Contestó:—Tienen razón: Yo soy. 22,71: Ellos dijeron:—¿Qué falta nos hacen los testigos? Nosotros mismos lo hemos oído de su boca. 23,1:Después se levantó toda la asamblea y, lo condujeron ante Pilato 23,2: y empezaron la acusación:—Hemos encontrado a éste incitando a la rebelión a nuestra nación, oponiéndose a que paguen tributo al césar y declarándose Mesías rey. 23,3: Pilato le preguntó:—¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le respondió:—Tú lo dices. 23,4: Pero Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:—No encuentro culpa alguna en este hombre. 23,5: Ellos insistían: Está alborotando a todo el pueblo enseñando por toda Judea; empezó en Galilea y ha llegado hasta aquí.

 

23,6: Al oír esto, Pilato preguntó si aquel hombre era galileo; 23,7: y, al saber que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, lo remitió a Herodes, que se encontraba por entonces en Jerusalén.

 

23,8: Herodes se alegró mucho de ver a Jesús. Hacía tiempo que tenía ganas de verlo, por lo que oía de él, y esperaba verlo hacer algún milagro. 23,9: Le hizo muchas preguntas, pero él no le respondió. 23,10: Los sumos sacerdotes y los letrados estaban allí, insistiendo en sus acusaciones. 23,11: Herodes con sus soldados lo trataron con desprecio y burlas, y echándole encima un manto espléndido, lo envió de vuelta a Pilato.

 

23,12: Aquel día Herodes y Pilato que hasta entonces habían estado enemistados, establecieron buenas relaciones.

 

23,13: Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y 23,14: les dijo:—Me han traído a éste acusándolo de agitar al pueblo. Miren, lo interrogué personalmente delante de ustedes y no encuentro en este hombre ninguna culpa de las que lo acusan. 23,15: Tampoco Herodes lo encontró culpable ya que me lo ha mandado de vuelta, como ven no ha cometido nada que merezca la muerte. 23,16: Le daré un castigo y lo dejaré libre. 23,17: [[Por la fiesta tenía que soltarles a un preso.]] 23,18: Pero ellos se pusieron a gritar:—¡Que muera este hombre! Déjanos libre a Barrabás. 23,19:–Barrabás estaba preso por un homicidio cometido en un disturbio en la ciudad. 23,20: Pilato, que quería dejar libre a Jesús, les dirigió de nuevo la palabra; 23,21: pero ellos seguían gritando:—¡Crucifícalo, crucifícalo! 23,22: Por tercera vez les habló:—Pero, ¿qué delito ha cometido este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Le impondré un castigo y lo dejaré libre. 23,23: Pero ellos insistían a gritos pidiendo que lo crucificara; y el griterío se hacía cada vez más violento.

 

23,24: Entonces Pilato decretó que se hiciera lo que el pueblo pedía. 23,25: Dejó libre al que pedían, que estaba preso por motín y homicidio, y entregó a Jesús al capricho de ellos. 23,26: Cuando lo conducían, agarraron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevara detrás de Jesús. 23,27: Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres llorando y lamentándose por él. 23,28: Jesús se volvió y les dijo:—Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. 23,29: Porque llegará un día en que se dirá: ¡Dichosas las estériles, los vientres que no concibieron, los pechos que no amamantaron! 23,30: Entonces se pondrán a decir a los montes: Caigan sobre nosotros; y a las colinas: Sepúltennos. 23,31: Porque si así tratan al árbol verde, ¿qué no harán con el seco?

 

23,32: Conducían con él a otros dos malhechores para ejecutarlos. 23,33: Cuando llegaron al lugar llamado La Calavera, los crucificaron a él y a los malhechores: uno a la derecha y otro a la izquierda. 23,34: [[Jesús dijo:—Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.]]

 

Después se repartieron su ropa sorteándola entre ellos. 23,35: El pueblo estaba mirando y los jefes se burlaban de él diciendo:—Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios. 23,36: También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre 23,37: y le decían:—Si eres el rey de los judíos, sálvate. 23,38: Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos.

 

23,39: Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:—¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. 23,40: Pero el otro lo reprendió diciendo:—¿No tienes temor de Dios, tú, que sufres la misma pena? 23,41: Lo nuestro es justo, recibimos la paga de nuestros delitos; pero él, en cambio, no ha cometido ningún crimen. 23,42: Y añadió:—Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí. 23,43: Jesús le contestó:—Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso.

 

23,44: Era mediodía; se ocultó el sol y todo el territorio quedó en tinieblas hasta media tarde. 23,45: El velo del santuario se rasgó por el medio. 23,46: Jesús gritó con voz fuerte:—Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Dicho esto, expiró. 23,47: Al ver lo que sucedía, el centurión glorificó a Dios diciendo:—Realmente este hombre era inocente. 23,48: Toda la multitud que se había congregado para el espectáculo, al ver lo sucedido, se volvía dándose golpes de pecho. 23,49: Sus conocidos se mantenían a distancia, y las mujeres que lo habían seguido desde Galilea lo observaban todo.

 

23,50: Había un hombre llamado José, natural de Arimatea, ciudad de Judea. Pertenecía al Consejo, era justo y honrado 23,51: y no había consentido en la decisión de los otros ni en su ejecución, y esperaba el reino de Dios. 23,52: Acudió a Pilato y le pidió el cadáver de Jesús. 23,53: Lo descolgó, lo envolvió en una sábana y lo depositó en un sepulcro cavado en la roca, en el que todavía no habían enterrado a nadie. 23,54: Era el día de la preparación y estaba por comenzar el sábado. 23,55: Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás para observar el sepulcro y cómo habían puesto el cadáver. 23,56: Se volvieron, prepararon aromas y ungüentos, pero el sábado guardaron el descanso ordenado por la ley. Palabra del Señor

 

 

Todos los evangelistas dedican un espacio considerable a la pasión y muerte de Jesús. La pista que siguen y los hechos que describen son básicamente los mismos, aunque narrados de diferentes maneras y desde diversas perspectivas. Cada evangelista presenta, sin embargo, episodios, detalles, observaciones que les son propias. Éstos ponen su atención e interés en algunos temas de la catequesis, considerados importantes y urgentes para sus comunidades. La versión de relato de la pasión que hoy se nos propone es la de Lucas. En nuestro comentario nos limitaremos a poner de relieve los aspectos característicos de este evangelista.

 

Lucas en su Evangelio nunca deja pasar la oportunidad de resaltar la bondad y la misericordia de Jesús. Lo hace incluso durante la pasión.

 

 

Todos sabemos de memoria el relato de la institución de la Eucaristía que oímos en cada celebración eucarística, pero tal vez no todos sepan que sólo Lucas refiere el mandato del Señor: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22,19).

 

Jesús ha querido, sin lugar a dudas, que el rito de la fracción del pan y el compartir el cáliz fuera repetido a lo largo de los siglos por las comunidades cristianas; sus palabras no son solamente una invitación a repetir su gesto litúrgicamente. Para Jesús, la “fracción del pan” tiene un extraordinario valor simbólico: en él ha querido que quedara resumida y representada toda vida, rota y entregada a los hombres.

 

“Hagan esto en memoria mía” es una invitación a hacer nuestra su elección. Sólo quien ha entrado en esta lógica del Maestro, sólo quien, como él, parte la propia vida para los demás puede “partir el pan de la Eucaristía” con pureza de corazón. De lo contrario la repetición del gesto litúrgico se reduce a un rito vacío y, a veces, incluso hipócrita.

 

¿Cuál es la enfermedad, el cáncer que destruye nuestras comunidades? Es el deseo irrefrenable de ocupar los primeros puestos, de ser superiores, de dominar, de imponerse a los demás, de acaparar privilegios y títulos honoríficos. Es esta pasión la que provoca envidias, críticas, chismorreos mezquinos, divisiones, discordias entre cristianos.

 

Esta enfermedad no es de hoy. Los Evangelios narran varios incidentes desagradables de frecuentes y mezquinas discusiones entre los apóstoles, deseosos de definir las preferencias, de establecer quién entre ellos sería era el más grande. No estaban dispuestos de ninguna manera a aceptar propuesta del Maestro: hacerse pequeños, descender al último puesto, ponerse al servicio de los más pobres, convertirse en esclavos de los demás.

 

¿Cómo hacer comprender a los cristianos que esta enseñanza de Jesús es la ley fundamental sobre la que se basa la comunidad? A Lucas se le ocurre una idea: presentar este tema en la última cena (cf. Lc 22,24-27). Colocadas en este contexto, las palabras del Maestro adquieren un valor especial: se convierten en su testamento, en su última voluntad; deben ser consideradas, por lo tanto, como sagradas e inviolables. ¿Quién de nosotros se atrevería a no cumplir lo que le pide su padre antes de morir?

 

 

Después de la institución de la Eucaristía, dice Lucas, los apóstoles comenzaron a discutir entre sí porque cada uno quería ser el primero. Jesús, entonces, tomó la palabra y explicó que, en la nueva comunidad, la autoridad no debe ser entendida según los criterios de este mundo. ¿Qué hacen los líderes de las naciones? Detentan el poder, mandan sobre los demás, acumulan dinero, exigen el máximo respeto, reclaman privilegios, aviones personales. ¡Esto no debe ocurrir en la iglesia! En ésta, la autoridad es solo servicio. Nótese bien: servir no significa decidir en nombre de los demás, imponer la propia forma de pensar, obligar a otros a hacer lo que uno piensa que es correcto. Esto es también una forma de dominio. Servir significa ocupar verdaderamente el último puesto, respetar, dialogar, comprender, encontrar para cada uno un ministerio a desarrollar con alegría en favor de los hermanos y hermanas.

 

 

La palabra agonía significa para nosotros los últimos momentos que preceden a la muerte. Su significado etimológico, sin embargo, es diferente. Indica lucha, la competición de los atletas y es en este sentido que viene utilizada en el relato evangélico.

 

Desde el principio de su vida pública, Jesús ha entablado combate con las fuerzas del mal, con satanás y ha vencido. Pero la lucha no terminó con del primer asalto. Lucas señala que “concluida la tentación, el diablo se alejó de él hasta otra ocasión” (Lc 4,13).

 

Y así fue. De hecho, al comienzo de la historia de la pasión el enemigo regresa para el asalto final: “la fiesta de los panes sin levadura se acercaba… Entonces Satanás entró en Judas”. Las fuerzas del mal se encarnan en uno de los doce apóstoles y desencadenan la ofensiva.

 

Jesús, como todo lo atleta antes de la competición, debe prepararse y, Lucas, más que los otros evangelistas, señala la forma en que lo hace: con la oración. El relato de la agonía comienza con la recomendación de Jesús a los discípulos: “Oren para no caer en la tentación”, luego continúa: “se apartó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, se arrodilló y oraba”… Una vez entrado en agonía, oraba más intensamente… Después, se incorporó y dijo a los discípulos: “levántense y oren” (Lc 22,39-46). Esta insistencia sobre la oración tiene como objetivo, según Lucas, enseñar a todos los cristianos cómo se alcanza la victoria.

 

En este contexto Lucas introduce algunos detalles significativos. Dice, ante todo, que “se (le) apareció un ángel del cielo que le dio fuerzas” (v. 43). Es el efecto de la oración. Cuando la Biblia habla de ángeles no hay que pensar inmediatamente en seres espirituales que toman forma humana. A menudo indican una revelación de Dios en lo más íntimo de la persona. En Getsemaní Jesús fue tentado de escapar y de elegir caminos contrarios a los trazados por el Padre. La oración, el diálogo con el Padre, le ha hecho comprender el significado y el valor de su muerte. Ha pedido que apartara de él cáliz y su oración ha sido oída: no se le ha ahorrado el sufrimiento, no ha sido librado de la muerte, sino que ha sido iluminado y, sostenido por el Espíritu, ha dado su adhesión incondicional al Padre.

 

Lucas quiere decir a todo discípulo que, para no ser vencidos por la tentación, para superar la debilidad y fragilidad humanas, es necesario orar “intensamente”, como el Maestro. Siempre en este contexto de la preparación de Jesús para la prueba inminente, Lucas, el médico, señala otro detalle: “en medio de la angustia, oraba más intensamente. Le corría el sudor como gotas de sangre cayendo al suelo” (v. 44). La interpretación tradicional explica este hecho como efecto del desaliento de Jesús. Pero esta explicación no tiene sentido después del consuelo que recibió del ángel. El fenómeno (hematohidrosis), conocido ya en la antigüedad, tiene para el evangelista un significado ligado a la lucha deportiva: Indica la tensión del atleta ante la proximidad de la competición. Lucas nos quiere decir que Jesús está totalmente concentrado, en plena tensión, suda, tiembla. Sabe que está a punto de enfrentarse a “un hombre fuerte y bien armado”, pero también sabe que él es infinitamente más fuerte (Lc 11,21-22).

 

 

La reacción instintiva ante un agresor que viene a matar es la autodefensa. Si nos enteramos de que un mafioso ha salido malparado en una reyerta, nos alegramos y hasta nos duele que alguien lo haya protegido de ser linchado.

 

La reacción contra un agresor es espontánea, comprensible y, desde el punto de vista humano, también justificada. En el huerto de los olivos, los apóstoles no dudan en ponerla en práctica. Para evitar el abuso de poder, la violencia, la injusticia, lo primero que piensan es echar mano a la espada. La frase: “Señor, ¿herimos a espada?”, en el texto original no se presenta como pregunta, sino como una decisión tomada: “Señor, ¡es hora de desenvainar la espada!”. Y, de hecho, antes de esperar el parecer del Maestro, uno de ellos le corta de un mandoble la oreja derecha al siervo del sumo sacerdote (cf. Lc 22,49-51).

 

Jesús interviene y reprende severamente a Pedro por acción tan descabellada. Entonces –y este es el detalle que sólo menciona Lucas– Jesús atiende al herido y lo sana (cf. Lc 22,51). El mensaje que el evangelista quiere dar es claro: el discípulo no sólo no puede agredir a persona alguna, sino que siempre debe estar dispuesto a remediar los problemas causados ​​por otros. Jesús se preocupa de quien le ha hecho daño y que, quizás, continúe haciéndoselo.

 

El cristiano tiene adversarios; no puede menos de tenerlos porque, igual que el Maestro, tiene que enfrentarse, incluso de forma decidida y dura, con quienes toman decisiones de muerte, con quienes deforman el rostro de Dios, con quienes se empeñan en llevar adelante proyectos inaceptables e inicuos para el ser humano y para la sociedad. Pero el cristiano no tiene enemigos. El enemigo es aquel que debe ser aniquilado, aplastado, humillado, eliminado. Al adversario no se le destruye, sino que se le confronta para ayudarlo a crecer, a liberarse de sus esclavitudes. Las armas son utilizadas por quienes tienen enemigos que derrotar, no por aquellos cuya única misión es la de transformar a los adversarios en hermanos.

 

 

Un poco más adelante encontramos otro detalle conmovedor.

 

Como Marcos y Mateo, Lucas también dice que, después de haber negado al Maestro en casa del sumo sacerdote, Pedro salió y rompió a llorar. Sólo Lucas, sin embargo, observa que el Señor “se volvió y miró a Pedro” (Lc 22,61-62) y el verbo griego que usa no es blepo (ver) sino emblepo (mirar en el interior).

 

La mirada de Jesús es conmovedora: no es reproche, sino gesto de comprensión por la debilidad de su discípulo. Nosotros nos detenemos en lo externo, en el gesto cobarde y en la vileza de las palabras de Pedro. Jesús, como suele hacer, mira adentro, ve el corazón de su discípulo y comprende su comportamiento cobarde y pusilánime, pero sabe que Pedro, en el fondo, lo ama y desea seguir siéndole fiel. Resaltando esta mirada, Lucas indica a los cristianos de todos los tiempos cómo deben ser consideradas las propias fragilidades y las de los hermanos: tienen que ser miradas con los ojos de Jesús; ojos que infunden confianza y renuevan la esperanza, ojos que descubren, incluso en el más grande pecador, una chispa de amor capaz de ayudarle a comenzar de nuevo.

 

Durante la pasión, los discípulos no dan una buena imagen de sí mismos: Judas traiciona, Pedro niega, todos huyen (cf. Mc 14,50). Todos los evangelistas resaltan este vil comportamiento. Sólo Lucas intenta atenuar la responsabilidad de los apóstoles. No menciona la huida, es más, dice que, en el Calvario, “todos sus conocidos se mantuvieron a distancia” (Lc 23,49). No refiere el reproche de Jesús a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No podías permanecer despierto durante una hora?” (Mc 14,37). Incluso busca una excusa para explicar su sueño: estaban “dormidos de tristeza” (Lc 22,45).

 

Lucas es el ejemplo del pastor de almas que, sin justificar el pecado, lo comprende, lo atribuye a la ignorancia, a la miseria humana que a todos nos aúna en la culpa. No hace hincapié en el error cometido, no se lo echa en cara porque sabe que quien es humillado y avergonzado, quien no se siente acogido y respetado a pesar de sus debilidades, termina peligrosamente replegándose sobre sí mismo y cerrándose a toda posibilidad de recuperación.

 

Ha habido mártires que murieron despreciando a los que los mataban e invocando sobre ellos la venganza del cielo: “¡No te vas a quedar sin castigo” –dice uno de los hermanos Macabeos a su verdugo (2 Mac 7,19).

 

El discípulo de Cristo no conoce este lenguaje, no impreca, no maldice, no pide castigos contra los que le hacen mal (cf. Lc 6,27-36). Incluso en los momentos más dramáticos solamente salen de su boca palabras de amor.

 

Esta actitud es la única compatible con la del Maestro. Él –dice Pedro en su carta a los cristianos perseguidos de su comunidad– “cuando era insultado no respondía con insultos, padeciendo no amenazaba” (1 P 2,23).

 

En el relato de la pasión, Lucas escribe una frase que todo discípulo tiene que tener presente cuando sea llamado a soportar injusticias, abusos, acosos. Sólo Lucas recuerda que, momentos antes de expirar en la cruz, Jesús saca fuerza de flaqueza para dirigirse a Dios: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). No se refería a los soldados, ocupados en repartirse su ropa, sino a los verdaderos culpables de su muerte: las autoridades religiosas de su pueblo. Jesús no se limita a ordenar a sus discípulos que perdonen siempre y sin condiciones, sino que ha enseñado con el ejemplo. Será imitado por el primer mártir, Esteban, quien, a punto de caer en tierra por las piedras lanzadas contra él, gritará en voz alta: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado” (Hch 7,60).

 

Hay otro episodio que sólo Lucas refiere: el encuentro de Jesús con Herodes, el hijo del famoso Herodes el Grande quien, por miedo a perder el poder, había ordenado la matanza de los Inocentes (cf. Mt 2,16). Ni hábil político ni maníaco como su padre, Herodes-hijo no era más que un corrupto, un débil, un hombre sin personalidad. Había oído hablar de Jesús y de sus milagros. Quizás se imaginaba que era un brujo, un adivino, un experto en las artes ocultas. Cuando, durante la pasión, Pilato se lo envía para saber su opinión acerca de las acusaciones en su contra, se alegra inmensamente. Acaricia la esperanza de ver algún milagro. Jesús no dijo ni media palabra. ¿Cómo así?

 

Son significativas las alusiones a los estados de ánimo del tirano: primero siente una “gran alegría” (v. 8), después, tras la decepción por no conseguir lo que esperaba (v. 9), pasa al insulto y, finalmente, al escarnio (v. 11). El verbo griego traducido como insultar significa realmente ningunear. Para Herodes, a quien solo le interesaban los milagros (cf. Lc 9,9), Jesús ya no cuenta para nada.

 

Lucas quiere advertir a quienes están interesados en Jesús sólo como hacedor de prodigios que no van a recibir ninguna respuesta. No encontrarán lo que buscan porque Jesús no se presta a este juego. El cristianismo es el lugar de la escucha de la palabra, es la religión del amor y del don de la vida por el hermano, no un mercado de milagros. Jesús llama a quienes piensan de esta manera: “gente perversa y adúltera” (Mt 16,4).

 

Lucas es el que, más que ningún otro, habla de las mujeres que acompañaban al Maestro durante su vida pública (cf. Lc 8,1-3). También es el único que dice que, a lo largo del camino hacia el Calvario, Jesús se encuentra con un grupo de mujeres que lloran y se dan golpes de pecho (cf. Lc 23,27-31). Ellas no son responsables de lo que está sucediendo, lloran por las culpas de otros. Resaltado este detalle, Lucas quiere, una vez más, asumir la defensa de los débiles, de los que pagan las consecuencias de los pecados ajenos. Unos, los poderosos, son los que provocan desastres, desencadenan guerras, siembran la violencia y otros, los débiles como las mujeres del relato, quienes siempre sufren las consecuencias, quienes lloran.

 

 

Todos los evangelistas dicen que Jesús fue crucificado junto a dos bandidos. No eran ladrones de poca monta, sino delincuentes, asesinos. Mateo y Marcos refieren que ambos ultrajaban a Jesús. Lucas, sin embargo, narra el hecho de manera diferente. Dice que uno lo injuriaba, pero el otro no, es más, reprochaba a su compañero y, llamando a Jesús por su nombre, le pidió: “Jesús, cuando llegues a tu reino acuérdate de mí”. El Señor, ya moribundo le respondió: “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

Al comienzo del Evangelio de Lucas, Jesús aparece entre los pastores: los últimos, los despreciados, los impuros de Israel.

 

Después transcurre su vida pública entre publicanos, pecadores y prostitutas.

 

Al final, no son los santos con quienes muere. También al final, como era de esperar, se encuentra entre los que más amaba: los pecadores. En la cruz, tiene a su lado a dos pobres diablos a quienes todo les salió torcido en la vida. Jesús ha venido de Dios, ha cumplido su peregrinación en esta tierra y ahora vuelve al Padre. Regresa con uno que representa a todos los hombres: un pecador recuperado por su amor.

 

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