Domingo de Pascua, 27 de Marzo 2016, Año C

Testigo es quien “ha visto” al Señor

 

Introducción

 

Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

 

Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo “Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11). Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

 

Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

 

Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

 

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 10,34.37-43

 

Pedro tomó la palabra y dijo: 10,37: Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan. 10,38: Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con Espíritu Santo y poder: él pasó haciendo el bien y sanando a los poseídos del Diablo, porque Dios estaba con él. 10,39: Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y Jerusalén. Ellos le dieron muerte colgándolo de un madero. 10,40: Pero Dios lo resucitó al tercer día e hizo que se apareciese, 10,41: no a todo el pueblo, sino a los testigos designados de antemano por Dios: a nosotros, que comimos y bebimos con él después de su resurrección. 10,42: Nos encargó predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. 10,43: Todos los profetas dan testimonio de él, declarando que los que creen en él, en su nombre reciben el perdón de los pecados. – Palabra de Dios

 

 

Esta lectura está tomada del quinto de los ocho discursos de Pedro que encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La escena trascurre en Cesárea, en la casa del centurión Cornelio donde se ha reunido un grupo de paganos que está a punto de recibir el bautismo.
Es precioso este pasaje porque representa, en síntesis, la predicación que se hacía en las primeras comunidades cristianas. Poniéndola en boca de Pedro, el autor de los Hechos intenta conferir al discurso una autoridad y garantía oficial. Veamos cuáles son los puntos esenciales de esta predicación.

 

Ante todo, hace referencia a la vida de Jesús. Él ha pasado curando y haciendo el bien a todos aquellos que eran víctimas del mal, porque en él actuaba la fuerza de Dios (vv. 37-38). Viene indicado también el lugar y el tiempo del inicio de esta actividad: todo ha comenzado en Galilea después del bautismo predicado por Juan. Lo que ocurrió antes –su infancia y juventud trascurrida en Nazaret– interesa a nuestra curiosidad, pero no constituye un punto de referencia de nuestra fe.

 

Pedro se refiere a hechos concretos, verificables, conocidos de todos, porque la fe cristiana se basa no en elucubraciones (especulaciones) esotéricas ni tiene que ver con un personaje de la mitología; sino mas bien con un hombre concreto, que vivió en un lugar y en un tiempo bien precisos. Hubiéramos deseado que Pedro hiciera alguna alusión, al anuncio de la Buena Noticia, pero se limita solamente a resaltar la transformación concreta del mundo, realizada por Jesús. Esto es suficiente para probar que ha comenzado una nueva realidad.

 

El segundo punto de la predicación se refiere a lo han hecho los hombres: “ellos no han reconocido en Jesús al enviado de Dios y le dieron muerte colgándolo de un madero” (Hch 10,39).

 

Y Dios, ¿cómo ha reaccionado? Dios –dice Pedro– no podía abandonar a su “Siervo Fiel” prisionero de la muerte, por esto lo ha resucitado. Su obra se opone a la de los hombres quienes producen la muerte, llevan al sepulcro. Dios es quien levanta y conduce a la vida. Este es el artículo fundamental de nuestra fe (v. 40).

 

Finalmente viene indicada la misión de los discípulos: ellos son los testigos de estos hechos (vv. 39.41) y han sido enviados a anunciar y a dar testimonio de que Jesús ha sido constituido juez de vivos y muertos (v. 42). Esta verdad forma parte del “Credo” y no se trata de una amenaza, sino que es un mensaje de alegría. Los apóstoles deben decir a todos, que Jesús no es un juez que condena, sino el modelo con el que Dios compara la vida de todo hombre, declarando que su vida ha sido un éxito o un fracaso. No existe una instancia superior. Los judíos no podrán apelar a su fe en Dios o a la observancia de la ley. El punto de referencia establecido por Dios no son las leyes, las tradiciones ni ningún otro criterio humano, sino Jesús y solo Jesús.

 

Los apóstoles son sus testigos porque han estado con él, han comido y bebido con él, han oído sus enseñanzas y han visto los signos que ha hecho. No son testigos por su vida ejemplar, sino por haber hecho una experiencia única y estar en grado de comunicarla a quienes quieran escuchar con honestidad y pureza de corazón.

 

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Segunda Lectura: Colosenses 3,1-4

 

Por tanto, si han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, 3,2: piensen en las cosas del cielo, no en las de la tierra. 3,3: Porque ustedes están muertos y su vida está escondida con Cristo en Dios. 3,4: Cuando se manifieste Cristo, que es vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán con él, llenos de gloria. – Palabra de Dios

 

 

Escribiendo a los cristianos de Colosas, Pablo les recuerda que, en el día del bautismo, ellos han nacido a una vida nueva, vida que tendrá su plena realización no en este mundo, sino en el mundo de Dios. La fe en esta vida nueva es lo que distingue a los creyentes de los ateos, quienes dicen estar convencidos de que el hombre puede alcanzar la salvación en este mundo, contando solamente con sus fuerzas.

 

Aunque se pudieran resolver todos los problemas materiales: comida y bienestar para todos, con dolor y enfermedad finalmente vencidos etc., todavía quedarían pendientes en el fondo del corazón del hombre preguntas sin respuesta, como: ¿por qué vivo y por qué muero? ¿De dónde vengo y hacia dónde voy? Solo Cristo, muerto y resucitado, tiene una respuesta satisfactoria a estos interrogantes.

 

Pablo no dice que los cristianos no tengan que interesarse por las realidades de este mundo. Al contrario, ellos deben trabajar y comprometerse a fondo como el que más por un mundo mejor. La diferencia está en que el cristiano sabe que la plenitud de la vida no puede conseguirse aquí en la tierra (v. 2).

 

Las obras buenas no pueden faltar, dice la lectura, pues son una manifestación de la vida nueva, son signos de su presencia. Son como los frutos que pueden brotar y crecer solamente de un árbol vivo y frondoso.

 

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Evangelio: Juan 20,1-9

 

El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena va al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro. 20,2: Llega corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que era muy amigo de Jesús, y les dice: –Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto. 20,3: Salió Pedro con el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. 20,4: Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro. 20,5: Inclinándose vio las sábanas en el suelo, pero no entró. 20,6: Después llegó Simón Pedro, que le seguía y entró en el sepulcro. Observó los lienzos en el suelo 20,7: y el sudario que le había envuelto la cabeza no en el suelo con los lienzos, sino enrollado en lugar aparte. 20,8: Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. 20,9: Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. 20,10: Los discípulos se volvieron a casa. – Palabra del Señor

 

 

“El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena se encamina al sepulcro…” (v. 1). En estas primeras palabras del evangelio del día de Pascua se perciben, casi se respiran las señales de la victoria de la muerte. Silencio sobre la tierra, inmovilidad, calma… una mujer sola y sin miedo se mueve en la obscuridad de la noche. La muerte, sin aparente rival, parece dominarlo todo; se diría que el silencio y la obscuridad están celebrando su triunfo. La ley del poder y de la fuerza, de la discriminación y la injusticia, la levadura de la astucia han derrotado definitivamente las fuerzas de la vida.

 

Veamos, sin embargo, lo que acaece cuando María se da cuenta de que el sepulcro está vacío: la escena cambia como por encanto. Sobrecogidos por un tremor repentino, todos los personajes se sacuden del torpor y comienzan a moverse rápidamente: “María Magdalena llega corriendo a donde estaba Simón Pedro…que se precipita con el otro discípulo… Corrían los dos juntos…pero el otro discípulo corría más que Pedro…” (vv. 2-4). Sorprendiendo a todos, en el día siguiente al sábado la vida estalla con toda su fuerza. Dios ha intervenido y ha abierto el sepulcro de par en par, pero la Magdalena todavía no lo sabe, cree que el cadáver ha sido transferido o robado. Su reacción es natural y espontánea; es lo primero que piensa quien se encuentra con una tumba vacía.

 

Podemos detenernos en esta primera constatación o podemos seguir adelante tratando de buscar un sentido a los hechos que se narran. Frente a la muerte nos podemos resignar o llorar o abrir el corazón a la luz de lo alto.

 

La Magdalena sale momentáneamente de la escena y es como si, en la carrera hacia la fe, pasase el testigo a los otros dos discípulos. Uno es bien conocido, Pedro. El otro no tiene nombre. Generalmente se piensa que sea el evangelista Juan. Pero esta identificación tuvo lugar muy posteriormente, casi cien años después de la muerte del Apóstol. Puede ser que fuera él, el discípulo que Jesús amaba; sin embargo, en el evangelio de Juan esta figura tiene ciertamente un carácter simbólico que es conveniente resaltar.

 

Este discípulo sin nombre está siempre asociado a Pedro de una manera u otra: entra en escena junto a Andrés. Los dos ven pasar un día a Jesús, le preguntan dónde habita, le siguen y se quedan con él toda la noche. ¿Qué tiene que ver Pedro con esto? Tiene que ver porque el discípulo sin nombre conoce a Jesús antes que Pedro (cf. Jn 1,35-40); de este discípulo no se habla más de él hasta la última cena cuando Jesús comunica a los doce que hay entre ellos un traidor. ¿Quién lo descubre? ¿Quién sabe reconocer al que está de parte de Jesús y al que está en contra? No Pedro, sino el discípulo sin nombre que reclina la cabeza sobre el pecho del Señor (cf. Jn 13,23-26); durante la pasión, mientras Pedro se detiene y reniega de su Maestro, el discípulo sin nombre le sigue valientemente, entra en la casa del sumo sacerdote, está cerca de Jesús durante el proceso (cf. Jn 18,15-27); Pedro no está en el Calvario, ha huido. El discípulo que Jesús ama, por el contrario, permanece con el Maestro, está al pie de la cruz con la madre de Jesús (cf. Jn 19,25-27); en el pasaje de hoy, Pedro es nuevamente dejado atrás, ya sea en la carrera material hacia la tumba como en la carrera espiritual hacia la fe, como veremos dentro de poco (cf. Jn 20,3-10); en el mar de Tiberíades, es de nuevo este discípulo el primero en reconocer al Resucitado en el hombre que se encontraba en la orilla. Pedro se da cuenta más tarde (Jn 21,7); finalmente, cuando viene invitado por Jesús a seguirle, Pedro no tiene el coraje de hacerlo solo, siente la necesidad de tener a su lado “al discípulo que Jesús amaba” (Jn 21,20-25).

 

¿A quién representa, pues? ¿Cómo es así que no tiene nombre? Representa al discípulo auténtico, aquel que apenas encuentra a Jesús, no duda ya más, lo sigue inmediatamente, lo quiere conocer, se olvida de dormir con tal de estar con él. Lo conoce hasta el punto de saber quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Lo sigue aunque cuando será necesario dar la vida. No tiene nombre porque cada uno de nosotros está invitado a ser ese discípulo, a darle su propio nombre.

 

Veamos a estos dos discípulos correr hacia el sepulcro. El discípulo sin nombre llega primero, se inclina, ve las vendas en el suelo, pero no entra. Llega también Simón Pedro que entra, ve las vendas en el suelo y el sudario que cubría la cabeza de Jesús, no en el suelo como las vendas, sino doblado en un lugar aparte.

 

Nada de milagros, ninguna aparición de ángeles; solo se ven signos de muerte por doquier. Quizás los dos discípulos tienen la misma intuición que formuló San Juan Crisóstomo: “Cualquiera que se hubiera llevado el cuerpo, ciertamente no lo habría despojado del sudario ni se habría tomado la molestia de doblarlo cuidadosamente y dejarlo en un lugar aparte”. El cadáver, por tanto, no ha sido movido.

 

Pedro se detiene atónito y estupefacto. Se da cuenta de la situación, pero no es capaz de sacar la conclusión. Sus pensamientos permanecen bloqueados ante la presencia de la muerte. El discípulo sin nombre, por el contrario, da un paso hacia adelante: ve y comienza a creer (v. 8). Es el momento culminante de su camino hacia la fe en el Señor Resucitado. Frente a los signos de muerte (la tumba, las vendas, el sudario…) él comienza a percibir la victoria de la vida.

 

La anotación que sigue se refiere a los dos discípulo por igual: “Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos” (v. 9). Parece ilógico, al menos en lo que respecta al discípulo sin nombre. Llegados a este punto, hay que recordar que el evangelista no está escribiendo una fría crónica de los hechos, sino que está indicando a los cristianos de su comunidad el itinerario a través del cual se llega a la fe. Se comienza por los signos narrados por los evangelios (cf. Jn 20,30-31) que permanecen, sin embargo, misteriosos e incomprensibles si no nos dejamos guiar por la Palabra de Dios contenida en las Sagradas Escrituras. Son estas las que abren de par en par la mente y el corazón y nos otorgan la luz interior que hace ver al Resucitado. El discípulo auténtico no tiene necesidad de otras pruebas, ni verificaciones que exigirá Tomás.

 

Jesús ha dicho a sus discípulos: “Si en grano de trigo caído en tierra no muere, permanece solo; si, por el contrario, muere, produce mucho fruto”. Quien todavía no cree, considera un absurdo, una locura el don gratuito de la vida porque, detrás de este don, solo ve signos de muerte. A la luz de la Pascua, sin embargo, el discípulo auténtico “comienza a entender” que la vida dada por los hermanos introduce en la beatitud de Dios.

 

El versículo conclusivo del pasaje evangélico –los dos discípulos “se volvieron a casa” (v. 10)– da casi la impresión de que todo volvió a ser como antes. Pero no es así. Los dos han conocido a Jesús, han verificado los mismos hechos y visto los mismos signos. Retoman la vida de todos los días pero uno: sin ánimo y desilusionado; el otro va guiado por una nueva luz y fortalecido por una nueva esperanza.

 

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