Tercer domingo de Pascua, 10 de Abril 2016, Año C

Tanto afán para nada

 

Introducción

 

En la comunidad cristiana elaboramos programas pastorales ambiciosos; en familia ponemos en práctica las últimas técnicas psicológicas para educar mejor a los niños, nos empeñamos, hacemos planes y, sin embargo, sabemos que, incluso los esfuerzos más loables, no siempre son coronados por el éxito. El niño, inscrito con tanto sacrificio en la más famosa escuela católica, en el curso de inglés, de natación, de música…educado según los cánones religiosos tradicionales, un día tira por tierra todas las expectativas, dice que carece de ideales… y se dedica solo divertirse. ¿Por qué?

 

En realidad, nos pasa algo parecido a lo que sucedió a los siete discípulos que después de la Pascua, se fueron a pescar: eran gente entrenada, experimentada, voluntariosa. Han trabajado toda una noche pero no han conseguido nada. ¡Tantos esfuerzos para nada! Se han afanado en la oscuridad, sin la luz de la palabra del Resucitado. A veces esta palabra parece dar orientaciones absurdas, carentes de toda lógica, contrarias al sentido común: construir un mundo de paz sin recurrir a la violencia, poner la otra mejilla, amar al enemigo, rechazar el competir con otros, ser pobre… son sugerencias tan absurdas como echar las redes a plena luz del día. No existe, sin embargo, más alternativa que ésta: o fiarse y obtener un resultado o afanarse sin concluir nada.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sin ti, Señor, sin tu palabra, no podemos hacer nada”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 5,27b-32,40b-41

 

El aquellos días el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: 5,28: –Les habíamos ordenado no enseñar mencionando ese nombre, y han llenado Jerusalén con su doctrina y quieren hacernos responsables de la muerte de ese hombre. 5,29: Pedro y los apóstoles replicaron: –Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. 5,30: El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús, a quien ustedes ejecutaron colgándolo de un madero. 5,31: A él, Dios lo ha sentado a su derecha, nombrándolo jefe y salvador, para ofrecer a Israel el arrepentimiento y el perdón de los pecados. 5,32: De estos hechos, nosotros somos testigos con el Espíritu Santo que Dios concede a los que creen en él. 5,40: Llamaron a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los despidieron. 5,41: Ellos se marcharon del tribunal contentos de haber sido considerados dignos de sufrir desprecios por el nombre de Jesús. – Palabra de Dios

 

 

La comunidad cristiana ha tenido que enfrentarse desde los primeros años de  su vida a la oposición de los líderes espirituales de Israel que condenaron a Jesús de Nazaret como blasfemo. Tras su muerte ignominiosa en la cruz, Anás y Caifás, dieron el caso por definitivamente cerrado, a lo cual contribuyó también la falta de coraje de discípulos que se escaparon a toda prisa sin dar señales de vida.

 

Poco tiempo después, sin embargo, estos discípulos entran de nuevo en escena, impávidos y sin miedo, se organizan en una nueva y peligrosa “secta” y se atreven –como ha hecho el Maestro– a desafiar a la indiscutible autoridad religiosa de los líderes del pueblo. Un día, estos líderes deciden detener a los apóstoles y hacerlos aparecer ante el Sanedrín. Después de haberlos interrogado, el sumo sacerdote les recuerda la orden que les ha dado de no enseñar en nombre de ese y les reprende: “Quieren hacernos responsables de la muerte de ese hombre” (v. 28). Obsérvese cómo Caifás evita pronunciar el nombre “Jesús”; lo llama: “ese hombre”. De ninguna manera intimidado, Pedro, en nombre de todos, responde: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (v. 29).

 

Jesús ha sido una persona incómoda para los detentores del poder tanto político como religioso. Los apóstoles fueron igualmente incómodos para los poderes fácticos, y por eso fueron perseguidos.

 

Los cristianos no pueden ser sino personas incomodas. Ha dado y darán siempre fastidio a quienes defienden situaciones injustas e incompatibles con el Evangelio; han incomodado e incomodarán y siempre a quienes quieren perpetuar costumbres intolerables que lesionan la dignidad del hombre y de la mujer. No van a dejar en paz a los que codifican prácticas que violan los derechos humanos.

 

La segunda parte de la lectura (vv. 30-32) contiene un breve discurso que resume todo el mensaje cristiano sobre la resurrección. Pedro presenta una dramática contraposición entre la acción de Dios y la de las autoridades religiosas judías. Afirma: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien ustedes mataron”. Al que fue condenado como persona peligrosa, como enemigo del orden establecido, Dios lo exaltó como jefe y salvador.

 

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Segunda Lectura: Apocalipsis 5,11-14

 

Yo, Juan, me fijé y escuché la voz de muchos ángeles que estaban alrededor del trono, de los vivientes y los ancianos: eran millones y millones, 5,12: y decían con voz potente: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, el saber, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. 5,13: Y escuché a todas las criaturas, cuanto hay en el cielo y en la tierra, bajo tierra y en el mar, que decían: Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza y el honor y la gloria y el poder por los siglos de los siglos. 5,14: Los cuatro vivientes respondían Amén y los ancianos se postraban adorando. – Palabra de Dios

 

 

Hay preguntas que no podemos contestar: ¿Por qué existe el dolor? ¿Por qué hay personas con suerte en este mundo y otras que, sin culpa alguna, son infelices? ¿Por qué un niño inocente sufre una enfermedad incurable? ¿Por qué hay guerras, terremotos, desastres? ¿Por qué existe la muerte? ¿Qué hay después de la muerte? La existencia humana sobre la tierra está como envuelta en tinieblas; parece un libro misterioso que nadie logra descifrar.

 

Al inicio del capítulo 5 del Apocalipsis, el autor describe una escena solemne y grandiosa: El Cordero que ha sido inmolado se acerca al trono de Dios, toma con la mano derecha el libro y rompe los sellos. El significado de la visión es el siguiente: el Cordero, es decir, Jesús, es el único que puede abrir el libro que contiene la respuesta a las preguntas más inquietantes del corazón humano. Sólo él es capaz de dar sentido a los acontecimientos de la historia, de iluminar tantos dramas y tantas angustias.

 

El este punto comienza el pasaje de la lectura de hoy. Los ángeles, todos los seres vivos, todos los miembros del Pueblo de Dios, se alegran y dan gracias al Cordero quien, con su muerte y resurrección, ha arrojado luz sobre los misterios más profundos de la vida humana y unen sus voces en un canto de alegría. A esta alabanza proclamada por los seres inteligentes se unen también las criaturas inanimadas (v. 13).

 

El canto de la creación indica que todas las criaturas han sido liberadas de la esclavitud del pecado. Cuando el hombre las utilizaba para el mal, eran esclavas; no servían al fin para el que Dios las había creado. Pero después de que el sacrificio del Cordero ha transformado el corazón del hombre, esta criaturas sirven ya solamente al bien. También para ellas ha llegado la redención, por eso exultan de alegría.

 

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Evangelio: Juan 21,1-19

 

Jesús se apareció de nuevo a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Se apareció así: 21,2: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos. 21,3: Les dice Simón Pedro:–Voy a pescar. Le responden:–Nosotros también vamos. Salieron, y subieron a la barca; pero aquella noche no pescaron nada. 21,4: Al amanecer Jesús estaba en la playa; pero los discípulos no reconocieron que era Jesús. 21,5: Les dice Jesús:–Muchachos, ¿tienen algo de comer? Ellos contestaron:–No. 21,6: Les dijo:–Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán. Tiraron la red y era tanta la abundancia de peces que no podían arrastrarla. 21,7: El discípulo amado de Jesús dice a Pedro:–Es el Señor. Al oír Pedro que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. 21,8: Los demás discípulos se acercaron en el bote, arrastrando la red con los peces, porque no estaban lejos de la orilla, apenas unos cien metros. 21,9: Cuando saltaron a tierra, ven unas brasas preparadas y encima pescado y pan. 21,10: Les dice Jesús:–Traigan algo de lo que acaban de pescar. 21,11: Pedro subió a la barca y arrastró hasta la playa la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aunque eran tantos, la red no se rompió. 21,12: Les dice Jesús:–Vengan a comer. Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían que era el Señor. 21,13: Jesús se acercó, tomó pan y se lo repartió e hizo lo mismo con el pescado. 21,14: Ésta fue la tercera aparición de Jesús, ya resucitado, a sus discípulos. 21,15: Cuando terminaron de comer, dice Jesús a Simón Pedro:–Simón hijo de Juan, ¿me quieres más que éstos? Él le responde:–Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dice:–Apacienta mis corderos. 21,16: Le pregunta por segunda vez:–Simón hijo de Juan, ¿me quieres? Él le responde:–Sí, Señor, tú sabes que te quiero.Palabra del Señor

 

 

Si consideramos este pasaje como crónica de un hecho redactado por un testigo ocular, seguramente nos toparemos con algunas dificultades. Sorprende, por ejemplo, que después de tantas manifestaciones del Resucitado, los discípulos todavía no lo reconocen. Es la tercera vez que lo encuentran (v. 14) y, sin embargo, se tiene la clara sensación de que no lo han visto antes. No se entiende, más adelante en el relato, por qué se maravillan tanto ante de la pesca milagrosa, cuando Lucas dice que ya habían sido testigos de un hecho semejante el día en que Jesús los había invitado a seguirlo para convertirlos en pescadores de hombre (cf. Lc 5,1-11). Por otra parte, ¿por qué Pedro y los otros apóstoles se encuentran en Galilea y han reanudado su antiguo trabajo de pescadores? ¿No tenían que entregarse por completo después de la Pascua al anuncio del Evangelio?

 

Estas dificultades son preciosas porque nos hacen sospechar sobre el género literario del texto: no estamos frente a la crónica de un hecho, sino frente a una página de teología y el lenguaje usado es el bíblico, no el periodístico. Por tanto, es difícil establecer lo que realmente sucedió. Indudablemente el evangelista quiere decirnos que los apóstoles han experimentado la presencia del Resucitado pero, sobre todo, quiere impartir una catequesis a los cristianos de su comunidad.

 

El evangelio del domingo pasado nos ha narrado dos manifestaciones del Señor: una acaecida en el domingo de Pascua, en ausencia de Tomás; la otra, ocho días más tarde, estando Tomás presente. Esta insistencia sobre el ritmo “semanal” es un claro llamamiento por parte de Juan a sus cristianos para que tomen conciencia de que cada vez que se reúnen en el día del Señor para celebrar la Eucaristía, el Resucitado está presente en medio de ellos.

 

A diferencia del evangelio de la semana pasada, aquí Jesús se les aparece no en domingo sino en un día laborable cuando los discípulos están trabajando. Han vuelto a su vida cotidiana. ¿Qué hacen los discípulos de Cristo durante la semana? ¿Cuál es misión se les ha confiado y cómo la llevan a cumplimiento? A estas preguntas responde el evangelista narrando un episodio lleno de simbolismo que ahora trataremos de decodificar.

 

Comencemos con los ocupantes de la embarcación: son siete. Este número representa la perfección, lo completo. Pedro y los otros seis simbolizan la totalidad de los discípulos que componen la comunidad cristiana. El simbolismo podría ir aún más lejos hasta descubrir, en la identidad de estos discípulos, los diversos tipos de cristianos que, a pesar de sus limitaciones y sus defectos, tienen todavía derecho de ciudadanía en la Iglesia: los que tienen dificultad en creer (Tomás); los que son un tanto fanáticos (los dos hijos de Zebedeo, que querían invocar fuego del cielo contra sus opositores; Lc 9,54); los que han renegado del Maestro (Pedro); los vinculados a tradiciones del pasado, pero honestos y abiertos a los signos de los tiempos (Natanael); y también los cristianos anónimos a quienes nadie conoce (los dos discípulos sin nombre).

 

El mar, como hemos señalado con frecuencia, era para los israelitas el símbolo de todas las fuerzas hostiles a la humanidad.

 

Si el estar sumergidos en aguas profundas indica estar a merced del mal, pescar  significa “sacar fuera” de esta condición de “no vida”, librar de la acción de fuerzas malignas que mantienen a las personas en situaciones de muerte. Pensemos a todas las esclavitudes que no dejan vivir con alegría, que impiden sonreír: la avidez de dinero, los rencores, pasiones desatadas, la droga, la pornografía, la ansiedad, la prisa, los remordimientos, el miedo…

 

Ahora está clara la intención de Jesús cuando dijo a sus discípulos: “Síganme y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). Esto es lo que justamente están haciendo. Pedro el pescador, se ha puesto manos a la obra; parece una jornada de pesca normal, pero no es así; en el lenguaje teológico del evangelista se trata una pesca simbólica que significa la misión apostólica de la Iglesia comprometida en la liberación del hombre. El evangelista Mateo dice que el reino de los cielos es semejante a una red echada en el mar que recoge toda clase de peces y, cuando está llena, es arrastrada hasta la orilla (cf. Mt 13,47-48).

 

La noche, con la oscuridad que la acompaña, tiene también un significado negativo. “Los que andan de noche, tropiezan” (Jn 11,10), “el que me siga no caminará en tinieblas” (Jn 8,12), dijo Jesús. De noche nadie puede trabajar ni orientarse (cf. Jn 9,4). Sin luz, la “pesca” de los discípulos no puede obtener resultado alguno.

 

No falta solamente la luz, falta también Jesús; es más, de acuerdo con el simbolismo del evangelista Juan, justamente no hay luz porque no está Jesús, “luz del mundo” (Jn 8,12). Pedro y los demás se han empeñados al máximo en la misión que les ha sido confiada, pero no han conseguido nada. Podrían haber adivinado la razón de su fracaso si hubieran recordado las palabras del Maestro: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5).

 

Están solos, tal vez también ellos se sienten abandonados en medio de peligros  y dificultades. Piensan que tienen que llevar a cabo su misión como “pescadores de hombres” dependiendo exclusivamente de sus habilidades y sus fuerza. No ven a Jesús; no perciben su presencia porque tienen los ojos ofuscados por la falta de fe. Ni siquiera logran recordar las palabras tranquilizadoras del Maestro: “No los dejo huérfanos, volveré a visitarlos. El mundo no me verá más, pero ustedes me verán” (Jn 14,18-19).

 

El Señor no está en la barca –es cierto– está en orilla; pisa ya tierra firme, es decir, la condición definitiva de los resucitados. Hacia esta tierra se dirigen y llegarán un día también los discípulos.

 

Por fin, comienza a despuntar el alba (v. 4) y con el nuevo día, llega la luz, la luz verdadera “que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), que “viene de lo alto como un sol naciente” (Lc 1,78). Es Jesús. Él solamente puede ser visto y reconocido con los ojos de la fe, porque es el Resucitado.

 

Su voz es nítidamente perceptible, su palabra proviene de la orilla y orienta las actividades de los discípulos.

 

Apenas éstos se fían, ocurre el milagro: contra toda lógica humana, contra toda expectativa razonable, obtienen un resultado espectacular.

 

Juan quiere que los cristianos de su comunidad comprendan que Jesús, aun permaneciendo en la otra “orilla”, es decir en la gloria del Padre, está siempre junto a ellos todos los días y su voz sigue resonando, llama, habla, indica lo que deben hacer.

 

El resultado de la misión de la iglesia se manifiesta en la extraordinaria cantidad de peces capturados: 153. Este número tiene un significado simbólico. Es el resultado de 50 x 3 + 3. Para los israelitas el número cincuenta indica todo el pueblo;  el número 3 representa la perfección y plenitud. Todos los peces han sido “pescados”, ni siquiera se ha escapado de la red.

 

El sentido de este curioso detalle es el siguiente: la comunidad cristiana llevará a cumplimiento con éxito total su misión de salvación. Todo el pueblo, toda la humanidad, será liberada de las ataduras de muerte que la envuelven, que la tienen prisionera, que la están llevando a la ruina, como las aguas impetuosas del mar arrastran hacia el fondo incluso a los nadadores más experimentados. Los discípulos llevaran a cabo esta grandiosa empresa, asegura el Evangelio de hoy, a condición de dejarse siempre guiar por la voz del Resucitado.

 

Pedro arrastra la red a tierra con los peces. Jesús había dicho: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32) y ahora cumple su promesa a través de sus discípulos. Nadie va a quedarse fuera de la obra de salvación llevada adelante por su comunidad. La red no se rompe a pesar de la gran cantidad de peses. En este detalle aparentemente trivial se encierra un mensaje importante: Pedro consigue mantener integra y segura la unidad de los creyentes, no obstante su número y la consiguiente diversidad de culturas, ideas, lenguas.

 

El banquete con el que concluye el relato de la pesca milagrosa, es el símbolo de la conclusión de la historia de salvación. Jesús espera a sus discípulos en la tierra firme, en el cielo. Lleva consigo el pez (v. 9): es el fruto de su obra realizada en este mundo. Recordemos, por ejemplo, al buen ladrón que Jesús se ha llevado consigo al paraíso (cf. Lc 23,43).

 

Al igual que a los siete discípulos junto al mar de Galilea, también se le pide a toda la comunidad cristiana presentar la pesca lograda, el fruto del trabajo apostólico. El pan, en cambio, es siempre ofrecido de forma gratuita por Jesús; no lo llevan los hombres. ¡Es la Eucaristía! Es el pan que parte el Resucitado y que quiere que todos los hermanos y hermanas lo compartan hasta el día en que el signo sacramental se complete íntegramente a través la unión final y definitiva con él y con el Padre.

 

La última parte del pasaje (vv. 15-19) describe la misión de Pedro. A lo largo de todo el relato este apóstol ha ocupado un lugar destacado: ha sido él quien ha tomado la iniciativa de ir a pescar; a continuación, a pesar de haber reconocido al Resucitado después del “discípulo que Jesús amaba”, ha sido Pedro a tomar en mano la red llena de peces grandes y, sin romperla, arrastrarla hasta la orilla.

 

El significado simbólico de estos detalles es innegable: dentro de la comunidad cristiana el primado de la “sensibilidad”, por así decirlo, corresponde al discípulo sin nombre, pero el que dirige la obra apostólica y preside la unidad de la iglesia es Pedro sin lugar a dudas. Aun llegando sistemáticamente “tarde” y, mereciéndose a menudo los reproches de Jesús, Pedro permanece siendo el punto de referencia de la vida de la iglesia. A él se le pide que pastoree el rebaño del Señor.

 

La imagen del pastor no suscita solamente resonancias positivas. Ser comparados con corderillos incapaces de pensar y decidir de manera responsable, no es del agrado de todos. Pero no es éste el significado de las palabras de Jesús. Él no ha conferido a Pedro el poder de mandar, de dar órdenes como hace el pastor con sus ovejas y, menos aún, de ser cabeza de una casta privilegiada y separada de la comunidad de hermanos y hermanas. Pedro –lo recordamos bien– no era inmune a esta tentación. Llegó hasta el punto de rechazar el gesto del Maestro que quería lavarle los pies, porque esperaba ser día el dueño del rebaño.

 

Pidiéndole que apacentara a sus corderos, Jesús exige de él una conversión completa, un cambio radical de su forma de pensar y de actuar. Jesús quiere que  manifieste una capacidad incondicional de amar, superior a la de todos los demás. Apacentar significa alimentar a los hermanos y hermanas con el alimento de la Palabra de vida.

 

No va a ser fácil para Pedro entender y aceptar esta propuesta. Durante mucho tiempo se mantendrá aferrado a sus creencias, a sus sueños. Sólo con el paso de los años, después de muchas vacilaciones, llegará a la conversión completa. En el evangelio de hoy le viene preanunciado la conclusión de su camino en seguimiento del Maestro. Durante la pasión no ha tenido el coraje de permanecer junto Jesús. Pero un día, le viene dicho, se le ofrecerá la ocasión de poder dar su vida; conocerá  la coacción, la cárcel (“otro te ceñirá cinturón, y te llevará a donde no quieras ir”) y, finalmente, morirá en una cruz (“extenderás tus manos”).

 

 

Tienes un video del P. Fernando Armellini explicando el Evangelio de este tercer domingo de Pascua:

 

https://www.youtube.com/watch?v=kJfNh7BrcIk

 

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Categorías: Ciclo C | Deja un comentario

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