4º Domingo de Pascua, 17 de Abril 2016, Año C

Es bueno ser llevado, pero ¿por quién?

 

Introducción

 

A partir del tercer siglo d.C. (no antes), aparece con frecuencia en las catacumbas la imagen del Cristo pastor llevando a hombros a una oveja, rodeado por el rebaño. Es una escena que quiere representar la confianza y serenidad con la que creyente atraviesa el valle obscuro de la muerte, sostenido o guiado por su Señor.

 

No es solamente al dejar este mundo el momento en que el discípulo se abandona en los brazos de su pastor. Éste es solo el último trance, cuando queda claro que todos los que se hicieron pasar por pastores durante su vida y que predicaban enseñanzas contrarias a las de Cristo, no eran, en realidad, sino mercenarios, vendedores de ilusiones. En los momentos decisivos se ven obligados a declarar su incapacidad para ayudar.

 

El discípulo acepta hacerse acompañar por el Buen Pastor en cada momento de su vida. Dejarse llevar por Cristo es una opción menos cómoda de lo que parece. Presupone el coraje de confiar la propia vida a Cristo, sin ceder a la angustia cuando no se ve claro ni el camino ni la meta. También significa resistir a los halagos de los falsos pastores que en realidad no son sino ladrones, salteadores cuyo único objetivo (a menudo inconscientemente) es la autoafirmación, la búsqueda de sus propios intereses.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque sea conducido por valles tampoco temeré ningún mal”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 13,14.43-52

 

Pablo y sus compañeros continuaron desde Perge hasta Antioquía de Pisidia, y entrando un sábado en la sinagoga, tomaron asiento. 13,43: Al disolverse la asamblea, muchos judíos y prosélitos devotos acompañaron a Pablo y Bernabé, quienes les hablaban e invitaban a mantenerse en el favor de Dios. 13,44: El sábado siguiente casi toda la población se congregó para escuchar la Palabra de Dios. 13,45: Pero los judíos, al ver la multitud, se llenaron de envidia y contradecían con insultos las palabras de Pablo. 13,46: Entonces Pablo y Bernabé hablaron con toda franqueza: –A ustedes debíamos anunciar en primer lugar la Palabra de Dios. Pero, ya que la rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, nos dirigiremos a los paganos. 13,47: Así nos lo ha ordenado el Señor:

 

Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance
hasta el confín de la tierra.

 

13,48: Los paganos al oírlo se alegraron, glorificaron la Palabra de Dios y los que estaban destinados a la vida eterna, abrazaron la fe. 13,49: Y así la Palabra de Dios se difundió por toda la región. 13,50: Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas de clase alta y a los notables de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de sus fronteras. 13,51: Ellos, sacudieron el polvo de sus pies en señal de protesta contra aquella gente y se marcharon a Iconio. 13,52: Los discípulos, por su parte, quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

– Palabra de Dios

 

 

La lectura de hoy se abre con un extracto del relato del primer viaje misionero de Pablo y Bernabé. Estos dos apóstoles llegan a Antioquía de Pisidia un sábado, entran en la sinagoga de los judíos y comienzan a anunciar la Buena Nueva de Jesús, como lo suelen hacen habitualmente (v. 14). Su mensaje impresiona, sorprende, o más bien, trastorna literalmente a sus oyentes, judíos fervorosos, educados en las tradiciones de sus padres y fieles observadores de la ley. Ellos conocen las palabras de los profetas y viven a la espera del Mesías y, sin embargo, se quedan atónitos y con la boca abierta cuando, viniendo de labios de Pablo y Bernabé, escuchan este mensaje escandaloso: Jesús, condenado por las autoridades religiosas y ajusticiado en suplicio infamante, es el salvador del mundo. ¡Inaudito! ¿Habrán entendido bien? Por eso al sábado siguiente la Sinagoga rebosa de gente (vv. 14-44).

 

Han reflexionado durante la semana sobre lo que han oído y llegan a la conclusión de que Pablo y Bernabé han blasfemado, han insultado a Dios. Después de haber dado tantas pruebas de su poder durante el éxodo, Dios puede hacer el ridículo y desprestigiarse ante los ojos de los pueblos enviando un mesías derrotado y condenado. Se sienten obligados a defender la pureza de su fe. No son gente deprava, maliciosa, deshonesta; simplemente están condicionados por su mentalidad religiosa; no están dispuestos a cuestionar sus certezas; ni remotamente pueden imaginarse que el Señor les pueda tener reservada alguna sorpresa o novedad (v. 45).

 

Sin dejarse desanimar por el rechazo ni intimidar por la oposición de los más devotos, los dos apóstoles proponen de nuevo su mensaje. Es más, ven en esta falta de adhesión a la fe por parte de algunos de su pueblo como una invitación para dirigirse a los paganos. De este modo se cumple la profecía de Isaías: “Yo te he puesto como luz de las naciones paganas, para que seas mi salvación hasta los confines de la tierra” (vv. 46-47).

 

No todos, sin embargo, cierran su mente y su corazón. Muchos, tanto judíos como paganos, escuchan la llamada de Dios a la conversión y elijen el camino de la salvación. Y así, “todos los destinados a la vida eterna creyeron en el mensaje” (v. 48). No se trata de predestinación al cielo para algunos y condena eterna para los demás. En la vida eterna no se entra cuando uno muere, sino en el mismísimo momento de la adhesión a la fe y aceptación del Mesías de Dios. Algunos, de buena fe y sin darse cuenta de lo que se pierden, creen que esta fe es absurda y la rechazan. Los que, por el contrario, la aceptan están ya en la vida eterna. Nadie se verá excluido al final de los tiempos. El autor de los Hechos de los Apóstoles solamente constata que, según los misteriosos mecanismos que regulan y condicionan la libertad del hombre, algunos llegan antes a la vida; los otros sin duda llegarán también, aunque más tarde.

 

El hecho de que las promesas y bendiciones de Dios sean ofrecidas también a los paganos inquieta aún más a los judíos ligados a sus tradiciones y, en vista de que las palabras no son suficientes para bloquear la predicación de Pablo y Bernabé, recurren al abuso de poder. Entre los miembros de su comunidad hay mujeres de la aristocracia cuyos esposos o hijos ocupan puestos clave en aparato administrativo de la ciudad. Éstos logran que los dos apóstoles sean alejados de sus fronteras (v. 50).

 

Lo mismo le ocurrió a Jesús al comienzo de su vida pública. Tan pronto como comenzó a predicar en Nazaret, también él fue expulsado de la sinagoga y a punto estuvo de ser linchado por quienes habían reunido para la oración. Sus compatriotas se consideraban religiosos ejemplares, convencidos de saberlo todo acerca de Dios. No podían permitir que Jesús socavara sus certezas religiosas y mostrara lo poco que, en realidad, comprendían de las Sagradas Escrituras (cf. Lc 4,16-29).

 

Si Jesús y los apóstoles han sido perseguidos, no es de extrañar que ningún autentico predicador sea dejado en paz sin encontrar opositores.

 

Después de señalar que Pablo y Bernabé se vieron obligados a marchar a Iconio (v. 51), el pasaje termina con una anotación curiosa: “los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo” (v. 52). Es extraño: Los malvados han prevalecido, los dos apóstoles salen derrotados y los cristianos de Antioquía de Pisidia, en vez de entristecerse, ¡rebosan de alegría! El gozo puede coexistir hasta con las lágrimas, con las esperanzas fallidas, con el dolor por la injusticia sufrida. No podrán gozar de esta alegría ni los malvados que se oponen a la verdad y luchan contra los anunciadores del Evangelio ni tampoco los justos si no se libran del resentimiento contra sus perseguidores.

 

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Segunda Lectura: Apocalipsis 7,9.14b-17

 

Después vi una multitud enorme, que nadie podía contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua: estaban delante del trono y del Cordero, vestidos con túnicas blancas y con palmas en la mano. 7,14: Uno de los ancianos se dirigió a mí y me dijo: Éstos son los que han salido de la gran tribulación, han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. 7,15: Por eso están ante el trono de Dios, le dan culto día y noche en su templo, y el que se sienta en el trono habita entre ellos. 7,16: No pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el calor los molestará, 7,17: porque el Cordero que está en el trono los apacentará y los guiará a fuentes de agua viva. Y Dios secará las lágrimas de sus ojos. – Palabra de Dios

 

 

¡Cuánto dolor, cuánta tribulación, cuánta amargura en la vida del hombre! Al ver sufrir a tanto inocente, víctimas de violencias, traiciones, engaños, buscamos desespera e inútilmente, la mayoría de las veces, un por qué. El libro de Apocalipsis dedica cuatro capítulos a este problema angustiante (cf. Ap 5–8). Dice que en el cielo se encuentra un libro en el que un ángel anota todos los sufrimientos y lágrimas de los hombres. Este libro desvela además el porqué de tantas cosas incomprensibles y absurdas que nos ocurren. Sin embargo y, por desgracia, este libro está sellado con siete sellos que nadie ha sido capaz de romper; he aquí la razón de la angustia existencial de los hombres: se sienten a merced de un destino trágico y ciego.

 

¿No hay, pues, esperanza alguna de descubrir el sentido de la historia del mundo? ¿Permanecerá cerrado para siempre el libro que contiene la respuesta a nuestras angustias, a nuestros interrogantes más profundos? El Vidente del Apocalipsis nos invita a todos a poner fin a las lágrimas: El Cordero –dice– es el que abrirá el libro y romperá uno tras otro los siete sellos, es decir, desvelará todos los enigmas de nuestra existencia.

 

El pasaje de hoy narra lo que sucede después de la ruptura del sexto sello: aparece una multitud inmensa que nadie puede contar, gente de toda raza, lengua, pueblo y nación. Todos, de pie ante del trono del Cordero, endosan vestiduras blancas y llevan palmas en las manos (v. 9). El vestido blanco es símbolo de la alegría y de la inocencia y las palmas son signo de victoria.

 

¿Quiénes son estas personas? Son los que en este mundo, soportando sufrimientos y persecuciones, han dado su vida por los hermanos, como ha hecho el Cordero. Tenidos por unos fracasados por los hombres, son los vencedores para Dios (v. 14): “no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el calor los molestará el sol o cualquier viento abrasador porque el Cordero que está en el trono los apacentará… y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos” (vv. 16-17).

 

Hay en estos versículos una imagen extraña: “El Cordero los apacentará”. ¿Cómo un cordero puede ser también pastor? Sin embargo, es justamente así: Jesús se ha convertido en pastor, en guía, porque, como cordero, ha sido inmolado, ha dado su vida por amor.

 

Esta página del Apocalipsis ha sido escrita para alentar a los cristianos perseguidos a perseverar con paciencia y firmeza. Se está realizando en ellos lo que le ha pasado a Jesús, el Cordero; si van tras él como se sigue a un pastor, participarán en su victoria.

 

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Evangelio: Juan 10:27-30

 

En aquel tiempo dijo Jesús: Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen; 10,28: yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrancará de mi mano. 10,29: Mi Padre que me las ha dado es más que todos y nadie puede arrancar nada de las manos de mi Padre. 10,30: El Padre y yo somos uno. – Palabra del Señor

 

 

La tierra de Israel es en gran parte montañosa y, por tanto, más apta para el pastoreo. Guardianes de rebaños eran Abel, Abrahán, Jacob, Moisés, David. No es de extrañar, por tanto, la frecuencia en la Biblia de imágenes tomadas de la vida pastoril. Dios es llamado “pastor de Israel”: conduce a su pueblo como a un rebaño, lo trata con amor y solicitud, lo guía hacia pastos abundantes y manantiales de agua fresca (cf. Sal 23,1; 80,2). Incluso el Mesías es anunciado por los profetas como un pastor que apacentará a Israel: “Les daré pastores que las pastoreen…Llegan días en que daré a David un retoño legítimo. Reinará como rey prudente y administrará la justicia y el derecho en el país” (Jer 23,1-6; Ez 34).

 

Jesús se referirá a estas imágenes cuando un día, descendiendo de la barca, ve una gran multitud que había venido caminando para escuchar de él una palabra de esperanza. Marcos dice: “sintió lástima de ellos porque eran como ovejas sin pastor” (Mc 6,33-34).

 

En el Evangelio de Juan, Jesús se presenta como el pastor esperado (cf. Jn 10,11.14), como el que conducirá al pueblo por el camino de la rectitud y fidelidad al Señor.

 

El cuarto domingo de Pascua se llama Domingo del Buen Pastor porque todos los años, en este día, la liturgia nos presenta un pasaje del capítulo 10 de Juan, en el que Jesús se presenta como el verdadero pastor. Los cuatro versículos que leemos en el Evangelio corresponden a la parte final del discurso de Jesús y quieren ayudarnos a profundizar en el significado de esta imagen bíblica.

 

 

Comencemos por una aclaración: cuando hablamos de Jesús, el Buen Pastor, la primera imagen que nos viene a la mente es la del Maestro que lleva sobre los hombros o en brazos a una oveja, la oveja perdida, como nos cuenta parábola del Evangelio de Lucas (15,4-8). El buen pastor del que nos habla Juan, sin embargo, no tiene nada que ver con esta imagen dulce y tierna. Jesús no se presenta como aquel que cariñosamente acaricia a la oveja herida, sino como el hombre duro, fuerte, decidido, que lucha contra los bandidos y los animales feroces, como lo hizo David que perseguía al león o al oso cuando le arrebataba una oveja del rebaño; lo abatía y le arrancaba la presa de la boca (cf.1 Sam 17,34-35). Jesús es el buen pastor porque no tiene miedo a luchar hasta dar la propia vida por las ovejas que ama (cf. Jn 10,11).

 

La primera afirmación que hace es fortísima: “Mis ovejas jamás perecerán… nadie las arrebatará de mi mano” (v. 28). La salvación de las “ovejas” está garantizada no por su docilidad, su lealtad, sino por la iniciativa, el valor, el amor gratuito e incondicional del “pastor”. He aquí el gran anuncio, la hermosa noticia que nos trae la Pascua y que el cristiano debe comunicar a todos los hombres y mujeres sin excepción. Incluso a quienes ha errado todo en sus vidas, el creyente debe asegurarles que sus miserias, sus defectos, sus opciones de muerte no lograrán derrotar al amor infinito que Cristo siente por ellos.

 

 

Hay que aclarar también la segunda imagen, la de las ovejas, ya que puede provocar cierta incomodidad. ¿Quiénes forman parte del rebaño que sigue al “Buen Pastor”? Los laicos, dirá más de uno espontáneamente, pues es deber del laico aceptar dócilmente y poner en práctica todas las disposiciones establecidas por el clero. Serían pastores, por tanto, las jerarquías eclesiásticas, y ovejas los simples fieles.

 

No es así: el único pastor es Cristo porque, como hemos señalado en la segunda lectura, Cristo es el Cordero que ha sacrificado su vida. Sus ovejas son aquellos que tienen el coraje de seguirle en dar la propia vida como él la ha dado. El pastor es, por tanto, un Cordero que comparte en todo la suerte del rebaño.

 

Existe otro equivoco que debe aclararse, el que la Iglesia se identifique a sí misma como el rebaño de Cristo. Hay zonas de sombra en la iglesia que se excluyen del Reino de Dios porque en ellas se anida y prospera el pecado, mientras que hay horizontes inmensos, más allá de los confines de la Iglesia, que caen dentro del Reino de Dios porque el Espíritu está trabajando allí. La acción del Espíritu se manifiesta en el impulso a donar la vida por el hermano: “quien conserva el amor permanece con Dios y Dios con él” (1 Jn 4,16). El que, sin conocer a Cristo, se sacrifica por los pobres, practica la justicia, la hermandad, comparte los bienes, se hospitalario, leal, sincero, rechaza la violencia, perdona a los enemigos, se compromete con la paz, es discípulo del Buen Pastor. Esto debería hacer pensar a tantos cristianos adormecidos en su autocomplacencia y que un día podrían descubrir la trágica ilusión en que han vivido cuando el Pastor, inesperadamente, diga a más de uno: “No sé de dónde son ustedes” (Lc 13,25).

 

La ostentación de seguridad, la desconfianza preconcebida contra miembros de otras religiones como los prejuicios hacia los no creyentes siguen estando tan arraigados y son tan perniciosos como el falso irénismo.

 

¿Cómo llegar a ser miembro de la grey que sigue a Jesús? ¿Cuál es la suerte de las ovejas fieles a él? El evangelio de hoy afirma que no somos nosotros quienes tomamos la iniciativa de seguirle. Él es el que llama: “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco y ellas me siguen” (v. 27).

 

Los discípulos de Jesús viven en este mundo entre la gente. Sienten multitud de llamadas y reciben incluso mensajes engañosos. Hay muchos que se hacen pasar por pastores y prometen vida, bienestar, felicidad e invitan a la gente a seguirlos. Es fácil ser engañado por charlatanes. Entre tantas voces, ¿cómo reconocer la del verdadero Pastor? Hay que habituar al oído. Quien escucha a una persona solamente durante cinco minutos y después la pierde por un año, difícilmente podrá distinguir su voz en medio de la multitud. El que escucha el evangelio sólo una vez al año, no aprende a reconocer la voz del Señor que habla.

 

No es fácil confiar en Jesús porque él no promete éxito, triunfos, victorias, como hacen todos los demás pastores. Él pide la entrega de uno mismo, exige renunciar a la búsqueda del propio interés, demanda el sacrificio de la vida. Y, sin embargo, asegura, que es éste el único camino que conduce a la vida eterna (vv. 28-29). No hay atajos; quien señala otros caminos, está engañando e solo indica la senda que conduce a la muerte.

 

 

El pasaje termina con las palabras de Jesús: “Yo y el Padre somos uno” (v. 30). Esta afirmación un tanto abstracta indica el camino a seguir para llegar a la unión con Dios. Es necesario ser “uno” con Cristo, es decir, estar siempre con él en unidad de pensamientos, intenciones y acciones.

 

Esta afirmación nos hace reflexionar sobre el ministerio de los que son llamados a “pastorear” el rebaño del Señor. A veces se nota en la comunidad cristiana cierta tensión entre los que, con términos no muy exactos, son denominados como clero y laicos. Algunos sostienen que los laicos deben estar unidos a sus “pastores”; otros, por el contrario, afirman que son los pastores los que deben estar unidos al pueblo de Dios. Tal vez sea más correcto pensar que todo el pueblo de Dios, laicos y clérigos, deben seguir juntos al único pastor que es Jesús y llegar a ser, con él, “uno” con el Padre.

 

Tienes un video del P. Fernando Armellini explicando el Evangelio de este cuarto domingo de Pascua:

 

https://youtu.be/GHVeUmbE3jM

 

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Categorías: Ciclo C | Deja un comentario

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