5º Domingo de Pascua, 24 de Abril 2016, Año C

El que está en Cristo es una nueva criatura

 

Introducción

 

Los días de la iglesia están contados –dicen algunos– porque es anticuada, no sabe cómo renovarse a sí misma, repite viejas fórmulas en lugar de responder a las nuevas preguntas, tercamente reitera rituales obsoletos y dogmas ininteligibles mientras que las personas de hoy están buscando un nuevo equilibrio, un nuevo sentido de la vida, un Dios menos lejano.

 

Existe un creciente deseo de espiritualidad. Es cada vez mayor la adhesión a nuevas creencias exotéricas como las llamadas reiki (energía curativa no física), canalización (vinculación con niveles más elevados de energía o de conciencia como espíritus, extraterrestres), cristal-terapia, dianética (influencia de la mente sobre el cuerpo). La religión del hazlo-tú-mismo que desprecia dogmas e iglesias crece por doquier; es decir, una religión en la que frecuentemente se mezclan técnicas orientales con interpretaciones esotéricas de Cristo. Se equipara la meditación de la Palabra de Dios en un monasterio a la emoción experimentada en las profundidades de un bosque mientras se está en coloquio (en abierta canalización) con el propio ángel-guía. Expresión de esta búsqueda de lo nuevo es el New Age (Nueva Era) que propone la visión utópica de una era de paz, armonía y progreso.

 

Confundir la fidelidad a la Tradición (con mayúscula) con el replegarse sobre lo que está viejo y gastado o con el cerrarse al Espíritu que “renueva la faz de la tierra”, es uno de los equívocos más perniciosos en el que la Iglesia puede caer. La acusación, no obstante, de falta de modernización (quizás injusta e injustificada) nos debe hacer pensar.

 

La iglesia es la depositaria del anuncio de “cielos nuevos y tierra nueva”, de la propuesta de “hombre nuevo”, del “mandamiento nuevo”, de un “cántico nuevo”. Es a la Iglesia a la que instintivamente debería sentirse atraído quien sueña con un mundo nuevo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cantaré al Señor un cántico nuevo porque renueva cada día mi juventud”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Hechos 14,21-27

 

Después de anunciar la Buena Noticia en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, se volvieron a Listra, Iconio y Antioquía, 14,22: donde animaron a los discípulos y los exhortaron a perseverar en la fe, recordándoles que tenían que atravesar muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios. 14,23: En cada comunidad nombraban ancianos y con oraciones y ayunos los encomendaban al Señor en quien habían creído. 14,24: Después atravesaron Pisidia, llegaron a Panfilia, 14,25: predicaron el mensaje en Perge, bajaron a Atalía 14,26: y desde allí navegaron a Antioquía, desde donde habían partido encomendados a la gracia de Dios para realizar la obra que ahora habían acabado. 14,27: Al llegar, reunieron a la comunidad y les contaron lo que Dios había hecho por su medio y cómo había abierto a los paganos la puerta de la fe. 14,28: Y se quedaron una larga temporada con los discípulos. – Palabra de Dios

 

 

Un cierto “individualismo religioso” que predica la salvación de la propia alma, ha desaparecido de muchos lugares, pero todavía no de todos. Los bautizados, ciertamente, no se desinteresan del alma de los demás, rezan para que todos vayan al cielo, pero aún sigue profundamente arraigada la idea de que, en el momento del ajuste de cuentas, todas las amistades desaparecerán y cada quién tendrá que habérselas a solas con Dios. Es la religión de los méritos practicada hasta la exasperación: cada uno lleva consigo sus propias buenas obras y no hay que hacerse ilusiones de posibles transferencias al final de la vida.

 

Si las cosas fueran así, habría que cuestionarse para qué sirve la comunidad si, en los momentos decisivos, cada uno tiene que arreglárselas por sí mismo. Los discípulos de Jesús forman parte de un único cuerpo y los miembros individuales no pueden vivir el uno sin el otro. Son un pueblo, una familia en la que cada uno es, de alguna manera, responsable de lo que hacen los otros.

 

La lectura de hoy profundiza este tema de la vida comunitaria. Pablo y Bernabé están a punto de concluir su primer viaje misionero. Han atravesado muchas regiones, han anunciado la buena nueva en diversas ciudades. Antes de regresar a la comunidad de Antioquía, de donde fueron enviados y a la que tienen que dar cuenta de sus trabajos, deciden hacer una visita a las jóvenes comunidades que han fundado. Quieren que sean fortalecidas en la fe y ayudadas a organizarse y para ello establecen un grupo de ancianos en cada una de ellas.

 

No se puede concebir una vida cristiana individualista: el que no se relaciona con los demás, el que vive a solas, el que piensa sólo en sí mismo y su propio progreso espiritual, podrá ser una buena personas, piadosa, religiosa, pero no cristiana. Por eso, desde el principio, los apóstoles sienten la necesidad de establecer en todas partes “centros de fraternidad” dirigidos por “ancianos”.

 

El trabajo misionero no se termina cuando las personas abrazan la fe y son bautizadas. Es necesario que los creyentes se conviertan en una “comunidad” en la que cada miembro se sienta vivo, activo y corresponsable.

 

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Segunda Lectura: Apocalipsis 21,1-5a

 

Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el mar ya no existe. 21,2: Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. 21,3: Oí una voz potente que salía del trono: Mira la morada de Dios entre los hombres: habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. 21,4: Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado. 21,5: El que estaba sentado en el trono dijo: Mira, yo hago nuevas todas las cosas.Palabra de Dios

 

 

El término “nuevo” se utiliza muy a menudo en la Biblia: 347 veces en el Antiguo Testamento y 44 en el Nuevo. Este adjetivo indica un cambio radical en relación con lo que existía antes. Lo nuevo creado por Dios es algo inesperado, inimaginable, sorprendente. Cuando, por ejemplo, promete una “nueva ley” (cf. Jer 31,31-34), no se refiere a un nuevo conjunto de prescripciones, a una “actualización” del Decálogo, sino al don de una ley radicalmente diferente, el dinamismo interior que conduce a hacer el bien, a la ley inscrita en el corazón, no en piedra.

 

Muchas de las nuevas realidades que el Señor va a implementar se anuncian ya en el Antiguo Testamento: una alianza nueva, un espíritu nuevo, un corazón nuevo y una nueva creación: “Miren, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva; de lo pasado no quedará recuerdo, ni se lo traerá a la memoria, más bien gócense y alégrense siempre por lo que voy a crear; miren, voy a transformar a Jerusalén en alegría y a su población en gozo” (Is 65,17-18).

 

La primera creación fue buena. Todo lo que Dios había hecho (Gén 1,31) era “muy bueno”, pero el hombre, en su libertad, ha introducido el pecado, ha utilizado a las criaturas para el mal y las ha conducido a la corrupción. Las consecuencias de sus decisiones insensatas saltan a la vista: guerras, violencia, opresión, injusticia… ¿Ha terminado el plan de Dios en un estrepitoso fracaso? ¿Se le ha ido de las manos la creación al Señor del universo?

 

No, responde el vidente del Apocalipsis. Dios controla los destinos del mundo, ningún evento lo toma por sorpresa, él está haciendo nuevas todas las cosas (v. 5). No destruye la primera creación, sino que está preparando un nuevo cielo y una nueva tierra. Sólo al mar, símbolo de todo lo que está en contra de la vida (cf. Ap 13,1), lo hará desaparecer para siempre; evaporará hasta su última gota (v. 1).

 

La visión continúa: “Vi la nueva Jerusalén, la ciudad santa bajando de Dios, ataviada como una novia se arregla para el novio” (v. 2). Nunca en su vida está la mujer tan encantadora como el día de su boda; es joven, no hay mancha ni arruga en su rostro, todos la admiran. La realidad del mundo que tenemos ante los ojos es exactamente lo opuesto y las previsiones de futuro son sombrías. Nada nos anuncia una transformación tan sorprendente. Es como ver a una oruga: nunca pensaríamos  que pueda convertirse en una mariposa.

 

La conclusión de la historia del mundo es de ensueño: Dios habitará para siempre con los hombres: “Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (vv. 3-4).

 

Este es el mensaje de alegría y esperanza que Juan dirige a los cristianos de su comunidad que corrían el riesgo de dejarse abatir ante el aparente e imparable triunfo del mal. Al final descubrirán, dice el vidente, que es Dios el que siempre ha manejado los hilos de la historia.

 

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Evangelio: Juan 13,31-33a.34-35

 

Cuando Judas salió, dijo Jesús: –Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por él. 13,32: Si Dios ha sido glorificado por él, también Dios lo glorificará por sí, y lo hará pronto. 13,33: Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. 13,34: Les doy un mandamiento nuevo, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros. 13,35: En eso conocerán todos que son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros. – Palabra del Señor

 

 

Para nosotros, herederos del pensamiento griego, la glorificación es lograr la   aprobación y el elogio de la gente, equivale a la fama de quien alcanza una posición de prestigio. Todos la desean, anhelan y luchan para alcanzarla y por esto se alejan de Dios. Los judíos, quienes “viven pendientes del honor que se dan unos a otros, en lugar de buscar el honor que sólo viene de Dios” (Jn 5,44), que “prefieren la gloria de los hombres a la gloria de Dios” (Jn 12:43), no pueden creer en Jesús en quien no se manifiesta la “gloria” que atrae las miradas y la atención de los hombres. En él, la gloria de Dios se hace visible desde su primera aparición en el mundo: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria” (Jn 1,14).

 

Dios es glorificado cuando despliega su fuerza y realiza obras de salvación, cuando muestra su amor al hombre. En el Antiguo Testamento su gloria se manifiesta cuando libera a su pueblo de la esclavitud. “Mi gente verá la gloria del Señor, ahí está su Dios, viene en persona a salvarlos” (Is 35,2.4).

 

En los primeros versículos del Evangelio de hoy (vv. 31-32), el verbo “glorificar” aparece cinco veces: “Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre y Dios ha sido glorificado por él. Si Dios ha sido glorificado por él, también Dios lo glorificará por sí, y lo hará pronto”. El evangelista quiere dejar claro el mensaje desplegando una redundancia y prolijidad de expresión, una solemnidad que parece casi excesiva, pero lo pide el contexto: estamos en el Cenáculo y faltan solo unas horas para la captura y sentencia de muerte de Jesús.

 

Quien no sabe de antemano cómo se han desarrollado los hechos, pensaría que Dios está a punto de asombrar a todos con un prodigio, con una demostración de su poder humillando a sus enemigos.

 

Nada de eso. Jesús es glorificado porque Judas ha salido para llegar a un acuerdo con los sumos sacerdotes sobre cómo detener al Maestro (v. 31). Es algo insólito, escandaloso e incomprensible para los hombres: la “gloria” de Dios se manifiesta en Jesús que camina hacia la pasión y la muerte, que se entrega en manos de los verdugos y que viene clavado en la cruz.

 

Unos días antes ha dejado claro en qué consiste su gloria: “Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre sea glorificado… si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, producirá mucho fruto” (Jn 12,23-24). La gloria que le espera es el momento en que, dando su vida, revelará al mundo cuán grande es el amor de Dios hacia el hombre. Es ésta también la única gloria que él promete a sus discípulos.

 

 

El pasaje continúa con la presentación del mandamiento nuevo, precedido de una frase sorprendente: Hijitos… (v. 33). Los discípulos no son niños, sino hermanos de Jesús. ¿Por qué les llama así?

 

Para entender el significado de sus palabras, hay que tener presente el momento en que son pronunciadas. En la última cena, Jesús sabía muy bien de que sólo le quedaban unas pocas horas de vida y se siente en el deber de dictar su testamento. Así como los hijos consideran sagradas las palabras pronunciadas por el padre en su lecho de muerte, así Jesús quiere que sus discípulos impriman en su mente y su corazón lo que va a decir.

 

Éste es su testamento: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense unos a otros como yo los he amado” (v. 34). Para subrayar la importancia lo repetirá otras dos veces más antes de encaminarse hacia Getsemaní: “Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,12). “Este es mi mandamiento: ámense unos a los otros como yo los he amado” (Jn 15,17). Habla como quien quiere dejar algo en herencia: Les doy, dice (v. 34). Si hubiéramos sido nosotros a elegir un don entre los muchos que poseía, todos seguramente hubiéramos elegido el don de hacer milagros. Él, en cambio, nos ofreció un nuevo mandamiento.

 

Mandamiento para nosotros equivale a imposición, a compromiso gravoso que hay que cumplir, a un peso que hay que soportar. Algunos creen que la felicidad la alcanzan solo los astutos, es decir, los que disfrutan de la vida esquivando las “diez palabras” de Dios, por eso muchos están convencidos de que los que logran observar los Diez Mandamientos merecen el paraíso, mientras quienes los quebrantan deben ser castigados severamente. Esta es una convicción todavía muy extendida que debe corregirse con urgencia, por ser extremadamente perniciosa. Es fruto de una imagen adulterada de Dios.

 

Un ejemplo banal: Si un médico insiste en que su paciente deje de fumar, no lo hace para restringir su libertad, para privarlo de un placer, para ponerlo a prueba, sino porque quiere su bien. A escondidas, tratando de no llamar la atención, el paciente puede seguir fumando y encontrarse después con los pulmones arruinados. El médico no lo castiga por esto (el fumador no le ha hecho daño al médico sino a sí mismo). El médico tratará siempre que se recupere. Y Dios, sea dicho de paso, es un buen médico, cura todas las enfermedades (cf. Sal 103,3). Dándonos su mandamiento, Jesús se muestra como un amigo sin igual. Él nos ha mostrado, no con palabras, sino con el don de la vida, la forma de realizar la plenitud de nuestra existencia en este mundo.

 

 

Se trata de un mandamiento nuevo. ¿En qué sentido? ¿No está ya escrito en el Antiguo Testamento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Lev 19:18)? Veamos dónde está la novedad.

 

Respecto a lo que recomienda el Antiguo Testamento, la segunda parte es ciertamente nueva: “ámense como yo los he amado” (v. 34). La medida del amor que nos propone Jesús no es la que usamos con nosotros mismos, sino la que él ha usado con nosotros.

 

El amor hacia nosotros mismos no puede ser medida de amor a los demás porque, en realidad, nos amamos muy poco a nosotros mismos: no soportamos nuestras limitaciones, fallos y miserias; si hacemos el ridículo o perdemos cara por un error cometido, nos llenamos de vergüenza; y si cometemos algo de que avergonzarnos, llegamos incluso hasta el autocastigo.

 

Además, el mandamiento es nuevo porque no es “natural” amar a quien no se lo merece o no puede corresponder. No es normal hacer el bien a los propios enemigos.

 

Jesús revela un nuevo amor: ha amado a quienes necesitaban su amor para ser feliz. Ha amado a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a los malvados, a los corruptos, a sus mismos verdugos porque solamente amándolos podía librarlos de su mezquindad, miseria y pecado.

 

Es el amor gratuito y sin condiciones del cual Dios ha dado pruebas en el Antiguo Testamento cuando se eligió a su pueblo: “Si el Señor –dice Moisés a los israelitas– se enamoró de ustedes y los eligió no fue por ser ustedes más numerosos que los demás, porque son el pueblo más pequeño, sino por puro amor a ustedes” (Dt 7,7-8). Por eso Juan dice: “no les escribo un mandamiento nuevo, sino el que tenían desde el principio… recuerda uno viejo… quien ama a su hermano permanece en la luz” (1 Jn 2,7.10).

 

Pero la gran novedad de este mandamiento es otra. Es el hecho de que nunca nadie antes de Jesús ha intentado construir una sociedad basada en un amor como el suyo.

 

La comunidad cristiana se convierte así en sociedad alternativa, en propuesta nueva frente a todas las sociedades viejas del mundo, a las basadas en la competencia, la meritocracia, el dinero y el poder. Es este amor el que debe “glorificar” a los discípulos de Cristo.

 

Dios anunció por boca de Jeremías: “Llega el día en que haré una nueva alianza con Israel” (Jer 31,31). La alianza antigua fue estipulada sobre la base de los diez mandamientos. La nueva está ligada al cumplimiento de un único mandamiento nuevo: amar al hermano, como lo hizo Jesús.

 

Jesús concluye su “testamento” diciendo: “En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (v. 35). Sabemos que los frutos no son los que dan vida al árbol, sin embargo, son señales de que el árbol está vivo. No son las buenas obras las que hacen “cristianas” a nuestras comunidades, pero son estas obras las que prueban que nuestras comunidades están animadas por el Espíritu del Resucitado.

 

Los cristianos no son personas diferentes a los demás; no llevan distintivos, no viven fuera del mundo. Lo que los caracteriza es la lógica del amor gratuito, la de Jesús, la del Padre.

 

 

Tienes un video del P. Fernando Armellini explicando el Evangelio de este 5º domingo de Pascua:

 

https://youtu.be/3xMNW9byOm4

 

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Categorías: Ciclo C | Deja un comentario

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