Archivo mensual: junio 2016

Domingo XIV del tiempo ordinario, 3 de Julio 2016, Año C

Vengo a ofrecerte la paz

 

Introducción

 

“No tengo paz”. Es la confidencia que más de uno nos ha hecho en momentos de particular desaliento. Quizás la amiga que ha interrumpido una maternidad no deseada, o el cónyuge envuelto en otra relación afectiva inmanejable, o el vecino de casa atormentado por el deseo de vengarse de un agravio sufrido e imposibilitado de hacerlo, o la mujer de la calle humillada y explotada.

 

“No tengo paz” gritarían los responsables de crímenes, de guerras, de compra-venta de instrumentos de muerte si no estuvieran aturdidos por el dinero o el poder. “No tengo paz” repetiría quien se dedica a actividades inmorales, quien comete injusticias, pero sigue adelante con la mente obnubilada por el éxito, por el dinero, por las mentiras de los aduladores.

 

Este es el mundo al que Jesús envía a sus discípulos no para condenar, para imprecar contra la corrupción y las malas costumbres o para amenazar con castigos divinos, sino para anunciar la paz que todos –la mayoría sin darse cuenta– van buscando desesperadamente.

 

Considerando la realidad en que vivimos se necesita de verdad una gran fe para imaginar que es posible construir un mundo en que reine la paz. Es más fácil creer que Dios existe que mantener la esperanza en una paz universal. Y sin embargo, este es la misión encomendada a los discípulos.

 

Los cristianos han intentado construir la paz, pero no siempre con los métodos sugeridos por el Maestro que los quería como “corderos en medio a los lobos”. Muchas veces han preferido recurrir a la fuerza, a la imposición, a l intolerancia; se han emborrachado de poder, como los reyes de este mundo.

 

No siempre han caminado –pobres, mansos, indefensos– junto a las personas necesitadas de paz. Quien, como San Francisco de Asís, lo ha hecho tiene su nombre escrito en el cielo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Quien cree en la paz verá las grandes obras del Señor”.

 

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Domingo XIII del tiempo ordinario, 26 de Junio de 2016, Año C

La invitación a “quemar” el pasado

 

Introducción

 

La imagen más usada en la Torah para exprimir la intervención de Dios es el fuego. “El Señor, tu Dios, es fuego voraz”, dice Moisés al pueblo (Dt 4,24); sobre el Sinaí “el Señor bajó con fuego” (Gn 18,18); “Ante él, avanza el fuego” (Sal 97,3); “Haré que mi palabra sea fuego” (Jr 5,15). Recurre frecuentemente en la Biblia la locución “El Señor hizo estallar un fuego” (Nm 16,35) para indicar cómo purifica con su intervención. A donde él llega, se realiza una transformación radical, nada permanece como antes.

 

Es lo que ocurre en cada persona cuando el Señor entra en su vida: el pasado es pasto de las llamas, viene aniquilado todo lo que es incompatible con la presencia y santidad de Dios: comportamientos, estilos de vida, hábitos, dependencias, situaciones que se cierran…

 

Eliseo quema los aperos de la labranza, símbolo del oficio que había ejercido hasta ese momento y entra decidido en la nueva vida a la que Elías le ha llamado. Los apóstoles, invitados por Jesús a seguirle, abandonan las redes y Levi lo deja todo (cf. Lc 5,27). A quien quiere ser su discípulo, el Señor invita a vender todo lo que tiene e iniciar un nuevo camino (cf. Lc 18,22), y no admite vacilaciones, indecisiones, dudas.

 

Jesús ha venido a traer fuego a la tierra (cf. Lc 12,49): se necesita una gran fe para permitirle introducirlo en el recinto de nuestra vida. Tenemos miedo de que consuma todas nuestras seguridades, tantas realidades en las que, quizás por años, hemos puesto nuestra confianza y esperanza, que queme todo lo que, hasta ese momento, ha dado sentido a nuestra vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, tú eres mi único bien. Indícame el sendero de la vida”.

 

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Domingo XII del tiempo ordinario: 19 de Junio, 2016, Año C

La ardua empresa de los liberadores

 

Introducción

 

Durante una animada discusión en el templo, Jesús declara a los judíos: “Si el Hijo del hombre les da la libertad, serán realmente libres”.

 

A quien estaba convencido de ser descendiente de Abrahán y de no haber sido nunca esclavo de nadie, estas palabras sonaban a intolerable provocación. En primer lugar han recurrido al insulto: “¿No tenemos razón al decir que un samaritano y que estás endemoniado?”, después han pasado a la violencia: “Recogieron piedras para apedrearlos; pero Jesús se escondió y Salió del templo” (Jn 8,31-59).

 

Lo que más sorprende en este episodio es lo que se afirma en el versículo introductorio: los opositores de Jesús no eran enemigos suyos, sino “los judíos que habían creído en él” (Jn 8,31). Es, pues, posible creer en Cristo y, al mismo tiempo, rechazar la liberación que nos ofrece. Esto ocurre porque nos afeccionamos fácilmente a las esclavitudes (a algunas de modo particular) y no queremos dejarlas. Nos adaptamos, nos resignamos, no os decidimos a iniciar un camino que se prevé demasiado comprometido. Y si alguien se nos acerca para ayudarnos a encontrar una vía de salida, lo alejamos con hastío.

 

Una vida desordenada y toda forma de corrupción moral son fácilmente reconocibles como esclavitudes. Otras esclavitudes, por el contrario, se mimetizan como afines a la libertad, son gratificantes (pongo un ejemplo: el apego morboso a los hijos, la certeza de poseer la verdad, la convicción de ser buenas personas, cristianos ejemplares e irreprochables. También el ateísmo práctico de quien no quiere poner en tela de juicio las propias opciones de vida, es una esclavitud…). Son situaciones de “no vida” y, sin embargo, nos fastidia que alguien quiera liberarnos de tal impedimento.

 

Si Jesús hubiera combatido a sus enemigos con la espada, habría sido reconocido como liberador, en cambio ha invitado a los “esclavos del diablo” (cf. Rom 6,20) a liberarse de su vida equivocada, a hacer morir en ellos mismos todo lo que es muerte. No ha sido comprendido. La misma suerte espera a quien continúa su misión.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Confío en el Señor, él me librará de los enemigos que me esclavizan”.

 

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XI Domingo del tiempo ordinario: 12 de Junio, 2016, Año C

Perfectos pero incapaces de amar

 

Introducción

 

El pecado para Jesús no es una mancha que lavar o una llaga que esconder, es la incapacidad de corresponder al amor del Padre, es la deuda de amor infinito impagable que tenemos con Dios. Las culpas, las miserias, las debilidades que constatamos en nuestra vida nos humillan (por esto tratamos de negarlas, de esconderlas, de atacarlas cuando las descubrimos en los otros) son cosas de poca monta, apenas una pequeña señal de la inmensa distancia que nos separa de la perfección del Padre.

 

Cuando pedimos al Señor: perdona nuestras deudas, no le pedimos que olvide los errores que hemos cometido o que haga tabla rasa de nuestro pasado, sino de colmar la deuda de amor hacia él que hemos acumulado, le pedimos que nos enseñe a corresponder a su amor. Nuestra petición, más que al pasado se dirige al futuro.

 

Desde esta perspectiva, todas las personas somos deudoras ante Dios. La estupidez (no queremos hablar de maldad) del fariseo que se cree justo, perfecto y autorizado para criticar a los otros, consiste en cultivar la convicción de poder colmar la deuda de amor que lo separa de Dios, mediante la observancia de algunos preceptos y prácticas religiosas.

 

Ahora quizás resulte más comprensiva la afirmación de Jesús: solo aquel a quien se le ha perdonado mucho es capaz de amar mucho.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurada la persona a quien se le ha remido la culpa y perdonado el pecado”.

 

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