Domingo X del tiempo ordinario, 5 de Junio del 2016, Año C

¡No llores!

 

Introducción

 

Una ancianidad venerable no son los muchos días ni se mide por el número de años. “Agradó a Dios y él le amó; vivía entre pecadores, y Dios se lo llevó. Maduró en pocos años, cumplió mucho tiempo; como su alma era agradable a Dios, él se dio prisa para sacarlo de la maldad” (Sab 4,8-14). Esta es la página, tomada del libro de la Sabiduría, que se lee en el funeral de una persona joven.

 

Encontramos palabras semejantes entre los paganos quienes pensaban que solamente morían jóvenes los amados por los dioses, pero son palabras que no reconfortan, no disminuyen el dolor de una madre que ha perdido al hijo.

 

En la Biblia, los relatos de resurrección se refieren siempre a personas jóvenes. Tenemos dos ejemplos en las lecturas de hoy. ¿Qué siente Dios frente a una vida arrebatada “en la mitad de mis días”? (Is 38,10).

 

Jesús no muestra sus sentimientos: se conmueve. No pronuncia palabras de consolación, no invita la madre a resignarse, le restituye al hijo. Cuando Dios “visita a su pueblo” (Lc 7,16) surge siempre el triunfo de la vida porque el “Señor es amigo de la vida” (Sab 11,26). Pero sería muy menguada su victoria si ésta se redujera a la reanimación de un cadáver. Pasados algunos años, la muerte regresaría de nuevo a tomar posesión definitiva de su presa.

 

Dios restituye cada hijo a su madre y se lo entregará con una vida nueva, una vida no más sometida a la muerte. El hijo no es arrebatado hacia playas lejanas –como pensaban los paganos y también el autor del libro de la Sabiduría–  sino que permanece siempre cercano, no nos abandonará ni siquiera un instante; es la fe en Jesús resucitado la que nos lo hace saber.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Has convertido mi lamento en danza, Señor; te alabaré para siempre”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 1 Reyes 17, 17-24

 

Cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió. 17,18: Entonces la mujer dijo a Elías: –¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo? 17,19: Elías respondió: –Dame a tu hijo. Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. 17,20: Después clamó al Señor: –Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo? 17,21: Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor: –¡Señor, Dios mío, que la vida vuelva a este niño! 17,22: El Señor escuchó la súplica de Elías, volvió la vida al niño y resucitó. 17,23: Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación y se lo entregó a la madre, diciéndole: –Aquí tienes a tu hijo vivo. 17,24: La mujer dijo a Elías: –¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la Palabra del Señor que tú pronuncias se cumple! – Palabra de Dios

 

 

Un día el profeta Elías sale de su tierra y se dirige a Sarepta, cerca de Sidón, donde es recibido con benevolencia por una viuda que le ofrece hospitalidad en su casa. Pasan pocos días y el hijo de la viuda enferma gravemente y muere. Una pregunta angustiada se apodera de la madre, la misma que también hoy se ponen muchas personas cuando son golpeadas por la desgracia: “¿Qué he hecho yo de malo para que Dios me castigue de esta manera?

 

La mujer reflexiona, se interroga, se examina y llega a la conclusión de que la culpa de la muerte de su hijo es de los pecados que ella ha cometido en su juventud. Dirigiéndose al profeta le dice: tu presencia en mi casa ha provocado la muerte de mi hijo; es tu santidad la que le ha hecho recordar al Señor mis culpas (v. 18).

 

Esta viuda tan buena y generosa está afligida por dos razones: porque ha perdido al hijo y porque se siente culpable de su muerte. Elías no responde. Toma al hijo del seno de la madre, sube al piso superior, reza al Señor y le comunica de nuevo el calor de la vida. Después baja y se lo restituye a la madre. Frente al niño muerto, la madre y Elías razonan de manera completamente distinta, y es en esta diversidad donde se encuentra la enseñanza principal del episodio.

 

La mujer ha perdido toda esperanza, se siente derrotada, burlada por la muerte y lo único que se le ocurre es buscar un culpable. Su afán de superar la angustia no hace otra cosa que aumentar su dolor.

 

El profeta, por el contrario, sabe que la muerte –aun la trágica y dramática de un hijo– es un acontecimiento natural. Las enfermedades y las desgracias son hechos que ocurren en nuestro mundo, son debidos a la casualidad, a las coincidencias, a factores biológicos, no son un castigo del señor. Dios dona la vida, no la muerte; y Elías lo prueba restituyendo el hijo a su madre.

 

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Segunda Lectura: Gálatas 1,11-19

 

Les hago saber, hermanos, que la Buena Noticia que les anuncié no es de origen humano; 1,12: yo no la recibí ni aprendí de un hombre, sino que me la reveló Jesucristo. 1,13: Sin duda han oído hablar de mi anterior conducta en el judaísmo: Violentamente perseguía a la Iglesia de Dios intentando destruirla; 1,14: en el judaísmo superaba a todos los compatriotas de mi generación en mi celo ferviente por las tradiciones de mis antepasados. 1,15: Pero cuando [Dios,] quien me apartó desde el vientre materno y me llamó por su mucho amor, quiso 1,16: revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos, inmediatamente, en vez de consultar a hombre alguno 1,17: o de subir a Jerusalén a visitar a los apóstoles más antiguos que yo, me alejé a Arabia y después volví a Damasco. 1,18: Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Pedro y me quedé quince días con él. 1,19: De los otros apóstoles no vi más que a Santiago, el pariente del Señor. – Palabra de Dios

 

 

“¡Demasiado cómoda la religión predicada hoy!, dirá más de uno. Habla de un Dios que no condena a nadie, que salva a todos, enseña que todos somos hermanos, que debemos compartir los bienes pero, después, no insiste, como se debería, en prácticas importantes como el rosario, las novenas, el vía-crucis, las horas santas, las procesiones, los ayunos, las mortificaciones…Es solo para agradar a las personas, para aumentar el número de simpatizantes que viene anunciado un evangelio tan blando y fácil”.

 

Estas críticas que hoy se dirigen a predicadores y catequistas, son las mismas que las que los intrigantes que perturbaban a la comunidad de Galacia echaban en cara a Pablo. Éste, decían, habla de Cristo, pero se olvida de los duros preceptos que imponen las tradiciones.

 

Para defenderse de esta acusación, el Apóstol afirma que él no ha aprendido de los hombres el Evangelio que enseña: lo ha recibido por revelación de Jesucristo (v. 12). No hay que pensar que haya recibido en una o más visiones todas las enseñanzas y todos los hechos de la vida de Jesús sin que nadie se lo haya transmitido. La palabra Evangelio hay que entenderla aquí por decisión de no imponer a los cristianos las normas del Antiguo Testamento.

 

Pablo declara que no han sido los hombres, sino el Señor mismo a revelarle que la salvación no depende de la práctica de las normas de la antigua Ley, sino de la fe en Jesús. Para confirmar esta afirmación suya, recuerda a los gálatas la historia de su vida. Él era un religioso fanático, ligado más que ningún otro a las tradiciones de los antiguos y decidido, como lo demostró, a perseguir a todos los que las violaban.

 

Su radical cambio de vida, explicable solamente por una revelación de lo alto, se ha debido a su comportamiento leal y al haber estado abierto a la revelación de Dios y a los impulsos del Espíritu Santo. No ha permanecido testarudamente anclado en sus convicciones, sino que ha dado la bienvenida a la novedad del Evangelio.

 

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Evangelio: Lucas 7,11-17

 

En aquel tiempo, Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de un gran gentío. 7,12: Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. 7,13: Al verla, el Señor sintió compasión y le dijo: –No llores. 7,14: Se acercó, tocó el féretro, y los portadores se detuvieron. Entonces dijo: –Muchacho, yo te lo ordeno, levántate. 7,15: El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. 7,16: Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo: –Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo. 7,17: La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la región y por Judea. – Palabra del Señor

 

 

Leyendo el relato de la resurrección del hijo de la viuda de Naín, es fácil notar los numerosos detalles que este episodio tiene en común con el narrado en la primera lectura: ambos hablan de una mujer viuda que pierde al único hijo y de un hombre de Dios que lo restituye a la vida y se lo devuelve a la madre.

 

Más que las evidentes semejanzas, sin embargo, importa resaltar algunas diferencias significativas: mientras Elías es solo un profeta y, para obtener el milagro tiene que invocar el auxilio del Señor de la vida, Jesús es más que profeta, es el mismo Señor de la vida. No recurre a nadie, actúa con la fuerza prodigiosa presente en él.

 

La manera como Elías resucita al hijo de la viuda es diferente de la de Jesús. Elías hace muchos esfuerzos. Y lo mismo hará Eliseo con el hijo de la mujer de Sunen (cf. 2 Re 4,29-37). Jesús, por el contrario, le devuelve la vida con la sola fuerza de su palabra.

 

Como solemos hacer, en la explicación del pasaje no nos detendremos sobre el hecho en sí sino en los mensajes teológicos que Lucas nos quiere proponer.

 

 

En una aldea cercana a Nazaret muere el hijo único de una mujer que ha perdido ya al marido y se ha quedado sola, sin protección y sin nadie en quien apoyarse en la ancianidad. Naín derriva de na’ im que en hebreo significa delicioso. Un nombre que se acomoda bien a esta aldea económicamente acomodada que se recuesta en la falda fértil de una montaña que en la antigüedad estaba cubierta de encinas, terebintos, robles, sauces y tamariscos. Esta aldea es el símbolo de todos los lugares amenos y rientes donde la vida corre despreocupada y amena, hasta que un día la alegría termina, las fiestas se convierten vuelve en duelo, las alegrías en lágrimas, los cantos en lamentaciones.

 

Imparable como un río, nos llega a todos el cortejo de la muerte: con violencia cruel, arrebata de las casas a las personas queridas y las arrastra hasta el último destino.

 

Jesús, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, llega a la puerta de aquella aldea, justo en el momento en que está saliendo de ella mucha gente que acompaña a un muerto hacia el lugar de la sepultura. Son dos grupos numerosos los que encuentran y que caminan en direcciones opuestas: uno, guiado por Jesús, llega; el otro, precedido por un cadáver, sale. Es difícil imaginar dos situaciones más contradictorias. Jesús se enfrenta a un rio de tristeza y desolación.

 

Están cayendo las sombras de la noche sobre la aldea de Naín –era hacia el atardecer cuando en Israel se llevaban los difuntos al cementerio – y la obscuridad que envuelve a la muchedumbre enlutada es símbolo de las tinieblas en que están sumergidos todos aquellos que no han encontrado todavía la luz de Cristo. Se sienten impotentes frente a la muerte, se aprietan los unos a los otros, están unidos en un mismo dolor y en el pensamiento de que un día aquel cortejo pasará frente a sus casas para arrebatarlos también a ellos.

 

En este momento entra en escena el Señor (v. 13). Lucas le llama Señor por primera vez. En el A.T. era un título reservado a Dios. Aplicado a Jesús, el evangelista lanza un mensaje teológico claro a los cristianos de sus comunidades: Jesús no es uno de tantos profetas que han hablado y obrado en nombre de Dios, él es el Dios de la vida presente entre los hombres que se encuentran a merced de la muerte.

 

Después, continúa subrayando la reacción humana del Señor: viendo a la viuda se conmovió. Él verbo griego empleado, splagchnizein, indica un sentimiento tan vivo y tan intenso, que los evangelistas lo reservan para indicar las emociones de Dios y de Jesús. El Señor no solo no es extraño a los dramas y dolores humanos, sino que nadie, parece decir Lucas, los experimenta de modo tan íntimo y profundo cuanto él. Jesús comprende lo que la gente experimenta cuando la muerte rompe los lazos afectivos, marca el alejamiento dramático de las personas queridas, provoca soledad, sentido de pérdida y, a veces, desesperación .Comprende que cuando se pierde un amigo, surge una rebeldía interior y el deseo desesperado de que Dios lo restituyera a la vida.

 

Esta reacción y estos deseos son dictados por la muerte, pero no están iluminados por la fe. Si Dios escuchara esta súplica restituyera vivos los difuntos a este mundo, nos obligaría a repetir la experiencia de la muerte que terminaría, de todas formas, por decir la última palabra. La victoria que Jesús ha obtenido sobre la muerte no consiste en retardar algunos años la salida de este mundo. Él ha vivido la experiencia humana hasta el fondo, ha pasado a través del sepulcro, no para regresar a esta vida, sino para entrar definitivamente en la del Padre.

 

Su gesto realizado en favor del hijo del hijo de la viuda es el signo de este prodigio inmensamente más grande que Jesús realiza en todo ser humano que muere.

 

Veamos de captar el sentido de todo lo ocurrido aquella tarde en Naín. La viuda es el símbolo de la entera humanidad triste, desesperada. El “Señor” siente compasión por ella, se adelanta y le dice: “¡No llores!”. Se acerca al féretro y dice al muerto: “¡Levántate!” (vv. 13-14).

 

Su gesto de tocar el féretro del muerto provoca, según el A.T., es una gran impureza (cf. Nm 19,11.16) y la impureza, enseñas los rabinos, es más contagiosa que la santidad. Un objeto que haya entrado en contacto con el pliegue del manto de un sacerdote no queda santificado aunque haya tocado a una persona santa, pero si el mismo objeto roza un cadáver se convierte en inmundo (cf. Ag 2,12-13).

 

Esta ley viene infringida en Naín, La pureza de Jesús vence a la impureza de la muerte, es más, para el Señor la muerte no tiene nada de inmundo. Lavarse, asearse es sin duda sabio y decoroso. Pero si la muerte es un nacimiento, si marca la entrada en el mundo de Dios y en el comienzo de la fiesta, en el banquete de bodas en la casa del Padre, ésta no puede ser la causa de ninguna forma de impureza. Por eso no hay nada que temer de las personas muertas, éstas viven con Dios y hacen solo el bien a aquellos que todavía permanecen en este mundo.

 

A veces Jesús cede a la insistencia de quien le suplica y realiza un milagro. A veces cumple el prodigio porque se ve casi obligado a hacerlo por la gran fe de las personas necesitadas que recurren a él. En Naín realiza el gesto y pronuncia su palabra de salvación sin haber recibido ninguna petición. Actúa de modo completamente gratuito e incondicional, sin ni siquiera intermediar la fe de la viuda. Se comporta así porque la resurrección es un puro don suyo.

 

Su palabra da un vuelco total de la situación: el joven que estaba tendido en el féretro, envuelto en vendas, símbolo de las ligaduras con que la muerte lo tenía esclavizado para siempre, se sienta. Es la posición que caracteriza al vencedor. La asumirá, el día de la Pascua, el ángel que hará rodar la piedra del sepulcro y se sentará después sobre ella (cf. Mt 28,2).

 

Ante la victoria de Cristo sobre la muerte, el llanto se convierte en canto de fiesta, a la madre se le restituye el hijo, la humanidad irrumpe en un grito de alegría, todos glorificaban al Señor diciendo: Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios se ha ocupado de su pueblo (v.16).

 

Es curiosa la reacción por la que la gente se maravilla: no glorifican al Señor por el regreso a la vida del joven, sino por el hecho de que el Señor ha hecho surgir un profeta cuya palabra vence a la muerte. He aquí el verdadero prodigio que, por medio de Cristo, Dios continúa a realizar en cada hermano que muere: lo restituye, resucitado a la madre, a la comunidad. No lo restituye a la condición de la vida efímera, caduca, breve de este mundo, un mundo en que enfermamos, envejecemos, experimentamos soledad y abandono. Restituye a la madre un hijo resucitado, libre, feliz para siempre.

 

El lugar en que la comunidad abraza a los hermanos que el Señor restituye vivos para siempre no es el cementerio, sino el banquete eucarístico. Es ahí donde toda la comunidad se encuentra reunida en torno al Resucitado: algunos hermanos están ya en la vida definitiva, otros a la espera de que esta vida se manifieste en ellos, pero todos cantan juntos: “Un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios se ha ocupado de su pueblo” (v. 16).

 

Las comunidades cristianas están llamadas a hacer de nuevo presente en el mundo el gesto de Jesús y su palabra que hace resucitar. Debe decir a cada persona que llora junto a un féretro lo que el Maestro ha dicho a la viuda de Naín: “No llores”, el Señor ha vencido a la muerte para siempre.

 

Junto a este mensaje central, Lucas –el evangelista de los pobres y necesitados– quiere también llamar la atención de sus comunidades hacia aquellos que se han quedado solos. En la iglesia primitiva había muchas viudas que lloraban porque habían sido abandonadas y nadie se cuidaba de ellas (cf. Sant 1,27). Lucas dice a los cristianos: es necesario dejar de llorar; hay que restituirles los hijos que han perdido. Todo miembro de la comunidad debe considerarlas como madres a las que hay que amar, respetar, cuidar. Ninguna viuda debe sentirse sin hijos.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/SUAH9YAy4vc

 

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