XI Domingo del tiempo ordinario: 12 de Junio, 2016, Año C

Perfectos pero incapaces de amar

 

Introducción

 

El pecado para Jesús no es una mancha que lavar o una llaga que esconder, es la incapacidad de corresponder al amor del Padre, es la deuda de amor infinito impagable que tenemos con Dios. Las culpas, las miserias, las debilidades que constatamos en nuestra vida nos humillan (por esto tratamos de negarlas, de esconderlas, de atacarlas cuando las descubrimos en los otros) son cosas de poca monta, apenas una pequeña señal de la inmensa distancia que nos separa de la perfección del Padre.

 

Cuando pedimos al Señor: perdona nuestras deudas, no le pedimos que olvide los errores que hemos cometido o que haga tabla rasa de nuestro pasado, sino de colmar la deuda de amor hacia él que hemos acumulado, le pedimos que nos enseñe a corresponder a su amor. Nuestra petición, más que al pasado se dirige al futuro.

 

Desde esta perspectiva, todas las personas somos deudoras ante Dios. La estupidez (no queremos hablar de maldad) del fariseo que se cree justo, perfecto y autorizado para criticar a los otros, consiste en cultivar la convicción de poder colmar la deuda de amor que lo separa de Dios, mediante la observancia de algunos preceptos y prácticas religiosas.

 

Ahora quizás resulte más comprensiva la afirmación de Jesús: solo aquel a quien se le ha perdonado mucho es capaz de amar mucho.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurada la persona a quien se le ha remido la culpa y perdonado el pecado”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 2 Samuel 12,7-10.13

 

En aquellos días dijo Natán dijo a David: –¡Ese hombre eres tú! Así dice el Señor, Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, 12,8: te di la hija de tu señor, puse en tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y Judá, y por si fuera poco te añadiré otros favores. 12,9: ¿Por qué te has burlado del Señor haciendo lo que él reprueba? Has asesinado a Urías, el hitita, para casarte con su mujer matándolo a él con la espada amonita. 12,10: Por eso, la espada no se apartará jamás de tu casa, por haberte burlado de mí casándote con la mujer de Urías, el hitita. 12,13: David dijo a Natán: –¡He pecado contra el Señor! Natán le respondió: –El Señor ya ha perdonado tu pecado, no morirás. – Palabra de Dios

 

 

David era violento y vengativo. Entre sus muchos pecados, ciertamente el más notorio es su adulterio con Betsabé y, para ocultar la fechoría, la eliminación del marido, Uría, el hitita (cf. 2 Sam 11).

 

Cuando se enteró del crimen cometido por el rey, el profeta Natán, amigo de la familia, va a buscarlo y, fingiendo no saber nada, comienza a contar la famosa historia de la pequeña ovejita (cf. 2 Sam 12,1-6). David, que sigue el relato con mucha atención, se indigna contra aquel que ha raptado y matado la ovejita del vecino y sentencia: “¡Por la vida de Dios, ese hombre merece la muerte!”

 

Nuestra lectura comienza en este punto. Natal levanta el dedo, lo apunta contra David y exclama: “¡Ese hombre eres tú!” (v. 7). Después enumera los beneficios que ha recibido de Dios y le echa en cara la ingratitud con que ha correspondido a tanta bondad (vv. 7-8). Finalmente anuncia el castigo terrible que caerá contra su familia: “La espada no se apartará jamás de tu casa” (v. 10). El profeta prevé que en la familia de David no terminarán nunca los odios, las luchas, la violencia, el derramamiento de sangre.

 

Hay que aclarar estas últimas palabras del profeta. Dios no puede suscitar odios familiares para castigar el pecado. Ya en el A.T. está claro que es el pecado mismo, no Dios, el que castiga al pecador: “Al que hace el mal se le volverá contra él” afirma Ben Sirá (Eclo 27,27), y Jeremías añade: “Tu maldad te castiga, tu infidelidad te enseña” (Jr 2,19).

 

La profecía de Natán sobre las desgracias que sufriría la familia de David, ha nacido de una reflexión teológica a partir del texto sacro. El autor sagrado, que escribe a la distancia de muchos anos de los hechos, sabe que la familia de David fue golpeada por innumerables desgracias: tres de sus hijos, Amón, Absalón y Adonías murieron de muerte violenta y ha interpretado estos hechos dramáticos como un castigo de Dios. En realidad, el autor sagrado sabía muy bien que se debían a la incapacidad educativa, al orgullo y al espíritu violento de David.

 

Lo aclaro con un ejemplo. Después de una infidelidad conyugal es difícil reconstruir la paz y la serenidad familiar, restablecer la unidad y la confianza entre marido y mujer convencerles a no despreciarse mutuamente, a no echarse en cara continuamente el error cometido. La pesante situación que se crea, las depresiones, las tensiones etc., todo ello viene presentado en un arcaico lenguaje teológico, como castigo de Dios. En realidad, es evidente que se trata de consecuencias del pecado.

 

No es fácil desembarazarse de estas consecuencias, Dios, sin embargo, o abandona nunca al hombre. Y ésta es la razón por la que, después de haber hablado de desventuras, Natán concluye su profecía con un anuncio de esperanza. Dice a David: “El Señor ha perdonado tu pecado, no morirás” (13). Ésta es siempre la última palabra de Dios: el perdón, no la amenaza.

 

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Segunda Lectura: Gálatas 2,16.19-21

 

Sabemos que el hombre no es justificado por observar la ley, sino por creer en Jesucristo; nosotros hemos creído en Cristo Jesús para ser justificados por la fe en Cristo y no por cumplir la ley, porque por cumplir la ley nadie será justificado. 2,19: Por medio de la ley he muerto a la ley para vivir para Dios. He quedado crucificado con Cristo, 2,20: y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y mientras vivo en carne mortal, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí. 2,21: No anulo la gracia de Dios: porque si la justicia se alcanzara por la ley, Cristo habría muerto inútilmente.Palabra de Dios

 

 

Una de las ideas más enraizadas, también hoy, en la mente de muchos cristianos es que al cielo solo van los que se lo merecen con sus buenas obras. Así pensaban los fariseos del tiempo de Jesús, quienes estaban convencidos que la salvación dependía de los méritos, de la observancia escrupulosa de todas las disposiciones, aun las más mínimas, de la ley. Muchos de ellos se convirtieron al cristianismo (cf. Hch 15,5), pero no abandonaron este modo de entender la religión y lo introdujeron también en la iglesia primitiva, difundieron por doquier sus convicciones.

 

En el pasaje de hoy, Pablo recuerda a los gálatas –que se habían dejado engañar por aquellos fariseos convertidos en cristianos– que Dios da al hombre la salvación de manera completamente gratuita.

 

No somos nosotros con nuestras buenas obras los que conquistamos el cielo, es él quien da la gracia y nos posibilita hacer el bien. La eficacia de esta gracia, continúa Pablo, se puede verificar observando lo que ha ocurrido en él. Cuando ponía su confianza en la ley continuaba siendo pecador. La ley no lo salvaba, era como un juez severo que denunciaba sus comportamientos inadecuados. Después, ha encontrado a Cristo y su gracia. Su Espíritu lo ha transformado progresivamente. Ahora puede afirmar de no ser él quien vine sino Cristo el que vive en él.

 

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Evangelio: Lucas 7,36–8,3

 

En aquel tiempo un fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en casa del fariseo y se sentó a la mesa. 7,37: En esto, una mujer, pecadora pública, enterada de que estaba a la mesa en casa del fariseo, acudió con un frasco de perfume de mirra, 7,38: se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra. 7,39: Al verlo, el fariseo que lo había invitado, pensó: Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer lo está tocando: una pecadora. 7,40: Jesús tomó la palabra y le dijo: –Simón, tengo algo que decirte. Contestó: –Dilo, maestro. 7,41: Le dijo: –Un acreedor tenía dos deudores: uno le debía quinientas monedas y otro cincuenta. 7,42: Como no podían pagar, les perdonó a los dos la deuda. ¿Quién de los dos lo amará más? 7,43: Contestó Simón: –Supongo que aquél a quien más le perdonó. Le replicó: –Has juzgado correctamente. 7,44: Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: –¿Ves esta mujer? Cuando entré en tu casa, no me diste agua para lavarme los pies; ella me los ha bañado en lágrimas y los ha secado con su cabello. 7,45: Tú no me diste el beso de saludo; desde que entré, ella no ha cesado de besarme los pies. 7,46: Tú no me ungiste la cabeza con perfume; ella me ha ungido los pies con mirra. 7,47: Por eso te digo que se le han perdonado numerosos pecados, por el mucho amor que demostró. Pero al que se le perdona poco, poco amor demuestra. 7,48: Y a ella le dijo: –Tus pecados te son perdonados. 7,49: Los invitados empezaron a decirse: –¿Quién es éste que hasta perdona pecados? 7,50: Él dijo a la mujer: –Tu fe te ha salvado. Vete en paz. 8,1: A continuación fue recorriendo ciudades y pueblos proclamando la Buena Noticia del reino de Dios. Lo acompañaban los Doce 8,2: y algunas mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de enfermedades: María Magdalena, de la que habían salido siete demonios; 8,3: Juana, mujer de Cusa, mayordomo de Herodes; Susana y otras muchas, que los atendían con sus bienes. – Palabra del Señor

 

 

Los litigios, los desacuerdos no son nunca simpáticos, pero se convierten en especialmente desagradables cuando estallan en una fiesta, mientras se come. Uno se reúne para gozar de la compañía, no para asistir a discusiones violentas y presenciar cómo se lanzan insultos pesantes unos a otros.

 

Para evitar estas situaciones de tensión, los invitados se seleccionaban con mucha cautela en Israel. La norma que se seguía era rigurosamente esta: los “justos” (es decir, “la gente bien”), los “puros” no debían mezclarse con los pecadores, con los publicanos, con los pastores, con la “gente de la tierra”. Éstos eran considerados pendencieros, camorristas que no conocían las normas de la ley y, por consiguiente, vivían en estado de constante impureza.

 

Lucas nos presenta con frecuencia a Jesús sentado a la mesa. Entra en las casas de todos, acepta invitaciones de ricos y pobres, de sanos y de enfermos sin preocuparse de las normas de pureza establecidas por los líderes espirituales de su pueblo. Para él, todas las personas son puras. Hoy lo encontramos en casa de un fariseo, por tanto en un ambiente moralmente elevado. Allí han entrado solamente personas de probada honestidad y de angélicas costumbres. En semejante reunión no se oyen ciertamente palabras vulgares ni conversaciones inconvenientes.

 

¿Por qué ha sido invitado? Probablemente porque los fariseos que lo consideraban un justo y un maestro sabio, deseaban mantener con él conversaciones de alta teología. El sábado, sobre todo, a la salida de la sinagoga todos procuraban tener entre sus invitados a aquel que había pronunciado la homilía, con el fin de tener la oportunidad de hacerle preguntas y profundizar así el tema de las lecturas. Los fariseos daban mucha importancia a estas conversaciones del alto nivel y Jesús parecía la persona más indicada para ello.

 

Están pues sentados a la mesa en casa del fariseo; la conversación discurre por cauces normales, cuando hete aquí que irrumpe de improviso en el comedor una mujer de costumbres fáciles. ¿Qué viene a hacer, a aguar la fiesta? Lleva en mano un frasco, mira alrededor buscando a Jesús y, cuando lo localiza, se dirige decidida hacia él. No abre boca. Se arrodillas llorando a sus pies, tomándolos en sus manos y bañándolos con sus lágrimas, los seca con sus cabellos y los unge con aceite perfumado (vv. 36-39).

 

¿Por qué se comporta así? La explicación más simple sería esta: la mujer ha cometido muchos pecados, pero un día, presa del remordimiento, se ha arrepentido y viene a pedir perdón a Jesús. Ha comenzado a amar mucho y, con este amor, ha logrado hacerse perdonar por el Señor.

 

La pregunta, sin embargo, parece que haya que plantearla de diferente manera. Por la parábola que Jesús cuenta (40-43) y la explicación que da (44-47) nos llevan a otra interpretación.

 

Lo que se cuestiona no es cuánto amor se necesita para obtener el perdón de los propios pecados. Es decir, a más pecados cometidos más amor sería necesario para conseguir el perdón y, por consiguiente, a menos pecados, menos amor. El problema es otro. Se trata de saber quién está más dispuesto a amar ¿aquel a quien se le ha perdonado mucho o aquel a quien se le ha perdonado poco?

 

Los hechos deben haberse desarrollado más o menos así: la mujer probablemente conocía ya a Jesús. ¿Cómo? Sabemos que él aceptaba invitaciones de los pecadores para comer con ellos (cf. Lc 7,34; 15,2) y éstos ciertamente no se hacían ningún problema en llevar consigo a alguna amiga de costumbres no muy ejemplares. Es, por tanto, posible que la mujer y Jesús se hayan conocido en alguna de estas cenas. La mirada franca y limpia de Jesús debe haberla impresionado mucho. Se ha dado cuenta de haber encontrado a un hombre simpático, respetuoso, libre, sin el porte altanero, despreciativo y huraño de los fariseos, viste como todos y bromea sobre los escribas que se pavonean en sus “largas vestiduras” (cf. 20,46). Es religioso, pero no fanático y coloca el amor al hombre por encima de cualquier ley. Habla siempre de amor, de paz, de reconciliación, defiende a los pobres, a los débiles, a los que se han equivocado como ella y llega a decir que esta personas están más cerca de Dios que los que se consideran “justos” (cf. Lc 18,9-14).

 

¡Qué distinto es de los demás hombres! Todos la han buscado como objeto de placer, han abusado de su cuerpo, comprado su belleza. Él ha sido el primero que la ha mirado con ojos puros, sin desearla; el único que, con una mirada, le ha hecho intuir el respeto y la estima que le tiene y, desde aquel momento, ha comenzado a recuperar la confianza en sí misma, ha descubierto su dignidad, ha sentido su corazón abrirse a la alegría y a la esperanza y ha encontrado el coraje y la decisión de rehacer su vida. Dios estaba junto a ella, le ofrecía su paz…y la mujer ha comprendido por fin: estaba perdonada.

 

¿Por qué ha ido en busca de Jesús? Para demostrarle su reconocimiento. Desde que lo ha encontrado, todo ha cambiado en ella; fueron sus palabras las que realizaron el milagro. ¿Cómo exprimirle la alegría que siente? Con los gestos que su afecto, su corazón, su sensibilidad de mujer le sugieren: con los besos, los cabellos sueltos, las lágrimas. Gestos que desconciertan y escandalizan a los presentes.

 

Su llanto no viene dictado por el remordimiento, como pensaría más de uno, sino de la alegría de sentirse finalmente comprendida y amada. Desde el momento que ha experimentado el perdón ha comenzado a construir una vida fundada sobre el amor: ha amado mucho, dice Jesús, porque le ha sido perdonado mucho; por el contrario, a quien se le perdona poco, ama poco.

 

Simón, el dueño de casa, es una buena persona, pero está condicionado por la educación que ha recibido y por la mentalidad farisaica que ha asimilado. Un profeta, piensa, debería darse cuenta que el contacto con una pecadora lo vuelve impuro y el comportamiento de la mujer no deja lugar a dudas. Jesús debería saber también que soltarse los cabellos frente a un hombre es razón suficiente para el repudio.

 

Simón es un “justo”, uno a quien no se le puede echar en cara ninguna transgresión de la ley, uno que vive en la contemplación de sus propias buenas obras. En el largo elenco que Jesús hace de los gestos realizados por la pecadora, y no por el fariseo, no hay ninguna insinuación a faltas o descortesías cometidas por Simón. Éste ha comportado cortésmente, realizando todo lo que era obligatorio, pero no ha pasado de ahí. La mujer, en cambio, movida por el amor, se ha saltado los límites del código de conducta de la “gente bien”.

 

 

Simón está encerrado en sus pensamientos, aferrado a sus convicciones farisaicas. No logra renunciar a la idea de que los santos tienen que estar separados de los pecadores. Según él, esta división es querida por Dios y Jesús, si es un profeta, debería estar de acuerdo. Además, no logra liberarse de la certeza de que la justicia se mide por la rigurosa observancia de los preceptos. ¿Cómo hacerle entender que está totalmente equivocado?

 

Para cambiar el corazón de David, para convencerle de su condición de pecador, Natán relata una parábola que concluye con una pregunta-trampa. David no cae en la cuenta y pronuncia sentencia contra sí mismo. Natán se sirve de las mismas palabras del soberano para darle una lección. También Jesús cuenta una parábola y dirige una pregunta al fariseo: “Un acreedor tenía dos deudores; uno de debía quinientas monedas y el otro cincuenta. Como no podían pagar les perdonó a los dos las deuda. ¿Quién de los dos lo amará más?” (vv. 41-44).

 

 

Simón duda, se siente casi perdido. Responde de mala gana: “Supongo…”. No parece del todo convencido, se muestra indeciso, tiene miedo de verse envuelto en una lógica nueva, misteriosa que le angustia, que le quita todas las seguridades religiosas, que le exige un total abandono en los brazos de la generosidad de Dios.

 

No se deja convertir. ¿Ha pecado poco Simón? Si se toma como medida la observancia de la ley, él ha pecado ciertamente menos que aquella mujer. Pero no ha comprendido nada de Dios: se empecina en considerarlo como un juez para quien se equivoca, como un terrateniente que paga en proporción a los méritos.

 

Jesús anuncia una santidad diversa de la que Simón y sus colegas fariseos van predicando. Le demuestra que quien se ha equivocado, quien no puede vanagloriarse de una “justicia” propia, se encuentra, paradójicamente, en una situación privilegiada: puede entender antes que los “perfectos” que la justicia no es una conquista del hombre, sino un don gratuito de Dios.

 

Para poder abrirnos al amor sin límites es necesario dejar que el Señor nos libere del ansia, de la tensión de tener que hacer méritos a toda costa, del fanatismo de seguir normas y cumplir preceptos a ultranza. Si no nos convertimos de este pecado, permaneceremos siempre incapaces de amar y refractarios a la alegría.

 

Narrando este episodio, Lucas tiene presente la situación de sus comunidades. Seguramente hay en ellas algunas pecadoras públicas que se han convertido a Cristo. A pesar de llevar una vida ejemplar y dedicarse con mayor generosidad que otros al servicio de los hermanos, son marginadas y consideradas como “parias”. El evangelista opone a este comportamiento farisaico y discriminatorio la estima de Jesús por estas personas.

 

La última parte del pasaje (Lc 8,1-3) recuerda que el grupo de discípulos de Jesús no estaba formado por hombres solamente. Le seguían también muchas mujeres. Algunas de estas, bien conocidas en la iglesia primitiva, son mencionadas por sus nombres. ¿Qué les ha llevado a dedicar toda su vida al servicio de los anunciadores del Evangelio?

 

También cuando escribe estos versículos Lucas tiene presente la situación de sus comunidades. Hay en ellas muchas mujeres, especialmente viudas, que dedican todo su tiempo a los hermanos. En Evangelio de hoy dice que esta generosidad se explica por el hecho de que ellas son conscientes de haber recibido mucho del Señor: “mujeres que había sanado de espíritus inmundos y de enfermedades” (Lc 8,3).

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/KJKduy0L-Ys

 

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Categorías: Ciclo C | 3 comentarios

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3 pensamientos en “XI Domingo del tiempo ordinario: 12 de Junio, 2016, Año C

  1. Antonio Sánchez Pérez

    Soy el animador del grupo parroquial de SAN ANTOLÍN de Murcia, del Movimiento de Vida Ascendente. Y les doy las gracias por que desde principios de Curso, ya desde el mes de Septiembre del pasado año de 2015. estoy utilizando sus Comentarios para preparar las reuniones semanales del Grupo, siéndome los mismos de una gran utilidad. Por lo que le expreso mi más sincero agradecimiento. Murcia, 27 de Mayo de 2016.

  2. Juan de Asís

    Fabuloso. Unos puntos de vista diferentes y amorosos.

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