Domingo XII del tiempo ordinario: 19 de Junio, 2016, Año C

La ardua empresa de los liberadores

 

Introducción

 

Durante una animada discusión en el templo, Jesús declara a los judíos: “Si el Hijo del hombre les da la libertad, serán realmente libres”.

 

A quien estaba convencido de ser descendiente de Abrahán y de no haber sido nunca esclavo de nadie, estas palabras sonaban a intolerable provocación. En primer lugar han recurrido al insulto: “¿No tenemos razón al decir que un samaritano y que estás endemoniado?”, después han pasado a la violencia: “Recogieron piedras para apedrearlos; pero Jesús se escondió y Salió del templo” (Jn 8,31-59).

 

Lo que más sorprende en este episodio es lo que se afirma en el versículo introductorio: los opositores de Jesús no eran enemigos suyos, sino “los judíos que habían creído en él” (Jn 8,31). Es, pues, posible creer en Cristo y, al mismo tiempo, rechazar la liberación que nos ofrece. Esto ocurre porque nos afeccionamos fácilmente a las esclavitudes (a algunas de modo particular) y no queremos dejarlas. Nos adaptamos, nos resignamos, no os decidimos a iniciar un camino que se prevé demasiado comprometido. Y si alguien se nos acerca para ayudarnos a encontrar una vía de salida, lo alejamos con hastío.

 

Una vida desordenada y toda forma de corrupción moral son fácilmente reconocibles como esclavitudes. Otras esclavitudes, por el contrario, se mimetizan como afines a la libertad, son gratificantes (pongo un ejemplo: el apego morboso a los hijos, la certeza de poseer la verdad, la convicción de ser buenas personas, cristianos ejemplares e irreprochables. También el ateísmo práctico de quien no quiere poner en tela de juicio las propias opciones de vida, es una esclavitud…). Son situaciones de “no vida” y, sin embargo, nos fastidia que alguien quiera liberarnos de tal impedimento.

 

Si Jesús hubiera combatido a sus enemigos con la espada, habría sido reconocido como liberador, en cambio ha invitado a los “esclavos del diablo” (cf. Rom 6,20) a liberarse de su vida equivocada, a hacer morir en ellos mismos todo lo que es muerte. No ha sido comprendido. La misma suerte espera a quien continúa su misión.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Confío en el Señor, él me librará de los enemigos que me esclavizan”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

 

Primera Lectura: Zacarías 12,10-11

 

Es el Señor quien habla: sobre la dinastía davídica y los vecinos de Jerusalén derramaré un espíritu de gracia y de súplica. Al mirarme traspasado por ellos mismos, harán duelo como por un hijo único, llorarán como se llora a un primogénito. 12,11: Aquel día el luto de Jerusalén será tan grande como el de Hadad-Rimón, en el valle de Meguido. – Palabra de Dios

 

 

Este pasaje, tomado del libro de Zacarías es un poco misterioso. Habla de un hombre justo e inocente que ha sido alanceado y deja entender que los responsables de este crimen son los habitantes de Jerusalén. El Señor, sin embargo –dice la lectura– suscitó inmediatamente en el pueblo culpable un profundo sentimiento de desazón por el mal cometido. Todos se arrepintieron y miraron a aquel que habían traspasado. Fue un llanto desesperado, como el de los padres que pierden al hijo único, semejante al luto que se guarda por la muerte del primogénito, parecido a los gritos desesperados de los campesinos de la llanura de Meguido cuando imploran la lluvia al dios Adad-Rimón (v. 11).

 

¿Quién es este hombre y por qué ha sido asesinado? El profeta, que vivió doscientos o trescientos años antes de Cristo, se refiere ciertamente a un hecho dramático ocurrido en su tiempo. No sabemos otra cosa. Lo importante para nosotros es que el evangelista Juan ha reconocido en este misterioso personaje la imagen de Jesús (cf. Jn19, 37). A Cristo, ajusticiado y atravesado por la lanza, miran de hecho como a su salvador todos los habitantes del mundo.

 

El peligro de repetir gestos de locura como los cometidos en tiempos de Zacarías y en el tiempo de Jesús por los habitantes de Jerusalén, está siempre presente. Los que luchan por la justicia y la libertad, proponen la fraternidad, piden la paz, terminan inevitablemente siendo asesinados.

 

Nos damos cuenta siempre tarde de que quien parecía disturbar el buen orden, la tranquilidad, la harmonía, las santas tradiciones era, en realidad, un profeta que cultivaba los sueños de Dios.

 

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Segunda Lectura: Gálatas 3,26-29

 

Por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios. 3,27: Los que se han bautizado consagrándose a Cristo se han revestido de Cristo. 3,28: Ya no se distinguen judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno con Cristo Jesús. 3,29: Y si ustedes pertenecen a Cristo, son descendencia de Abrahán, herederos de la promesa.Palabra de Dios

 

 

¿Cómo reconocer a los bautizados? Simplemente del vestido que endosan. El cristiano –dice Pablo en la lectura de hoy– deben vestir un uniforme y éste no consiste en una sotana roja o negra, sino en la persona de Cristo (v. 27). En la Carta a los colosenses explicará claramente qué quiere decir: ustedes, los bautizados “se despojaron del hombre viejo y de sus obras para revestirse del hombre nuevo” (Col 3,9-10).

 

 

Mirando al cristiano, escuchando lo que dice, considerando el modo con que busca siempre de comprender, excusar, ayudar, salir al encuentro de quien se ha equivocado, observando cómo ama a sus mismos enemigos, todos deben poder reconocer en él a la persona de Jesús.

 

Pablo continúa con la exhortación afirmando que este vestido confiere a todos aquellos que lo endosan igual valor e idéntica dignidad (v. 38). Éste cancela todas las diferencias de clases (dueños y esclavos), de nacionalidad (judíos y griegos) y de sexo (hombres y mujeres).

 

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Evangelio: Lucas 9,18-24

 

Estando Jesús una vez orando a solas, se le acercaron los discípulos y él los interrogó: –¿Quién dice la multitud que soy yo? 9,19: Contestaron: –Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha surgido un profeta de los antiguos. 9,20: Les preguntó: –Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Respondió Pedro: –Tú eres el Mesías de Dios. 9,21: Él les ordenó que no se lo dijeran a nadie. 9,22: Y añadió: –El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día. 9,23: Y a todos les decía: –El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz cada día y sígame. 9,24: El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí la salvará. – Palabra del Señor

 

 

Si se excluyen los decenios del reino de David y Salomón, el pueblo de Israel nunca ha desempeñado ningún papel prestigioso en la escena política internacional de la antigüedad. Ha estado siempre dominado u oprimido por las grandes naciones vecinas. En esta situación de permanente sometimiento hay que colocar la promesa de un mesías liberador, nacido de la estirpe de David.

 

En tiempos de Jesús, la espera de este salvador era aguda, impaciente, febril. Los rabinos enseñaban a rezar así: “Señor haz surgir al hijo de David para que reine en Israel. Dale fuerza para destruir a los poderosos injustos y liberar Jerusalén de los paganos. Que pueda aniquilar a los paganos impíos con una sola palabra de su boca; que los paganos huyan ante él”.

 

Para comprender el Evangelio de hoy, es necesario tener presente estas expectativas del pueblo. El Mesías será –pensaban todos- un héroe, un guerrero fuerte como Sansón, un caudillo victorioso como David, un político hábil e inteligente como Salomón, un rey milagrosamente protegido por Dios como Ezequías.

 

Lucas señala frecuentemente que Jesús, antes de cumplir un gesto importante o de impartir alguna enseñanza particularmente significativa, se recogía en oración (cf. Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,28). También el pasaje de hoy comienza presentando a Jesús en oración (vv. 18-19). Quiere decir que el episodio que sigue hay que considerarlo con particular atención.

 

Marcos y Mateo colocan la escena en los alrededores de Cesarea de Filipo (Mc 8,27; Mt 16,13). Lucas omite a propósito la indicación del lugar quizás porque quiere que sus lectores, de cualquier nacionalidad que sean, se sientan interpelados por las exigencias del Maestro.

 

Jesús pregunta en primer lugar: “¿Quién dice la multitud que soy yo?”.

 

Los discípulos se quedan un poco sorprendidos frente a semejante pregunta, porque Jesús nunca ha dado la impresión de preocuparse de lo que se comenta a cerca de él. De todas formas, responden: para algunos eres Juan el Bautista redivivo; para otros Elías; para otros muchos, uno de los grandes profetas.

 

El pueblo asocia Jesús a aquellos grandes personajes porque, según la tradición de los rabinos, debían preceder la venida del Mesías. No lo reconocen como Mesías porque no corresponde a sus criterios: no tiene nada del rey victorioso y glorioso que esperan. Por tanto, es solamente un precursor, nada más. Al verdadero mesías aún está por venir.

 

Lucas se está dirigiendo a los cristianos de sus comunidades que reconocen en Jesús al gran Maestro que ha predicado el amor, la hermandad, la paz y la justicia. Sabe que lo admiran por sus gestos en favor de los pobres, de los últimos, de los marginados; sabe que lo aprecian por su coraje, su coherencia, su nobleza de espíritu, su firmeza ante la muerte.

 

Si estos cristianos, no obstante, siguen fascinados por los triunfos del emperador de Roma, si creen que el futuro está en manos de los generales y sus legiones, si envidian la pompa de quien ostenta inmensas riquezas, si escuchan a los embaucadores y demagogos que pululan por todos los rincones del imperio, si prestan atención a los vendedores de mitos, entonces están colocando a Jesús entre los grandes personajes de la historia del mundo, pero nada más.

 

También aquellos que ven en Jesús solamente a un hacedor de milagros, a uno a quien se recurre para obtener gracias y favores, a lo mejor no se dan cuenta pero también ellos lo rebajan al rango de precursor. Le piden un servicio provisorio, a la espera de que vengan médicos capaces de curar todas las enfermedades, científicos que controlen las fuerzas de la naturaleza y, a lo mejor – ¿quién sabe?– descubran el elixir de la eterna juventud. Entones ¿habrá aún necesidad de Jesús?

 

La segunda pregunta obliga a los discípulos a tomar posición de manera inequívoca: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?” (vv. 20-21). Pedro responde en nombre de todos: “Tú eres el Mesías de Dios”. Jesús no lo desmiente, pero impone severamente a todos de no divulgarlo, de no hablar de ello a nadie.

 

La razón de esta prohibición es simple: las palabras de Pedro son exactas, pero el contenido es errado. Jesús sabe qué tipo de mesías tiene en mente Pedro, conoce cuáles son los sueños que acarician sus discípulos: están convencidos de que con un poco más de paciencia, llegará la hora –no muy lejana ciertamente– en que su Maestro se decidirá finalmente a actuar con contundencia, incluso recurriendo a la fuerza si es necesario.

 

Será un vencedor.

 

Este mesías es diabólico, es lo opuesto al “Mesías de Dios”, razón por la que Jesús no quiere que se hable de él hasta que los acontecimientos de la Pascua hayan desvelado su verdadera identidad. Lucas sabe cuán fácil es dejarse deslumbrar falsamente por la persona se Jesús, cómo la lógica de este mundo y el modo de pensar de los hombres se infiltran sutilmente entre los discípulos. También algunos cristianos de sus comunidades, que saben repetir con exactitud los artículos del Credo, cultivan sueños y deseos contrarios al evangelio. Lucas quiere ponerlos en guardia frente a este peligro mortal.

 

Ha llegado el momento para Jesús de deshacer el equívoco en que se debaten sus discípulos.

 

En la tercera parte del Evangelio de hoy, Jesús les muestra su “documento de identidad”: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitado al tercer día” (vv. 21-22).

 

Son palabras inquietantes: no le espera el triunfo, sino la humillación; no la victoria, sino la derrota. ¿Cómo ha podido Dios escoger este camino tan absurdo? No ciertamente porque le resultan agradables el sufrimiento y la muerte. Él es el Dios de la vida. La muerte es obra del maligno, es decir de todas las fuerzas negativas que actúan en el hombre. ¿Cómo es posible que el Señor no haya hecho triunfar a su Hijo? ¿Por qué ha permitido que fuera clavado en una cruz?

 

Dios no condiciona la libertad de los hombres. Él revela su grandeza y su amor no impidiendo que cometan errores, sino sirviéndose del mismo pecado para construir la historia de la salvación.

 

En Jesús de Nazaret, Dios ha mostrado cómo ha sido capaz de transformar el crimen más grande (el asesinato de su Hijo) en una obra maestra de amor. El camino de Jesús en este mundo ha concluido con la muerte, la derrota, pero la última palabra la ha tenido Dios que ha introducido a su Siervo fiel en la vida.

 

La última parte del pasaje (vv. 23-24) es una exhortación que Jesús dirige a los hombres de todos los tiempos: “Y a todos decía”, especifica Lucas, es decir no solo a los discípulos y a las muchedumbres sino a todos.

 

Creer en él no significa declarar la propia adhesión a un paquete de verdades aprendidas en el catecismo, sino seguirle, compartir su mismo destino: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame”.

 

El maestro nos pone frente a una elección. No nos invita a hacer algún sacrificio más que los demás, a buscar sufrimientos, sino que exige que no nos dejemos guiar por la búsqueda de nuestros propios intereses y de la propia afirmación; pide que no nos pongamos a nosotros mismos como centro de atención.

 

Quien quiere seguir al Maestro debe, como él, olvidarse de sí mismo, no permitir ni siquiera el roce de pensamientos egoístas. “Cargar la cruz” no significa soportar con paciencia las pequeñas o grandes contrariedades de la vida, ni menos aún cultivar la exaltación del dolor como un medio de agradar a Dios. El cristiano no busca el sufrimiento, sino el amor.

 

La muerte en cruz ha sido para Jesús la consecuencia de su elección de amor. Ha rechazado los principios, los valores, los parámetros de este mundo y ha propuesto los de las Bienaventuranzas. Ha dado fastidio, disturbado, inquietado y cuestionado las estructuras tanto religiosas como políticas; no le esperaba otra cosa sino ser rechazado, perseguido y quitado de en medio. Los discípulos que intentan seguir sus pasos no pueden esperar aplausos, consensos, aprobación de los hombres, sino que deben estar preparados para encontrar la oposición y la cruz.

 

Lucas es el único evangelista que introduce en el dicho de Jesús el inciso cada día (v. 23). El don total de sí compromete al discípulo cada día. Todos saben hacer un gesto aislado de generosidad, todos son capaces de olvidarse de sí mismos por un momento. Lo difícil es mantener esta disposición cada día.

 

Probablemente Lucas quiere llamar la atención de sus comunidades a la perseverancia, a la constancia frente a las dificultades, las pruebas y seducciones del mundo que les rodea.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/marnAvN1rqo

 

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