Domingo XIII del tiempo ordinario, 26 de Junio de 2016, Año C

La invitación a “quemar” el pasado

 

Introducción

 

La imagen más usada en la Torah para exprimir la intervención de Dios es el fuego. “El Señor, tu Dios, es fuego voraz”, dice Moisés al pueblo (Dt 4,24); sobre el Sinaí “el Señor bajó con fuego” (Gn 18,18); “Ante él, avanza el fuego” (Sal 97,3); “Haré que mi palabra sea fuego” (Jr 5,15). Recurre frecuentemente en la Biblia la locución “El Señor hizo estallar un fuego” (Nm 16,35) para indicar cómo purifica con su intervención. A donde él llega, se realiza una transformación radical, nada permanece como antes.

 

Es lo que ocurre en cada persona cuando el Señor entra en su vida: el pasado es pasto de las llamas, viene aniquilado todo lo que es incompatible con la presencia y santidad de Dios: comportamientos, estilos de vida, hábitos, dependencias, situaciones que se cierran…

 

Eliseo quema los aperos de la labranza, símbolo del oficio que había ejercido hasta ese momento y entra decidido en la nueva vida a la que Elías le ha llamado. Los apóstoles, invitados por Jesús a seguirle, abandonan las redes y Levi lo deja todo (cf. Lc 5,27). A quien quiere ser su discípulo, el Señor invita a vender todo lo que tiene e iniciar un nuevo camino (cf. Lc 18,22), y no admite vacilaciones, indecisiones, dudas.

 

Jesús ha venido a traer fuego a la tierra (cf. Lc 12,49): se necesita una gran fe para permitirle introducirlo en el recinto de nuestra vida. Tenemos miedo de que consuma todas nuestras seguridades, tantas realidades en las que, quizás por años, hemos puesto nuestra confianza y esperanza, que queme todo lo que, hasta ese momento, ha dado sentido a nuestra vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, tú eres mi único bien. Indícame el sendero de la vida”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: 1 Reyes 19,16b.19-21

 

El Señor le dijo a Elías: Vuelve por el mismo camino hacia el desierto de Damasco, y cuando llegues, unge a Eliseo, conságralo como profeta en lugar tuyo. 19,19: Elías marchó de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas de bueyes en fila, él con la última. Elías pasó junto a él y le echó encima el manto. 19,20: Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió: –Déjame decir adiós a mis padres, luego vuelvo y te sigo. Elías le dijo: –Vete, pero vuelve. ¿Quién te lo impide? 19,21: Eliseo dio la vuelta, agarró la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; aprovechó los aperos para cocer la carne y convidó a su gente. Luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio. – Palabra de Dios

 

 

Elías, el profeta parecido al fuego, cuya palabra era “horno encendido” (Eclo 48,1) vive en tiempos de gran bienestar económico, pero también de preocupante corrupción religiosa y moral. El rey Acab se ha casado con una princesa extranjera, tan bella como malvada, que ha introducido en Israel el culto de sus dioses. Los adoradores del Señor son perseguidos y también Elías tiene que huir.

 

Es en esta situación difícil para los creyentes donde viene ambientado el episodio narrado en la lectura de hoy. Elías, viejo ya y cansado, tiene necesidad de que alguien ocupe su puesto y Dios le indica quién debe ser su sucesor: es Eliseo, hijo de Safat, un rico agricultor (v. 16).

 

Un día, mientras éste se encuentra en su finca dedicado a la fatigosa faena de arar, Elías se le acerca, toma su propio manto y lo arroja sobre Eliseo y después, sin mediar palabra alguna, sigue su camino; no mira para atrás ni siquiera para controlar la reacción del atónito agricultor. ¿Por qué se comporta así?

 

En aquel tiempo, el manto era considerado como parte misma de la persona que lo endosaba. Se pensaba que contenía la fuerza y los poderes extraordinarios de su dueño. Con el manto de Elías, de hecho, Eliseo realizará después gestos prodigiosos, semejantes a los de su maestro (cf.2 Re 2,14).

 

¿Cómo responde Eliseo a la llamada? Corre detrás de Elías y le pide permiso para decir adiós a sus padres. Elías se lo concede: “vete pero vuelve”  (v. 20). Llegado a casa, Eliseo mata un buey, quema los aperos de su antiguo oficio y, sobre este fuego, asa la carne que distribuye a todos los presentes (v. 21). Éste gesto suyo es significativo. Indica que esta decido a abandonarlo todo, que ha renunciado definitivamente a la vida de rico agricultor y ha abrazado una nueva profesión: la de profeta, siguiendo a Elías.

 

La llamada de Eliseo es un modelo de toda vocación: ante todo de la vocación a la vida cristiana y, después, de la llamada a desempeñar un ministerio dentro de la propia comunidad. La respuesta de Eliseo muestra que quien es llamado no es una persona ociosa. Ejerce su profesión, está en grado de mantenerse a sí mismo y a su propia familia.

 

Ningún tipo de vocación cristiana es compatible con las pocas ganas de trabajar.  No se ejerce ningún ministerio en la comunidad por no servir para otra cosa o para obtener alguna ventaja. Quien se compromete a servicio de los hermanos, no debe esperar favores y privilegios, sino por el contario: sacrificios y renuncias.

 

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Segunda Lectura: Gálatas 5,1.13-18

 

Cristo nos ha liberado para ser libres: manténganse firmes y no se dejen atrapar de nuevo en el yugo de la esclavitud. 5,13: Ustedes, hermanos, han sido llamados para vivir en libertad; pero no esta libertad para dar rienda suelta a sus bajos instintos; más bien, háganse servidores los unos de los otros por medio del amor. 5,14: Porque toda la ley se cumple con un precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 5,15: Pero atención, que si viven mordiéndose y devorándose unos a otros, acabarán destruyéndose todos. 5,16: Les pido que se dejen conducir por el Espíritu de Dios y así no serán arrastrados por los bajos deseos. 5,17: Porque los bajos instintos van en contra del Espíritu y el Espíritu va en contra de los bajos instintos; y son tan opuestos, que ustedes no pueden hacer todo el bien que quisieran. 5,18: Pero si los guía el Espíritu, no están sometidos a la ley. – Palabra de Dios

 

 

“Cristo nos ha liberado para ser libres…no se dejen atrapar de nuevo en el yugo de la esclavitud” (v. 1). La lectura da comienzo con esta exhortación. Los gálatas han abrazado con entusiasmo el Evangelio pero, ingenuos como son, se han dejado embaucar por unos fanáticos que han venido a la comunidad para predicar la necesidad de volver a la observancia de aquellas disposiciones y prácticas exteriores impuestas por la ley antigua. Pablo se preocupa porque la fidelidad a las tradiciones farisaicas termina por hacer olvidar el único mandamiento que cuenta para el cristiano: el amor al hermano, mandamiento que constituye la síntesis de toda la ley (vv. 13-14).

 

Los gálatas, de hecho, se muerden, se devoran, se despedazan los unos a los otros hasta correr el riesgo de destruirse mutuamente (v. 15). ¿Ser libres quiere decir que cada uno haga lo que plazca? No, responde Pablo, la libertad nunca debe ser un pretexto para vivir según la carne (v. 13). Entonces, ¿Qué significa ser libres?

 

Quien cree que Dios es un soberano severo, riguroso, exigente, que impone sus leyes a los súbditos, no es libre sino esclavo, vive en la angustia, en el pánico de ser castigados por cualquier pequeño fallo. Con tal de recibir su salario, el siervo puede aceptar, aunque sea de mala gana, este tipo de relación con su dueño.

 

La Biblia, sin embargo, dice que la relación con Dios no es la del siervo que obedece a su patrón, sino la de la esposa que tiene, como única norma, su impulso de amor hacia su esposo.

 

En la última parte de la lectura (vv. 16-18) Pablo introduce la oposición entre carne y Espíritu. Con la palabra “carne” no se refiere a la concupiscencia sexual, sino a todas las fuerzas que llevan al mal. La ley del Antiguo Testamento no liberaba de estas fuerzas negativas y, por tanto, dejaba al hombre irremisiblemente esclavo del pecado, servía solo para hacerle consciente de la situación desesperada en que se encontraba.

 

Ahora, dice Pablo, el hombre ha recibido el Espíritu, es decir la fuerza divina que lo libera del poder del mal. Quien se deja guiar por el Espíritu vive libre, hace el bien sin necesidad de ninguna ley.

 

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Evangelio: Lucas 9,51-62

 

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de que se lo llevaran al cielo, emprendió decidido el viaje hacia Jerusalén, 9,52: y envió por delante unos mensajeros. Ellos fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle alojamiento. 9,53: Pero éstos no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. 9,54: Al ver esto, Juan y Santiago, sus discípulos, dijeron: –Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos? 9,55: Él se volvió y los reprendió. 9,56: Y se fueron a otro pueblo. 9,57: Mientras iban de camino, uno le dijo: –Te seguiré adonde vayas. 9,58: Jesús le contestó: –Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza. 9,59: A otro le dijo: –Sígueme. Le contestó: –Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre. 9,60: Le dijo: –Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reino de Dios. 9,61: Otro le dijo: –Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia. 9,62: Jesús [le] dijo: –El que ha puesto la mano en el arado y mira atrás no es apto para el reino de Dios. – Palabra del Señor

 

 

Si un amigo nos pide seguirle, le preguntamos inmediatamente: “¿A dónde vas?” Jesús ha indicado a los discípulos, con toda claridad, cuál es la meta de su viaje: va a Jerusalén para dar su vida. El pasaje de hoy presenta, primero, su partida, (v. 51), después el rechazo recibido por parte de los Samaritanos (vv. 52-56) y, finalmente, en rápida sucesión, tres episodios de vocación (vv. 57-62).

 

Probablemente los hechos no se han desarrollado en el orden en que vienen narrados (una serie de tras vocaciones como las descrita es bastante improbable). Es Lucas el que junta estos tres episodios porque le sirven para introducir la segunda parte de su Evangelio: la del largo viaje que llevará a Jesús a Jerusalén.

 

Para comprender este texto recordemos que la adhesión a Cristo viene representada en los Evangelio con la imagen del camino siguiendo al Maestro. Creer significa recorrer con él la misma senda. En los hechos de los Apóstoles esta imagen vendrá retomada con el término Camino (con mayúscula): Pablo persigue a los “seguidores del Camino del Señor” (Hch 9,2); en Éfeso, algunos se negaban a creer y “difamaban el Camino” (Hch 19,9); en la misma ciudad “sobrevino una gran crisis a causa del Camino del Señor” (Hch 19,23); el procurador Feliz “estaba muy bien informado sobre el Camino” (Hch 24,22)…

 

Estos episodios sirven a Lucas para dar una respuesta a las preguntas que se plantean  los cristianos de sus comunidades: ¿Cómo se debe reaccionar frente a quienes ponen obstáculos al “Camino”? A quienes desean unirse en el “Camino” ¿deben presentarles inmediatamente y con claridad cuáles son las condiciones del seguimiento o es mejor suavizar y atenuar un poco las exigencias de la vida cristiana?

 

Comencemos con la salida (v. 51). Lucas resalta la decisión firme de Jesús de ir a Jerusalén, diciendo que “endureció su rostro”. Es una expresión fuerte, tomada del AT. El profeta Isaías la pone en boca del Siervo del Señor quien declara así su determinación de llevar a cumplimiento su misión: “El Señor me ayuda…por eso endurecí mi rostro como piedra” (Is 50,7). Al igual que este Siervo, Jesús está decidido a afrontar el destino de sufrimiento, humillación y muerte que le espera. No va en busca del dolor, pero sabe que el sacrificio es el paso obligado para llegar a la meta, es decir a la plena manifestación, a través de la cruz, del amor del Padre hacia el hombre (cf. Lc 24,26).

 

Una decisión semejante no se toma a la ligera, es necesario apretar los dientes (endurecer el rostro). Si nos entretenemos en veleidades, en deseos piadosos, en buenas intenciones, si reducimos la fe en Cristo al cumplimiento de algunas prácticas religiosas, no hay necesidad de apretar los dientes. Pero cuando se acepta su propuesta de vida, se necesita coraje para tomar decisiones firmes y radicales. Quien no tiene la fuerza de hacerse violencia as sí mismo, no pasará de ser un admirador de Jesús, nunca se convertirá en discípulo suyo.

 

A penas iniciado el viaje a Jerusalén ya encuentra el grupo a alguien que obstaculiza el Camino. La oposición de los Samaritanos representa la hostilidad que las comunidades cristianas de todos los tiempos deben afrontar. Siempre hay alguien en el mundo que se interpone en el Camino, pues son muchos los que prefieren seguir principios contrarios al Evangelio. ¿Cómo comportarse con ellos?

 

La reacción alocada de Juan y Santiago indica lo que no se debe hacer. Estos dos apóstoles se acordaron probablemente de que el profeta Elías había hecho descender fuego del cielo sobre los malvados de su tiempo (cf. 2 Re 1,10-14) y están convencidos de que se debe hacer lo mismo con quienes se oponen al Evangelio. También el Bautista había amenazado con el fuego (cf. Lc 3,9.17). Por eso piensan que ha llegado el momento de actuar con contundencia y piden al Maestro: “Señor, ¿quieres que mandemos que caiga un rayo del cielo y acabe con ellos?” Jesús los reprendió con severidad. La propuesta era verdaderamente descabellada (vv. 52-56).

 

El discípulo no ha sido llamado a luchar contra nadie, no ha recibido el encargo de comenzar guerras santas, de organizar cruzadas contra los infieles o de encender hogueras para los heréticos, sino que ha sido llamado para seguir al Maestro. El tiempo del fanatismo –que aparece tan frecuentemente en el Antiguo testamento– ha terminado. El único fuego que desciende del cielo es el del Espíritu que transforma los corazones de los hombres. Este es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra (cf. Lc 12,49).

 

Los cristianos no pueden reaccionar con la agresividad, sino solo con el amor. Si alguien les ataca usando la mentira, el engaño, la violencia, solo pueden responder invocando sobre ellos las bendiciones de Dios.

 

A causa de su actitud belicosa, los hermanos Juan y Santiago han recibido de Jesús el apodo nada simpático de hijos del trueno (cf. Mc 3,17). Un apelativo que hoy se deberían aplicar a sí mismos los cristianos fanáticos, los intransigentes, los intolerantes, los poco respetuosos con quienes piensan de manera diferente.

 

Después de este primer incidente, el viaje prosigue y el Evangelio presenta a un desconocido que se acerca a Jesús y afirma que quiere seguirle a donde sea (vv. 57-58). La respuesta del Maestro parece más bien desanimar que a atraer al aspirante a discípulo.

 

Quien quiera seguirle, dice Jesús, no debe soñar con una vida cómoda: será como un caminante que no tiene morada fija. Tendrá que estar dispuesto a pasar muchas noches bajo las estrellas o bien a contentarse con la hospitalidad que le venga ofrecida, por más pobre y provisoria que ésta sea.

 

Ante estas perspectivas tan poco apetitosas anunciadas por el Maestro, es difícil entender que haya personas que abracen la fe o que acepten desempeñar algún servicio a la comunidad con el fin de obtener ventajas, privilegios, títulos honoríficos.

 

A lo largo del camino Jesús encuentra a otro individuo y lo invita a seguirle (vv. 59-60). Éste se muestra dispuesto pero quiere antes ir a enterrar a su padre. Jesús le responde: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reino de Dios”.

 

Para un judío ésta es la respuesta más escandalosa, más provocadora, más impía que pueda recibir. En Israel, el deber más sagrado para un hijo es el de enterrar a sus padres y, para cumplirlo –decían los rabinos– el hijo estaba dispensado de cualquier precepto de la ley, hasta de las obligaciones del sábado. El sumo sacerdote, al que se le prohibía entrar en los cementerios o incluso acercarse a un cadáver, estaba obligado a acompañar a sus padres al sepulcro.

 

Sería insensato tomar estas palabras de Jesús al pié de la letra, pero lo sería también querer disminuir su carga provocadora. Lo que el Maestro quiere decir –sirviéndose evidentemente de una imagen paradójica– es que nada, ni siquiera los sentimientos más sagrados, como los que unen los hijos a sus padres, pueden interponerse e impedir la decisión de seguirle.

 

El padre, para los semitas, indica el lazo de unión con la tradición, con el pasado, con las costumbres de los antiguos, con el ambiente cultural en que se vive. Lucas quiere que los cristianos de sus comunidades se den cuenta de que la decisión de seguir al Maestro no tiene dilación, no puede ser pospuesta a la espera del momento (no llegará nunca) en que no se hiera la sensibilidad familiar, en que no se cause disgusto a un amigo, en que no se contraríe a un colega, no se ponga en tela de juicio hábitos o costumbres de una persona querida.

 

El Espíritu exige una disponibilidad inmediata para renunciar a lo viejo y convertirse a lo nuevo. No es agua estancada el Espíritu, sino agua viva, cristalina, “manantial que brota dando vida eterna” (Jn 4,13-15), es viento impetuoso que “sopla hacia donde quiere” (Jn 3,8). Quien está animado por este Espíritu siente atracción y empatía hacia lo nuevo porque es Él quien “renueva la faz de la tierra” (Sal 104,30). La fidelidad a sus impulsos crea tensiones entre el discípulo y quienes permanecen tercamente aferrados al pasado. Entre estos, puede haber familiares y amigos con quienes el aspirante a discípulo está ligado afectivamente. Jesús no admite dudas. Cualquier lazo que bloquee o impida seguirle se convierte en cadena que esclaviza y que hay que romperlo sin miedo.

 

Un tercer individuo se presenta a Jesús (vv. 61-62). Es fácil notar el contraste entre el imperativo presente con que viene formulada la invitación: “Sígueme” (v. 59) y el futuro usado por este aspirante a discípulo: “Te seguiré, Señor, pero…” Este hombre está dispuesto a seguir a Jesús, pero quiere antes despedirse de sus familiares, exactamente como ha hecho Eliseo. No parece que pida demasiado. Y sin embargo, Jesús no permite ni siquiera esto. No hay lugar para dilaciones, incertidumbres, no se admiten condiciones, observaciones… nada puede justificar un retardo.

 

Jesús no se extraña que haya quien lo rechace, es más exige sumo respeto para aquellos que no lo reciben, pero no acepta ser relegado al segundo puesto por quien decide seguirlo. Naturalmente tampoco estas palabras de Jesús hay que tomarlas a la letra, pues estarían en contradicción con otras enseñanzas suyas. Ha recalcado la observancia del mandamiento que impone amar y ayudar a los padres (cf. Mt 15,3-9) y ha participado a la gran fiesta de adiós a la familia y a los amigos ofrecida por Mateo (Mt 9,9-13). Pero existen prioridades. Todos los afectos son secundarios a la hora de seguir la voluntad del Padre, y Jesús ha dado ejemplo de ello cuando, adolescente aún, ha respondido a su madre: “¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?” (Lc 2,49).

 

La misión encomendada a los discípulos es mucho más urgente que la de Eliseo. La creación entera espera con ansia que aparezca y se haga realidad el reino de Dios. Está impaciente. Todos los instantes son preciosos.

 

Lucas se sirve también de este tercer ejemplo de vocación para enviar un mensaje a sus comunidades: no pueden perder tiempo en frivolidades, discusiones inútiles, debates sobre cosas banales, mientras el mundo tiene necesidad urgente del anuncio del Evangelio.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/lXaQdUzEtcw

 

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