Archivo mensual: julio 2016

XVII Domingo del Tiempo Ordinario, 24 de Julio 2016, Año C

La oración, una lucha con Dios

 

Introducción

 

Los creyentes rezan, cualquiera que sea la religión a la que pertenecen. También los cristianos rezan. Rezan por quien está enfermo, por el que no encuentra trabajo, por el hijo que frecuenta malas compañías, por las familias con problemas. Piden a Dios que envíe la lluvia, bendiga las cosechas, proteja de las desventuras. Hoy, este tipo de oración es objeto de risa para algunos, deja indiferentes a otros y suscita no pocos interrogantes también entre los creyentes. ¿Por qué rezar a Dios quien ya conoce lo que necesitamos y está siempre dispuesto a darnos toda clase de bienes?

 

Ante las más fervorosas peticiones, sin embargo, Dios ordinariamente calla, deja que los acontecimientos sigan su curso aparentemente absurdo. Todo sigue como si él no existiera y su inexplicable silencio nos hace exclamar: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2).

 

El diálogo con él asume también tonos dramáticos, se transforma en discusión, en disputa abierta. Jeremías le lanza una acusación casi blasfema: “Te me has vuelto arroyo engañoso de agua inconstante” (Jr 15,18), como un torrente que baja turbio en tiempos del deshielo cuando se deshace la nieve, pero que con el primer calor se seca y en verano desaparece de su cauce. Las caravanas de Temá lo buscan…pero queda burlada su esperanza y al llegar se ven decepcionados. (cf. Job 6,15-20).

 

Hubiéramos querido un Dios complaciente, que se hiciera garante de nuestros sueños. Él, por el contrario, intenta liberarnos de nuestras ilusiones, sacarnos de nuestra mezquindad, de nuestros horizontes estrechos, de nuestros vanos deseos, para involucrarnos en sus proyectos. La oración se convierte así en una lucha con el Señor, como la sostenida por Jacob durante toda una noche junto al vado del Yaboc (cf. Gn 32,23-33). Sale vencedor quien se rinde a Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nuestro Padre sabe lo que necesitamos”.

 

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XVI Domingo del tiempo ordinario, 17 de Julio 2016, Año C

Cristo, huésped pero no para un día

 

Introducción

 

“Ante ti somos emigrantes y extranjeros, igual que nuestros padres. Nuestra vida terrena no es más que una sombra sin esperanza” (1 Cr 29,15). En estas palabras de David se capta la lección que Israel ha asimilado de la experiencia del desierto: ha vivido en tiendas, sin morada fija, ha pedido hospitalidad a otros pueblos (frecuentemente rechazada cf. Nm 20,14-21) y así ha aprendido a apreciar la hospitalidad.

 

Rashi, el famoso comentador medieval de la Escrituras, recordaba a su pueblo: “Aunque los egipcios arrojaron al Nilo a nuestros recién nacidos, no debemos olvidar que fueron también ellos los que nos dieron hospitalidad en momentos de necesidad, durante la carestía, en tiempos de José y sus hermanos”.

 

La hospitalidad nos trae a la memoria, también a nosotros cristianos, nuestra condición de peregrinos en este mundo. Pero nos recuerda, sobre todo, que Cristo ha venido como forastero: “Vino a los suyos, y los suyos no la (la luz) recibieron” (Jn 1,11).

 

Hoy él sigue pidiendo hospitalidad: “Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi palabra y abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Pide poder entrar en la vida de cada persona, de cada sociedad, de cada institución.

 

“No reconociste el momento en que fuiste (Jerusalén) visitada por Dios” (Lc 19,44).

 

Nos quedamos siempre titubeando e indecisos cuando Jesús llama a nuestra puerta y, si dudamos antes de abrirle, es porque intuimos que su palabra terminará por poner patas arriba toda nuestra casa. Desearíamos que, al menos nos dejara un rincón para nosotros mismos, que no entrara allí, que nos permitiera arreglarlo a nuestro gusto.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Vendrá a visitarnos un sol que surge”

 

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Domingo XV del tiempo ordinario, 10 de Julio, 2016, Año C

Para heredar la vida…

 

Introducción

 

Amar a Dios carecía de sentido para los antiguos griegos. Los dioses podían amar a las personas humanas manifestándoles su predilección y concediéndoles especiales dones y favores. Como señal de reconocimiento, esperaban de las personas privilegiadas por los bienes recibidos, sacrificios y holocaustos. Un reflejo de esta mentalidad se encuentra en algunos textos del A. T. Por boca del profeta Malaquías, el Señor se lamenta de los despreciables holocaustos que le ofrecen los sacerdotes: “El hijo honra a su padre, el servidor a su señor… ¿Dónde está el honor que me pertenece?” (Mal 1,6).

 

A diferencia de los pueblos paganos, Israel ama a su Dios. Esto es lo que Moisés recomienda al pueblo: “¿Qué es lo que te exige el Señor tu Dios?…Que sigas todos sus caminos y lo ames…con todo el corazón y con toda el alma” (Dt 10,12). El amor consiste en la observancia de los mandamientos (cf. Éx 20,6) y “siguiendo sus caminos toda la vida” (Dt 19,9).

 

Es en esta óptica en la que debe encuadrarse el amor al prójimo (sobre todo al pobre, al huérfano, a la viuda, al extranjero) porque su práctica es obra agradable a Dios.

 

El Nuevo Testamento nos da la luz plena que nos permite comprender qué significa en realidad amar a Dios. La primera carta de Juan es particularmente explícita: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió su Hijo…” (1 Jn 4,10-11).

 

La conclusión lógica salta al instante: Si Dios nos ha amado tanto, también nosotros debemos amar a Dios. Pues no, la lógica de Dios es diferente de la nuestra. Él no pide nada para sí. Solo hay un modo de responder a su amor: amar al hermano y no “con la boca sino con obras y de verdad” (1 Jn 3,18).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Les doy un mandamiento nuevo, dice el Señor, que se amen los unos a los otros como yo les he amado”.

 

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