Archivo mensual: agosto 2016

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, 5 de Septiembre, 2016, Año C

La Cruz, una ignominia

covertida en signo de “Gloria”

 

Introducción

 

Es famoso el dicho de un padre del desierto: “Llegará un día en que los hombres enloquecerán. Y al ver a uno que es cuerdo, se volverán contra él diciendo: ‘¡tú estás loco!’, por ser diferente de ellos. Pablo ha pasado por esta experiencia: “Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría mientras que nosotros anunciamos un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos” (1 Cor 22-23). ¿Dónde está la verdadera sabiduría? La lógica de la cruz no es la del mundo… y el hombre crece asimilando la lógica del mundo. Cuando le viene anunciada la “locura de la cruz” es normal, e incluso saludable, que se enfrente con la duda y la perplejidad y que se detenga a reflexionar sobre la decisión a tomar.

 

Nosotros buscamos la vida, no la muerte; tratamos de evitar todo lo que nos hace sufrir. La cruz no evoca, desgraciadamente, la idea de salvación. Ciertas formas de mortificación, de penitencias, de prácticas ascéticas han hecho un flaco servicio a la hora de comprender la invitación del Señor a tomar la cruz.

 

El cristiano no aspira al dolor (tampoco Jesús lo ha buscado), sino al amor. No obstante, cuando el amor es vivido “hasta el extremo” (Jn 13,1), llega hasta el don de la vida. Es ésta la razón por la que la cruz, de ser signo de muerte se convierte en símbolo de vida.

 

Hasta finales del siglo III, los símbolos cristianos eran el ancla, el pescador, el pez…nunca la cruz. Será a partir del siglo IV, con el célebre descubrimiento del instrumento de suplicio de Jesús por parte de Santa Elena, que la cruz se convertirá en símbolo de victoria, no sobre los enemigos del emperador Constantino antes de la batalla del Puente Milvio, sino sobre la muerte y sobre todo lo que hace morir. Tomar el partido de la cruz es tomar partido de la vida…pero esto es difícil comprenderlo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Danos, Señor, la sabiduría de la Cruz”.

 

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XXII Domingo del Tiempo Ordinario, 28 de Agosto, 2016, Año C

Experimentar la alegría de Dios es posible

 

Introducción

Estamos en una lujosa casa de campo de la alta burguesía de una gran ciudad del tercer mundo, una de esas metrópolis donde la miseria convive con el lujo y desperdicio más descarados. Al término de la fiesta de cumpleaños de la hija –brillante universitaria de 20 años– los padres ordenan a los sirvientes de arreglar el espacioso comedor. Sobre las mesas hay una gran cantidad de carne, arroz, patatas fritas, pasteles, tortas, entremeses: son las sobras del banquete.

 

¿Qué hacemos con todo esto?, pregunta el marido con embarazo. La esposa, que está llevando a la cocina una bandeja llena de vasos para lavar, se detiene un instante sorprendida y, como si se diera cuenta tarde del error cometido, sentencia: “Hemos invitado a la gente equivocada, a la que no tiene hambre”.

 

Tenemos miedo de que se nos acerquen los que tienen hambre, de que nos puedan contagiar su pobreza. Y sin embargo la fiesta de nuestra vida podría acabar en una amarga desilusión: sin saber qué hacer con los bienes que el Señor nos había dado para “dar de comer” a sus pobres.

 

“¡Dichosos los convidados al banquete de bodas del Cordero!”, exclama el ángel del Apocalipsis (Ap 19,9). Pero a aquella fiesta solamente podrán participar los que se ha privado de todo para darlo a quienes tenían hambre.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El pobre llama a la puerta para ofrecerme la oportunidad de experimentar la alegría de Dios”.

 

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XXI Domingo del Tiempo Ordinario, 21 de Agosto 2016, Año C

Todos serán bienvenidos,

pero atentos a no llegar tarde

 

Introducción

 

“Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin miedo tus lonas, alarga tus cuerdas, cava bien tus estacas porque te extenderás a derecha e izquierda” (Is 54,2-3). Esta es la invitación que el profeta dirige a Jerusalén encerrada en un apretado cerco de murallas. Se han terminado los tiempos de nacionalismos estrechos; se abren nuevos e ilimitados horizontes: la ciudad debe prepararse para recibir a todos los pueblos que vendrán a ella porque todos, no solo Israel, son herederos de las bendiciones prometidas a Abrahán.

 

La imagen empleada por el profeta es deliciosa, nos hace contemplar vívidamente a la humanidad entera de camino hacia el monte sobre el que se levanta Jerusalén. Allí el Señor ha preparado un “festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosas, vinos generosos” (Is 25,6).

 

Con otra imagen de la ciudad, el autor del Apocalipsis describe, en las últimas páginas de su libro, la gozosa conclusión de la turbulenta historia de la humanidad. Jerusalén, dice: “tiene una muralla grande y alta, con doce puertas y doce ángeles en las puertas. Al oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y al occidentes tres puertas” (Ap 21,12-13). La imagen es distinta pero el significado es el mismo: desde cualquier parte de donde procedan, todo hombre y mujer encontrarán las puertas de la ciudad abiertas de par en par para darles la bienvenida.

 

El camino, sin embargo, hacia el banquete del reino de Dios no es un cómodo paseo. La senda es estrecha y la puerta –dice Jesús– es angosta y difícil de encontrar. Esta afirmación no contradice el mensaje optimista y gozoso de los profetas que anuncian la salvación universal, sino que pone en guardia contra la ilusión de quienes creen caminar por el camino justo cuando, por el contrario, andan perdidos por senderos que los están alejando de la meta. Todos llegarán finalmente a la meta, sí, pero no conviene llegar al final del banquete.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Te alabarán, Señor, todos los pueblos de la tierra”.

 

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XX Domingo del Tiempo Ordinario, 14 de Agosto de 2016, Año C

Un único destino aúna a los profetas

 

Introducción

 

Sorprende la facilidad, la rapidez con que el escepticismo, el descrédito y la irrisión logran enfriar los entusiasmos, apagar los ideales, hacer inocuas las enseñanzas más nobles. Hemos conocido a jóvenes quienes, movidos por una pasión sincera, se habían empeñado en construir un mundo nuevo y una iglesia más evangélica. Pocos años después, han amainado las banderas y renunciado a los sueños. Se han acomodado a la “respetabilidad” imperante, a lo que antes consideraban fútil, efímero, banal. ¿Por comodidad, por oportunismo? Algunos quizás sí, pero otros han renunciado con profunda amargura a impulsos y proyectos juveniles porque…se han dejado llevar, en primer lugar, del desaliento, y después de la resignación. No habían tenido en cuenta a la oposición, los conflictos, las dificultades y han terminado por tirar la toalla.

 

Quien se compromete con la comunidad, espera aprobación, alabanza, apoyo a las iniciativas que lleva adelante, aunque solo sea por el tiempo y la energía que dedica a sus compromisos. ¡Vana ilusión! Más pronto que tarde, tendrá que enfrentarse a críticas  malévolas, envidias, celos. Y todavía estamos en el ámbito de las normales incomprensiones y sinsabores. La cosa se complica seriamente cuando están en juego opciones eclesiales decisivas, adhesiones a nuevas perspectivas abiertas por el Concilio, propuestas evangélicas incompatibles con la lógica de este mundo. Entonces, la hostilidad se manifiesta abiertamente y va en crescendo: desde el insulto, a la marginación y hasta el linchamiento moral.

 

Quien se siente “agredido” de esta manera corre un serio riesgo de desanimarse y de poner en discusión los compromisos antes asumidos con tanta lucidez. La tentación de adecuarse a la mentalidad dominante, a lo políticamente correcto, a los principios y valores dictados por el sentido común, es casi irresistible.

 

Jesús ha puesto en guardia a sus discípulos contra este peligro: “Si el mundo los odian, sepan que primero me odió a mí. Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya” (Jn 15,18). Ha tranquilizado sus ánimos perplejos y vacilantes, recordándoles que un destino común aúna, desde siempre, a todos los justos: “¡Ay de ustedes cuando todos los alaben! Del mismo modo los padres de ellos trataron a los falsos profetas” (Lc 6,23.26).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Que sea reconocida, Señor, la verdad de tus profetas”.

 

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