Archivo mensual: septiembre 2016

XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de octubre 2016, Año C

ORACIÓN: reconocer a Dios en nuestra historia

 

Introducción

 

La Biblia no dice que Abrahán haya entrado en un santuario para rezar, pero aun así es considerado no sólo como el padre de los creyentes, sino también el modelo del hombre que ora. Es necesario creer para orar, para creer uno necesita rezar. Toda su vida está marcada por la oración; comenzó a seguir a Dios sólo después de que oyó la palabra del Señor; dio pasos luego de recibir de su Dios una indicación sobre el camino.

 

Su historia está marcada por un constante diálogo con el señor: “El Señor dijo a Abrán: Vete… Entonces Abrán partió” (Gén 12,1.4). “Abrán recibió en una visión la Palabra del Señor… Abrán contestó: Señor, ¿de qué me sirven tus dotes si soy estéril?” (Gen 15,1.2) “El Señor se apareció a Abrahán junto al encinar de Mambré” (Gen 18,1-3). “Dios puso a prueba a Abrahán… y Abrahán respondió: Aquí me tienes” (Gén 22,1). Este diálogo ha alimentado la fe de Abrahán; le preparó para aceptar la voluntad de Dios. Le hizo creer en su amor a pesar de las apariencias en lo contrario.

 

Muchos acontecimientos de nuestra vida son enigmáticos, incomprensibles, ilógicos y parecen dar la razón a quien duda si Dios está presente en nuestra vida y nos acompaña en nuestra historia. Es en estos momentos que nuestra fe se pone dura prueba y naturalmente clamamos y rogamos al Señor: “Escucha nuestra voz, atiende nuestro lamento”. Dios siempre escucha nuestra voz aunque es difícil para nosotros percibir su voz. ¡Haz que escuchemos tu voz, Señor! es la invocación que debemos dirigirle. Abre nuestros corazones, ayúdanos a renunciar a nuestros deseos, valores, planes y haz que aceptemos los tuyos. Esta es la fe que salva.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz que escuchemos tu voz, Señor”.

 

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XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Septiembre 2016, Año C

Gozar de la vida es renunciar a lo superfluo

 

Introducción

 

Hubo un tiempo en que Dios aparecía aliado con los ricos: el bienestar, la suerte, la abundancia de bienes eran considerados signos de su bendición.

 

La primera vez que la palabra hebrea kesef (que significa plata o más comúnmente, dinero) aparece en la Biblia, se refiere a Abrahán: “Abrán poseía muchos rebaños y plata y oro” (Gén 13,2). “Isaac sembró en aquella tierra y ese año cosecharon un ciento por ciento” (Gén 26,12). Jacob tuvo innumerables propiedades: “bueyes, asnos, rebaños, hombres-siervos y siervas” (Gén 32,6). El salmista promete al justo: “En tu casa habrá riquezas y abundancia” (Sal 112,3).

 

La pobreza era una desgracia. Se creía que era resultado de la pereza, la ociosidad y el libertinaje: “Un rato duermes, un rato descansas, un rato cruzas los brazos para dormitar mejor, y te llega la pobreza del vagabundo, la penuria del mendigo” (Prov 24,33-34).

 

Un cambio de perspectiva llega con los profetas: se comienza a entender que las riquezas acumuladas por los ricos no son siempre el resultado de su trabajo honesto y de la bendición de Dios, sino que a menudo son el resultado de hacer trampas, violaciones de los derechos de las personas más vulnerables. Incluso los sabios de Israel denuncian los riesgos: “Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho o coma poco; al rico sus riquezas no lo dejan dormir” (Ecl 5,11). “El oro ha arruinado a muchos” (Eclo 8,2).

 

Jesús considera tanto la codicia de los bienes de este mundo y la riqueza honesta como obstáculos casi insuperables para la entrada en el reino de los cielos. El engaño de la riqueza ahoga la semilla de la Palabra (Mt 13,22); gradualmente tiende a conquistar el corazón humano y no deja espacio ni para Dios ni para el otro.

 

Bendito es el que se hace pobre, que ya no está ansioso por lo que come o bebe, que no se preocupa por la ropa y no se inquieta por el mañana (Mt 6,25-34). Bienaventurado el que comparte todo lo que tiene con los demás.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cristo, aunque era rico, se hizo pobre para hacernos ricos”.

 

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XXV Domingo del Tiempo Ordinario, 18 de Septiembre 2016, Año C

Administradores, no dueños

 

Introducción

 

Salmo 24 – “Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el mundo y todos sus habitantes”. El hombre es un peregrino, vive como un extraño en un mundo que no es suyo. Es un trotamundos que atraviesa el desierto. Es dueño de un lote de terreno tanto como sus pies pueden pisar. Pero lo que está más delante ya no es suyo.

 

No somos propietarios sino solo administradores de los bienes de Dios. Esta es una afirmación insistentemente repetida a menudo por los Padres de la iglesia. Recordamos uno, Basilio: “¿No eres acaso un ladrón cuando consideras tuyas las riquezas de este mundo? Las riquezas te son dadas sólo para administrarlas”.

 

El administrador es una persona que aparece a menudo en las parábolas de Jesús. Tenemos uno “fiel y prudente” que no actúa arbitrariamente, sino que utiliza los bienes confiados a él según la voluntad del propietario. Y tenemos otro que, en ausencia del Señor, se aprovecha de su posición “y se hace el dueño”, se emborracha y deshonra a los otros sirvientes (Lc 12,42-48).

 

Está el administrador emprendedor, que se compromete, tiene la valentía de arriesgarse y consigue beneficio para el dueño; y otro que es un vago y un perezoso. Pero el más vergonzoso es el administrador sagaz del que se habla en el Evangelio de hoy.

 

El señor pone un tesoro en la mano de cada persona. ¿Qué hacer para administrarlo bien?

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No adjunte el corazón a la riqueza, aunque abunda”.

 

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XXIV Domingo del Tiempo Ordinario, 11 de Septiembre 2016, Año C

Una persona perdida para siempre…

sería la derrota de Dios

 

Introducción

 

“El amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos” (Cant 8,6-7). Con estas célebres imágenes viene descrito en el Cantar de los Cantares la fuerza irresistible del amor. Corre un serio riesgo –lo sabemos– el que se deja envolver en una relación afectiva: el amor presupone la libertad e implica la posibilidad del rechazo y del fracaso. Forman parte también del juego los celos, los tormentos, las ansias, el temor al abandono y todas aquellas emociones que solemos llamar penas de amor. “He sido herida por el Amor”, repite la esposa del Cantar (25,5; 5,8).

 

Dios ha querido correr este riesgo: ha aceptado hacerse débil y ha tenido en cuenta también la posibilidad de la derrota. Lo hemos siempre imaginado omnipotente, pero tratándose del amor esta prerrogativa no forma parte de las reglas del juego. Este término nunca es atribuido a Dios en le Biblia, y con razón, porque desde que ha creado el universo con sus leyes y ha dado vida a la persona libre, ha voluntariamente restringido su poder. Es lo que los rabinos llamaban la: contracción, escondimiento, auto-limitación de Dios.

 

Dios no puede forzar, debe conquistar a la persona amada. Si jugara con el efecto miedo, si amenazara con castigos habría perdido la partida, cosecharía no amor sino hipocresía. En Jesús, Dios ha experimentado más de una vez el fracaso. Jerusalén no ha correspondido a su amor: ¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina reúne a sus pollitos bajo sus alas; y tú no quisiste! (Lc 13,34); en Nazaret no pudo realizar ningún prodigio (cf. Mc 6,5-6); el joven rico lo rechazó (cf. Mt 19,16-22).

 

En el libro del Apocalipsis, Dios no es llamado omnipotente, sino pantocrátor, que significa: Aquel que tiene todo en sus manos. Las personas son libres de hacer sus propias jugadas, pero en el desafío del amor, es Él quien dirige el juego con incomparable maestría, y es imposible que se le escape de las manos. Ahora podemos comprender la frase de Jesús: “habrá más fiesta en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 15,7). El gozo más grande del enamorado es la reconquista de la amada, es oírle decir: “Voy a volver con mi primer marido, porque entonces me iba mejor que ahora” (Os 2,9).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Hemos conocido y creído en el amor que Dios nos tiene”.

 

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