Archivo mensual: octubre 2016

XXXI Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Octubre 2016, Año C

Indagados por los hombres, contemplados por Dios

 

Introducción

 

Sobre una tela blanca nuestra mirada nota de inmediato un puntito negro, una manchita de tierra. Por un extraño automatismo nuestros ojos se fijan inmediatamente en lo que disturba. Pasa que un defecto, una deficiencia, una discapacidad se convierten en inspiración para apodos, alusiones y bromas, a veces inocentes, otra veces sarcásticas.

 

La mirada de la gente es cruel: se fija, especialmente, en las manchas, los límites, los aspectos defectuosos. Y ¿es también así la mirada de Dios? Si de veras es así, entonces estamos mal parados porque “ni el cielo es puro a sus ojos; ¡cuánto menos el hombre, detestado y corrompido, que se bebe como agua la maldad!” (Job 15,15-16).

 

¿Debemos tener miedo a la mirada de Dios? ¡Dios te ve! Recordamos este reclamo usado especialmente por los educadores y los catequistas del pasado para prevenir comportamientos errados. Aquel triángulo que en el centro tenía el ojo de Dios que escrutaba e infundía reverencia y temor.

 

El pensamiento que se ha formado muchas veces y que hemos creado es el de un Dios “policía”. ¿Es correcto presentar a Dios de esta manera—aunque sea para obtener buen comportamiento? ¿Es su mirada como la del investigador que busca los motivos para condenar o es el abrazo tierno del Padre que comprende, excusa, toma siempre y solamente lo que es bello y amable en sus hijos e hijas?

 

La respuesta a esta pregunta nos preocupa.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando estaba siendo formado en el vientre de mi madre, tus ojos me han contemplado, Señor”.

 

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XXX Domingo del Tiempo Ordinario, 23 de Octubre 2016, Año C

El niño pequeño, modelo del cristiano

 

Introducción

 

Un día algunas madres presentaban a Jesús sus niños para que los recibiera en sus brazos y los acariciara (Mc 10,13). Los discípulos que juzgaban inconveniente este gesto de demasiada familiaridad las trataban de mal modo y Jesús reacciona: “De los que son como ellos—dice—es el reino de los Dios”. El episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero con una ligera y significativa variante. Mientras que Marcos y Mateo hablan de niños, Lucas dice que a Jesús le presentaban niños pequeños (Lc 18,15).

 

Si estos niños hubieran tenido algún detalle amoroso, podrían de alguna manera, haber “merecido” el amor de sus padres. Los recién nacidos solamente pueden recibir, gratuitamente. Los niños pequeños son puestos por Jesús como modelo de lo que uno debe ser delante de Dios. Están ubicados en las antípodas del fariseo que puede jactarse con orgullo del bien que ha hecho.

 

No se puede entrar en el reino de Dios—dice Jesús—si uno no se convierte en un niño pequeño, que no se dan cuenta de nada y necesitan que les den siempre de todo para seguir viviendo.

 

Desde el momento en que uno piensa que puede atribuirse a sí mismo cualquier obra buena, ya no es un niño pequeño y se auto-excluye del reino de Dios. “¿Qué tienes—dice Pablo—que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Has reservado, Señor, a los pequeños el don del reino de los cielos”.

 

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