4º Domingo de Adviento, 18 de Diciembre de 2016, Año A

Jesús, El “Dios Con Nosotros”

 

Introducción

 

El hijo de la Virgen María tiene un doble nombre: el usado por sus contemporáneos – Jesús, quien libera de los pecados,  y aquel que le atribuye el evangelista Mateo – Emmanuel, Dios con nosotros.

 

La primera grande herejía fue introducida por un brillante dialéctico del siglo IV, Apolinar de Laodicea: sostenía que Jesús sí tenía un cuerpo humano, pero no un alma como la nuestra. Temía que, acordándole una plena humanidad, resultara ofuscada su divinidad. No le hacía a Jesús un gran favor: lo alejaba de nuestro mundo, de nuestra condición; le quitaba el segundo nombre, el de Emmanuel.

 

En la expresión de Juan la Palabra se ha hecho carne (Jn 1,14), el término carne no indica solamente la corporeidad sino todo el ser humano entendido en su dimensión de debilidad, fragilidad, de limitaciones que se derivan del hecho de ser creatura.

 

En María el Unigénito del Padre no está solamente revestido de músculos, sino que ha tomado plenamente nuestra condición humana.

 

Ha probado nuestros sentimientos, nuestras emociones, nuestras pasiones; ha experimentado las alegrías de los afectos y la desilusión de las traiciones; ha compartido nuestras ansiedades, nuestros dolores y humillaciones, nuestra ignorancia, nuestra satisfacción de aprender y también nuestro miedo frente a la muerte. No se ha unido solamente a un “cuerpo verdadero” sino que se ha hecho “realmente hombre”, en todo como nosotros menos en el pecado. Por eso es el Emmanuel, Dios con nosotros.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Has venido entre nosotros, Señor, para permanecer siempre con nosotros”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 7,10-14

 

7,10: El Señor volvió a hablar a Acaz: 7,11: –Pide una señal al Señor, tu Dios; en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo. 7,12: Respondió Acaz: –No la pido, no quiero tentar al Señor. 7,13: Entonces dijo Dios: –Escucha, heredero de David: ¿No les basta cansar a los hombres, que cansan incluso a mi Dios? 7,14: Por eso el Señor mismo les dará una señal: Miren: la joven está embarazada y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emanuel. – Palabra de Dios

 

 

El contexto histórico en el que se ha pronunciado este oráculo es bien conocido. En el año 734 a.C. el rey de Aram y el de Israel hicieron una alianza con el tentativo de liberarse del yugo asirio, pretendiendo envolver en su temeraria empresa también a Acaz que reinaba en Jerusalén. Este rechaza la alianza y entonces los dos reyes deciden destronarlo, poniendo así fin a su dinastía y estableciendo en el trono a un soberano favorable a sus proyectos. (Is 7,1-10)

 

El joven Acaz – ha apenas cumplido los 20 años – se angustia y se alarma. Es un descendiente de David, pertenece a aquella noble familia a la cual ha sido prometido un reino eterno. Por boca del profeta Natán Dios había asegurado: “yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. No le retiraré mi lealtad como se la retiraré a Saúl al que apartaré de mi presencia. Tu casa y tu reino durarán para siempre en mi presencia. Tu trono permanecerá para siempre” (2 Sm 7,14-16). El joven rey, por tanto no tendría  que temer, pero su fe en Dios es frágil, hace cálculos humanos y comienza a cometer un error detrás de otro. Comete hasta el crimen abominable de inmolar a los ídolos su único hijo (2Re 16,3); después, consciente de tener un ejército demasiado débil y que corre peligro de ser vencido, pide auxilio a Asiria. Cuando Isaías conoce la decisión del rey, interviene.

 

Los asirios dominan la escena internacional y no tendrán dificultad en proteger al pequeño reino de Judá pero pretenderán convertirlo en vasallo; pondrán en peligro sobre todo la fe y la pureza religiosa del pueblo de Dios.

 

El profeta decide hablar personalmente a Acaz. Sale a su encuentro, junto a su hijo Sear Yasub hacia el extremo del Estanque de Arriba, junto al camino del Campo del Tintorero (Is 7,3).  Lo encuentra mientras, cada vez más agitado, está cavilando sobre cómo abastecer de agua a la ciudad ante el asedio inminente. El profeta habla en nombre de Dios, lo  tranquiliza: lo que temes “no sucederá ni se cumplirá” (Is 7,8). Le pide no poner la confianza en Asiria sino en el Señor y sus promesas; los enemigos que le llenan de pavor, que le hacen temblar como si se tratara de un viento impetuoso e irresistible no son otra cosa que una nubecilla de humo que surge de dos tizones medio apagados. No hay nada que temer: su dinastía continuará a reinar en Jerusalén, por siempre, como el Señor ha prometido.

 

¡Nada que hacer! el rey, duro de cabeza, se empecina más y más, convencido de que la fuerza de los asirios merece más confianza que las promesas de Dios.

 

Pasan unos días e Isaías va de nuevo a encontrarlo en su palacio. Hemos llegado a nuestra lectura de hoy.

 

Le dice: si no crees en mis palabras, si quieres una garantía, ¡pide una señal!  (v.11).  Acaz no está dispuesto a volver atrás, por eso no le interesa ninguna señal.

 

Lo quiera o no, Isaías le da igualmente una señal: “Miren, la joven está embarazada y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel” (v.14).¿Qué significa esto?

 

Alguno ha pensado que Isaías está profetizando, con siete siglos de anticipación, la concepción virginal de María, sin embargo una señal semejante no habría tenido ningún sentido para Acaz.

 

La joven a la que Isaías se refiere es la mujer del rey. Esta muchacha – asegura el profeta – tendrá un hijo cuyo nombre será “Emmanuel” que significa “Dios está con nosotros’. Este hijo sucederá a su padre, dará continuidad a la dinastía y ninguno lo destronara, al contrario, será un grande rey, un nuevo David.

 

He explicado detalladamente esta breve lectura porque el evangelista Mateo ha visto la plena realización de esta profecía en el nacimiento de Jesús de la Virgen María.

 

¿Cómo acabó la guerra que Acaz estaba preparando? Como Isaías lo había previsto, es decir, en un desastre tanto político como religioso. Asiria intervino e inmediatamente redujo a “tizones humeantes” a los reyes de Aram y de Israel. Acaz fue humillado, debió pagar fuertes tributos y el reino de Judá se convirtió en una colonia asiria.

 

El signo dado por el profeta se realizó: el hijo de Acaz fue concebido de la joven, nació y se convirtió en el signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo; fue la prueba de la fidelidad del Señor a sus promesas.

 

Fue llamado Ezequías a quien se le pudo justamente aplicar el título de “Emmanuel”, “Dios está con nosotros”. Fue un rey discretamente bueno, pero no ciertamente el soberado excepcional que quizás esperaba el mismo Isaías.

 

Es por esto que en Israel se comenzó a esperar en otro rey, un hijo también de David que cumpliese plenamente la profecía, que fuera de verdad el “Dios con nosotros”. En el evangelio de hoy lo indicará Mateo: es el hijo de la virgen María.

 

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Segunda Lectura: Romanos 1,1-7

 

1,1: Pablo, servidor de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, elegido para anunciar la Buena Noticia de Dios, 1,2: quién ya había prometido por medio de sus profetas en las sagradas Escrituras, 1,3: acerca de su Hijo, nacido por línea carnal del linaje de David, 1,4: y constituido por el Espíritu Santo Hijo de Dios con poder a partir de la resurrección: Jesucristo, nuestro Señor. 1,5: Por medio de él recibimos la gracia del apostolado, para que todos los pueblos respondan con la obediencia de la fe para gloria de su nombre; 1,6: entre ellos se encuentran también ustedes, llamados por Jesucristo. 1,7: A todos los que Dios amó y llamó a ser consagrados, que se encuentran en Roma: Gracia y paz a ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. – Palabra de Dios

 

 

Se inicia con esta larga introducción la Carta a los romanos, con la manera habitual de las cartas del tiempo que seguían un esquema fijo: indicación del nombre del remitente seguido del destinatario, un saludo de buenos deseos (ordinariamente “khairein”  (¡salve!) y un breve exordio dictado por las circunstancias.

 

Pablo usa este formulario y lo adapta al objetivo de la carta. Al nombre del remitente, el suyo, añade los títulos que le dan el derecho de dirigirse a una comunidad insigne como la de Roma. Se presenta como apóstol, como heraldo del evangelio y como siervo de Jesús (v. 1).

 

Son tres títulos significativos: el primero para recordar a sus lectores la autoridad que ha recibido directamente de Cristo, de fundar entre los paganos nuevas Iglesias; el segundo es para él un motivo de orgullo: se siente honrado de haber sido escogido por Dios para anunciar la Buena Noticia de la resurrección de Cristo; el tercero – “siervo del Mesías Jesús” – tiene en el ambiente cultural helenístico un signo despreciativo: dignos de honor eran los señores, no  los esclavos. Pablo, sin embargo, lo entiende en sentido bíblico. El título de “siervo”  se aplica a los grandes personajes del antiguo testamento, los siervos de Dios: Moisés, Josué, David y sobretodo el “Siervo del Señor” del cual había hablado el profeta Isaías.

 

En la parte central del relato (vv. 2-6) viene presentada la persona de Jesús: ha nacido de la estirpe de David según la carne, sin embargo su verdadera identidad, la de Hijo de Dios, ha sido revelada en el día de la Pascua cuando, con un gesto de poder,  Dios lo ha resucitado de entre los muertos. Es el Resucitado que Pablo ha sido llamado a anunciar.

 

El versículo conclusivo (v. 7) menciona a los destinatarios de la carta, los cristianos de Roma – “amados por Dios” y “santos por vocación” – para terminar  saludo típico del estilo epistolar oriental al cual Pablo añade el deseo de la “paz” que en la cultura judía equivalía al deseo de todas las bendiciones de Dios.

 

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Evangelio: Mateo 1,18-24

 

1,18: El nacimiento de Jesucristo su­cedió así: su madre, María, es­taba com­pro­­­metida con José, y antes del matri­monio, quedó emba­razada por obra del Espíritu Santo. 1,19: José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, pensó abandonarla en secreto. 1,20: Ya lo tenía decidido, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: —José, hijo de David, no temas recibir a María como esposa tuya, pues la criatura que espera es obra del Espíritu Santo. 1,21: Dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. 1,22: Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del profeta: 1,23: Mira, la virgen está embarazada, dará a luz a un hijo que se llamará Emanuel, que significa: Dios con nosotros. 1,24: Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y recibió a María como esposa. – Palabra del Señor

 

 

“El nacimiento de Jesús, el Mesías, sucedió así”. De esta forma comienza el evangelio de hoy, sin embargo, en vez de hablar del nacimiento, lo hace del anuncio a José de la maternidad virginal de su esposa.

 

Lucas, a diferencia de Mateo, narra el anuncio del arcángel Gabriel a María y alude solo marginalmente a José.

 

La tentación de fundir los dos relatos como si fueran reportajes de dos periodistas, es grande pero peligrosa: de hacerlo, nos pondríamos inevitablemente frente a interrogantes a los que sería no solo difícil sino casi imposible dar una respuesta, como veremos después.

 

Ciertamente tanto Lucas como Mateo hacen referencia a hechos reales, aunque nos resulte difícil captarlos en sus detalles; sin embargo, no escriben páginas de crónica sino que hacen teología: presentan a Jesús tal y como las comunidades cristianas de finales del siglo primero han llegado a conocerlo, a las luz del Espíritu, después de la experiencia de la Pascua.

 

Veremos a continuación como Mateo estructura su historia y qué mensaje quiere darnos.

 

En tiempos de Jesús el matrimonio tenía dos etapas. La primera consistía en el contrato estipulado entre los dos esposos delante de los respectivos padres y de dos testigos; después de esta firma, el joven y la joven se convertían en marido y mujer pero no comenzaban de inmediato a hacer vida en común sino que dejaban transcurrir todavía un año durante el cual no podían unirse maritalmente.

 

Este intervalo servía a las dos familias para un mejor conocimiento mutuo y a los dos esposos para madurar: se casaban, de hecho, muy jóvenes, doce-trece años la joven y quince-dieciséis el joven. Estas serían probablemente las edades respectivas de María y José.

 

Pasado un año de espera, se organizaba una fiesta, la esposa era conducida a la casa del marido y los dos comenzaban la vida en común.

 

Fue durante este intervalo que tuvo lugar la anunciación a María y su embarazo por obra del Espíritu Santo.

 

Mateo resalta este hecho desde el principio de su relato para despejar toda la duda sobre el hecho de que Jesús fue concebido sin intervención de hombre.

 

El espíritu, en este relato, no representa el elemento masculino (de hecho, ruah-espíritu en hebreo es femenino), sino que indica una fuerza, un divino soplo creador. “Envías tu aliento y los creas y renuevas la faz de la tierra” dice el salmista (Sal 104,30), quien piensa probablemente al Espíritu de Dios que se movía sobre la superficie de las aguas al principio del mundo (Gn 1,2).

 

La concepción virginal, explícitamente citada por Lucas (Lc 1,26-39), no tiene como finalidad resaltar la superioridad moral de María ni menos aún significa un menosprecio de la sexualidad. Está ahí para “revelar” una verdad fundamental a todo creyente: Jesús no es únicamente hombre. Él viene de lo alto, es el mismo Señor que ha asumido forma humana. Para hacer comprender esta realidad ambos, Mateo y Lucas, apuntan a un acto creativo de Dios.

 

Lo que sucedió a continuación no es fácil establecerlo, y suscita algunos interrogantes. Parece imposible que José, a pesar de su rectitud, piense en tomar decisiones drásticas respecto a María sin ni siquiera haberla consultado. ¿Cómo pudo sospechar que ella le había sido infiel? ¿En qué sentido era José “justo”? ¿A caso porque quería separarse de María? No existía, en Israel, ninguna ley que obligara al marido a divorciar a la esposa infiel. Por otra parte, no era ciertamente un gesto elegante el que José estaba para realizar aunque pensara hacerlo “en secreto”.  ¿Por qué María no ha dicho nada a José del anuncio que había recibido del Arcángel? O si se lo comunicó ¿por qué José no la creyó?

 

Algunos responden a estas preguntas diciendo que: probablemente María habría informado a José de que el niño que esperaba venia de Dios; no tenía ningún motivo para mantener en secreto un hecho que José tenía el derecho a saber. La duda de José, por tanto, no seria sobre la fidelidad o infidelidad de su esposa, sino sobre su propio rol en este acontecimiento tan extraordinario. ¿Cómo podría dar nombre a un hijo no suyo? ¿No sería inmiscuirse indebidamente en un proyecto de Dios? No sabiendo cómo comportarse, habría decidido retirarse para esperar que Dios le hiciese conocer su voluntad.

 

Mientras andada meditando sobre estas cosas, el Señor le reveló su proyecto y la misión a la que le llamaba: debía poner nombre a Jesús, pues así el hijo de María entraría por derecho en su familia, convirtiéndose en descendiente de David “según la carne” como ha dicho Pablo en la segunda lectura.

 

Esta explicación es interesante y contiene elementos seguramente aceptables, como por ejemplo el hecho que José sea llamado “justo” por haber decidido hacerse a un lado para no poner obstáculos al plan de Dios que él no acertaba a comprender. Tiene, sin embargo, la dificultad de ser una mera suposición a la que el texto evangélico ofrece solamente un frágil fundamento.

 

Es mejor no intentar buscar en el evangelio respuestas a interrogantes que nosotros legítimamente nos ponemos pero que a Mateo no le interesaban para nada.

 

El evangelista no está interesado en darnos información o en satisfacer nuestra curiosidad. Lo único que le interesaba es hacernos saber que el hijo de María era el heredero del trono de David, prometido por los profetas.

 

La conclusión del relato es solemne. Todo relato evangélico parece que haya sido escrito  para mostrar el cumplimiento de lo que había dicho el Señor por medio del profeta: “He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo quien será llamado Emmanuel, que significa Dios con nosotros” (vv. 22-23).

 

Hemos visto ya cual es el significado literal de esta profecía: el anuncio del nacimiento del hijo de Acaz, Ezequías, quien fue realmente un “Emmanuel”, es decir, una señal de que Dios protegía a su pueblo y a la dinastía de David, pero que no respondió a las expectativas que se habían puesto en él. Ezequías no realizó las promesas de felicidad, de bienestar y de paz descritas por el profeta Isaías ni fue “Consejero maravilloso,  Guerrero divino, Jefe perpetuo, Príncipe de la paz…”(Is  9,5-6).

 

Mateo afirma que: Jesús es quien ha cumplido estas profecías y que es Él el hijo de la virgen  anunciado por el profeta. Él es realmente el “Emmanuel”, el “Dios con nosotros”. A Él le será dado un reino eterno y en Él se cumplirán todas las esperanzas de Israel.

 

Estamos al comienzo del evangelio de Mateo. El tema del “Emmanuel” aparece también al final del libro en cuyo último capítulo se dice que, después de la resurrección, Jesús se manifestó a sus discípulos en el monte de Galilea, los envió al mundo entero a hacer discípulas a todas las naciones y añadió: “yo estaré con ustedes siempre (…Yo soy el “Emmanuel”), hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). La referencia al “Dios con nosotros” abre y cierra toda la obra de Mateo porque –nos dice el evangelista- en Jesús, Dios se ha situado y permanecerá para siempre junto al hombre.

 

En esta conclusión del relato aparece de nuevo el tema de la “virgen”. Hemos ya explicado la concepción virginal de María. Recordemos ahora otras implicaciones bíblicas de la palabra virgen.

 

Para nosotros “virgen” significa “admirable, digna de estima”. En la Biblia, sin embargo, tiene un significado diferente.  La virginidad de una mujer era apreciada antes del matrimonio, pero aquella que permanecía virgen toda su vida mostraba solo la incapacidad de atraer sobre sí la mirada de un hombre. Digna de alabanza en Israel era la mujer casada que tenía hijos; la virgen era considerada como un árbol sin fruto, digna de lástima (Is 56,3-6).

 

Este término aparece a menudo en la Biblia en sentido figurativo para indicar una condición despreciable. La expresión virgen Sion no quiere decir “Jerusalén pura, inmaculada, sin mancha” sino “pobre, despreciada, sin vida” (Jer 31,4; 14,13). La tierra de Israel asolada por los asirios es comparada por Amos a una virgen que no ha podido realizar su sueño de ser madre: “Cayó para no levantarse la virgen de Israel;  está arrojada en el suelo y nadie la levanta (Am 5,2). Babilonia, la sanguinaria, es maldecida por el profeta: “Baja, siéntate en el polvo virgen  Babilonia” (Is 47,1).

 

¿Y María? ….Ella habla de sí misma como si fuera la “virgen Sion”, despreciada y sin valor (“se ha fijado en la humildad de su sierva”) y reconoce que todo cuanto ha sucedido en ella es obra del “Poderoso” quien ha hecho grandes cosas en mí” (Lc 1,48-49).

 

María-Virgen es la prueba de la grandeza y de la fuerza del amor de Dios, pues solo Él  es capaz de hacer germinar la vida en un útero estéril.

 

Cuando celebramos la “virginidad” de María, nos alegramos porque comprobamos en ella lo que el Señor sabe hacer con “las vírgenes”, es decir, con los que no tienen valor, con quienes solo pueden ofrecerle la propia indigencia y simplicidad. El Señor ha hecho en María una obra maestra.  Un artista como Dios solamente sabe hacer obras maestras, independientemente de la poquedad y pobreza del material a su disposición. Todo hombre y toda mujer están destinados a ser obras maestras de Dios.

 

En este tiempo de Adviento, María-Virgen nos invita a contemplar lo que el Señor ha realizado en ella, y a creer en la victoria de la vida allí donde solamente se ven señales de muerte.

 

El término virgen en la Biblia asume también otro significado metafórico: indica la persona que ama con corazón no dividido.

 

La infidelidad de Israel es comparada con la prostitución (Jer 5,7); su contaminación con los ídolos  es considerada un adulterio, una división del corazón entre el Señor, el único Esposo, y los ídolos de las naciones, sus amantes (Os 2).

 

La virginidad es el símbolo del amor total hacia el Señor.

 

Este sentido es el que Pablo da al término cuando escribe a los Corintios: “Tengo celos de ustedes, celos de Dios: porque los he prometido a un solo marido, Cristo, para presentarlos a él cómo virgen intacta. (2Cor 11, 2).

 

María ha ciertamente llevado a la perfección este ideal de virginidad.

 

Es, para todo cristiano, el modelo por excelencia de amor total e indiviso a Dios.

 

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/HGp5OT9T8MI

 

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