3er Domingo del Tiempo Ordinario, 22 de Enero 2017, Año A

¿Cuánto durará la noche?

 

Introducción

 

“Judas comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche” (Jn 13,30). Pocas palabras para describir una escena dramática; un hombre, a merced ya de sus proyectos de locura, abandona a Cristo-luz y viene devorado por la obscuridad.

 

La gente teme la obscuridad de la noche y se anima cuando comienzan las primeras luces del alba. Los centinelas escrutan el horizonte, esperando la aurora (Sal 130,6). Largas son las noches de quien, ardiendo de fiebre y presa de pesadillas, gira y da vueltas esperando la mañana (cf. Job 7,3-4).

 

Quien se ha precipitado en las tinieblas del vicio, de la mentira y de la injusticia espera también un rayo de luz que le anuncie el fin de la noche y el comienzo de un nuevo día.

 

Centinela ¿cuánto queda de la noche?, pregunta el profeta (cf. Is 21,11). ¿Cuánto durará todavía en el mundo la obscuridad, el mal y el pecado? ¿Cuándo serán “liberados los hombres del poder de las tinieblas”? (Col 1,13).

 

Pablo invita a la esperanza: “Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe, La noche está avanzada, el día se acerca” (Rom 13,11-12).

 

El conflicto luz-tinieblas continua a la espera del día sin fin, cuando “allí no habrá noche. No les hará falta ni luz de lámpara ni luz del sol, porque los ilumina el Señor Dios” (Ap 22,5).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Estábamos en tinieblas, ahora somos luz. Haz, Oh Señor, que nos comportemos como hijos de la luz”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Isaías 8,23b—9,3

 

8,23: En otro tiempo humilló el país de Zabulón y el país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán, la Galilea de los gentiles: 9,1: El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras, y una luz les brilló. 9,2: Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. 9,3: Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como en el día de Madián. – Palabra de Dios

 

 

A excepción del primer versículo, ya hemos escuchado esta lectura durante la misa de la noche de Navidad. Para una compresión más completa del pasaje bíblico véase la explicación dada ese día.

 

La profecía se sitúa históricamente en el siglo VIII a.C., época de la grande expansión asiria de todo el Medio Oriente. También las tribus de Zabulón y Neftalí, situadas al septentrión de Israel, se vieron envueltas en estos acontecimientos político-militares: destrucciones, violencias, deportaciones, imposición de pesados tributos fueron las consecuencias de la invasión de los ejércitos venidos de Mesopotamia. Isaías presenta la dramática situación como una humillación permitida por el Señor, como un triunfo de la obscuridad sobre la luz.

 

En la región de Galilea era como si hubiera regresado el caos que reinaba en la creación antes de la creación del mundo “las tinieblas cubrían el abismo”(cf. Gn 1,2). Las fértiles tierra del otro lado del Jordán parecían envueltas en la obscuridad de una noche sin fin. La muerte reinaba por doquier. El pueblo humillado había perdido ya toda esperanza, se había resignado ya a contemplar la “Vía del mar” (que pasando por Palestina unía Egipto con Mesopotamia) invadida por los prepotentes soldados asirios.

 

En este momento de abatimiento general, resuena la voz del profeta anunciando la aurora de un nuevo día: “El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa; los que habitaban en el obscuro país de la muerte fueron iluminados” (Is 9,1).

 

Es la promesa de un cambio total de la situación. Con una mirada de largo alcance, Isaías ve que se retiran los ejércitos asirios responsables del desastre nacional, e Israel volver a una vida de alegría y paz.

 

La luz a que se refería el profeta, era ciertamente un nuevo rey, descendiente de la familia de David, destinado a llevar a cabo la misión de disolver las tinieblas traídas por los invasores extranjeros. Probablemente pensaba en Ezequías, el niño en quien se habían depositado tantas esperanzas.

 

¿Qué ocurrió históricamente? Nada. Los asirios continuaron ocupando las tierras de Zabulón y de Neftalí por un siglo más y Ezequías, que intentó substraerse a su yugo, “fue encerrado en Jerusalén como pájaro en jaula” como se lee en la inscripción de Senaquerib encontrada en Nínive. ¿Y ahora qué?, ¿Se equivocó el profeta?

 

La perspectiva histórica que hoy tenemos es estrecha y limitada: si no vemos realizarse inmediatamente nuestros proyectos, pensamos que Dios se ha olvidado de nosotros. Dios lleva adelante sus proyectos, sí, pero de manera inesperada y de acuerdo con los tiempos que tiene establecidos.

 

Si los sueños de la gente del tiempo de Isaías se hubieran realizado, los opresores asirios habrían sido substituidos por otros opresores, porque esta es la lógica del mundo: quien pierde viene eliminado y quien vence, pronto se ve confrontado por otros pretendientes.

 

Dios no toma parte en este conflicto. Mira desde arriba manteniendo sólidamente en mano la situación. Acaricia un proyecto que ataca a la raíz de la lógica repetitiva e inconcluyente de la lucha por el poder. La profecía se realizó, según la lógica de Dios, 750 años después.

 

Cuando Jesús apareció a lo largo de la orillas del lago, el reino de los asirios se había caído hacía ya cientos de años, pero la obscuridad del mundo no había desaparecido. Era la obscuridad del mal, de la violencia, del abuso, de la corrupción, del egoísmo. Esta obscuridad había comenzado a disiparse –como dirá Mateo en el Evangelio de hoy– solo cuando con el inicio de la vida pública de Jesús, una luz comenzó a brillar en los montes de Galilea.

 

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Segunda Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17

 

1,10: Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que vivan en perfecta armonía de pensamiento y sentir. 1,11: Porque me he enterado, hermanos míos, por la familia de Cloe, que existen discordias entre ustedes. 1,12: Me refiero a lo que anda diciendo cada uno: yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo. 1,13: ¿Está dividido Cristo? ¿Ha sido crucificado Pablo por ustedes o han sido bautizados invocando el nombre de Pablo? 1,17: Porque Cristo no me envió a bautizar, sino a anunciar la Buena Noticia, sin elocuencia alguna, para que no pierda su eficacia la cruz de Cristo.Palabra de Dios

 

 

Cuando escribe la primera carta a los Corintios, Pablo se encuentra en Éfeso, capital política y religiosa de la provincia romana del Asia y lugar de encuentro entre las culturas de oriente y de occidente, sede de maestros y artesanos famosos. Allí se mezclaban marineros, soldados y comerciantes provenientes de todo el mundo.

 

Un día llegan a esta ciudad, provenientes de Corinto, algunos miembros de la familia de Cloe (v.11) quienes entregan a Pablo una carta que le envían los cristianos de la comunidad.

 

Antes de leerla, el Apóstol quiere tener noticias de aquella Iglesia y sus huéspedes, que al principio dudaban si hablar o no, pero terminan por referir a Pablo todo lo que saben sin ocultar nada. La vida de la comunidad en Corinto es de pena: hay discordias escandalosas, han surgido bandos que se declaran partidarios de un apóstol o de otro (algunos se glorían de pertenecer a Pedro otros a Pablo); de sus comportamientos morales, mejor no hablar; existen conductas desenfrenadas de las que se avergonzarían hasta los mismos paganos; en las celebraciones eucarísticas, cada grupo se aísla y se desinteresa de los demás; y no hablemos de las envidias, de las críticas, de las murmuraciones… En fin, la gente de Cloe larga el rollo.

 

Desilusionado y preocupado, Pablo escucha en silencio. Quizás piense por un momento en el fracaso de toda su misión evangelizadora; después, se recupera y decide escribir a los cristianos de Corinto. Así ha nacido la carta que nos viene propuesta este domingo.

 

El primer argumento que afronta son las disidencias, los contrastes, el nacimiento de partidos en aquella comunidad. Todo esto constituye el pasaje escogido para la lectura de hoy. “¿Quieren dividir a Cristo?” “¿Acaso fue Pablo crucificado por ustedes?” o ¿Fueron bautizados en nombre de Pablo?” (v. 13). Son palabras duras que revelan la gravedad de la situación.

 

Las discordias eran provocadas, entonces como hoy, por los egoísmos, el deseo de dominar, sobresalir e imponerse a los demás. Pablo aclara: los apóstoles no son señores, sino siervos; no son ellos los salvadores. El Salvador es uno solo, Cristo.

 

La luz del evangelio –encendida por Pablo– había brillado en Corinto, pero la obscuridad del pecado y las tinieblas de la muerte todavía eran muy densas y se resistían a disiparse.

 

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Evangelio: Mateo 4,12-23

 

4,12: Al saber que Juan había sido arrestado, Jesús se retiró a Galilea, 4,13: salió de Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. 4,14: Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: 4,15: Territorio de Zabulón y territorio de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. 4,16: El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz intensa, a los que habitaban en sombras de muerte les amaneció la luz. 4,17: Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: ¡Arrepiéntanse que está cerca el reino de los cielos! 4,18: Mientras paseaba junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos —Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano— que estaban echando una red al lago, pues eran pescadores. 4,19: Les dice: —Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres. 4,20: De inmediato dejaron las redes y le siguieron. 4,21: Un trecho más adelante vio a otros dos hermanos —Santiago de Zebedeo y Juan, su hermano— en la barca con su padre Zebedeo, arreglando las redes. Los llamó, 4,22: y ellos inmediatamente, dejando la barca y a su padre, le siguieron. 4,23: Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del reino y sanando entre el pueblo toda clase de enfermedades y dolencias. – Palabra del Señor

 

 

El evangelio de hoy tiene tres partes. Con una cita del profeta Isaías viene introducida la actividad de Jesús en Galilea (vv. 12-17); a continuación, sigue el relato de la vocación de los primeros discípulos (vv. 18-22); finalmente, la actividad de Jesús queda resumida en una frase (v.23).

 

Después de concluir la misión del Bautista, Jesús se traslada a Cafarnaún que se convierte en el centro de su actividad por casi tres años.

 

Cafarnaún era un pueblo de pescadores y agricultores que se extendía a lo largo de trescientos metros a orillas del lago de Genesaret. No era famoso como la ciudad de Tiberías –donde residía el tetrarca Herodes Antipas– o como la rica y próspera Magdala, famosa por sus florecientes industrias de salazón del pescado y el tinte. Cafarnaúm gozaba, no obstante, de un cierto prestigio: se encontraba a lo largo de la “Vía del mar” –la célebre carretera imperial que desde Egipto, pasando por Damasco, conducía a Mesopotamia– y señalaba el confín entre Galilea y el Golán, territorio que pertenecía a Filipo (otro hijo de Herodes el Grande). Era un lugar de frontera, con una aduana donde se pagaba un tanto por todas las mercancías.

 

Mateo no se limita a anotar el cambio de residencia de Jesús, acompaña la cita con una referencia a la Escritura. Para comprender el significado hay que tener en cuenta que Galilea estaba habitada por israelitas considerados por todos como casi-paganos o medio-paganos por haber nacido del cruce de varios pueblos. Los judíos de Jerusalén los despreciaban porque los tenían por poco instruidos, desconocedores de la ley, de costumbres corrompidas y poco observantes de las disposiciones rabínicas. Tampoco se fiaban de ellos por sus tendencias subversivas en campo político (fueron los galileos los que iniciaron el movimiento zelota, responsable de sanguinarias revueltas contra el imperio romano).

 

En esta región situada en la periferia de la tierra santa, en esta “Galilea de los paganos” (v. 15), Jesús inicia su misión y con esta elección indica quiénes son los primeros destinatarios de su luz: no son los judíos puros, sino los excluidos, los alejados.

 

Admirado ante a la fe del centurión –jefe del destacamento de soldados destacados en Cafarnaún– un día exclamará: “en verdad les aseguro que no he encontrado en todo Israel una fe tan grande. Ahora les digo: vendrán muchos del oriente y del occidente para sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos mientras los que debían entrar en él serán echados a las tinieblas de afuera” (Mt 8,10-11). También les hará notar a los sumos sacerdotes y a los ancianos el sorprendente cambio: “En el camino al Reino de los Cielos los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes” (Mt 21,31).

 

El cambio de residencia –un hecho bastante banal en sí mismo– ha sido leído por Mateo en su significado teológico, como el cumplimiento de la profecía de Isaías: “La gente que vivía en la obscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en lugares de sombras de muerte” (v. 16). Con el inicio de la actividad pública de Jesús, ha brillado entre los montes de Galilea la aurora de un nuevo día, ha surgido la luz de la que hablaba el profeta.

 

El último versículo de esta primera parte presenta la proclamación de Jesús: “Conviértanse porque el Reino de Dios está cerca” (v. 17).

 

Conviértanse no significa “hacerse un poco mejor, rezar mejor, hacer alguna obra buena extra”, sino “cambiar radicalmente de modo de pensar y de actuar”. Quienes han estado cultivando proyectos de muerte deben abrirse a decisiones de vida, quienes se han movido en tinieblas deben dirigirse hacia la luz. Solo quien está dispuesto a llevar a cabo este cambio puede entrar en el reino de los cielos (no en el paraíso, sino en la nueva condición de quien ha escogido jugarse la vida según la palabra de Cristo).

 

En la segunda parte del pasaje se cuenta la vocación de los primeros cuatro discípulos. No se trata del relato de la llamada a los primeros apóstoles (los cuatro evangelistas narran el hecho de manera bastante diferente el uno del otro), sino de una catequesis que quiere hacer comprender lo que significa para el discípulo decir sí a Cristo que invita a seguirlo. Es un ejemplo, una ilustración de lo que quiere decir convertirse.

 

Hay que señalar la insistencia de verbos de movimiento. Jesús no se detiene ni un instante: “Caminaba junto al mar…Yendo más allá…Recorría toda la Galilea” (vv. 18.21.23).

 

Quien ha sido llamado debe comprender que no se le concederá ningún reposo, que no habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere ser seguido noche y día y por toda la vida, no existen momentos que serán dispensados de los compromisos adquiridos.

 

La respuesta debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Juan y Santiago quienes “inmediatamente abandonan las redes, la barca y al padre, lo siguieron” (vv. 20.22).

 

No hay que interpretar mal el “abandono” del propio padre. No significa que quien se convierta en cristiano (o escoja la vida religiosa) debe desinteresarse de sus padres. En el pueblo judío el padre era el símbolo del lazo con los antepasados, del apego a la tradición. Es esta dependencia del pasado la que debe ser rota cuando se convierte en un impedimento para acoger la novedad del evangelio. La historia, las tradiciones, la cultura de cada pueblo deben ser respetadas y valorizadas, pero sabemos que no todos los usos, costumbres, estilos de vida recibidos son conciliables con el mensaje de Cristo.

 

La exigencia de Jesús hace referencia a la elección dramática que los primeros cristianos estaban llamados a hacer: si decidían hacerse cristianos eran rechazados por la familia, repudiados por los padres, expulsados de la sinagoga y excluidos del propio pueblo.

 

También hoy los hay quienes tienen que enfrentarse con la ineludible alternativa entre el amor por el “padre” y la elección de Cristo. Baste pensar lo que significa para un musulmán, para un judío, para un pagano, para un budista la adhesión al cristianismo.

 

Para todos, no obstante, dejar al padre implica el abandono de todo lo que es incompatible con el evangelio. A la invitación a seguirlo, Jesús añade la tarea: “Les haré pescadores de hombres” (v. 19).

 

La imagen está tomada de la actividad desarrollada por los primeros apóstoles. No estaban pescando con cebo sino con red y su trabajo consistía en sacar peces fuera del mar (así se llamada inapropiadamente el lago de Galilea).

 

En el simbolismo bíblico, el mar era la morada del demonio, de las enfermedades, de todo lo que se oponía a la vida. El mar es profundo, obscuro, peligroso, misterioso, terrible. En el mar viven los monstruos y en él, ni los más hábiles marineros se sientes seguros.

 

Pescar hombres significa sacarlos fuera de la condición de muerte en que se encuentran, quiere decir arrancarlos de las fuerzas del mar que como aguas impetuosas, los dominan, los arrastran y los sumergen.

 

El discípulo de Cristo no teme a las olas y las afronta valientemente aun cuando sean borrascosas. No desespera en el afán de salvar a un hermano aunque se encuentre en situaciones humanamente desesperadas por ser esclavo de la droga, del alcohol, de pasiones desenfrenadas o por tener un carácter irascible, agresivo, intratable… No existe ninguna situación que no pueda ser recuperada por el discípulo de Cristo.

 

La tercera parte (v. 23) resume con tres verbos lo que Jesús hace en favor de los hombres: enseña y, por tanto, es luz para todo hombre; predica la Buena Noticia, es decir, anuncia a todos una palabra de esperanza, asegura que el amor de Dios es más fuerte que el mal del hombre, y cura a los enfermos. No se limita a proclamar la salvación sino que la lleva a cabo con hechos concretos, mostrando a los discípulos lo que están llamados a hacer: deben crear, a través del anuncio del evangelio, hombres nuevos, una sociedad nueva, un mundo nuevo.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

https://youtu.be/kHo8YKoqozM

 

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