4º Domingo del Tiempo Ordinario, 29 de Enero 2017, Año A

¿Qué busca la persona humana sino la alegría?

 

Introducción

 

¿Quieres ser feliz por unas horas? Emborráchate. ¿Quieres serlo por algunos años? Agarra los placeres que la vida te brinda. Lo sugiere el mismo Qohelet: “Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino…y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas todo lo que te dure esta vida fugaz” (Ecl 9,7-9).

 

Pero ¿Cómo ser feliz siempre?

 

La alegría no se identifica con el placer que, aunque querido y bendecido por Dios, es efímero, caduco y tantas veces desemboca en tristeza y desilusión. “También entre risas llora el corazón, y la alegría termina en aflicción” (Prov 14,13).

 

La Biblia garantiza una paradoja: la alegría verdadera y durable nace del empeño, de la renuncia, de la abnegación, del sacrificio y es compañera del dolor. “Ahora me alegro de sufrir por ustedes” declara Pablo a los Colosenses (Col 1,24). A los cristianos perseguidos, Santiago recomienda: “Hermanos míos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas” (Sant 1,2) y Pedro reconoce: “Ustedes…se alegran con gozo indecible y glorioso” (1 Pe 1,8).

 

¿Cuál es el secreto de esta alegría? Lo revela Jesús: “Más vale dar que recibir” (Hch 20,35). No es bienaventurado quien acumula y retiene egoístamente los bienes para sí, sino quien, repartiendo, se hace pobre para socorrer al necesitado.

 

Una propuesta desconcertante. Aceptarla es arriesgado, pero Él es la garantiza.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurado quien no retiene nada para sí y se hace pobre por amor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13

 

Busquen al Señor, los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad, tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor. Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel que se acogerá al Señor, que no cometerá crímenes ni dirá mentiras ni tendrá en la boca una lengua embustera. Pastarán y se tenderán sin que nadie los espante. – Palabra de Dios

 

 

Hubo un tiempo en el que se pensaba que Dios parecía haberse aliado con los ricos: el bienestar, la fortuna, la abundancia de bienes, la prole numerosa, eran considerados signos de su bendición (cf. Dt 28,1-14). Leyendo el Antiguo Testamento vemos que el ideal del israelita era la riqueza, no la pobreza.

 

Poco a poco, sin embargo, la mentalidad de Israel cambia, sobre todo a consecuencia de la predicación de los profetas. La riqueza, comenzaron a pensar muchos, más que una bendición de Dios, es a menudo fuente de problemas, abusos, explotación de trabajadores, engaños, hábiles maquinaciones, injusticias. Ya no se considera a los pobres desdichados a causa de su impiedad, sino  víctimas en manos de los poderosos. A los desdichados, grita Miqueas con indignación, les “arrancan la piel del cuerpo, la carne de los huesos” (Miq 3,2).

 

Sofonías vive pocos años antes de la destrucción de Jerusalén, en un período de caos social y político. Aunque de procedencia burguesa, el profeta arremete contra los dignatarios de la corte, contra los comerciantes, contra los impíos (cf. Sof 1,8-12) y contra todos aquellos que cometen injusticias. Amenaza con un inminente castigo de Dios y, como última posibilidad de salvación, les invita a la “conversión al Señor”.

 

En la lectura de hoy, el profeta clarifica qué cosa significa convertirse y dirige una invitación a todos: “Busquen al Señor los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad” (v. 3). Convertirse significa llegar a ser como los humildes, como los pobres.

 

Es la primera vez que en la Biblia la palabra pobre es utilizada con una connotación nueva: no indica solamente una situación social y económica sino, sobre todo, una actitud religiosa interior. Para Sofonías, pobre es aquel que, no teniendo ninguna seguridad, confía enteramente en Dios y se somete a su voluntad.

 

En el día del castigo, asegura el profeta, Dios permitirá sobrevivir en el país a “un pueblo humilde (pobre) y sin recursos, un resto de Israel que buscará refugio en el nombre del Señor” (vv. 12-13).

 

Después de Sofonías, este nuevo significado del término “pobre” tuvo mucha fortuna. La espiritualidad de la “pobreza” gozó de un desarrollo cada vez mayor, dando origen a un gran número de Salmos en los que la palabra “pobre” viene utilizada como sinónimo de piadoso, justo, temeroso de Dios. Es en el contexto de este movimiento espiritual donde hay que colocar el mensaje de Jesús.

 

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Segunda Lectura: 1 Corintios 1,26-31

 

Miren, hermanos, quiénes han sido llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; por el contrario, Dios ha elegido los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, Dios ha elegido a gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada, para anular a los que valen algo. Y así nadie podrá gloriarse frente a Dios. Gracias a Él ustedes son de Cristo Jesús, que se ha convertido para ustedes en sabiduría de Dios y justicia, en consagración y redención. Así se cumple lo escrito: El que se gloría que se gloríe en el Señor.Palabra de Dios

 

 

Habíamos indicado el domingo pasado cuáles eran los problemas de la comunidad de Corinto: discordias, divisiones, envidias, celos. ¿Cómo había podido caer tan bajo una comunidad inicialmente tan fervorosa? Responde Pablo: ha sucedido porque entre los cristianos se ha infiltrado el espíritu destructor de la competitividad; cada uno busca dominar a los demás, de ser superior, de ser “rico”.

 

¿Cómo juzga Dios a quien así se comporta?

 

La lectura señala sus preferencias: Dios no escoge a los ricos sino a los pobres, a los marginados, a los que nada cuentan. Para probarlo, argumenta Pablo, basta considerar la proveniencia de los miembros de la comunidad de Corinto: no hay nobles, son pocos los ricos, los aristócratas, los eruditos, los dotados de grande cultura. Casi todos son pobres, algunos viven en la miseria. Es éste un signo de las preferencias de Dios que escoge a los pequeños, muestra predilección por los insignificantes a los ojos del mundo para enriquecerlos con sus dones.

 

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Evangelio: Mateo 5,1-12

 

Al ver a la multitud, subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles del siguiente modo:
 Felices los pobres de espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.
 Felices los afligidos, porque serán consolados. 
Felices los desposeídos, porque heredarán la tierra. 
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
 Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. 
Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios.
 Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios.
 Felices los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos les pertenece.
 Felices ustedes cuando los injurien y los persigan y los calumnien [falsamente] de todo por mi causa. Alégrense y pónganse contentos porque el premio que les espera en el cielo es abundante. De ese mismo modo persiguieron a los profetas anteriores a ustedes. – Palabra del Señor

 

 

El hombre ha experimentado siempre una profunda necesidad de encontrarse con Dios, de interrogarlo, de conocer sus pensamientos, de descubrir sus designios. Pero ¿dónde encontrarlo? ¿Dónde poder tener una cita con Dios? En  tiempos antiguos se pensaba que el lugar ideal era la cumbre de los montes, especialmente de aquellos montes considerados como lugares sagrados. Israel también pensaba así. Abrahán, Moisés y Elías han tenido sus experiencias religiosas más fuertes “en el monte”.

 

Mateo coloca el primer discurso de Jesús en un monte, identificado por la devoción cristiana con la colina que domina Cafarnaún. Las religiosas que custodian el lugar lo han transformado en un oasis de paz, de recogimiento, de reflexión, de oración. Paseando bajo los árboles majestuosos, envueltos en el susurro de las hojas movidas por la brisa que desciende de las cumbres nevadas del Líbano, contemplando desde lo alto el lago, tantas veces surcado por la barca de Jesús y sus discípulos, uno se siente naturalmente impulsado a elevar la mirada al cielo y el pensamiento a Dios.

 

Por más sugestiva que sea esta experiencia, el monte del que habla Mateo no hay que entenderlo en sentido geográfico, sino en su significado teológico. Más que un lugar concreto, el “monte” es cualquier lugar o momento en que nos abrimos a la palabra de Dios.

 

Podemos visualizar la escena: Jesús abandona la llanura. Es como si abandonara la tierra donde se mueven las personas “normales” que siguen la lógica de este mundo, es decir, aquellas que se rigen por la “sabiduría” y la astucia mundana, esa “sensatez” maligna que lleva a razonar así: “la salud lo es todo”; “lo que cuenta es el éxito”; “dichoso aquel que posee una abultada cuenta bancaria”; “feliz quien puede viajar, divertirse, quien no se priva de ningún placer”; “a mí lo que me interesa es el sexo”; ¿sacrificarse, practicar renuncias en favor de los demás? !Ni pensarlo!”.

 

¿Podrá llegar a ser una “persona realizada” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?

 

Para no correr el riesgo de desperdiciar nuestra existencia es necesario también conocer la opinión de Dios. Subamos hoy, pues, con Jesús al monte para escuchar sus propuestas de felicidad, de éxito, de bienaventuranza. Serán propuestas desconcertantes, incluso insensatas para quienes tienen la mente absorbida por las propuestas sugeridas por la “sabiduría” de este mundo. Escuchémosle y tratemos de comprenderle.

 

 

Bienaventurados los pobres de espíritu.

 

Es casi imposible enumerar las diversas interpretaciones de esta bienaventuranza. Algunos la han banalizado sosteniendo que se refiere a los miserables, a los pordioseros, a los mendigos. Serían éstas las personas ideales en que Dios se complace y, por tanto, habría que dejarlas en las condiciones en que viven; es más, todos tendríamos que llegar a ser como ellas. Se trata evidentemente de una interpretación absurda, desviada, contraria a todo el resto del Evangelio. La comunidad cristiana ideal no es aquella en que todos son indigentes, sino aquella en la que “no hay ya ningún pobre” (Hch 4,34).

 

Otros piensan que los “pobres de espíritu” son aquellos que, aun poseyendo bienes materiales, no están apegados a ellos. Hay quien cree que los pobres son bienaventurados porque dejarán pronto de serlo. Entre tantas posibles interpretaciones, las hipótesis serias, sostenidas por diferentes y óptimos estudiosos, son al menos una docena. ¿Cuál es la justa?

 

Sabemos lo que significa ser pobre, es decir, no poseer cosa alguna. ¿Sabemos, sin embargo, lo que significa de espíritu?  Frente a la riqueza, Jesús nunca ha mostrado actitud de desprecio. Para él, incluso la “riqueza deshonesta” se convierte en buena cuando es distribuida entre los pobres (cf. Lc 16,9). No obstante, aunque no la haya nunca condenado, Jesús la ha considerado siempre como un obstáculo peligroso para entrar en el reino de  los cielos (cf. Mt 19,23). A quien quería seguirlo, le ha pedido la renuncia a todos los bienes: “quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).

 

Es, pues, en este contexto de exigencia irrenunciable de dejar todo y de compartir con los pobres lo que se posee, donde hay que leer y entender esta bienaventuranza.

 

Jesús no exalta la pobreza como tal. Añadiendo lo específico de espíritu, aclara que no todos los pobres son bienaventurados. Deben considerase tales solamente aquellos quienes por decisión libre se despojan de todo.  Pobres de espíritu son aquellos que deciden no tener nada para sí mismos y de poner todo a disposición de los demás.

 

Pero, atención: pobre según el evangelio no es aquel que nada posee, sino quien no retiene nada para sí, que no es lo mismo. Quizás algunos ejemplos nos puedan ayudar a comprenderlo. El propietario de una gran empresa puede ser rico o pobre. Será rico si utiliza todo lo que gana de su actividad empresarial en satisfacer sus caprichos y los de sus familiares. Es pobre (aun poseyendo grandes capitales)  si vive de manera digna; no derrocha nada en cosas superfluas; gestiona su riqueza preocupándose de las necesidades de los más débiles; invierte su dinero para crear nuevos puestos de trabajo…

 

Quien ha alcanzado una posición social de prestigio es rico si se comporta con arrogancia y altivez; humilla a los menos afortunados; piensa solamente en sí mismo. Si, por el contrario, pone su capacidad y sus dotes al servicio de los demás, si está disponible para quien tenga necesidad de su ayuda es pobre de espíritu.

 

Aunque sea miserable, una persona puede no ser “pobre de espíritu”. No lo es si se maldice a sí mismo y a los otros; si intenta mejorar su posición social por medio de la violencia, la zancadilla y el engaño; si piensa liberarse en solitario, desinteresándose de los demás; si sueña llegar a ser rico o suplantar a los que ya lo son.

 

La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen  (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o para quienes quieren ser más perfectos que los demás. Es una exigencia para todo cristiano, pues esto es justamente lo que nos distingue como cristianos.

 

Hay que tener en cuenta que la promesa que acompaña a esta bienaventuranza no se refiere a un futuro lejano; no asegura la entrada en el paraíso después de la muerte, sino que anuncia una alegría inmediata: de ellos es el reino de los cielos. Desde el momento en que se decide ser y permanecer pobre, se entra “en el reino de los cielos”, en el mundo nuevo inaugurado por Cristo.

 

Esta bienaventuranza no significa un mensaje de resignación sino de esperanza. No habrá ya ningún necesitado cuando todos se conviertan en “pobres de espíritu”, cuando todos pongan los bienes que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, al igual hace el mismo Dios quien, poseyendo todo, es infinitamente pobre: no retiene nada para sí, es don total, es amor sin límites.

 

 

Bienaventurados los que sufren.

 

El sufrimiento no es cosa buena. Dios no se complace en el dolor de los hombres; no es él quien envía desventuras y tribulaciones. Definitivamente Dios no quiere que las personas sufran.

 

Cuando Jesús declara bienaventurados a los “afligidos”, emplea un término bien conocido para quienes están familiarizados con la Biblia. En el libro de Isaías se habla de los “afligidos”, es decir, de aquellos que no tienen casa donde refugiarse ni campos que cultivar porque la heredad de sus padres les ha sido usurpada por extranjeros; los que se ven obligados a ponerse al servicio de propietarios sin escrúpulos; los que tienen que sufrir injusticias, abusos y humillaciones (cf. Is 61,7).

 

A estas personas con el corazón destrozado, que se sientan en la ceniza y se visten de luto (cf. Is 61,3), el profeta dirige un mensaje de esperanza. Dios está a punto de intervenir, asegura Isaías, de cambiar radicalmente la situación eliminando las causas del luto: “alegrará a los afligidos de Sión; les dará una corona en vez de la ceniza; el aceite de los días alegres en lugar del atuendo de luto y cantos de felicidad en vez de duelo” (Is 61,3).

 

En la sinagoga de Nazaret Jesús se aplica a sí mismo esta profecía (cf. Lc 4,21). Ha venido a dar cumplimiento a las profecías de Dios. Los “afligidos”, aquellos que experimentan profundo dolor frente a una sociedad todavía dominada por la injusticia, aquellos que se sienten insatisfechos y esperan de Dios la salvación, serán consolados. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del  dolor y de las  lágrimas.

 

 

Bienaventurados los mansos, pacientes y humildes de corazón.

 

El adjetivo “manso” sugiere la idea de una persona resignada; que no reacciona ante las provocaciones; que acepta pasivamente y sin lamentarse las injusticias. ¿Es, pues, esta persona que huye de todo conflicto (quizás por debilidad de carácter) la que es proclamada bienaventurada? Ciertamente no.

 

El término “manso” usado por Jesús, está tomado del Antiguo Testamento, en concreto del Salmo 37. En este texto son llamados “mansos” aquellos que han sido privados de sus derechos, de su libertad, de sus bienes. Son pobres porque los poderosos les han arrebatado el campo, la casa, los pocos ahorros que tenían e incluso les han quitado hijos o hijas. Soportan injusticias sin ni siquiera poder protestar. No se resignan, pero rechazan recurrir a la violencia para restablecer la justicia. No se dejan guiar por la ira, no alimentan sentimientos de odio ni de venganza. Confían en Dios y esperaban la venida de su reino.

 

Jesús se ha presentado como “manso” el paciente y humilde de corazón (cf. Mt 11,29; 21,5) no en el sentido de “débil, tímido, pusilánime”. Ha vivido conflictos dramáticos, pero los ha afrontado con las disposiciones de corazón que caracterizan a los “mansos”: ha rechazado el recurso a la violencia, ha sido paciente y tolerante, se ha convertido en siervo de todos.

 

¡Bienaventurados aquellos quienes, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición donde florecerán las relaciones humanas pacíficas, donde ya no habrá más abusos ni violencias que caracterizan a un mundo todavía a merced de las patéticas “bienaventuranzas” de la “llanura”.

 

Todos conocemos situaciones semejantes a las descritas en el Salmo 37. Sabemos que en este mundo abunda la prepotencia y la injusticia a las que hay que poner fin. Queremos dejar en herencia a nuestros hijos “una tierra” nueva, mejor que la tierra en que vivimos. Por desgracia, el ansia de justicia conduce a veces cultivar pensamientos y actitudes impropias de los “mansos”. Jesús recuerda a sus discípulos que la herencia de la “tierra” ha sido prometida a los mansos, no a los violentos.

 

 

Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia.

 

El hambre y la sed son las necesidades más apremiantes que el hombre experimenta. Con esta ansia incontenible es como los discípulos de Cristo deben buscar “la justicia”. Pero ¿de qué justicia se trata? ¿De la que se administra en nuestros tribunales? ¿Son, por tanto, bienaventurados aquellos que se alegran cuando a un criminal le viene impuesto el merecido castigo?

 

No es ésta, ciertamente, la justicia de la que debemos estar hambrientos. Muchas veces esta justicia no es otra cosa que retribución, venganza, represalia, crueldad, sadismo, alegría de ver sufrir a quien ha hecho el mal. Jesús está hablando de otra justicia, la de Dios. Dios es justo no porque retribuye según los méritos de cada uno, sino porque con su amor “hace justos” a los malvados. Es justo porque “quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Tim 2,4).

 

La expresión: “se ha hecho justicia”, significa en nuestro lenguaje común que el culpable ha sido castigado, “ajusticiado”. Para Dios, “se ha hecho justicia” quiere decir que un malvado se ha convertido en justo. Su justicia es siempre, sola y únicamente “salvación”, es la recuperación del que hace el mal cometiendo el pecado. Quien experimenta esta hambre y esta sed, “será saciado”. Compartirá la alegría misma de Dios “que no quiere que nadie se pierda” (Jn 6,39), “¿Acaso  quiero yo la muerte del malvado—oráculo del Señor—y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).

 

 

Bienaventurados los que hacen obras de misericordia.

 

Esta bienaventuranza parece inserirse en la contraposición entre magnanimidad y el deseo de castigar al culpable. Se presenta como una invitación a hacer  prevaler siempre el perdón y la compasión. Es éste ciertamente uno de los aspectos de la “misericordia”. “Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37). Todo esto, sin embargo, no agota la riqueza del término bíblico “misericordia”.

 

En la Biblia, “misericordia”, más que un sentimiento de piedad, es una acción en favor de quien tiene necesidad de ayuda. El ejemplo más claro es del samaritano, de quien dice el texto griego que ha hecho misericordia a un hombre agredido por los bandidos (cf. Lc 10,37).

 

Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que Dios es misericordioso porque hace obras de misericordia, y especificaban: “Dios vistió a los desnudos (cuando cubrió con hojas a Adán y Eva, cf. Gn 3,21), así ustedes deben vestir a los desnudos. Dios visitó a los enfermos: lo hizo con  Abrahán cuando sufría a causa de la circuncisión; también cuando visitó a la estéril Sara (cf. Gn 18,1); así deben ustedes visitar a los enfermos. Dios confortó a los que estaban de luto: cuando lo hizo con Isaac después de la muerte de su padre; así ustedes deben consolar a los que están de luto. Dios dio sepultura a los muertos: fue Dios quien dio sepultura a Moisés (cf. Dt 36,6), así ustedes deben dar sepultura a los muertos”.

 

Misericordiosos son los que, como Dios, hacen obras de misericordia; son aquellos que se comprometen a que las personas necesitadas encuentren siempre lo que necesitan. Son bienaventurados porque en el mundo nuevo, en el Reino ya presente, encontrarán siempre quien les tienda la mano cuando tengan necesidad de ayuda.

 

 

Bienaventurados los puros de corazón.

 

La pureza era una de las características más destacadas de la religiosidad judaica. Cualquier contacto con cultos paganos, con todo aquello que se relacionara con la muerte, debía ser evitado. De esta exigencia de pureza surgieron las prohibiciones, como las minuciosas disposiciones de los Rabinos; la vigilancia obsesiva; el esfuerzo continuo de mantenerse alejados de todo aquello percibido como contrario a la santidad de Dios. Puesto que las transgresiones eran inevitables, los judíos se veían obligados a realizar incesantemente ritos de purificación: abluciones, aspersiones, lavados, sacrificios (cf. Mc 7,3-4).

 

A Jesús no le interesaban estas prácticas exteriores, su preocupación eran la lealtad y la rectitud. No hay nada de externo al hombre que pueda contaminarlo: “¿No ven que lo que entra por la boca pasa al vientre y después es expulsado fuera del cuerpo? En cambio lo que sale de la boca brota del corazón; eso sí que contamina al hombre. Porque del corazón salen las malas intenciones, adulterios, fornicación, robos, blasfemia. Esto es lo que hace impuro al hombre y no el comer sin lavarse las manos” (Mt 15,17-20).

 

Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento ético que concuerda con la voluntad de Dios, son aquellos que tienen el corazón íntegro sin divisiones porque son aquellos que no aman contemporáneamente a Dios y a los ídolos.

 

No tiene un corazón puro aquel que sirve a dos patrones, aquel que tiene una conducta que no coincide con la fe que profesa, aquel que ama a Dios, pero mantiene en su corazón el rencor hacia el hermano, aquel que no comete acciones malas pero que comete adulterio en su corazón (Mt 5,28).

 

Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una profunda experiencia de Dios.

 

 

Bienaventurados aquellos que se comprometen por la paz.

 

Entre las obras de misericordia más recomendadas por los rabinos del tiempo de Jesús, la más meritoria era poner paz, reconstruir la armonía entre las personas. Toda obra dirigida a restablecer la paz—se decía—atrae sobre el hombre las  bendiciones de Dios.

 

Es bienaventurado ciertamente quien, sin recurrir a la violencia y al uso de las armas, se empeña con todas sus fuerzas en poner fin a las guerras y conflictos; es bienaventurado quien, mediando entre adversarios y personas en conflicto, intenta convencerles a que dialoguen y  lleguen así a la concordia y la paz.

 

En la Biblia, la palabra “paz” (Shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría.

 

Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes, se derrame también sobre excluidos y marginados. A estos constructores de paz se les reserva la más bella de las promesas: Serán considerados hijos de Dios.

 

 

Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia.

 

Hay sufrimientos, tribulaciones y males que son ajenos a la voluntad humana, que golpean de improviso, sin avisar. Hay otros, sin embargo, que necesariamente acompañan a ciertas decisiones. Jesús no ha engañado a sus discípulos; les ha dicho claramente que quien se pone de parte de la “justicia de Dios”, pagará cara su elección. No ha prometido una vida fácil, cómoda, llena de éxitos; no ha asegurado los aplausos y el consenso de los hombres. Ha repetido con insistencia que la adhesión a su persona lleva consigo la persecución: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el sirviente por encima de su señor. Si al dueño de casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los miembros de su casa!” (Mt 10,24-25).

 

El Antiguo Testamento habla frecuentemente de la persecución de los justos. En los Salmos nos encontramos con el justo que pide a Dios: “Sálvame de mis perseguidores y líbrame” (Sal 7,2). “¿Cuándo juzgarás a mis perseguidores?…Sin causa me persiguen, socórreme” (Sal 119,84.86). Jeremías fue acosado, calumniado, encerrado en una cisterna.

 

Hubiéramos deseado encontrar ya en el Antiguo Testamento una bienaventuranza en referencia a los perseguidos y, sin embargo, nada. Estos son elogiados por su firmeza y rectitud; se les promete un futuro y glorioso destino (cf. Sab 2-5), pero nunca fueron proclamados bienaventurados.

 

En el Antiguo Testamento la persecución es considerada un mal y el hombre que la sufre no puede ser considerado feliz mientras ésta dure. Será bienaventurado solo a partir de la intervención de Dios que ponga fin a sus tribulaciones.

 

En el Nuevo Testamento, la perspectiva cambia. Quien sufre por su fidelidad al Señor es proclamado bienaventurado en el momento y por el hecho mismo de ser perseguido. La persecución no es un signo de fracaso, sino de éxito. Es motivo de alegría en cuanto prueba que la decisión tomada ha sido la justa, es decir, aquella conforme a la “sabiduría de Dios”.

 

Es inevitable que aquellos que se comprometen a instaurar una sociedad alternativa basada en la lógica “del monte”, sean perseguidos. Esas personas ponen en crisis las instituciones en que los fuertes prevalecen sobre los débiles, los ricos sobre los pobres, los privilegiados sobre los desfavorecidos, los dueños sobre los siervos. Los opresores saben que la venida del Reino amenaza su posición, por eso arremeten con violencia contra cualquiera que luche contra la corrupción, la arrogancia, la pobreza, la injusticia, la discriminación.

 

Jesús ha sugerido cómo comportarse en momentos de persecución: “Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt 5,44). A su vez, Pablo recomienda: “Bendigan a aquellos que les persiguen” (Rom 12,14). La única fuerza capaz de quebrar la espiral de la violencia es aquella del amor y del perdón.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini con el comentario para el evangelio de hoy:

 

https://youtu.be/3uGjg6vv0c0

 

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