Archivo mensual: abril 2017

3er Domingo de Pascua– 30 Abril 2017 – Año A

¿Cuándo llora una esposa?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/Vx6XSSoPGms

 

Introducción

 

La enamorada siente un deseo incontenible de estar junto a quien ama. En el silencio de la noche piensa en él, pronuncia su nombre, sueña con sus caricias: “Su izquierda bajo mi cabeza y su derecha me abraza” (Cant 8,3). Se siente desolada si no recibe ningún mensaje de él, cuando oye su voz, corre temblando de emoción hacia la puerta, gira el pestillo de la cerradura, abre. Pero el amado ya no está allí, se ha ido, ha desaparecido y ella cae en la desolación (cf. Cant 5,5-6).

 

“Se han llevado a mi Señor”, grita desolada entre lagrimas la Magdalena. Caminan tristes los dos discípulos de Emaús; inclinando la cabeza, rostro a tierra, las mujeres buscan en el sepulcro, entre los muertos, a Aquel que está vivo (cf. Lc 24,5). Estas escenas son el retrato de la comunidad que no encuentra “al amado de su corazón”. Con él, toda noche se trasforma en luz, el ocaso en preludio de aurora, el dolor en anuncio de nacimiento, las lágrimas en esbozo de sonrisa.

 

“¡Quédate con nosotros!” –implora la esposa cuando su Señor parece como querer continuar su camino. Si ha prometido permanecer con ella todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20) ¿por qué la deja sola? No es él, sin embargo, el que se aleja, es ella la que es incapaz de reconocerlo.

 

Apenas comienza a explicarle las Escrituras, su corazón comienza a arder. Como la amada del Cantar, reconoce la voz de su amado y, a la “fracción del pan”, sus ojos se iluminan y lo reconocen. No la había abandonado ni nunca la abandonará.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz que escuchemos tu voz en las Escrituras y que te reconozcamos en la fracción del pan”.

 

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2º Domingo de Pascua – 23 Abril 2017 – Año A

Se alegraron de ver al Señor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/WNNKZX8gaAE

 

Introducción

 

El vestido mejor, el que uno se pone para ir a la Iglesia, se llama en lengua portuguesa: “Vestido para ver a Dios”. Esta expresión nace de la convicción de que el domingo es el día en que la Comunidad, de fiesta, se reúne para “ver al Señor”.

 

Es un día de gozo porque, como en la Pascua y en los “ochos días siguientes” (Jn 20,19.26), el Resucitado se hace presente, de nuevo, en medio de los discípulos reunidos, inflama sus corazones abriéndolos a la compresión de las Escrituras y en el momento de la “fracción del pan”, abriéndoles los ojos ellos finalmente lo reconocen (cf. Lc 24,31-32).

 

Los evangelistas muestran escaso interés por la precisión cronológica de sus relatos; pero en una fecha concreta, todos están perfectamente de acuerdo: fue “en el primer día después del sábado” cuando los discípulos vieron al Señor. Es por esto que las comunidades cristianas eligieron este día para dedicarlo a la escucha de la Palabra (cf. Hch 20,7-12), a la celebración de la Santa Cena (cf. 1 Cor 11,20.26), a la oración y a compartir los bienes. Durante la semana, cada uno ponía a parte lo que había podido ahorrar (cf. 1 Cor16,2) y el Domingo presentaba su ofrenda a la comunidad para ayudar a los mas necesitados, o enviar a otras comunidades con el mismo fin.

 

Uno de los testimonios más antiguos nos viene de un escritor pagano, Plinio el Joven, quien hacia el 112 escribe al emperador Trajano: los cristianos “suelen reunirse en un día establecido, antes del amanecer y cantan himnos a Cristo, como a un Dios”.

 

Era el día del Señor, el Domingo (cf. Ap 1,10), en que cada Comunidad celebraba en el rito litúrgico, su fe y su vida.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Como a niños recién nacidos, la madre iglesia alimenta a sus hijos, no con visiones sino con la leche de la Palabra”.

 

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Domingo de Pascua – 16 Abril 2017 – Año A

Testigo es quien “ha visto” al Señor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/r-YnPB-EPlc

 

Introducción

 

Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

 

Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo “Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11). Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

 

Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

 

Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

 

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.

 

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Jueves Santo, 13 Abril 2017, Año A (Misa “In Coena Domini”)

Jesús: pan partido, ofrecido como alimento

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/ZX2M1hdKC9M

 

Introducción

 

Entre tantos nombres con los que se ha llamado a la Eucaristía, el que mejor exprime el sentido y la riqueza del sacramento es “la fracción del pan”. Los discípulos de Emaús reconocen al Señor “al partir el pan” (Lc 24,35), la Comunidad de Jerusalén participa asiduamente a la catequesis de los apóstoles y a la “fracción del pan”, en Tróade, el primer día de la semana “nos reuníamos para la fracción del pan” (Hch 20,7).

 

¿Por qué los primeros cristianos se sentían tan atraídos por esta expresión? ¿Qué recuerdos, que emociones despertaba en ellos? La comida de los israelitas piadosos comenzaba siempre con una bendición sobre el pan; el cabeza de familia lo tomaba entre las manos, lo partía y lo ofrecía a los comensales. No podía ser comido antes de ser partido y compartido por todos los presentes.

 

Desde niño, Jesús ha observado a José cumplir piadosamente todos los días este rito sagrado y, ya de adulto, él mismo lo ha repetido muchas veces tanto en Nazaret después de la muerte de su padre, como durante su vida pública cada vez que se sentaba a la mesa. Una tarde, en Jerusalén, ha dado al gesto un significado nuevo. Durante la última cena tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: esto soy yo. ¡Tomen, coman! Palabras arcanas, enigmáticas que los discípulos comprenderán solamente después de la Pascua.

 

Al término de su “jornada” en la tierra, el Maestro había resumido en este gesto toda su historia, toda su vida entregada. No había ofrecido cosa alguna, sino así mismo, su propia persona como alimento, como lo había venido haciendo en cada instante de su existencia para saciar el hambre del hombre: hambre de Dios y de su Palabra, hambre del sentido de la vida, hambre de felicidad y de amor.

 

Conmovido frente a las “ovejas sin pastor” se había sentado a enseñar muchas veces repartiendo a todos el pan de su Palabra (cf. Mc 6,33-34). A quien tenía hambre de perdón, le abría las puertas de la ternura de Dios. Nadie hubiera pensado en Jericó que Zaqueo tuviese hambre. Nadie había sospechado ni intuido su necesidad de compasión y aceptación. Nadie, a excepción de Jesús que vio, escondido entre las hojas de un Sicomoro, a aquel que se avergonzaba de ser visto en público. Entró en su casa y lo sació de amor y de alegría.

 

En cada “fracción del pan”, Jesús ofrece sobre la mesa eucarística toda su vida bajo el signo del pan y pide ser comido. En el mundo, en cambio, los hombres “se comen los unos a los otros”; luchan para imponerse y subyugar al prójimo. “Se devoran mutuamente” para acaparar los bienes y dominar. En esta competición despiadada por la “comida” vence el más fuerte.

 

Jesús ha revolucionado este mundo inhumano de relacionarse. En vez de “comerse” a los otros, de luchar por la conquista de los reinos de este mundo –como le había sugerido el maligno– se ha convertido, él mismo, en alimento, dando así origen a una nueva humanidad. El gesto de poner sobre la mesa, frente a una persona hambrienta, un pedazo de pan y una copa de vino es una clara invitación no a que mire y contemple, sino a que se siente, coma y beba. Sobre el altar, el pan eucarístico es una propuesta de vida: comerlo significa unirse a Jesús, aceptar de convertirse, como él, en pan y ofrecerse como alimento para el que tenga hambre.

 

“Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. “Sí, he participado en la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiano”. Pronunciadas por los mártires de Abitene, en el África proconsular, estas palabras revelan la pasión con que, en los primeros siglos, los cristianos participaban cada domingo a la fracción del pan. Era para ellos una exigencia irrenunciable pues habían comprendido que era el signo distintivo de los discípulos del Señor Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No podemos vivir sin la cena del Señor”.

 

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