Archivo mensual: abril 2017

Jueves Santo, 13 Abril 2017, Año A (Misa “In Coena Domini”)

Jesús: pan partido, ofrecido como alimento

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/ZX2M1hdKC9M

 

Introducción

 

Entre tantos nombres con los que se ha llamado a la Eucaristía, el que mejor exprime el sentido y la riqueza del sacramento es “la fracción del pan”. Los discípulos de Emaús reconocen al Señor “al partir el pan” (Lc 24,35), la Comunidad de Jerusalén participa asiduamente a la catequesis de los apóstoles y a la “fracción del pan”, en Tróade, el primer día de la semana “nos reuníamos para la fracción del pan” (Hch 20,7).

 

¿Por qué los primeros cristianos se sentían tan atraídos por esta expresión? ¿Qué recuerdos, que emociones despertaba en ellos? La comida de los israelitas piadosos comenzaba siempre con una bendición sobre el pan; el cabeza de familia lo tomaba entre las manos, lo partía y lo ofrecía a los comensales. No podía ser comido antes de ser partido y compartido por todos los presentes.

 

Desde niño, Jesús ha observado a José cumplir piadosamente todos los días este rito sagrado y, ya de adulto, él mismo lo ha repetido muchas veces tanto en Nazaret después de la muerte de su padre, como durante su vida pública cada vez que se sentaba a la mesa. Una tarde, en Jerusalén, ha dado al gesto un significado nuevo. Durante la última cena tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: esto soy yo. ¡Tomen, coman! Palabras arcanas, enigmáticas que los discípulos comprenderán solamente después de la Pascua.

 

Al término de su “jornada” en la tierra, el Maestro había resumido en este gesto toda su historia, toda su vida entregada. No había ofrecido cosa alguna, sino así mismo, su propia persona como alimento, como lo había venido haciendo en cada instante de su existencia para saciar el hambre del hombre: hambre de Dios y de su Palabra, hambre del sentido de la vida, hambre de felicidad y de amor.

 

Conmovido frente a las “ovejas sin pastor” se había sentado a enseñar muchas veces repartiendo a todos el pan de su Palabra (cf. Mc 6,33-34). A quien tenía hambre de perdón, le abría las puertas de la ternura de Dios. Nadie hubiera pensado en Jericó que Zaqueo tuviese hambre. Nadie había sospechado ni intuido su necesidad de compasión y aceptación. Nadie, a excepción de Jesús que vio, escondido entre las hojas de un Sicomoro, a aquel que se avergonzaba de ser visto en público. Entró en su casa y lo sació de amor y de alegría.

 

En cada “fracción del pan”, Jesús ofrece sobre la mesa eucarística toda su vida bajo el signo del pan y pide ser comido. En el mundo, en cambio, los hombres “se comen los unos a los otros”; luchan para imponerse y subyugar al prójimo. “Se devoran mutuamente” para acaparar los bienes y dominar. En esta competición despiadada por la “comida” vence el más fuerte.

 

Jesús ha revolucionado este mundo inhumano de relacionarse. En vez de “comerse” a los otros, de luchar por la conquista de los reinos de este mundo –como le había sugerido el maligno– se ha convertido, él mismo, en alimento, dando así origen a una nueva humanidad. El gesto de poner sobre la mesa, frente a una persona hambrienta, un pedazo de pan y una copa de vino es una clara invitación no a que mire y contemple, sino a que se siente, coma y beba. Sobre el altar, el pan eucarístico es una propuesta de vida: comerlo significa unirse a Jesús, aceptar de convertirse, como él, en pan y ofrecerse como alimento para el que tenga hambre.

 

“Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. “Sí, he participado en la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiano”. Pronunciadas por los mártires de Abitene, en el África proconsular, estas palabras revelan la pasión con que, en los primeros siglos, los cristianos participaban cada domingo a la fracción del pan. Era para ellos una exigencia irrenunciable pues habían comprendido que era el signo distintivo de los discípulos del Señor Jesús.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No podemos vivir sin la cena del Señor”.

 

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Viernes Santo, 14 Abril 2017, Año A

Hemos contemplado un amor

más fuerte que la muerte

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/JldpzY5k-Bo

 

Introducción

 

El dramático suplicio de la cruz ha inducido frecuentemente a los predicadores del pasado a insistir de un modo excesivo sobre los aspectos cruentos de la pasión de Jesús. De este tipo de predicación se han derivado imágenes, representaciones populares y algunas devociones en las que se resaltaba la violencia de los golpes de la flagelación, las caídas bajo el peso de la cruz, el sadismo de los soldados.

 

Este tipo de acercamiento a los textos evangélicos no ha hecho un buen servicio a la comprensión real de los acontecimientos de la Pascua; al contrario, ha contribuido a ofuscar su significado.

 

Los evangelios se mueven en una perspectiva diferente. Son muy sobrios al referir los horrendos tormentos infligidos a Jesús. Su objetivo no es impresionar o conmover a sus lectores, sino hacer comprender la inmensidad del amor de Dios que se ha revelado en Cristo.

 

No se detienen en los sufrimientos porque la pasión que cuentan no es la del sufrimiento sino la del amor.

 

Quieren mostrarnos que:

 

El amor es fuerte como la muerte, la pasión más poderosa que el abismo; sus dardos son dardos de fuego, llamaradas divinas. Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni extinguirlo los ríos. Si alguien quiere comprar el amor con todas las riquezas de su casa, sería sumamente despreciable” (Cant 8,6-7).

 

Juan es el más sobrio de los evangelistas al narrar los aspectos cruentos de la pasión. Omite los detalles humillantes, como los golpes en la cabeza y los esputos y solo alude someramente a la flagelación y a las bofetadas. Su relato, el que la liturgia de hoy nos invita a meditar, no narra el camino de Jesús hacía la muerte sino hacia la gloria.

 

Cristo en la cruz nos hace comprender hasta donde puede llegar el pecado: nos conduce hasta el punto de hacer irreconocible a una persona. Pero al mismo tiempo Juan nos hace contemplar la respuesta de Dios al pecado: el don de su Espíritu y la resurrección del Santo, del Justo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, hazme comprender cuán grande es tu pasión de amor”.

 

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Vigilia de Pascual, Sábado Santo, 15 Abril 2017, Año A

No busquen entre los muertos al Viviente

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/BWgm_46zcYA

 

Introducción

 

Nosotros los cristianos estamos convencidos de ser los depositarios de un proyecto de hombre y de una sociedad excelentes, y nos sentimos orgullosos si esta propuesta moral que predicamos es reconocida como noble y elevada. Nos gusta ser reconocidos como mensajeros de la fraternidad universal, de la justicia y de la paz. Sentimos, por el contrario, un cierto pudor en presentarnos como testigos de la resurrección, como portadores de la luz que ilumina la tumba.

 

Se tiene la impresión, a veces, de que los predicadores, en la misma noche de Pascua, se sientan incómodos en dejar que sus rostros reflejen, durante la homilía, el gozo por la victoria de Cristo sobre la muerte y, frecuentemente, en vez de hablar del Resucitado, se desvían hacia temas de actualidad que atraen más la atención de la Asamblea. Tocan temas sociales serios e importantes que necesitan ser iluminados por la luz del Evangelio; en la vigilia pascual, sin embargo, la Comunidad viene convocada para escuchar otro anuncio. Se reúne para festejar y cantar al Señor de la vida por el prodigio inaudito que ha realizado resucitando a su siervo Jesús.

 

Tertuliano, un laico cristiano de los primeros siglos, caracterizaba así la fe y la vida de la comunidad de su tiempo: “La esperanza cristiana es la resurrección de los muertos; todo lo que somos, lo somos porque creemos en la resurrección”.

 

Lo que distingue a los cristianos de otros hombres no es una moral heroica. También los no creyentes realizan nobles gestos de amor quienes, sin darse cuenta de ello, son movidos por el Espíritu de Cristo.

 

El mundo espera de los cristianos una vida moral coherente con el Evangelio, pero sobre todo pide de ellos una respuesta al enigma de la muerte y el testimonio de que Cristo ha resucitado y ha transformado la vida en esta tierra, en tiempo de gestación; y la muerte, en nacimiento.

 

La urgencia de una vida nueva puede ser comprendida solamente por quien no teme ya a la muerte porque con los ojos de la fe, “ha visto” al Resucitado y cultiva en el corazón la espera de que pronto: “amanezca el día y surja la estrella de la mañana” (2 Pe 1,19).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cada momento de nuestra vida está iluminado por la luz del Resucitado”.

 

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