Archivo mensual: junio 2017

 
 

12º Domingo del Tiempo Ordinario, 25 de Junio 2017, Año A

¡Es muy arriesgado ir a contramano!

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/t7afPK_t8_I

 

Introducción

 

Antes de entrar en una calle se debe prestar atención a las señales, es necesario determinar si, por casualidad, uno ha entrado en dirección prohibida.

 

Al observar la dirección en que se mueven los demás, un discípulo de Cristo tiene la sensación inmediata y aguda de conducir contra el tráfico. Si uno elige los caminos de la renuncia, del intercambio de bienes, del amor desinteresado, del perdón sin límites, del cumplimiento de la palabra, ve moverse el tráfico en la dirección opuesta y se da cuenta de que debe proceder con cautela y prudencia, el choque es inevitable y él siempre será el perdedor, se considerará fuera de lugar, al ser acusado de violar las reglas aceptadas por todos.

 

Para el impío el justo es “insoportable solo con verlo” (Sab 2,14), “da vergüenza” (Sab 2,12); molesta porque “lleva una vida diferente a la de los demás y va por un camino aparte” (Sab 2,15).

 

En tiempos de persecución, puede surgir en el cristiano también la duda de que uno camina por la dirección equivocada.

 

Después de comprobar si en realidad se está siguiendo las instrucciones del Maestro, no se debe quedar atrapado por el miedo: esa es la dirección correcta, está conduciendo con los ojos abiertos y camina en la luz.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No se nos preguntará si ganamos o perdimos, psino si hemos luchado por la causa justa”.

 

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13º Domingo del Tiempo Ordinario, 2 de Julio 2017, Año A

Quien tiene un corazón grande

no está contento con

una casa pequeña

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/PBySO4cxooM

 

Introducción

 

El término casa en hebreo significa no sólo el edificio, sino también a la familia, célula de la sociedad en la que, sobre todo en los tiempos antiguos, la persona encontraba albergue, se sentía acogida y protegida.

 

De esta doble casa la persona no puede prescindir: “Son esenciales para la vida agua, pan, casa y un vestido para cubrir la desnudez” (Eclo 29,21), por lo que en la hospitalidad de Oriente Medio siempre ha sido sagrada, como lo atestiguan las recomendaciones insistentes de la Biblia: “Practiquen la hospitalidad mutua sin quejarse” (1 Pe 4,9); “No olviden la hospitalidad, por la cual algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles” (Heb 13,2).

 

Quién quiere comenzar una nueva familia necesita sin embargo el desapego de la propia casa: “El hombre abandona padre y madre, se junta a su mujer” (Gen 2,24). Es un abandono que conduce a una reunión destinada a dar continuidad a la vida.

 

Incluso un día a Jesús abandonó la seguridad que tenía en el hogar de Nazaret: “Las zorras tienen madrigueras, las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene donde recostar la cabeza” (Mt 8,20); también dejó la familia: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Luego extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Estos son mi madre y mis hermanos” (Mt 12,48-50).

 

A aquellos que quieren seguirlo les pide la misma disponibilidad: el coraje para tomar un descanso y tomar vuelo hacia una realidad superior, que se introducirá en un nuevo hogar, una nueva familia, la de los hijos de Dios.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El discípulo es Jesús que llama a nuestra puerta y pide hospitalidad”.

 

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14º Domingo del Tiempo Ordinario, 9 de Julio 2017, Año A

“Pequeño”: el único título

reconocido en el cielo

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/xlkbIiJBelU

 

Introducción

 

En las asambleas públicas, en las comidas en común, en los viajes en caravana, en cualquier ocasión, la sociedad judía se planteaba siempre la cuestión de quién era más grande, a quién correspondía el mayor honor.

 

En esta carrera hacia los primeros puestos se han visto incluidos hasta los bienaventurados del cielo –catalogados en siete categorías con los mártires en cabeza– e incluso el Dios de Israel, quien no podía ser menos que las divinidades griegas o egipcias que invariablemente recibían el título de “grande”. Por eso Salomón proclamaba: “El Señor es el más grande de todos los dioses” (Ex 18,11) y Moisés aseguraba a los israelitas: “El Señor, su Dios, es Dios de dioses y Señor de señores” (Dt 10,17).

 

En los últimos años antes de Cristo, las afirmaciones sobre la grandeza de Dios se habían multiplicado desmesuradamente. Dios era “el altísimo”, “el grandísimo” (Est 8,12q); “el Señor grande y glorioso, admirable en su poder e invencible” (Jdt 16,13), y se esperaba, en consecuencia, una manifestación de su grandeza: “Esperamos la manifestación de la gloria de nuestro gran Dios y salvador” (Tit 2,13), leemos en la noche de Navidad.

 

Dios ha aparecido en toda su grandeza como un niño débil, pobre e indefenso, “envuelto en pañales”, hijo de una dulce y premurosa madre de catorce años. Este ha sido el comienzo de su manifestación cuyo momento culminante ha tenido lugar en la cruz. Desde aquel día, todos los criterios de grandezas han cambiado radicalmente.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Solo los pequeños están en grado de acoger los misterios del reino de Dios”..

 

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15º Domingo del tiempo ordinario, 16 de Julio 2017, Año A

Entre el cielo y la tierra…:

“la palabra”

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/lFLKLb6M8Yk

 

Introducción

 

¿Es de fiar la palabra del hombre?

 

No mucho. Desconsolado y sin ilusión, el salmista iba repitiendo: “Escasean los fieles, han desaparecido los leales entre los hombres. No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón” (Sal 12,1-2). Hoy la palabra sigue devaluada: no se cree en las promesas, solo confiamos en documentos escritos y firmados; “hechos y no palabras”, oímos una y otra vez.

 

¿Ocurre así con la palabra de Dios?

 

Por diez veces consecutivas se repite en el libro del Génesis esta afirmación: “Dios dijo…y así fue”. “Por la palabra del Señor se hizo el cielo. Porque él lo dijo, y existió, él lo mandó, y surgió” (Sal 33,6.9.). Su palabra no es como la del hombre; es viva y eficaz, realiza lo que anuncia, no miente y no engaña.

 

La mística griega proponía entrar en relación con Dios a través de éxtasis, visiones, raptos; la espiritualidad bíblica coloca, por el contrario, en primer lugar la escucha, porque está convencida de la absoluta confiabilidad de la palabra del Señor.

 

“Escucha Israel” es la oración más entrañable de la piedad judía (cf. Dt 6,4). “Escucha la palabra del Señor”, recomiendan los profetas (cf. Is 1,10; Jer 11,3). “Escuchar es mejor que ofrecer sacrificios”, declara el profeta Samuel (1 Sam 15,22). “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; me has abierto el oído” declara el salmista (Sal 40,7).

 

En la Biblia, escuchar no significa recibir una comunicación o una información, sino adherir a una propuesta, acoger, custodiar en el propio corazón y poner en práctica lo escuchado. Equivale a otorgarle confianza a Dios.

 

Quien escucha la palabra con estas disposiciones es dichoso y bienaventurado (cf. Lc 11,28).

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El pan material nos mantiene en vida otro día más, la Palabra de Dios da la vida eterna.

 

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