Santos Pedro y Pablo, 29 de Junio 2017, Año A

A través de diferentes rutas,

llegaron al mismo destino

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/7swvLEUR49Q

 

Introducción

 

Con una frase bien conocida para nosotros: “La comunidad de los creyentes tenían una sola alma y un solo corazón” Lucas resume la armonía existente en la comunidad primitiva (Hch 4,32). Sin embargo, en la historia de la iglesia, rara vez se registran tensiones y contrastes tan fuertes como los que ocurrieron en las primeras décadas. Los cristianos de origen judío, celosos custodios de las costumbres religiosas de su pueblo, exigieron que siguieran cumpliendo con los requisitos de la ley, como un signo de lealtad a Dios. En cambio, los espíritus más abiertos estaban conscientes de que “las tradiciones de los antiguos” habían cumplido su tarea (llevar a Cristo). Continuar a imponerlos constituyó un serio obstáculo para los gentiles que deseaban adherirse al evangelio.

 

Pedro, con una educación conservadora, aunque no fanática, trató de mediar entre los dos grupos de la comunidad, pero al final todos estaban un poco descontentos. Pablo, un fanático tradicionalista, se había apartado de las posiciones más rígidas de la religión judía. Había llegado a una ruptura radical con el pasado, hasta el punto de que se volvía intolerante con aquellos que –como Pedro– no tenían el valor de tomar decisiones radicales. Un día en Antioquía de Siria, públicamente insultó a Pedro llamándolo hipócrita (Gál 1,11-14).

 

Más adelante las relaciones entre los dos apóstoles se restauraron. Pedro, en su segunda carta, llama a Pablo “nuestro amado hermano” (2 Pe 3,15). Juntos dieron sus vidas por Cristo y hoy celebramos juntos su fiesta. A través de diferentes caminos –y muy lentamente– han llegado a reconocer en Jesús al Mesías de Dios.

 

Pedro encontró por primera vez al hombre que iba a ser su maestro a lo largo del mar de Galilea. Al principio lo identificó como el carpintero de Nazaret. Luego se dio cuenta de que era un gran profeta. Más tarde, en Cesarea de Filipo, finalmente descubrió su verdadera identidad. Declaró: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mt 16,13).

 

Pedro profesó una fórmula de fe perfecta. Sin embargo, creer en Cristo no significa adherirse a un paquete de verdad sino compartir las opciones de vida que él propone. Los sueños que Pedro cultivó no eran del Señor. “Tus pensamientos son como los de los hombres, no como los de Dios” (Mc 8,33). Comenzó a entender sólo a la luz de la Pascua. Confesó tímidamente su frágil fe: “Señor, tú lo sabes todo, sabes que te amo” (Jn 21,17).

 

Pablo ha recorrido un camino diferente. Al principio, consideraba a Jesús como un oponente con quien luchar, un destructor de las esperanzas mesiánicas de Israel, un blasfemo que predicaba un Dios distinto del de los líderes espirituales de su pueblo. Lo había conocido “según la carne” (2 Co 5,16), según los criterios religiosos, políticos y sociales de este mundo. Basado en estos parámetros, no podía menos de juzgarlo como un criminal, un subversivo del orden establecido, un hereje.

 

En el camino de Damasco, recibió la luz de lo alto y comprendió: Jesús, el crucificado, es el Mesías de Dios. A partir de ese momento, todo lo que él consideraba un beneficio, ahora todo lo considera como basura (Fil 3,7-8). Si nuestra experiencia de fe es menos dolorosa que la de los dos apóstoles, cuya fiesta celebramos hoy, tal vez no sea igualmente auténtica.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Los caminos son diferentes, pero todos conducen al Señor”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Jeremías 20,10-13

 

12,1: Por aquel tiempo el rey Herodes emprendió una persecución contra algunos miembros de la Iglesia. 12,2: Hizo degollar a Santiago, el hermano de Juan. 12,3: Y, viendo que esto agradaba a los judíos, hizo arrestar a Pedro durante las fiestas de los Ázimos. 12,4: Lo detuvo y lo metió en la cárcel, encomendando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno. Su intención era exponerlo al pueblo pasada la Pascua. 12,5: Mientras Pedro estaba custodiado en la cárcel, la Iglesia rezaba fervientemente a Dios por él. 12,6: La noche anterior al día en que Herodes pensaba presentarlo al pueblo, Pedro dormía entre dos soldados, sujeto con dos cadenas, mientras los centinelas hacían guardia ante la puerta de la cárcel. 12,7: De repente se presentó un ángel del Señor y una luz resplandeció en el calabozo. El ángel tocó a Pedro en el costado, lo despertó y le dijo: —Levántate rápido. Se le cayeron las cadenas de las manos 12,8: y el ángel le dijo: —Ponte el cinturón y cálzate las sandalias. Así lo hizo. Luego añadió: —Cúbrete con el manto y sígueme. 12,9: Salió Pedro detrás de él, sin saber si lo del ángel era real, porque le parecía que aquello era una visión. 12,10: Pasaron la primera guardia y la segunda, llegaron a la puerta de hierro que daba a la calle, que se abrió por sí sola. Salieron y, cuando llegaron al extre­mo de una calle, el ángel se alejó de él. 12,11: Entonces Pedro, volviendo en sí, comentó: —Ahora entiendo de veras que el Señor envió a su ángel para librarme del poder de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo judío. – Palabra de Dios

 

 

Herodes Agripa era el compañero de libertinaje de Calígula. Había obtenido de su amigo, que se convirtió en emperador, el reino de su abuelo, Herodes el Grande. Era un usurpador y un demagogo inteligente. Fue capaz de cautivar los corazones del pueblo judío, exhibiendo escrupulosamente la observancia de la ley y las tradiciones. Para complacer a las franjas más extremistas, también comenzó a perseguir a los cristianos. Ellos eran odiados por el pueblo porque se alejaban de la antigua práctica religiosa y no tenían ningún reparo en sentarse a comer con los gentiles. Él había matado a Santiago, hijo de Zebedeo. Él arrestó a Pedro con la intención de ejecutarlo ante el pueblo una semana después de Pascua, cuando Jerusalén todavía estaba repleta de peregrinos.

 

Encerrado en la cárcel, Pedro dormía. Su sueño puede ser interpretado como un signo de serenidad interior, pero también de entrega al poder abrumador del mal. La comunidad, unida a él, reunió y elevó “incesante e intensa” súplica a Dios. Era de noche, y cuando todas las esperanzas humanas parecían destruidas, las cadenas se rompieron, la puerta de hierro se abrió, un ángel descendió del cielo y liberó al apóstol.

 

¿Reportaje o fábula? Demasiado bueno –podría decirse– para ser cierto. No sería difícil creer en un Dios que rescata a sus fieles de esta manera y que, al verlos en problemas, envía a sus ángeles para rescatarlos.

 

El libro de los Hechos fue escrito en la época de Domiciano, el déspota loco que exigía que la gente lo adorara como un dios, y persiguió a los cristianos que no se aferraron a sus provisiones delirantes. Para infundir coraje y esperanza en estos discípulos perseguidos, Lucas les recuerda cómo los apóstoles fueron sometidos a la prueba desde el principio y cómo han permanecido fieles a costa de vidas.

 

Hay un segundo mensaje que se propone comunicar. Dios nunca abandona a aquellos que ponen sus vidas en juego por el Evangelio. No lo dice en palabras, sino que lo ilustra con un incidente que ocurrió en Jerusalén cuarenta años antes. Pedro fue encarcelado y cuando todos estaban casi resignados a lo peor, inesperadamente fue rescatado.

 

Las circunstancias en que esta liberación había ocurrido son difíciles de establecer y Lucas no estaba interesado en ellas. Lo que él estaba ansioso era mostrar que el Señor intervino en favor de su apóstol. Para dar un toque de frescura a la historia, para mantener la atención del lector y disponer de ellos para capturar el mensaje, introdujo en el evento detalles maravillosos tomados del Antiguo Testamento.

 

La imagen central es el misterioso ángel del Señor, resplandeciente de luz, presentándose a Pedro. Cuando la Biblia habla de ángeles, no debemos pensar inmediatamente en criaturas etéreas con alas, cabellos flotantes y rasgos dulces. El término “ángel del Señor” se usa en las Escrituras para describir la acción de Dios en el mundo y su intervención efectiva en la historia (Gn 16,7-13; 21,17-19; 22,11,16ss; Éx 3,1-5, Jue 2,1-5, 2 Reyes 1,3,15, Hch 8,26.29).

 

A veces el “ángel del Señor” se refiere directamente a Dios, pero más a menudo a su intermediario humano. Por ejemplo, cuando el Señor le dice a su pueblo: “Miren, yo envío un ángel delante de ustedes para guardarlos en el camino y los llevaré al lugar que he preparado. Mi ángel irá delante de ustedes” (Éx 23,20-24) no se refiere a un espíritu, sino a una persona real, a Moisés. Él es el “ángel” instruido para llevar a cumplimiento la liberación de Israel.

 

Debemos ser muy cautelosos al interpretar estas “apariciones”. Las visiones, las voces del cielo, la intervención de personajes sobrenaturales, no son a menudo sino un lenguaje humano. Se utilizan para resaltar un hecho real y concreto, pero inefable: la providencia, la ayuda del Señor, la luz interior que concede a sus fieles. Los autores bíblicos a menudo pasan en silencio las causas secundarias, los mediadores y las circunstancias e indican inmediatamente al autor principal, Dios que guio el acontecimiento.

 

La clave de toda la lectura de todo el pasaje es la frase que Pedro pronuncia cuando se da cuenta de lo que le sucedió: “Ahora -añade- sé que el Señor ha enviado a su ángel y me ha rescatado de las garras de Herodes” (v. 11). Él entendió que la salvación no era debido a su propia iniciativa, sino que era la obra del Señor.

 

En Roma, durante la persecución de Nerón, Pedro y Pablo no pudieron escapar de la muerte. Nadie los defendió, y más aún –como Clemente de Roma escribió en su carta a los cristianos de Corinto– “Los buenos apóstoles Pedro y Pablo, las más grandes y más justas columnas de la Iglesia” cayeron víctimas “de celo y envidia” probablemente de sus propios hermanos en la fe (1 Clem 5,2-7).

 

Sin embargo, allí el “ángel del Señor” hizo un milagro aún más extraordinario: liberó a los dos apóstoles no de las cadenas, sino del temor de ofrecer sus vidas por Cristo.

 

Este es el milagro que el Señor quiere lograr hoy mismo en todo auténtico discípulo: librarlos de las cadenas que los mantienen prisioneros y invitar que corran por el camino esbozado por Jesús.

 

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Segunda Lectura: 2 Timoteo 4:6-8,17-18

 

Hermanos: 4,6: En cuanto a mí, ha llegado la hora del sacrificio y el momento de mi partida es inminente. 4,7: He peleado el buen combate, he terminado la carrera, he mantenido la fe. 4,8: Sólo me espera la corona de la justicia, que el Señor como justo juez me entregará aquel día. Y no sólo a mí, sino a cuantos desean su manifestación.
4,17: El Señor, sí, me asistió y me dio fuerzas para que por mi medio se llevase a cabo la proclamación, de modo que la oyera todo el mundo; así, el Señor me arrancó de la boca del león. 4,18: Él me librará de toda mala partida y me salvará en su reino celeste. A él la gloria por los si­glos de los siglos. Amén. –
Palabra de Dios

 

 

La carta de la cual se toma este pasaje no está escrita por Pablo. Está escrita por uno de sus discípulos leales para inspirar a los cristianos de sus comunidades perseguidas a tener valor. Les hace contemplar la figura del apóstol a los gentiles, el prototipo del discípulo, el ideal del mártir valiente.

 

En la última sección de la carta, pone en los labios de Pablo un emocionante discurso de despedida. El Apóstol está en prisión en Roma y está esperando su inminente ejecución. Su sangre “está siendo vertida como una libación y el momento de su partida ha llegado” (v. 6). No habla de la muerte, sino de una salida hacia una meta tan esperada.

 

Con una imagen náutica, dice que está desplegando las velas para apartarse de este banco y alcanzar el refugio seguro, la tierra celestial donde está Cristo. Al escribir a los filipenses, ya había expresado el mismo deseo: “Para mí, vivir es Cristo, y morir es ganancia. Deseo mucho dejar esta vida y estar con Cristo” (Fil 1,21-23).

 

Como lo había hecho en Mileto, saludando a los ancianos de Éfeso (Hch 20,27-38), también aquí, con imágenes, hace un balance de toda su vida. Se comportó como un soldado leal porque está seguro de que el Señor lo felicitará por su abundante compromiso y su valor manifestado. Compitió como un atleta serio y se sacrificó sin reservas. Se sometió a toda clase de privaciones para ganar la carrera. Durante la carrera, nunca se desvió. Siguió las reglas y ahora cruza la meta (v. 7).

 

Está anciano y cansado del trabajo realizado y de las luchas que enfrentó. Él se apoya en el Señor, juez justo que no le dará la efímera corona de laurel, sino una gloriosa “corona de justicia”, que Dios ofrecerá no sólo a él, sino “a todos los que han deseado su gloriosa venida” (v. 8), a aquellos que, mientras esperan un encuentro con el Señor, han llevado una vida consistente con el Evangelio.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 16-18), el autor de la carta hace algunos toques finales a la figura idealizada del maestro. Inspirándose en los Salmos, que a menudo presentan la figura del inocente perseguido e indefenso, muestra en Pablo la imagen bíblica de los justos abandonados por amigos y vecinos, pero capaz de perdonar a los que le han hecho daño y confiar su propio destino a la Señor.

 

Estos versículos resumen admirablemente la vida del apóstol. Su adhesión ejemplar al evangelio se ofrece hoy para inspirarnos a vivir una vida más coherente con la fe que profesamos.

 

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Evangelio: Mateo 16:13-19

 

16,13: Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipe, preguntó a los discípulos: —¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? 16,14: Ellos contestaron: —Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, que es Elías; otros, Jeremías o algún otro profeta. 16,15: Él les dijo: —Y ustedes, ¿quién dicen que soy? 16,16: Simón Pedro respondió: —Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. 16,17: Jesús le dijo: —¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo! 16,18: Pues yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré mi Iglesia, y el imperio de la muerte no la ven­cerá. 16,19: A ti te daré las llaves del reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo; lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo. – Palabra del Señor

 

 

Pocos días antes de su muerte, Herodes había asignado a Felipe, uno de los hijos predilectos, la parte septentrional de su reino, la tierra de Basán, el Golán actual. En la Biblia, el Golán es conocido por su suelo fértil, pastos exuberantes, la fertilidad de los rebaños y manadas. En el punto más encantador de esta región, aguas frescas y abundantes brotan del río Jordán y la llanura está regadas por innumerables arroyos. El aroma es de exuberante vegetación. Felipe había construido su capital, en honor de los poderes que eran, el emperador Tiberio, y lo llamó Cesarea.

 

La localidad era antes llamada Panias, porque se creía que, en este rincón del paraíso, Pan y las ninfas habían establecido su residencia. Y en este marco encantador, el evangelista plantea las dos preguntas que Jesús da a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” “¿Quién dicen que soy yo?”

 

El contexto geográfico en el que se establece el incidente da a las dos preguntas un cargo particular. Los discípulos están fascinados por el paisaje, la vida cómoda de los habitantes de la región y por la magnificencia de los dos palacios del Tetrarca. Frente a este espectáculo, Jesús quiere que se den cuenta de la elección que se le impone a aquellos que quieren seguirlo.

 

¿Qué espera la gente de él, lo que es más importante, qué esperan los discípulos? Pan y las ninfas saben cómo llenar a sus propios devotos con los bienes de la tierra. ¿Qué puede ofrecer Jesús? Felipe otorga riqueza, posiciones de prestigio y poder a sus amigos. Los hace partícipes de las alegrías de la lujosa vida cortesana. ¿Puede Jesús asegurar algo mejor?

 

 

¿Qué dice la gente sobre él?

 

La respuesta a esta primera pregunta es simple: la gente lo acerca a personalidades eminentes, a Juan el Bautista, Elías, Jeremías, los antiguos profetas (vv. 13-14). La admiración de la gente de todos los tiempos por Jesús en innegable. Sin embargo, el respeto y la veneración por él no son suficientes para ser considerados como sus discípulos.

 

No basta con que sea tomado como personificación de valores excelentes, generalmente perseguidos por todas las personas de buena voluntad. No quiere ser considerado uno de los muchos que se han distinguido por la honestidad, la lealtad, el amor a los pobres, el trabajo abundante a favor de la justicia, la paz y la no violencia. Quiere saber lo que los discípulos piensan de él: “Pero tú, ¿quién dices que soy?”

 

En nombre de los otros, Pedro respondió: “Tú eres el Cristo”, el Mesías, el Salvador predicho por los profetas y esperado por nuestro pueblo (v. 16). La profesión de fe que pronunció es perfecta. ¿Es consciente de lo que implica?

 

La continuación de la historia (no reportada en el pasaje del Evangelio de hoy) demuestra claramente que Pedro, de hecho, no entendió nada de Cristo. Todavía piensa en el mesías que, más que el dios Pan, será capaz de dar el bien material. Él cree que él conferirá gloria y poder a sus seguidores –como lo hace el divino Augusto, en cuyo honor Herodes el Grande había construido un espléndido templo en la fuente del Jordán.

 

En la segunda parte del pasaje (vv. 17-20), el evangelista relata la respuesta de Jesús a Simón: “Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia…”.

 

La interpretación de la declaración del Maestro no es simple. ¿Por qué y en qué sentido se llama Simón “piedra” sobre la que se construye la iglesia? ¿Una simple afirmación de la primacía del Papa? No, mucho más.

 

Empezamos haciendo dos observaciones que nos ayudan a entender mejor este importante texto. En primer lugar, observamos que de la “roca” como base de la iglesia se habla otras veces en el Nuevo Testamento. Esta “roca”, sólida, inamovible, es siempre y sólo Cristo. “Nadie –dice Pablo– puede sentar otro fundamento que el que ya está puesto, que es Jesucristo” (1 Cor 3,11).

 

A las comunidades cristianas de Asia Menor les recuerda su gloriosa condición: “Ya no son extranjeros ni invitados, sino conciudadanos del pueblo santo: son de la familia de Dios. Edificado sobre el cimiento de los apóstoles y los profetas, y cuya piedra angular es Jesucristo. En él, toda la estructura se une y se levanta para ser un templo santo en el Señor” (Ef 2,19-21).

 

Pedro es aún más explícito. En su primera carta, invita a los recién bautizados a no apartarse nunca de Cristo porque es “la piedra viva, rechazada por el pueblo, pero escogida y preciosa a los ojos de Dios”. Luego desarrolla la imagen y, volviéndose a los cristianos, les dice: “al acercarse a él, también ustedes, como piedras participan en la construcción de un templo espiritual”, unidas como ustedes con la “piedra angular escogida y preciosa, puesta por Dios en el día de Pascua como fundamento de todo el edificio” (1 P 2,4-6).

 

La segunda observación es el nombre dado a Simón –Cefas-Pedro– en arameo (la lengua hablada por Jesús) no significa roca, sino simplemente piedras de construcción. La piedra de la que habla Jesús es la fe profesada por Pedro.

 

Es esta fe la que constituye el fundamento de la Iglesia, que la mantiene unida a la roca de Cristo, que la hace indestructible y que no puede ser abrumada por las fuerzas del mal. Todos aquellos que, como Pedro y con Pedro, profesan esta fe, se insertan como piedras vivas en el edificio espiritual diseñado por Dios.

 

La expresión “las puertas del infierno” no deben entenderse materialmente. Estas puertas representan el poder del mal. Indican todo lo que se opone a la vida y al bien de las personas. Nada ni nadie –asegura a Jesús– puede impedir que la iglesia complete su obra de salvación, siempre que permanezca íntimamente unida a él, el Hijo del Dios viviente.

 

Pedro también recibe las llaves y el poder de atar y desatar. Estas dos imágenes son utilizadas con frecuencia por los rabinos. La entrega de las llaves equivale a confiar la tarea de gestionar la vida que tiene lugar dentro de una comunidad. Significa dar el poder de introducir en la casa o denegar el acceso.

 

Los rabinos estaban convencidos de poseer las “llaves de la Torá” porque conocían las Escrituras. Creían que todo el mundo tenía que depender de sus decisiones y juicios doctrinales. Ellos reclaman por sí mismos el derecho a discriminar entre justos e injustos, entre santos y pecadores.

 

Jesús toma esta imagen en su dura acusación contra los escribas: “¡Ay de ustedes, doctores de la ley, que se han quedado con la llave del saber: ustedes no han entrado y se lo impiden a los que quieren entrar!” (Lc 11:52). En lugar de abrir la puerta de la salvación, las cerraban, no revelando al pueblo el verdadero rostro de Dios y su voluntad. Jesús les quitó la llave, que se apropiaron abusivamente. Ahora solo es suya. Volviendo a la profecía de Isaías sobre Eliacín (Is 22,22), el vidente de Apocalipsis declara que es Cristo, y nadie más “el que abre y nadie puede cerrar, el que cierra y nadie puede abrir” (Ap 3,7).

 

El edificio espiritual al que Jesús se refiere es “el reino de los cielos”, la nueva condición. Aquellos que se convierten en su discípulo entran en él. La clave que permite entrar es la fe profesada por Pedro.

 

Al entregar las llaves a Pedro, Jesús no le encarga ser el portero del paraíso o, menos aún, “ser el dueño” de las personas que le son confiadas. En cambio, le dice que “se convierta en un ejemplo para el rebaño” (1 P 5,3). Jesús le confía abrir de par en par la entrada al conocimiento de Cristo y de su evangelio.

 

El que pasa por la puerta abierta por Pedro con su profesión de fe (es la “puerta santa”) encuentra la salvación; los que se niegan quedan excluidos.

 

La imagen de atar y desatar se refiere a decisiones sobre elecciones morales. Atar significa prohibir; desatar, era declarar algo como lícito. También le dio el poder de emitir juicios de aprobación o condena del comportamiento de la gente y así admitirlos o excluirlos de la comunidad. Del pasaje evangélico de hoy, como en muchos otros textos del Nuevo Testamento (Mt 10,2; Lc 22,32; Jn 21,15-17), está claro que a Pedro se le confía una tarea particular en la iglesia. Es el que siempre aparece primero, es llamado a alimentar a los corderos y a las ovejas y sostiene a sus hermanos y hermanas en la fe.

 

Los malentendidos y los desacuerdos no nacen de esta verdad, sino de la forma en que se hizo el servicio. A través de los siglos, muchas veces degeneró. De ser un signo de amor y unidad se convirtió en una expresión de poder. El ejercicio de este ministerio debe estar conectado todo el tiempo con el evangelio para que el obispo de Roma sea realmente para todos –según la maravillosa definición de Ireneo de Lyon (siglo II)– “el que preside en la caridad”.

 

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/7swvLEUR49Q

 

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