Archivo mensual: julio 2017

 
 

17º Domingo del Tiempo Ordinario, 30 de Julio de 2017, Año A

La alegría de descubrir un tesoro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/tBAZfvjdhAc

 

Introducción

 

El arqueólogo Carter se quedó momentáneamente sin palabras, estupefacto, casi paralizado, cuando, habiendo introducido una luz a través de una apertura de la tumba inviolada de Tutankhamón, vislumbró el tesoro más rico jamás descubierto. Ansiosos de saber qué había visto, los tres amigos que estaban con él le interrogaban con insistencia. Carter pudo solamente articular estas palabras: “cosas maravillosas, cosas maravillosas”. Si no hubiera sido por este tesoro de Tutankhamón, del faraón de la XVIII dinastía, muerto a los 19 años, apenas si recordaríamos hoy su nombre.

 

Salomón vivió en el lujo: “Acumulé oro y plata, tesoros y propiedades; me procuré cantantes y coristas, y lo que más deleita a los hombres, vinos y mujeres” (Ecl 2,8), pero no fue esto lo que le hizo famoso.

 

“Tesoro” es el epíteto más recurrente en boca de los enamorados. No se puede vivir sin tener el corazón ligado a un tesoro; ni siquiera Dios puede dejar de tener su tesoro, de hecho: “escogió Jacob para sí, Israel es su propiedad” (Sal 135,4). El tesoro de los sabios es la sabiduría: “Conseguir la sabiduría vale más que extraer perlas. No la iguala el topacio de Etiopía, ni con el oro más puro se valora” (Job 28,18-19). Los rabinos dedicaban tiempo y energía a la sabiduría porque está escrito: “medítala día y noche” (Jos 1,8) y comentaban: “Si encuentras una hora que no sea ni de día ni de noche, dedícala a otras ciencias”.

 

En la búsqueda del tesoro se puede uno engañar, porque es fácil dejarse llevar por lo que reluce, confiar en lo que no es fiable ni tiene consistencia: “No se hagan tesoros en la tierra donde la polilla y la herrumbre los echan a perder, y donde los ladrones rompen los muros y los roban. Acumulen tesoros en el cielo, donde ni las polillas ni la herrumbre los echan a perder, ni hay ladrones para romper los muros y robar” (Mt 6,19-21).

 

En la vida hay que comprometerse con algo que nos llene, nuestra vida es una inversión que tenemos que realizar, no existe otra alternativa. Es necesario escoger un tesoro sobre el cual poner todo nuestro empeño, pero ¿cuál?

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos a contar nuestros días y alcanzaremos la sabiduría del corazón”.

 

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Transfiguración del Señor – 6 de agosto de 2017

Contemplar su rostro transfigurado:

una experiencia que todo discípulo debe hacer

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_nidKv1If4E

 

Introducción

 

Inmediatamente después de la historia de la Transfiguración, los tres Evangelios sinópticos cuentan la historia de la curación de un niño epiléptico. “Jesús baja de la montaña con Pedro, Santiago y Juan. Ellos ven a un hombre que se aleja de la multitud, y viene corriendo hacia él y le pide ayuda. Maestro, te ruego que te fijes en mi hijo, que es único –dice–, cuando el espíritu maligno se apodera de él, de repente grita, lo retuerce, lo hace echar espuma por la boca, agotándolo, rogué a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron” (Lc 9,38-40).

 

Jesús les había dado “poder y autoridad para expulsar a todos los espíritus malignos y curar enfermedades” (Lc 9,1). ¿Por qué no pudieron llevar a cabo su misión?

 

La razón se encuentra enseguida: porque no han estado en la montaña con el Maestro. Aquellos que no han visto su rostro glorioso no pueden luchar efectivamente contra las fuerzas del mal que afligen a la humanidad.

 

La tradición coloca la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, una montaña que se levanta, aislada, en medio de la llanura fértil de Esdrelón. Cubierto con encinas, algarrobos y pinos desde la antigüedad, se llamaba la montaña sagrada y en la parte superior se ofrecían cultos a los dioses paganos. Hoy el lugar invita a la meditación y a la oración. Allí es natural elevar nuestra mirada al cielo y nuestro pensamiento a Dios.

 

No importa cuán impresionante sea esta experiencia, hay que señalar que el evangelio no habla de Tabor, sino de una montaña alta. En el lenguaje bíblico, la montaña no indica un lugar material, sino la experiencia interna de una manifestación de Dios, cuando culmina la intimidad con el Señor.

 

Recurriendo al lenguaje de los místicos podríamos llamarlo la condición espiritual del alma que se siente disuelta en Dios, llegando casi a identificarse con sus pensamientos y sus sentimientos.

 

Jesús sale de la llanura y lleva a algunos discípulos a lo alto; los aleja del razonamiento y de los cálculos humanos para introducirlos en los inescrutables designios del Padre. Los hace subir para traerlos de vuelta, transformados, a la tierra donde son llamados a trabajar.

 

Los que verdaderamente aman a la humanidad y quieren comprometerse en la construcción del reino de Dios en el mundo deben primero levantar sus ojos al cielo, afinar sus pensamientos y proyectos con los del Señor. Deben, ante todo, “ver” a quien hace de la vida un regalo, no en la vestidura oscura del perdedor, sino envuelto en una luz deslumbrante y gloriosa.

 

En la “montaña”, Jesús se ve diferente de cómo lo juzgaban las personas. Allí experimenta una metamorfosis: su rostro desfigurado se transfigura, las tinieblas del fracaso se iluminan, el traje desgastado del sirviente se convierte en una bella túnica real, la oscuridad de la muerte se disuelve en el alba de la Pascua.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, concédenos contemplar el rostro del Cristo transfigurado en el rostro desfigurado de la gente”.

 

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19 Domingo del Tiempo Ordinario, 13 de agosto de 2017, Año A

“Es en los momentos de crisis

cuando madura la fe

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/iZ3WnUQSnN0

 

Introducción

 

Tensiones, conflictos, incomprensiones han acompañado siempre las relaciones iglesia—mundo, pero se han exacerbado más con la llegada del empirismo y racionalismo que han caracterizado el pensamiento de los siglos 17 y 18. La visión puramente naturalista del mundo y la confianza sin límites en la razón, parecían haber minado los fundamentos de la fe y de lo sobrenatural.

 

Los avances históricos y arqueológicos del siglo 19 demostraron las evidentes incongruencias ligadas a la interpretación racional de la Biblia. La respuesta de los creyentes, dictada por miedos y sospechas, no fue serena, al menos inmediatamente; por consiguiente, el movimiento de purificación de las ideas, del lenguaje y de la práctica religiosa sufrió retardos, periodos de inmovilismo, marcha atrás, replanteamientos e involuciones.

 

Hoy es ya posible constatar los grandes cambios que, estimulados por desafíos de siglos, se han realizado especialmente después del Concilio Vaticano II. Del estudio y de la meditación de la palabra de Dios, finalmente en manos de los cristianos, está emergiendo y siendo ofrecida al mundo, aun en medio de contradicciones, una imagen de Dios no más encorsetada en categorías arcaicas; está apareciendo un nuevo rostro del hombre y una iglesia más evangélica basada sobre valores auténticos.

 

Algo semejante ocurría en tiempos del profeta Elías, como nos contará la primera lectura. Jesús exigió a sus discípulos un cambio de mentalidad todavía mayor, como veremos en el pasaje evangélico. El Espíritu invita a los cristianos, no solo a través de los signos de los tiempos sino también por medio de las críticas acerbas de los no creyentes, a dirigir las miradas, las mentes y los corazones más allá de los estrechos horizontes en los que corremos el peligro de permanecer prisioneros por el temor a crecer.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque deba atravesar un valle oscuro, no temo porque Tú, Señor, estás conmigo”.

 

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20º Domingo del Tiempo Ordinario – 20 de agosto de 2017 – Año A

“Perros” transformados en

“corderos” a causa de la fe

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/f-NAafos_Nk

 

Introducción

 

Al sur de la ciudad de Jerusalén se indica todavía el que fue “Campo del Alfarero”, el terreno comprado con las monedas de plata devueltas por Judas a los sacerdotes del templo (cf. Mt 27,3-10). Era el mismo lugar en que algunos reyes de Israel habían cometido abominaciones horrendas, llegando hasta sacrificar sus propios hijos a Baal. Hacia finales del siglo VII a.C. el piadoso rey Josías lo había convertido en tierra maldita (cf. 2 Re 23,10) y, desde entonces, ser sepultado allí era considerado como el colmo de la ignominia. Con el pago de la traición, los sumos sacerdotes habían comprado aquel terreno para convertirlo en cementerio para sepultar a los extranjeros (cf. Mt 27,7). Era el lugar apropiado para los paganos inmundos e impuros quienes, incluso después de muertos, debían permanecer separados de los hijos de Abrahán (cf. Jer 19,11).

 

El impulso a discriminar y la tendencia a erigir barreras entre buenos y malos, puros e impuros, santos y pecadores están profundamente enraizadas en el corazón del hombre y emergen por las razones más variadas y absurdas: el miedo a la confrontación, la incapacidad de llevar a cabo un diálogo abierto, sereno y respetuoso con quienes piensan de manera diferente; a veces, tales impulsos se enmascaran con la denuncia de peligros reales, como el sincretismo, el pacifismo, la pérdida de identidad, la renuncia a los propios valores.

 

¿Cómo puede hablar de ecumenismo quien considera a los otros como “lejanos”? ¿Quién puede ser tan presuntuoso como para creerse “cercano”? Todos estamos “alejados” de Cristo y en camino hacia la perfección del Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,48). Solo quien es consciente de ser “impuro”, de no poder vanagloriarse de méritos delante del Señor, se encuentra en la justa disposición para acoger la salvación. “Los publicanos y las prostitutas les precederán en el reino de los cielos”, ha asegurado Jesús. No teniendo ningún mérito en que gloriarse, confían espontáneamente en el Señor y llegan antes de quien se considera puro (cf. Mt 21,31).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nos avergonzábamos de tenerlos como compañeros de viaje. Después, la sorpresa: habían entrado en el reino de Dios antes que nosotros”.

 

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