Archivo mensual: agosto 2017

 
 

Asunción de la Virgen María, 15 de agosto

El Señor de la vida ha hecho grandes

cosas por nosotros

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/Zla_pbdDbJ4

 

Introducción

 

María es recordada por última vez en el Nuevo Testamento al comienzo del libro de Hechos: en la oración, rodeada por los apóstoles y la primera comunidad cristiana (Hch 1,14). Entonces esta dulce y reservada mujer abandona la escena, silenciosa y discretamente lo mismo que al entrar. Desde entonces no sabemos nada de ella. Donde pasó los últimos años de su vida y cómo dejó esta tierra no se menciona en los textos canónicos. Muchas versiones de un solo tema: la Dormición de la Virgen María, se difundieron entre los cristianos a partir del siglo VI.

 

Estos textos apócrifos transmitieron una serie de noticias sobre los últimos días de María y sobre su muerte. Se trata de cuentos populares, en gran parte ficticios, cuyo núcleo original, sin embargo, se remonta al siglo II en torno a la iglesia madre de Jerusalén. Pero allí también encontramos información confiable.

 

Después de la Pascua, María, con toda probabilidad, vivió en Jerusalén, en el monte Sión, tal vez en la misma casa donde su hijo había celebrado la Última Cena con sus apóstoles. Llegó su hora de salir de este mundo –y aquí comienza el aspecto legendario de las historias apócrifas– apareció un mensajero celestial y le anunció su próxima salida. De las tierras más remotas, los apóstoles, milagrosamente transportados sobre las nubes, llegaron a su lecho, conversaron con ella tiernamente, permaneciendo a su lado hasta el momento en que Jesús, con una multitud de ángeles, vino a llevar su alma.

 

Acompañaron su cuerpo en una procesión al arroyo de Cedrón, y allí lo colocaron en una tumba cortada en la roca. Este es probablemente un detalle histórico. Desde el primer siglo, de hecho, su tumba, cerca de la gruta de Getsemaní, ha sido continuamente venerada. En el siglo cuarto, este sitio fue aislado de los demás y en este lugar se construyó una iglesia.

 

Tres días después de su entierro –y aquí las noticias legendarias se reanudan– Jesús aparece de nuevo para tomar también su cuerpo que los apóstoles habían seguido observando. Dio órdenes a los ángeles que la trajeran sobre las nubes y que los apóstoles la acompañaran. Las nubes se dirigían al este, al arco del paraíso y llegaban al reino de la luz. Entre las canciones de los ángeles y los aromas más deliciosos, la pusieron al lado del árbol de la vida.

 

Estos detalles ficticios, evidentemente, no tienen valor histórico, sin embargo, dan testimonio, a través de imágenes y símbolos, de la incipiente devoción del pueblo cristiano por la madre del Señor.

 

La reflexión de los creyentes sobre el destino de María después de la muerte siguió creciendo a lo largo de los siglos. Llevó a la creencia en su asunción y, el 1 de noviembre de 1950, vino la definición papal: “La Inmaculada Concepción Madre de Dios siempre Virgen, terminó el curso de su vida terrenal, fue asunta cuerpo y alma en la gloria celestial”.

 

 

¿Qué significa este dogma? ¿Acaso es que el cuerpo de María no sufrió corrupción o que sólo ella y Jesús estarían en el cielo en carne y hueso, mientras que los demás estarían muertos y sólo con sus almas en el cielo, esperando la reunificación con sus cuerpos?

 

Esta visión ingenua de la Ascensión de Jesús y de la Asunción de María, además de ser un legado de la filosofía dualista griega y que contradice a la Biblia que considera al hombre como una unidad inseparable, es positivamente excluida por Pablo. Escribiendo a los Corintios, aclara que no es el cuerpo material el que resucita, sino “un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,44).

 

El texto de la definición papal no habla de “asunta al cielo” –como si hubiera habido un cambio en el espacio o un “rapto” de su cuerpo de la tumba a la morada de Dios– sino que dice: “asunta a la gloria celestial”.

 

La “gloria celestial” no es un lugar, sino una nueva condición. María no fue a otro lugar, llevando con ella los frágiles restos que están destinados a volver al polvo. Ella no ha abandonado la comunidad de discípulos que continúan caminando como peregrinos en este mundo. Ella ha cambiado la manera de estar con ellos, como lo hizo su Hijo el día de Pascua.

 

María, la “sierva del Señor”, se presenta hoy a todos los creyentes no como una privilegiada, sino como el modelo más excelente, como el signo del destino que espera a toda persona que cree “que la palabra del Señor se hará realidad” (Lc 1,45).

 

Las fuerzas de la vida y la muerte se enfrentan en un duelo dramático en el mundo. El dolor, la enfermedad, las debilidades de la vejez son las escaramuzas que anuncian el asalto final del temible dragón. Eventualmente, la lucha se convierte en unilateral y la muerte siempre agarra a su presa. ¿Acaso Dios, “amante de la vida”, ve impasiblemente esta derrota de las criaturas en cuyo rostro se imprime su imagen? La respuesta a esta pregunta nos es dada hoy en María. En ella, estamos invitados a contemplar el triunfo del Dios de la vida.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Oh Dios, amante de la vida, no abandonas a nadie en la tumba”.

 

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20º Domingo del Tiempo Ordinario, 20 de agosto de 2017, Año A

“Perros” transformados en

“corderos” a causa de la fe

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/f-NAafos_Nk

 

Introducción

 

Al sur de la ciudad de Jerusalén se indica todavía el que fue “Campo del Alfarero”, el terreno comprado con las monedas de plata devueltas por Judas a los sacerdotes del templo (cf. Mt 27,3-10). Era el mismo lugar en que algunos reyes de Israel habían cometido abominaciones horrendas, llegando hasta sacrificar sus propios hijos a Baal. Hacia finales del siglo VII a.C. el piadoso rey Josías lo había convertido en tierra maldita (cf. 2 Re 23,10) y, desde entonces, ser sepultado allí era considerado como el colmo de la ignominia. Con el pago de la traición, los sumos sacerdotes habían comprado aquel terreno para convertirlo en cementerio para sepultar a los extranjeros (cf. Mt 27,7). Era el lugar apropiado para los paganos inmundos e impuros quienes, incluso después de muertos, debían permanecer separados de los hijos de Abrahán (cf. Jer 19,11).

 

El impulso a discriminar y la tendencia a erigir barreras entre buenos y malos, puros e impuros, santos y pecadores están profundamente enraizadas en el corazón del hombre y emergen por las razones más variadas y absurdas: el miedo a la confrontación, la incapacidad de llevar a cabo un diálogo abierto, sereno y respetuoso con quienes piensan de manera diferente; a veces, tales impulsos se enmascaran con la denuncia de peligros reales, como el sincretismo, el pacifismo, la pérdida de identidad, la renuncia a los propios valores.

 

¿Cómo puede hablar de ecumenismo quien considera a los otros como “lejanos”? ¿Quién puede ser tan presuntuoso como para creerse “cercano”? Todos estamos “alejados” de Cristo y en camino hacia la perfección del Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,48). Solo quien es consciente de ser “impuro”, de no poder vanagloriarse de méritos delante del Señor, se encuentra en la justa disposición para acoger la salvación. “Los publicanos y las prostitutas les precederán en el reino de los cielos”, ha asegurado Jesús. No teniendo ningún mérito en que gloriarse, confían espontáneamente en el Señor y llegan antes de quien se considera puro (cf. Mt 21,31).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nos avergonzábamos de tenerlos como compañeros de viaje. Después, la sorpresa: habían entrado en el reino de Dios antes que nosotros”.

 

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21º Domingo del tiempo ordinario, 27 de agosto de 2017, Año A

Un descubrimiento que te cambia el nombre y la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/NFYrdDxV5KY

 

Introducción

 

Circulaba al final de los años 60 un retrato de Cristo “en busca y captura” (wanted): pelo largo, barba descuidada, amigo de marginados, mensaje revolucionario, “mal-visto” por los poderes establecidos. Era el “Jesús de los contestatarios” quien, por cierto tiempo, entró en competencia con el tradicional “Jesús místico”, el favorito del quienes se sentían atraídos por la religión de las devociones y del intimismo. Tuvo también su época el “Cristo triunfante”, entre lábaros y estandartes: era el “conquistador de reinos” y protector de los soberanos de este mundo.

 

El “Jesús de la religión” parece ser el más inoxidable de todos, quien más dura: es el que garantiza la justicia, premia a los buenos, protege a los piadosos y castiga a los malvados. A veces, algunos, incluso, le asignan el papel de “asusta-malos” o del “coco” con que se amenaza a los niños caprichosos y desobedientes. De todos modos, es la última garantía de comportamientos morales, considerados positivos. Está también el “Jesús que llevamos dentro” desde los años de la infancia, el que nos presentaron catequistas más voluntariosos que preparados, un Jesús que quizás nunca terminó por convencernos y que, un día, no tuvo ya nada más que decirnos y, por tanto, lo abandonamos por el camino.

 

Jesús parece ser un personaje al que todos quieren tener de su parte y, para eso, los hombres no han dudado, a lo largo de los siglos, en manipularlo, maquillarlo, suavizar sus aristas, hacerlo más presentable. Después de dos mil años, Jesús no cesa de provocar y de interpelar a todos y cada uno de nosotros y, como hizo aquel día en las cercanías de Cesarea de Filipo, nos lanza el desafío de una pregunta embarazosa: “Y ustedes ¿Quién dicen que soy?”. Frente a tantas imágenes que circulan de él, no es fácil dar con su rostro auténtico.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No veneramos un personaje del pasado, ni su doctrina, creemos en Cristo, Hijo del Dios vivo”.

 

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22º Domingo del tiempo ordinario, 3 de septiembre de 2017, Año A

Da la vida si no quieres perderla

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/8LqT0iU4LFg

 

Introducción

 

En mi angustia” (Sal 77,3) invocamos al Señor porque estamos convencidos que él: “da vida y aliento y todo a todos” (Hch 17,25). Recurrimos a los santos, visitamos santuarios, besamos reliquias, hacemos novenas…siempre para tener vida. Las multitudes buscaban a Jesús “y cuando lo alcanzaban lo retenían para que no se fuese” (Lc 4,42), lo tocaban “porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6,19). Se acercaban a él para obtener vida. “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

 

Y sin embargo, hay algo de paradójico, es más, de absurdo, en su propuesta. Para alcanzar la vida es necesario perderla: “Yo doy la vida para después recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente (Jn 10,17-18) y justifica su elección con la comparación de la semilla: “Les aseguro que si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

 

Es realmente necesaria mucha fe para convencerse de que, para tener vida, hay que “despreciarla hasta morir” (Ap 12,11). ¡Extraña y desconcertante lógica! Dios le asegura a Abrahán una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo… y le pide en sacrificio al hijo Isaac, al que debía realizar la promesa. Una prueba así solamente puede ser confrontada por quien cree firmemente, como Abrahán.

 

Jesús promete al discípulo introducirlo en la vida: “Quien me siga…tendrá la luz de la vida…no sufrirá jamás la muerte” (Jn 8,12.51)…si camina hacia la cruz, si se sumerge en las aguas de la muerte para “emerger”, sin embargo, en el día de Pascua. Bienaventurados aquellos que tienen el coraje de seguirlo, porque “podrán comer del árbol de la vida (Ap 2,7), estarán siempre con Él (cf. 1 Tes 4,17) y verán a Dios como es Él (cf. 1 Jn 3,2).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque deba atravesar un valle oscuro, no temo porque Tú, Señor, estás conmigo”.

 

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