Archivo mensual: agosto 2017

22º Domingo del tiempo ordinario, 3 de septiembre de 2017, Año A

Da la vida si no quieres perderla

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/8LqT0iU4LFg

 

Introducción

 

En mi angustia” (Sal 77,3) invocamos al Señor porque estamos convencidos que él: “da vida y aliento y todo a todos” (Hch 17,25). Recurrimos a los santos, visitamos santuarios, besamos reliquias, hacemos novenas…siempre para tener vida. Las multitudes buscaban a Jesús “y cuando lo alcanzaban lo retenían para que no se fuese” (Lc 4,42), lo tocaban “porque salía de él una fuerza que sanaba a todos” (Lc 6,19). Se acercaban a él para obtener vida. “Yo vine para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

 

Y sin embargo, hay algo de paradójico, es más, de absurdo, en su propuesta. Para alcanzar la vida es necesario perderla: “Yo doy la vida para después recobrarla. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente (Jn 10,17-18) y justifica su elección con la comparación de la semilla: “Les aseguro que si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).

 

Es realmente necesaria mucha fe para convencerse de que, para tener vida, hay que “despreciarla hasta morir” (Ap 12,11). ¡Extraña y desconcertante lógica! Dios le asegura a Abrahán una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo… y le pide en sacrificio al hijo Isaac, al que debía realizar la promesa. Una prueba así solamente puede ser confrontada por quien cree firmemente, como Abrahán.

 

Jesús promete al discípulo introducirlo en la vida: “Quien me siga…tendrá la luz de la vida…no sufrirá jamás la muerte” (Jn 8,12.51)…si camina hacia la cruz, si se sumerge en las aguas de la muerte para “emerger”, sin embargo, en el día de Pascua. Bienaventurados aquellos que tienen el coraje de seguirlo, porque “podrán comer del árbol de la vida (Ap 2,7), estarán siempre con Él (cf. 1 Tes 4,17) y verán a Dios como es Él (cf. 1 Jn 3,2).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aunque deba atravesar un valle oscuro, no temo porque Tú, Señor, estás conmigo”.

 

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21º Domingo del tiempo ordinario, 27 de agosto de 2017, Año A

Un descubrimiento que te cambia el nombre y la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/NFYrdDxV5KY

 

Introducción

 

Circulaba al final de los años 60 un retrato de Cristo “en busca y captura” (wanted): pelo largo, barba descuidada, amigo de marginados, mensaje revolucionario, “mal-visto” por los poderes establecidos. Era el “Jesús de los contestatarios” quien, por cierto tiempo, entró en competencia con el tradicional “Jesús místico”, el favorito del quienes se sentían atraídos por la religión de las devociones y del intimismo. Tuvo también su época el “Cristo triunfante”, entre lábaros y estandartes: era el “conquistador de reinos” y protector de los soberanos de este mundo.

 

El “Jesús de la religión” parece ser el más inoxidable de todos, quien más dura: es el que garantiza la justicia, premia a los buenos, protege a los piadosos y castiga a los malvados. A veces, algunos, incluso, le asignan el papel de “asusta-malos” o del “coco” con que se amenaza a los niños caprichosos y desobedientes. De todos modos, es la última garantía de comportamientos morales, considerados positivos. Está también el “Jesús que llevamos dentro” desde los años de la infancia, el que nos presentaron catequistas más voluntariosos que preparados, un Jesús que quizás nunca terminó por convencernos y que, un día, no tuvo ya nada más que decirnos y, por tanto, lo abandonamos por el camino.

 

Jesús parece ser un personaje al que todos quieren tener de su parte y, para eso, los hombres no han dudado, a lo largo de los siglos, en manipularlo, maquillarlo, suavizar sus aristas, hacerlo más presentable. Después de dos mil años, Jesús no cesa de provocar y de interpelar a todos y cada uno de nosotros y, como hizo aquel día en las cercanías de Cesarea de Filipo, nos lanza el desafío de una pregunta embarazosa: “Y ustedes ¿Quién dicen que soy?”. Frente a tantas imágenes que circulan de él, no es fácil dar con su rostro auténtico.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No veneramos un personaje del pasado, ni su doctrina, creemos en Cristo, Hijo del Dios vivo”.

 

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