Archivo diario: agosto 1, 2017

Transfiguración del Señor – 6 de agosto de 2017

Contemplar su rostro transfigurado:

una experiencia que todo discípulo debe hacer

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/_nidKv1If4E

 

Introducción

 

Inmediatamente después de la historia de la Transfiguración, los tres Evangelios sinópticos cuentan la historia de la curación de un niño epiléptico. “Jesús baja de la montaña con Pedro, Santiago y Juan. Ellos ven a un hombre que se aleja de la multitud, y viene corriendo hacia él y le pide ayuda. Maestro, te ruego que te fijes en mi hijo, que es único –dice–, cuando el espíritu maligno se apodera de él, de repente grita, lo retuerce, lo hace echar espuma por la boca, agotándolo, rogué a tus discípulos que lo expulsaran, pero no pudieron” (Lc 9,38-40).

 

Jesús les había dado “poder y autoridad para expulsar a todos los espíritus malignos y curar enfermedades” (Lc 9,1). ¿Por qué no pudieron llevar a cabo su misión?

 

La razón se encuentra enseguida: porque no han estado en la montaña con el Maestro. Aquellos que no han visto su rostro glorioso no pueden luchar efectivamente contra las fuerzas del mal que afligen a la humanidad.

 

La tradición coloca la transfiguración de Jesús en el monte Tabor, una montaña que se levanta, aislada, en medio de la llanura fértil de Esdrelón. Cubierto con encinas, algarrobos y pinos desde la antigüedad, se llamaba la montaña sagrada y en la parte superior se ofrecían cultos a los dioses paganos. Hoy el lugar invita a la meditación y a la oración. Allí es natural elevar nuestra mirada al cielo y nuestro pensamiento a Dios.

 

No importa cuán impresionante sea esta experiencia, hay que señalar que el evangelio no habla de Tabor, sino de una montaña alta. En el lenguaje bíblico, la montaña no indica un lugar material, sino la experiencia interna de una manifestación de Dios, cuando culmina la intimidad con el Señor.

 

Recurriendo al lenguaje de los místicos podríamos llamarlo la condición espiritual del alma que se siente disuelta en Dios, llegando casi a identificarse con sus pensamientos y sus sentimientos.

 

Jesús sale de la llanura y lleva a algunos discípulos a lo alto; los aleja del razonamiento y de los cálculos humanos para introducirlos en los inescrutables designios del Padre. Los hace subir para traerlos de vuelta, transformados, a la tierra donde son llamados a trabajar.

 

Los que verdaderamente aman a la humanidad y quieren comprometerse en la construcción del reino de Dios en el mundo deben primero levantar sus ojos al cielo, afinar sus pensamientos y proyectos con los del Señor. Deben, ante todo, “ver” a quien hace de la vida un regalo, no en la vestidura oscura del perdedor, sino envuelto en una luz deslumbrante y gloriosa.

 

En la “montaña”, Jesús se ve diferente de cómo lo juzgaban las personas. Allí experimenta una metamorfosis: su rostro desfigurado se transfigura, las tinieblas del fracaso se iluminan, el traje desgastado del sirviente se convierte en una bella túnica real, la oscuridad de la muerte se disuelve en el alba de la Pascua.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Señor, concédenos contemplar el rostro del Cristo transfigurado en el rostro desfigurado de la gente”.

 

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