Archivo mensual: septiembre 2017

24º Domingo del Tiempo Ordinario – 17 de septiembre de 2017 – Año A

El perdón, fiesta de Dios y del hombre

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/acjgzXKDHu8

 

Introducción

 

No rompas el tenue hilo de la amistad porque, una vez roto, aunque lo recompongas de nuevo, quedará siempre el nudo”. Este es el consejo que nos dio nuestro maestro cuando yo estaba en la escuela primaria; se me quedó gravado en la memoria y me viene a la mente cada vez que soy testigo de desavenencias, contrastes, sinsabores, divisiones y me angustia el solo pensar que basta un error para poner un fin definitivo a la amistad, a esa relación que la Biblia llama “Bálsamo de vida” (Eclo 6,16). “Has soltado un pájaro de la mano, así has soltado a tu amigo y no lo cazarás; no lo persigas que ya está lejos” (Eclo 27,19-20). La incapacidad de perdonar, el miedo a confiar plenamente de nuevo en quien se ha equivocado, son las fuerzas malignas que hacen irrecuperables los lazos de un amor roto hecho pedazos.

 

Con fatiga nos perdonamos a nosotros mismos: nos atormentan los remordimientos, no acabamos de aceptar la humillación que nos ha acarreado una debilidad y, como una bomba sin explotar pero siempre en peligro de hacerlo, arrastramos penosamente nuestra culpa. Solo quien tiene una relación serena consigo mismo está en grado de reconocer el propio error y de saber que es posible superar y sacar provecho de la experiencia amarga del pecado.

 

No perdonamos a los otros. Son demasiado grandes las desilusiones, el dolor por sentirnos traicionados, el temor que se pueda repetir; es casi irrefrenable el impulso a romper una relación y a vengarse de una ofensa recibida.

 

Atrapados en esta vorágine de resentimientos y pasiones, no dejamos escapar de las manos la alegría más grande, la que experimenta también Dios, centuplicada, cuando logra hacer reflorecer una relación de amor. Dios ofrece, aun al anciano, la oportunidad de volver a comenzar, concediéndole así una perenne juventud.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Haz, Señor, que no prevalezcan nuestros resentimientos sino la acción de tu Espíritu”.

 

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23er Domingo del Tiempo Ordinario – 10 de septiembre de 2017 – Año A

Como ayudar a Dios a recuperar su tesoro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/4iLMP-hBMpY

 

Introducción

 

De un modo sutil, casi imperceptible, como el insinuarse de una serpiente en la hendidura de una roca, se abre también camino entre los cristianos la mentalidad de este mundo que valora a las personas en base al éxito que obtienen, a las dotes que manifiestan, a las riquezas que acumulan. Los genios, los atletas, las personas eminentes, cualquiera que demuestre poseer aptitudes fuera de lo común, es buscado y admirado; los débiles, los pobres, los incapaces, los minusválidos son considerados por muchos, aunque difícilmente se admita, como un estorbo.

 

La comunidad que se enorgullece de sus “héroes” y siente un rechazo inconfesado hacia los pecadores a quienes considera como basura, ramas secas, como un “deshonor” para toda la familia, muestra tener asimilado los criterios de este mundo, no los de Dios que se enamora de los últimos, de los que no cuentan y que ha declarado así su amor al mas insignificante de los pueblos, Israel: “Te aprecio y eres valioso y yo te quiero” (Is 43,4).

 

Idéntica es la perspectiva de Jesús: al centro de las atenciones de su comunidad ha puesto a “los pequeños”. Son ellos el tesoro de Dios, la perla preciosa por la que merece la pena rastrear todos los rincones del mundo, la joya que llena de alegría incontenible a quien la encuentra (cf. Mt 13,44-46). Decían los rabinos: “el Señor se alegra por la resurrección de los justos y por la ruina de los impíos”. El Dios de Jesús, por el contrario, se alegra más por un pecador que regresa que por noventa y nueve justos (cf. Mt 18,13).

 

Solamente si hemos comprendido los gustos de Dios, quien “ha escogió a los pobres” (Sant 2,5) y dirige su mirada al humilde (cf. Is 66,2), estaremos en la disposición justa para acoger el mensaje de las lecturas de hoy.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Quien devuelve la vida a un hermano, experimenta la alegría de Dios”.

 

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