Archivo mensual: enero 2018

4° Domingo del Tiempo Ordinario – 28 de enero de 2018 – Año B

El Poder Divino

en la Palabra de un Hombre

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/QYL1cnyRf08

 

Introducción

 

Hechos y palabras: para el hombre moderno parece que se contraponen; para los antiguos, sin embargo, la palabra era la materialización del pensamiento; no era viento sino cristalización de los sentimientos y de las emociones; no transmitía solamente ideas e información, sino que comunicaba la carga creadora o demoledora de quien la pronunciaba. Los ídolos no podían causar ni bien ni mal, porque –se decía– “tienen boca y no hablan” (Sal 115,5), mientras que el Señor, con su palabra, crea los cielos, “habla y todo existe” (Sal 33,6.9).

 

La palabra de Dios, que ha dado forma al universo y mantiene en la existencia tanto al cielo como a la tierra (cf. 2 P 3,5-7) ha venido al mundo, “se ha hecho carne” (Jn 1,14) y ha dado vista a los ciegos, ha hecho hablar a los mudos, puesto en pie a los cojos, ha ofrecido pan a los hambrientos, libertad a los prisioneros y alegría a quien tenía el corazón quebrantado. Ha transformado a la pecadora en discípula, al publicano deshonesto en apóstol, al jefe de los publicanos en hijo de Abrahán y a un bandido en el primero de los invitados al banquete del cielo.

 

Sacerdotes, padres y educadores cristianos se declaran frecuentemente desilusionados, se lamentan porque sus exhortaciones inspiradas en el Evangelio, parecen caer en el vacío o tener un impacto muy débil. ¿Ha quizás perdido la palabra del Señor—se preguntan—su eficacia? Si no cambia la mente y los corazones, si no hace germinar un mundo nuevo, no es palabra de Dios sino de los hombres. Es fácil equivocarse: uno puede predicar sobre sí mismo y las propias convicciones, convencidos de proclamar el evangelio. Las buenas exhortaciones, las llamadas de atención dictadas por el sentido común, la sabiduría de este mundo frecuentemente se revelan como útiles, pero nunca han producido prodigios; los milagros suceden solo si la palabra anunciada es aquella del Maestro.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos sino la palabra de Cristo Señor”.

 

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3° Domingo del Tiempo Ordinario – 21 de enero de 2018 – Año B

Ha inagurado tiempos nuevos

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/EKJLBJiLnss

 

Introducción

 

Los cristianos están convencidos de que el Mesías ha venido ya, los hebreos sostienen que está aún por venir. ¿Quién tiene razón?

 

No hay dudas, los hebreos. También nosotros lo admitimos tácitamente cuando todos los años dedicamos cuatro semanas para disponernos a su venida.

 

Esperamos con ansia al Mesías, porque aunque se nos ha dicho que: “Florecerá en sus días la justicia y una gran paz hasta el fin de las lunas. Librará al mendigo que a él clama y al pequeño que de nadie tiene apoyo. Abundancia de trigo habrá en la tierra que cubrirá la cima de los montes” (Sal 72,7.12.16), aún no hemos visto realizada esta profecía, por tanto, continuamos a la espera.

 

El Mesías debe venir todavía; pero cuando llegue, todos, aun los hebreos, lo reconocerán: es Jesús. Su nacimiento en el mundo es lento y progresivo; los tiempos nuevos, los últimos, han comenzado ya, pero no han llegado a su cumplimiento.

 

Un día refieren a Jesús que su madre y sus hermanos lo estaban buscando, y él, “mirando a aquellos que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: Miren, estos son mi madre y mis hermanos” (Mc 3,34). Sí, la comunidad que escucha su palabra, se fía de él y lo sigue, es su madre, es aquella que, en el dolor, lo da a luz cada día, hasta que sea realizado en su plenitud el diseño de Dios: “que el universo, lo celeste y lo terrestre alcancen su unidad en Cristo” (Ef 1,10).

 

Inmediatez, generosidad, decisión en el desprendimiento de lo que es antiguo e incompatible con el mundo futuro, caracterizan la respuesta de quien, respondiendo a la llamada de Jesús, se  compromete en ayudar a llevar a cabo los designios de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Hazme conocer, Señor, tus caminos y dame la fuerza de seguirlos”.

 

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