Archivo diario: febrero 14, 2018

Tiempo de CUARESMA

“Pasado el Sábado, al alba del primer día de la semana”… (Mt 28,1). Así comienza el relato de las manifestaciones del Resucitado en el día de Pascua. Por esto los cristianos han escogido para celebrar su fiesta seminal no el Sábado, como hacían los Judíos, sino al día siguiente, aquel que los Romanos llamaban día del sol. Muy pronto han comenzado a llamar de un modo nuevo a ese día: día del Señor. Se reunían para “partir el pan” (cf. Hech 20,6-12) y para repartir entre los hermanos necesitados lo que habían podido ahorrar durante la semana.

 

Al principio no existía la fiesta de Navidad ni las fiestas de la Virgen ni ninguna otra fiesta. Solamente existía la celebración semanal de la Resurrección del Señor. Pasadas algunas décadas, se sintió la necesidad de dedicar un día particular para conmemorar el acontecimiento más importante de la fe. Nació así la primera de las fiestas, la Pascua, el Domingo de los domingos, la Fiesta de las fiestas, algo así como la reina de todas las fiestas, de todos los domingos, de todos los días del año.

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1er Domingo de Cuaresma – 18 de febrero de 2018 – Año B

El Arco: De instrumento de guerra

a símbolo de paz

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:
https://youtu.be/KsFcteYtyq0

 

Introducción

 

En los relatos mitológicos de los pueblos antiguos, aparecen con frecuencia divinidades que empuñan el arco, prontas a lanzar flechas contra los enemigos. También Israel cuando era golpeado por desventuras pensaba que el Señor, indignado a causa de los pecados del pueblo, había dirigido contra él su arco (cf. Lam 2,4).

 

Es una imagen arcaica, son rastros de una mentalidad pagana destinada a disolverse con el progresivo desvelarse del verdadero rostro de Dios, que no solo no tiene en la mano ningún arma para castigar, sino que ha jurado romper todo arco de guerra (cf. Zac 9,10).

 

El único arco es el desplegado en el cielo: no constituye una amenaza, sino une en un único, afectuoso abrazo, la bóveda celeste con la tierra y, sobre la tierra, a todos los pueblos.

 

“Contempla el arcoíris –exhortaba el Eclesiástico– y bendice a quien lo ha hecho” (Eclo 43,11).

 

Es la imagen serena de la respuesta de Dios al pecado del hombre: no el rostro airado sino una luz, dulce como una caricia; no la voz amenazadora, sino una sonrisa acogedora, dirigida a quien, alejándose del Señor, se ha ya infligido a sí mismo demasiado daño.

 

La ambivalencia del arco expresa una paradoja: la cólera de Dios no es otra cosa que su sonrisa y su severidad coincide con su ternura; la justicia es misericordia y, de su arco, no son lanzadas otras flechas que las del amor.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Alzo la mirada de mi pecado y descubro en el cielo el arcoíris”.

 

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