Archivo mensual: junio 2018

13º Domingo del Tiempo Ordinario – 1 de julio de 2018 – Año B

Rescatados de la muerte por el Dios de la vida

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

 Introducción

 

A pesar del sufrimiento que lleva consigo, el hombre ama la vida desesperadamente. Aquiles responde a Ulises que en el Hades intenta consolarlo: “¡No embellecerme la muerte, Oh Ulises! Yo preferiría, como esclavo,  servir a otro hombre en la tierra, en lugar de reinar sobre los muertos”. Diferente concepción era la de los egipcios para quienes la muerte significaba entrar la “vida perpetua” en un reino maravilloso, situado a occidente, iluminado por el Dios Sol, desde el amanecer hasta el atardecer, cuando hay oscuridad en la tierra.

 

En todos los pueblos antiguos se impuso muy pronto la convicción de la existencia de una vida  más allá de la tumba y, entre los griegos, de la inmortalidad del alma. Inexplicablemente, esto no ocurrió entre los judíos, ya que, desde que nacieron como pueblo en Egipto, pasaron más de mil años antes de que comenzaran a creer en una vida después de la  de la muerte.

 

Proclamaron, sí, al Señor  “Dios de la vida” (cf. Nm 27,16), pero siempre desde la perspectiva terrena. “En ti está la fuente de la vida”, cantó el salmista, pero por vida entendían “salud y bendición” (Eclo 34,17), una tierra fértil, abundantes cosechas, posteridad numerosa y, finalmente, morir anciano y colmado de años” (Gn 35,29), como gavillas maduras que se retiran del campo (cf. Job 5,26). En la Biblia hebrea ni siquiera aparece la palabra “inmortalidad”.

 

La lentitud de Israel en llegar a la afirmación explícita de una vida eterna, es preciosa e iluminadora: nos hace comprender que, antes de creer en la resurrección y en un mundo futuro, es necesario valorar y amar apasionadamente la vida en este mundo, tal como la aprecia y ama Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Del Señor, he aprendido a  amar la vida, toda manifestación de vida”.

 

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Nacimiento de San Juan Bautista – 24 de junio de 2018

Un valioso testigo de la luz

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El culto a la Virgen María comenzó a desarrollarse en Jerusalén en el siglo V. Un siglo antes, en el siglo IV, el culto a Juan el Bautista estaba tan extendido y se consideraba universal.’

 

La gente rindió homenaje con una veneración extraordinaria a este santo. Él es el más representado en el arte de todos los tiempos; no hay retablo ni grupo de santos en los que no aparezca. Va vestido con la característica piel de camello, el cinturón alrededor de su cintura y sosteniendo un bastón que termina en forma de cruz.

 

Él es el patrón de innumerables diócesis; muchos santuarios e iglesias están dedicados a este santo, comenzando con la “madre de todas las iglesias”, San Juan de Letrán, fundada por Constantino. El nombre Juan, traducido en todos los idiomas, es el nombre más común en el mundo. Muchas ciudades y países fueron nombrados después de él (128 en Italia, 213 en Francia).

 

El Bautista también es amado por los musulmanes. Llamaron a la famosa mezquita omeya de Damasco, un símbolo del diálogo interreligioso, después de él. ¿Cómo explicamos esta simpatía?

 

El Bautista no es reconocido como un hacedor de milagros; esto es, en general, una prerrogativa, que hace populares a los santos. Quien quiera obtener gracias no acude a él, sino a intercesores más poderosos. Entonces hay otras razones para tal devoción.

 

La primera razón es ciertamente la alabanza de Jesús hacia él: “Cuando se fueron, se puso Jesús a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salieron a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Miren, los que visten elegantemente habitan en los palacios reales. Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Les digo que sí, y más que profeta…. Les aseguro, de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista” (Mt 11: 7-11).

 

Por tanto, la gente sencilla admiraba su austeridad de vida y su coraje de no inclinar su cabeza frente a los poderosos. Él defendió la verdad y la justicia con su vida.

 

Finalmente, debe decirse que fueron principalmente los monjes quienes popularizaron su figura. Desde el comienzo del siglo IV, poblaron el desierto de Judea donde el Bautista había pasado su vida. Lo consideraban uno de ellos, un modelo de vida ascética, y por eso difundieron el culto.

 

La elección de su fiesta, celebrada desde la época de San Agustín, el 24 de junio, está relacionada con el solsticio de verano, el día en que el sol que alcanza su cenit (en el hemisferio norte) comienza a asomarse en el horizonte. Para los creyentes, el declive de la luz del sol recordaba la disponibilidad del Bautista para desaparecer, para darle el lugar a alguien que era más grande que él. Después de reconocer en Jesús al esperado Mesías, le confió a sus discípulos: “Mi alegría ahora está llena. Es necesario que él crezca pero que yo disminuya” (Jn 3,29-30).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

Grandes son los que saben cómo hacerse a un lado después de cumplir su misión“.

 

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XI Domingo del Tiempo Ordinario – 17 de junio de 2018 – Año B

Al despertar contemplaremos la espiga madura

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Tenemos la impresión de estar asistiendo a un rápido descenso de los valores cristianos: vemos al hombre que trata de liberarse de la idea de Dios,  poniéndose a sí mismo como punto de referencia absoluto, como la medida de todas las cosas, como el árbitro del bien y del mal, absolutizando las realidades de este mundo y creyendo que la fe es algo anticuado en la vida. Esto es el secularismo, un fenómeno que tiene raíces históricas remotas, pero que ha alcanzado su apogeo en nuestro tiempo. ¿Por qué? 

 

En la búsqueda de las causas, hay quienes atribuyen la responsabilidad a los sacerdotes quienes, cada vez más timoratos, evitan recordar esas verdades que, en el pasado, cuando las iglesias estaban abarrotadas de fieles, fueron los temas recurrentes de la catequesis: el juicio de Dios, la condenación eterna, el diablo, los castigos.

 

La verdad es otra: hoy estamos pagando las consecuencias de una evangelización y de una catequesis que -sin querer atribuir la culpa a los voluntariosos predicadores y catequistas del pasado-  no estaban firmemente basadas en la palabra de Dios.

 

El futuro está en nuestras manos. La iglesia ha tomado conciencia del tesoro que el Maestro le ha consignado: la Palabra, la semilla que espera ser esparcida por todo el mundo en abundancia, para que la fe florezca sobre una nueva base y un fundamento seguro.

 

Quien hoy día, con esfuerzo e ilusión, está esparciendo en el mundo esta preciosa semilla, quizás no pueda contemplar las espigas maduras pero, al menos los tallos, esto sí, pueden pedir al Señor  poder verlos despuntar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Sólo el grano de trigo que desaparece en la tierra produce mucho fruto”.

 

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