X Domingo del Tiempo Ordinario – 10 de junio de 2018 – Año B

¿Por qué los exorcismos?

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

 

Introducción

 

La creencia de que el mal se debe a los malos espíritus indujo a los hombres desde la antigüedad, a protegerse contra sus malas influencias utilizando prácticas mágicas, la recitación de fórmulas y oraciones, la realización de gestos rituales como la destrucción de las estatuas, asperciones, fumigación; todo para forzar salir a los demonios. El exorcismo, junto con la adivinación, era la esencia de la religión babilónica y asiria y se practica habitualmente en Israel, donde aun los discípulos de los fariseos echaban fuera demonios y con éxito (Mt 12,27). El exorcismo a menudo bordeaba en magia. Para aumentar su eficacia, los exorcismos añadieron la invocación de los nombres que pudieran contener un poder divino. Alguien utilizaba el nombre de Jesús, obteniendo a veces buenos resultados (Mc 9,38), a veces causando la reacción airada y agresiva de los obsesionados (Hch 19,11-17).

 

Jesús sana a los enfermos y, adaptándose a la mentalidad corriente, usa el exorcismo con el enfermo, pero nunca hace gestos mágicos o ritos esotéricos, no pronuncia conjuros, como utilizaban los curanderos de su tiempo; triunfa sobre el mal sólo con el poder de su palabra y pidiendo tener fe.

 

El exorcismo debe ser practicado hoy en la Iglesia con el mismo espíritu. Es incompatible con la fe en Dios, que es Padre, la creencia de que iba a permitir que los espíritus malévolos tomen posesión de alguno de sus hijos. Pero no hay duda de que “la serpiente” que propaga el veneno de la muerte está presente en cada ser humano desde la concepción (Sa 51,7).

 

En el rito del bautismo se lleva a cabo un exorcismo: es la celebración de la victoria ya ganada por Cristo al espíritu del mal y la caricia de la iglesia a su hijo, que ahora va a luchar en vida contra el maligno. La comunidad de los hermanos le dice: en esta lucha nunca estarás solo, todos estaremos a tu lado.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“No estoy solo en la lucha contra el mal. Cristo y la comunidad de hermanos está conmigo”.

 

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1° Lectura | 2° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Génesis 3,9-15


 

Después que Adán comió del árbol, el Señor Dios llamó al hombre: ¿Dónde estás? 3,10: El contestó: Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí. 3,11: l Señor Dios le replicó: Y, ¿quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿A que has comido del árbol prohibido? 3,12: El hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me convidó el fruto y comí. 3,13: El Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué has hecho? Ella respondió: La serpiente me engañó y comí. 3,14: El Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho eso, maldita seas entre todos los animales domésticos y salvajes; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; 3,15: pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella te herirá la cabeza cuando tú hieras su talón. – Palabra de Dios

 

 

Para aquellos que tienen un mínimo de familiaridad con los géneros literarios de la Biblia, les puede parecer excesivo, una vez más, que se advierta sobre interpretaciones ingenuas y simplistas de este texto, pero vale la pena, porque siempre está la tentación de atribuirle un valor histórico. Es mejor repetirlo: el texto del Génesis, tomado en la lectura de hoy, no es un relato de algo que sucedió al principio del mundo, sino un texto, utilizando el lenguaje mítico, que da una respuesta al enigma de la presencia del mal en mundo. No explica lo que un cierto Adán y Eva habían hecho, sino lo que hoy somos y lo que hacemos. No es serio imaginar al hombre que, después de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, juegue al escondite con Dios, tenga miedo de él y se vergüenze de estar desnudo, mientras que antes no sentía ningún disconfort. No es serio creer que ahora las serpientes se arrastren en el suelo porque, sin ninguna razón, Dios las habría castigado (¿tenían piernas antes?); no habría que echarles la culpa si, con el fin de engañar a los primeros seres humanos, el diablo se hizo hizo pasar por serpiente. En la historia también se dice que fueron condenadas a comer polvo, y sin embargo no es que esto ocurra hoy.

 

La historia del llamado “pecado original” es, en realidad, la descripción del origen de todos nuestros pecados y algo que nos toca muy de cerca.

 

Toda criatura tiene, en el plan de Dios, un significado y un propósito, es parte de una obra maestra; es el trozo de un mosaico maravilloso que el hombre, trabajando en armonía con el Creador, está llamado a componer. Tienen un lugar especial y una función particular en el equilibrio del universo, las plantas, los animales, el trabajo, el descanso, la sexualidad, las alegrías, las celebraciones e incluso el dolor y la desgracia. Cuando “vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno” (Gn 1,31), no se refiere a la ausencia de la enfermedad y la muerte, sino el hecho de que toda criatura tenía un sentido; todo servía perfectamente a la realización de su proyecto.

 

¿Qué tenía que hacer el hombre? Estudiar la creación, la comprensión de su significado, descubriendo que la tarea era realizar y adaptar cada acción a la voluntad de Dios. Todo sería armonía si el hombre hubiese mantenido en su lugar y respetado el orden establecido por el Señor. Habría armonía entre el hombre y Dios: la armonía representada en el libro del Génesis con la imagen dulce del Señor que camina en el jardín al lado del hombre, mientras que la brisa de la tarde los acaricia (Gen 3,8); habría armonía entre el hombre y la naturaleza: el mundo sería amado, respetado y cuidado como un jardín; habría armonía entre el hombre y el hombre: sin dominio, sin opresión, sin explotación egoísta, sólo la alegría de ser un don de Dios para los demás.

 

Es en este punto en cambio que, desde el principio del mundo, entró en escena la serpiente que convenció al hombre para ir más allá de los límites impuestos por su condición de criatura y dejar a un lado el plan del Creador y de inventar uno nuevo, seguiendo sus propios caprichos y artimañas, con la ilusión de conseguir su plena realización y la felicidad.

 

¿Quién es esta serpiente? Nada más que la locura del hombre que, en un delirio de omnipotencia, pretende reemplazar a Dios y se declara autónomo en la toma de decisiones sobre lo que es bueno y lo que es malo. Esta osadía de autosuficiencia lo tienta de manera sutil y silenciosa, como la serpiente y le hace tomar decisiones de muerte.

 

El pecado causa la rotura de todas las armonías y la lectura  muestra las consecuencias dramáticas a través de imágenes.

 

El hombre que se deja seducir por la “serpiente”, que está en él mismo, termina estando fuera de lugar. Dios lo busca, lo llama: “¿Dónde estás?”, pero no lo encuentra (vv. 8-10), porque no está donde debería estar. Como padre, el Señor es dolorido por el mal que se ha hecho, y para recuperarlo, lo invita a considerar en qué estado ha reducido su persona. “¿Dónde estás?” Significa: “¿Dónde has ido? ¿Qué has hecho con tu vida?”.

 

La respuesta del hombre: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí” (v. 10) expresa el rechazo de la presencia de Dios, a quien no se considera más como un amigo, sino como un rival que hay que evitar, como un tirano que amenaza la independencia y la libertad.

 

Ocultarnos de Dios es alejarnos de la oración, de la lectura de la Biblia, de la vida de la comunidad para no ser cuestionado, para no sentirse obstaculizado en sus propis elecciones. El hombre tiene miedo de Dios porque teme que le prive de la felicidad; pero en realidad no hace más que sumergirse en el abismo de la confusión más completa.

 

La segunda consecuencia de la decisión de distanciarse de Dios en las elecciones morales es el elejamiento de los hermanos (vv. 12,16). Adán acusa a Eva, que culpa a la serpiente, ambos reprochan a Dios haber creado un mundo equivocado. Fuiste tú –insinúa Adán– quien me pusiste al lado de una persona, que en lugar de llevarme a ti, me ha alejado de tu proyecto. Yo confiaba en ella porque me la habías dado.

 

Esta reacción representa la tentación de descargar la responsabilidad del mal a un chivo expiatorio que puede ser la familia en la que uno nace, la sociedad, la educación y, en última instancia, sobre Dios que quiso que el hombre pudiese realizarse en el encuentro con los demás seres humanos, que, sin embargo, a menudo en lugar de elevarlo, lo arrastra hacia abajo.

 

La mujer, entrevistada por su parte, culpa a la serpiente y, como la serpiente no es más que la otra cara de nuestra humanidad, sus palabras son una nueva acusación contra Dios: has hecho mal las  cosas, la creación del hombre tal como es, capaz de hacer locuras y crímenes; ¿por qué no lo hiciste diferente, perfecto? ¿Por qué esta “serpiente” insidiosa que inyecta veneno mortal?

 

Después de dirigirse al hombre y a la mujer, esperaríamos que Dios sondee la serpiente, en cambio, no es así, porque la serpiente no es una criatura diferente del hombre, sino la contraparte del hombre, la que se opone a Dios.

 

¿Dominará siempre la serpiente sin oposición?

 

Desde nuestro punto de vista la condición humana parece desesperada y Pablo lo describe en términos dramáticos: “Lo que realizo no lo entiendo, porque no hago lo que quiero, sino que hago lo que destesto…. Si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo ejecurta, sino el pacado que habita en mí…. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de esta condición mortal?” (Rom 7,15-24).

 

¿Sera definitiva la derrota del hombre?

 

En la última parte del texto (vv. 14-15) Dios responde a esta pregunta inquietante.

 

La lucha entre la “serpiente” y el hombre continuará hasta el fin del mundo, pero aquí este será el resultado de la confrontación: “la serpiente” está declarada maldita, o sea que carece de una fuerza sobrenatural e irresistible, puede ser vencida y de hecho lo será, como Dios asegura, a través de imágenes vivas y eficaces. Dice: comerá polvo, es decir, su derrota será inevitable y evidente (Sal 72,9); arrastrarse por el suelo, como se ven obligados a hacer los enemigos derrotados delante del ganador (Sal 72,11); se le aplastará la cabeza y, aunque, hasta el final, intentará poner en práctica sus trampas mortales, no lo conseguirá.

 

Es la promesa de la salvación universal.

 

“¿Quién me librará” de la condición de esclavitud impuesta por la “serpiente”, preguntó Pablo (Rom 7:24). Encontraremos la respuesta en el Evangelio de hoy, pero ya se ha anunciado en el pasaje del Génesis: Uno de la simiente de la mujer prevalecerá sobre la “serpiente” y la herirá en la cabeza.

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Segunda Lectura: 2 Corintios 4,13–5,1

 

 

Hermanos: Como poseemos el mismo espíritu de fe conforme a lo que está escrito: creí y por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos, 4,14: convencidos de que quien resucitó al Señor Jesús, nos resucitará a nosotros con Jesús y nos llevará con ustedes a su presencia. 4,15: Todo esto es por ustedes, para que, al multiplicarse la gracia entre muchos, sean también numerosos los que den gracias para gloria de Dios. 4,16: Por tanto no nos acobardamos: si nuestro exterior se va deshaciendo, nuestro interior se va renovando día a día. 4,17: A nosotros la angustia presente, que es liviana y pasajera, nos prepara una gloria perpetua que supera toda medida, ya que tenemos la mirada puesta en lo invisible, no en lo visible, 4,18: porque lo visible es pasajero, pero lo que no se ve es para siempre. 5,1: Sabemos que, si esta tienda de campaña, nuestra morada terrenal, es destruida, tenemos una vivienda eterna en el cielo, no construida por manos humanas, sino por Dios.  Palabra de Dios

 

 

Esta carta fue escrita en un momento en que las relaciones entre Pablo y los corintios eran tensas. Había imntrigantes dentro de la comunidad que causaban tensión y ldiscordia, defendían opiniones contrarias al evangelio y trataban por todos los medios poner una mala luz sobre la persona y obra del Apóstol. Después de años de trabajo y fatiga, soportados por amor a Cristo, Pablo también estaba empezando a sentir que su fuerza venía a menos.

 

El pasaje de hoy nos da una reflexión conmovedora sobre su situación interna. No pierdo el corazón – dice– aunque me doy cuenta de que mi cuerpo se va desgastando. 

 

Al debilitamiento físico, no corresponde –asegura–  un debilitamiento interior; todos los días verifico el crecimiento del hombre nuevo destinado a permanecer para siempre (v. 16).

 

Este pensamiento que infunde alegría y consuelo en Pablo, se desarrolla en los siguientes versículos (vv .18-19) a través del contraste entre la tribulación que es “ligera y momentánea” y la gloria futura que es en vez “eterna y sin límites”.

 

De esta observación surge la invitación a apartar la mirada de las cosas visibles y fijarla en las  invisibles, que son imperecederas.

 

Pablo no enseña a despreciar las cosas de este mundo, no llama a la desconexión y desinterés en hacer frente a los problemas de este mundo, sino que nos invita a darles el valor correcto. Las posesiones materiales no pueden de ninguna manera convertirse en ídolos, no constituyen el fin último de la vida. El hombre las utiliza para vivir, pero no vive para acumular. Él sabe que esta vida no es definitiva, tiene un principio y un fin. Sabio es el que programa teniendo en cuenta que es sólo una gestación y preparación de un nacimiento.

 

En el último verso (5,1) el Apóstol proclama su certeza gozosa: cuando nuestra morada terrenal sea destruida, tenemos una vivienda eterna en el cielo, no contruìda por manos huamanas.

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Evangelio: Marcos 3,20-35


 

En aquel tiempo volvió Jesús a casa, y se reunió tal gentío que no podían ni comer. 3,21: Sus familiares, que lo oyeron, salieron a calmarlo, porque decían que estaba fuera de sí. 3,22: Los letrados que habían bajado de Jerusalén decían: Lleva dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios. 3,23: Él los llamó y por medio de comparaciones les explicó: ¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? 3,24: Un reino dividido internamente no puede subsistir. 3,25: Una casa dividida internamente no puede mantenerse. 3,26: Si Satanás se levanta contra sí mismo y se divide, no puede subsistir, más bien va camino de su fin. 3,27: Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte y llevarse sus cosas si primero no lo ata. Después podrá saquear la casa. 3,28: Les aseguro que a los hombres se les pueden perdonar todos los pecados y las blasfemias que pronuncien. 3,29: Pero el que blasfeme contra el Espíritu jamás tendrá perdón; será culpable para siempre. 3,30: Jesús dijo esto porque ellos decían que tenía dentro un espíritu inmundo. 3,31: Fueron su madre y sus hermanos, se detuvieron fuera y lo mandaron a llamar. 3,32: La gente estaba sentada en torno a él y le dijeron: Mira, tu madre y tus hermanos y hermanas están fuera y te buscan. 3,33: Él les respondió: ¿Quién es mi madre y mis hermanos? 3,34: Y mirando a los que estaban sentados en círculo alrededor de él, dijo: Miren, éstos son mi madre y mis hermanos. 3,35: Porque el que haga la voluntad de mi Padre del cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre. Palabra del Señor

 

 

“¿Quién es este” es la pregunta que, desde el principio del Evangelio de Marcos, todos se preguntan acerca de Jesús. ¿Quién es este hombre que echa fuera demonios, enseña con autoridad, acaricia a los leprosos, se sienta a la mesa con los pecadores, no practica el ayuno, rompe el precepto del sábado y tiene valentía para desafiar a los escribas y fariseos “que lo miran con indignación” (Mc 3,5)?

 

En el pasaje de hoy tenemso dos interpretaciones de la identidad de este personaje tan enigmático. La primera es la de los miembros de la familia que se introducen en el comienzo del episodio (vv. 20-21) y que vuelven a aparecer al final (vv. 31-35). El segundo es la formulada por una delegación de escribas, probablemente enviados por el Sanedrín de Jerusalén a pedirle cuenta, oficialmente, de la posición inexplicable referente a la ley y las instituciones religiosas de su pueblo (vv. 22-30).

 

Reconstruyamos la escena: Jesús se encuentra en una casa –se supone que en Capernaún– está rodeado por una gran multitud y está exponiendo su “nueva doctrina”. El interés es tal que la gente se olvida o ni siquiera tienen tiempo de comer (v. 20).

 

En este punto, la escena se detiene y se vuelve a Nazaret, donde la familia se enteró de que Jesús, con su predicación y sus obras, está causando tensiones y provocando problemas graves; se ponen en camino para recogerlo y dan su interpretación de lo que está sucediendo: “¡Está fuera de sí!”, dicen (v. 21). Una opinión que nos deja desconcertados, especialemente si se considera que en el grupo, con los hermanos y hermanas, estaba también la madre (v. 31).

 

Entre la salida de estos familiares y su llegada en Cafarnaúm, se inserta la discusión entre Jesús y los escribas que habían venido de Jerusalén. Estos abren la hostilidad con grandes acusaciones, que es también su respuesta a la pregunta en la mente de todos: “¿Quién es este?”. Es un pecador –afirman– es uno que actúa con el príncipe de los demonios. Jesús responde con imágenes y parábolas, habla de Satanás, de un hogar roto que no se puede sostener, una casa ocupada por un hombre fuerte que es atado y concluye con la declaración enigmática sobre el pecado que no puede ser perdonado.

 

Examinemos el contenido del texto, mirando, en primer lugar, los versículos que, al principio y al final tratan sobre la familia. Hicieron el viaje “para llevarse” a Jesús. ¿Cómo se explica su decisión?

 

Hacía ya varios meses que había dejado Nazaret y recorría Galilea “predicando en las sinagogas y expulsando demonios” (Mc 1,39). En su lugar de origen habían llegado informes contradictorios sobre sus actividades. Algunos hablaban con entusiasmo, pero los más ponían objeciones y estaban desconcertados. Ahora todos se han dado cuenta de que su mensaje no está en sintonía con la doctrina oficial de los escribas y fariseos, y que su comportamiento no se ajusta a las tradiciones sagradas de los antiguos. Alguien comienza a llamarlo loco y “samaritano”, esto es herético (Jn 8,48.52). Inquieta especialmente el hecho de que los fariseos y los herodianos ya se han reunido para estudiar la manera de deshacerse de él (Mc 3,6). Existen, por tanto, todas las razones para estar preocupados. La familia se siente convocado, se pregunta si es el momento de llamarlo al orden, para conseguir que se ajuste a un comportamiento más convencional; en Oriente el clan generalmente interviene, y se mueve guiado por el padre o el hijo mayor.

 

Cuando la madre, los hermanos y hermanas vienen a Capernaum Jesús se encuentra en casa, en medio de un círculo de personas. Ellos no entran, quieren hablar con él y piden que salga afuera.

Ahora, el espacio de la imagen adquiere un valor teológico claro: hay una clara distinción entre los de fuera y los de dentro, entre los hermanos, hermanas y madre de antes y los de ahora.

 

Los familiares que se quedan fuera representan, en la intención de Marcos, el antiguo Israel. Con razón, el evangelista no menciona a María por su nombre, sino que simplemente la llama “madre”, porque la considera el símbolo de la “mujer Israel”, del pueblo del que nació el salvador. El antiguo Israel fue tomado por sorpresa por el Mesías de Dios: ha visto poner en entredicho todas sus convicciones teológicas y esperanzas acumuladas a lo largo de los siglos; se sintió el llamado a la conversión, a un cambio radical en el pensamiento y trató de recuperar la posesión de Jesús, su hijo, y ha estado tratando de hacerlo retornar a la familia, para que vuelva en al molde tradicional.

 

Jesús no lo puede aceptar. No es él el que tiene que salir, son ellos son los que están fuera, los que tiene que entrar y aceptar las condiciones establecidas por Dios para pertenecer a una nueva familia, la nueva madre de Israel, la comunidad cristiana. Ellos tienen que abandonar sus sueños, sentarse a su alrededor como hermanos y hermanas, y dejar que los ojos de Jesús los escudriñen (v. 34), escuchar su palabra y estar disponibles para el Señor para cumplir su proyecto (v. 35). Los que se quedan fuera de esta perspectiva, de esta “nueva casa”, aunque biológicamente sean hijos de Abrahán, no son ni su hermano, ni su hermana o su madre; se excluye a sí mismo del Israel de Dios.

 

Estos familiares son también todos aquellos que sólo pertenecen “materialmente” a la familia de Jesús, tienen sus nombres escritos en los registros de bautismos, están convencidos de que ellos lo conocen bien porque, desde la infancia, crecieron oyendo hablar de él, pero no están siempre “sentados a sus pies” para oírle, no orientan todas sus opciones con su palabra, tratan de adaptarse al “sentido común” humano y, cuando no están de acuerdo con él, no lo siguen. Permanecen fuera de la nueva casa, incluso si llevan una vida un poco mejor que antes.

 

 

En la parte central del texto (vv. 22-30), insertada entre la partida y la llegada de los familiares, se introduce un segundo grupo, los escribas que tienen ya hecha su opinión acerca de Jesús y la propagan entre la gente. Es un hombre poseído –afirman– y realiza curaciones porque lo hace en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios.

 

Durante varios siglos existió en Israel la creencia generalizada de que todo el mal en el mundo se debía a una serie de poderes demoníacos. A la cabeza de este “ejército de las tinieblas” se creía que estaba Belcebú; inmediatamente por debajo de él en la jerarquía, estaban seis archidiablos, bajo los cuales actuaban otros demonios, personificaciones de todas las fuerzas del mal: la violencia, la arrogancia, la avaricia, la pereza, la lujuria; a un nivel inferior estaba el “mal” que causaba enfermedades, desgracias, calamidades.

 

Este era el lenguaje utilizado en ese momento para formular una explicación de la maldad que existe en el universo y Jesús se adapta a esa mentalidad. Para transmitir su mensaje recurre a la imagen de siempre: el “reino de Dios” y el “reino de Satanás” se enfrentan entre sí con sus ejércitos angélicos desplegados en batalla. En realidad se trata de la lucha incesante entre las fuerzas divinas, que da vida, y los impulsos hacia el mal arraigados en el hombre, causando la muerte. Estas fuerzas diabólicas y homicidas, es cierto, se encarnan, es decir, actúan en y por medio del hombre. El primer ejemplo es el de Pedro a quien Jesús llama “Satanás” (Mc 8,33) porque él es seducido por la sabiduría de este mundo y negó los juicios de Dios.

 

A las acusaciones de los escribas Jesús responde con un argumento que, además de ser cotradictorio, indica el principio para que, en cualquier momento, nos permita discernir quien trabaja en nombre de Dios y quien está del lado del mal. El criterio de discernimiento es la búsqueda del bien y de la vida humana. Todo lo que vaya contra el hombre está movido por el diablo.

 

Es fácil para Jesús probar que sus obras son de Dios, porque devuelve la vida. Sus acciones son, por lo tanto, incompatibles con los diseños de Satanás. El que trabaja a favor del hombbre, sana a los enfermos, da pan al que tiene hambre, sea creyente o no, son acciones que solo pueden ser animadas por el Espíritu de Dios.

 

La segunda imagen que Jesús utiliza para refutar la acusación de los escribas es la de un hombre fuerte que es derrotado por uno más fuerte. El reino del diablo –asegura– tuvo su día, su fin ya ha comenzado porque el mundo ha entrado en una fuerza de bien inmensamente superior. Aunque Satanás aparentemente todavía sea el dominador, de hecho ya ha sido destronado, ya no domina desde arriba y, de hecho, Jesús lo ve “caer del cielo como un rayo”; “El hombre más fuerte” le ha quitado la capacidad de dañar (Lc 10,18-19).

 

Estas declaraciones son una invitación a la esperanza, un estímulo para crecer en la certeza de que el plan de salvación de Dios se llevará a cabo, a pesar de que aún se requerirá mucho tiempo antes de esta victoria se manifiesta en plenitud. Pensar de otro modo, resignarse frente al mal, dejando caer los brazos, es reconocer que Jesús es menos potente que el mal.

 

El grupo de escribas que cree que Jesús es un agente de Satanás, representa a quellos que, entonces como ahora, están luchando contra los que, creyendo en Dios o no, se ponen del lado del hombre. Quién oprime al hombre, quien lo esclaviza, se siente cada vez más amenazado y puesto en cuestión por el evangelio de Cristo. Por eso reacciona, se vuelve agresivo, defiende su posición con todas las herramientas del mal, con la amenaza, el insulto, la calumnia e incluso la violencia.

 

Concluyendo su propia defensa, Jesús hace una afirmación solemne: “Todos los pecados serán perdonados, excepto la blasfemia contra el Espíritu” (vv. 28-30.).

 

Destacamos en primer lugar la primera parte de la frase. Jesús asegura que todos los pecados serán perdonados. La derrota del mal –es cierto– será plena, universal y definitiva. ¿Cuál es entonces el pecado contra el Espíritu Santo?

 

Por lo que se dice en el v. 30 se intuye que Jesús acusa de este pecado a los que dicen que su trabajo viene del maligno, los que argumentan que su palabra actúa contra el hombre. Blasfemia contra el Espíritu Santo el se aleja de Jesús y de su Evangelio, porque cree que indican caminos de muerte.

 

La declaración de Jesús, por supuesto, no se refiere a la condena al infierno. Él habla del presente, no del futuro, quiere agitar la conciencia y denunciar la gravedad de una elección contraria al plan de Dios y al Espíritu. Para lograr su objetivo pastoral recurre al uso de una imagen impresionante, como lo solían hacer los rabinos de su tiempo, cuando querían inculcar una verdad importante. No es una amenaza de castigo eterno: advierte de un peligro actual.

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

https://youtu.be/zvQ4kx_PTiw

 

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