Archivo mensual: agosto 2018

 
 

Asunción de la Virgen María – 15 de agosto

El Señor de la vida ha hecho grandes

cosas por nosotros

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini
con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

María es recordada por última vez en el Nuevo Testamento al comienzo del libro de Hechos: en la oración, rodeada por los apóstoles y la primera comunidad cristiana (Hch 1,14). Entonces esta dulce y reservada mujer abandona la escena, silenciosa y discretamente lo mismo que al entrar. Desde entonces no sabemos nada de ella. Donde pasó los últimos años de su vida y cómo dejó esta tierra no se menciona en los textos canónicos. Muchas versiones de un solo tema: la Dormición de la Virgen María, se difundieron entre los cristianos a partir del siglo VI.

 

Estos textos apócrifos transmitieron una serie de noticias sobre los últimos días de María y sobre su muerte. Se trata de cuentos populares, en gran parte ficticios, cuyo núcleo original, sin embargo, se remonta al siglo II en torno a la iglesia madre de Jerusalén. Pero allí también encontramos información confiable.

 

Después de la Pascua, María, con toda probabilidad, vivió en Jerusalén, en el monte Sión, tal vez en la misma casa donde su hijo había celebrado la Última Cena con sus apóstoles. Llegó su hora de salir de este mundo –y aquí comienza el aspecto legendario de las historias apócrifas– apareció un mensajero celestial y le anunció su próxima salida. De las tierras más remotas, los apóstoles, milagrosamente transportados sobre las nubes, llegaron a su lecho, conversaron con ella tiernamente, permaneciendo a su lado hasta el momento en que Jesús, con una multitud de ángeles, vino a llevar su alma.

 

Acompañaron su cuerpo en una procesión al arroyo de Cedrón, y allí lo colocaron en una tumba cortada en la roca. Este es probablemente un detalle histórico. Desde el primer siglo, de hecho, su tumba, cerca de la gruta de Getsemaní, ha sido continuamente venerada. En el siglo cuarto, este sitio fue aislado de los demás y en este lugar se construyó una iglesia.

 

Tres días después de su entierro –y aquí las noticias legendarias se reanudan– Jesús aparece de nuevo para tomar también su cuerpo que los apóstoles habían seguido observando. Dio órdenes a los ángeles que la trajeran sobre las nubes y que los apóstoles la acompañaran. Las nubes se dirigían al este, al arco del paraíso y llegaban al reino de la luz. Entre las canciones de los ángeles y los aromas más deliciosos, la pusieron al lado del árbol de la vida.

 

Estos detalles ficticios, evidentemente, no tienen valor histórico, sin embargo, dan testimonio, a través de imágenes y símbolos, de la incipiente devoción del pueblo cristiano por la madre del Señor.

 

La reflexión de los creyentes sobre el destino de María después de la muerte siguió creciendo a lo largo de los siglos. Llevó a la creencia en su asunción y, el 1 de noviembre de 1950, vino la definición papal: “La Inmaculada Concepción Madre de Dios siempre Virgen, terminó el curso de su vida terrenal, fue asunta cuerpo y alma en la gloria celestial”.

 

 

¿Qué significa este dogma? ¿Acaso es que el cuerpo de María no sufrió corrupción o que sólo ella y Jesús estarían en el cielo en carne y hueso, mientras que los demás estarían muertos y sólo con sus almas en el cielo, esperando la reunificación con sus cuerpos?

 

Esta visión ingenua de la Ascensión de Jesús y de la Asunción de María, además de ser un legado de la filosofía dualista griega y que contradice a la Biblia que considera al hombre como una unidad inseparable, es positivamente excluida por Pablo. Escribiendo a los Corintios, aclara que no es el cuerpo material el que resucita, sino “un cuerpo espiritual” (1 Cor 15,44).

 

El texto de la definición papal no habla de “asunta al cielo” –como si hubiera habido un cambio en el espacio o un “rapto” de su cuerpo de la tumba a la morada de Dios– sino que dice: “asunta a la gloria celestial”.

 

La “gloria celestial” no es un lugar, sino una nueva condición. María no fue a otro lugar, llevando con ella los frágiles restos que están destinados a volver al polvo. Ella no ha abandonado la comunidad de discípulos que continúan caminando como peregrinos en este mundo. Ella ha cambiado la manera de estar con ellos, como lo hizo su Hijo el día de Pascua.

 

María, la “sierva del Señor”, se presenta hoy a todos los creyentes no como una privilegiada, sino como el modelo más excelente, como el signo del destino que espera a toda persona que cree “que la palabra del Señor se hará realidad” (Lc 1,45).

 

Las fuerzas de la vida y la muerte se enfrentan en un duelo dramático en el mundo. El dolor, la enfermedad, las debilidades de la vejez son las escaramuzas que anuncian el asalto final del temible dragón. Eventualmente, la lucha se convierte en unilateral y la muerte siempre agarra a su presa. ¿Acaso Dios, “amante de la vida”, ve impasiblemente esta derrota de las criaturas en cuyo rostro se imprime su imagen? La respuesta a esta pregunta nos es dada hoy en María. En ella, estamos invitados a contemplar el triunfo del Dios de la vida.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“O Dios, amante de la vida, no abandonas a nadie en la tumba”.

 

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20º Domingo del Tiempo Ordinario – 19 de agosto de 2018 – Año B

Y el Verbo se hizo pan eucarístico

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Un gesto afectuoso es una manera de decirle al otro: tú eres mi confidente y me alegro de tener tu confianza. Pero si la otra persona se retrae, uno se siente rechazado o mal entendido. El apretón de manos, las flores, la lámpara encendida al santo patrono expresan sentimientos, emociones, estados de ánimo que ninguna palabra está en grado de expresar. El soplar las velas, seguido del aplauso de amigos y tarjetas de felicitación, marca el clímax de la celebración del cumpleaños. Los gestos solo aparentemente están faltos de lógica. El rito, aunque diferente del razonamiento positivista, está lleno de significados y mensajes.

 

¿Cómo pueden los amigos manifestar su alegría por nuestro nacimiento si no estaban allí cuando emitimos el primer grito? Ese día, ya lejano, no puede ser alcanzado, pero se puede reproducira través del rito. El soplo que apaga la pequeña vela, cancela nuestros años, nos lleva de nuevo al momento del nacimiento, reproduce nuestro primer aliento y ofrece la oportunidad de festejar nuestra llegada al mundo. No tendría sentido consumir solos el pastel de cumpleaños.

 

El hombre viene de la tierra, está estrechamente ligado a otros seres vivos y a las criaturas materiales con las que está llamado a construir una armonía creciente, experimentando al mismo tiempo una profunda necesidad de concretizar, hacer perceptible a los sentidos, incluso las realidades invisibles y divinas.

 

Los sacramentos son la respuesta de Dios a esta necesidad.

 

En la Última Cena, Jesús instituyó el rito con el que hacer presente su acto supremo de amor, el don total de la vida. La Palabra de Dios, el pan del cielo, ahora realmente se puede asimilar, no sólo con la mente y el corazón, sino también a través del sacramento. Y de este signo sensible, tendremos siempre hambre mientras peregrinemos por este mundo.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El hombre no vive solamente de la Palabra, sino también de la Palabra hecha pan”.

 

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21ª Domingo del Tiempo Ordinario – 26 de agosto de 2018 – Año B

A veces Dios nos pide verdaderamente demasiado

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El resultado de un examen histológico, la respuesta de un ultrasonido, los resultados de la amniocéntesis, el diagnóstico de un médico pueden perturbar la vida de una persona, desbaratar los planes y los sueños de una pareja, colocados frente a decisiones dramáticas y la alternativa es siempre entre la sabiduría de este mundo y el de Cristo.

 

Hacer de la propia vida un don no es fácil ni cómodo; requiere sacrificio, renuncia, ascetismo. Requiere aceptar la voluntad de Dios y estar dispuesto a seguir “la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), incluso cuando todo induciría a considerarla ilógica y sin sentido.

 

Es difícil escuchar al Espíritu, elevarse a Dios y centrarse en la vida que permanece para siempre. Más fácil, aunque sea decepcionante, es entrar por la puerta grande y elegir el camino espacioso (cf. Mt 7,13), replegándose en las perspectivas materiales, olvidando que “la apariencia de este mundo se está acabando” (1 Cor 7,31) y que de nada vale ganar todo el mundo si pierde su vida (cf. Mt 16,26). Tomar decisiones, “según la carne” parece razonable, aunque, interiormente, nos damos cuenta de que “toda carne es hierba y su belleza como flor campestre” (Is 40,6).

 

También el discípulo que ha “saboreado la Palabra buena de Dios y las maravillas del mundo venidero” (Heb 6,5) sigue estando sujeto a la tentación de dar la espalda a Cristo y “preferir el mundo presente” (cf. 2 Tim 4,9).

 

La Eucaristía es una propuesta. Los que deciden recibirla aceptan la Luz y rechazan la oscuridad. Esta es la opción que califica al cristiano.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cuando todas las razones estuvieran de un lado y Cristo del otro, elegiría a Cristo”.

 

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