Archivo diario: octubre 10, 2018

 
 

28º Domingo del Tiempo Ordinario – 14 de octubre de 2018 – Año B

Deja los bienes y obtendrás el Bien

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Elegido como árbitro de la competición musical entre la flauta de Pan y la lira de Apolo, el rey Midas había atribuido la victoria a la primera. Sólo un tonto, uno con la sensibilidad musical de un asno podría dar un juicio tan desquiciado. Le crecieron orejas de burro y se convirtió en símbolo del hombre descerebrado. Un día, Dionisio, agradecido por un favor recibido, le permitió expresar un deseo, prometiéndole cumplirlo. Midas, sin reflexionar y guiado por su necedad proverbial, pidió que todo lo que tocara se convirtiera en oro, y así sucedió pero desde entonces, ya no pudo comer ni beber.

 

De estos mitos solamente se ríe quien no se da cuenta que reflejan nuestra realidad y denuncian nuestras decisiones insensatas.

 

Somos nosotros quienes, entre el sonido de la lira de Apolo, símbolo de la armonía, el equilibrio de las pasiones, la moderación, y la melodía de la flauta, un instrumento de seducción y de estímulo para los excesos, preferimos esta última.

 

El frenesí insaciable de oro, la codicia de los bienes, la idolatría del dinero son fuentes de preocupación, ansiedad y afán; ahogan y hacen la vida imposible pero, aun así, siguen siendo considerados por muchos como objetivos por los que vale la pena vivir. Todo lo que se toca –la profesión, la investigación científica, las amistades, la familia y, a veces, hasta la misma religión es apreciado… si produce oro. Ésta es la locura.

 

“El hombre de orejas de burro” era considerado por los sabios de la antigüedad como un “loco” y así ha sido juzgado por Jesús quienes hacen de la acumulación de bienes el sentido de su existencia (cf. Lc 12,20).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Yo no quiero jugarme la vida por los bienes, sino por el Bien”.

 

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29º Domingo del Tiempo Ordinario – 21 de octubre de 2018 – Año B

 

¿Qué corona, qué diadema es la que Dios elige?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El primer cisma en la iglesia ha tenido lugar ante los mismísimos ojos de Jesús; dos de sus discípulos contra diez y diez contra los dos (cf. Mc 10,35-41). El motivo de la disputa no fue una discusión teológica o el rechazo de algún dogma, sino la ambición de poder, la lucha por los primeros puestos. Fue el comienzo de una dolorosa historia de división y conflictos eclesiales, siempre desencadenados por rivalidades mezquinas. Cuando alguien quiere dominar sobre los demás, el grupo se desmorona. Ni siquiera el sistema democrático elimina las disputas, porque éste no las cura de raíz, porque todo se reduce a un juego de equilibrios, a un intento de reconciliar egoísmos contrapuestos. 

 

Jesús ha constituido los Doce para que sean el signo en el mundo de una nueva sociedad en la que sea abolida toda pretensión de dominio y se cultive una sola ambición: la de servir a los más pobres. Tarea difícil. La mentalidad de este mundo se ha infiltrado, ya desde sus comienzos, incluso en la misma Iglesia, haciendo que a lo largo de los siglos surgieran en el ella los criterios mundanos del dominar, de afán de poseer, de enseñorearse sobre los demás. La tiara, la célebre corona del Papa, era el símbolo de la autoridad y la jurisdicción universal del obispo de Roma. Su origen es incierto, pero en el siglo XIII consistía en una sola corona; un siglo más tarde le fue añadida otra más y una tercera a los pocos años, resultando en tres coronas superpuestas símbolos de los tres reinos en los que el Papa ejercía su jurisdicción: el Estado Pontificio, la Iglesia y la sociedad cristiana de entonces. Cuando Pablo VI fue elegido papa, realizó un gesto histórico: se puso la tiara en la cabeza e inmediatamente se la quitó, esta vez para siempre. Ser tres veces rey era un símbolo demasiado ambiguo, demasiado comprometido, incompatible con la única diadema gloriosa que había adornado la cabeza del Maestro, la corona de espinas.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grande es el que sirve”.

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30º Domingo de Tiempo Ordinario – 28 de octubre de 2018 – Año B

Abandona el manto

para poder ver mejor

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

 Introducción

 

Homero veía, pero se le representa ciego. Era el símbolo de los hombres inspirados, de los que, al penetrar en las verdades profundas, ocultas al común de los mortales, tienen que cerrar los ojos a la realidad de este mundo. En la antigua Grecia, incluso los magos, los adivinos, los rapsodas eran considerados ciegos: tenían que abstraerse de las apariencias engañosas, ignorar las vanaglorias terrenas, para captar la luz y los pensamientos de los dioses.

 

Es encomiable su búsqueda apasionada de la verdad y su compromiso de educar a la sabiduría pero, ante los grandes enigmas del universo y del hombre, tuvieron que rendirse, caminaban a tientas en la oscuridad, continuaron siendo ciegos.

 

Los peripatéticos, endosando el manto, un símbolo de los que cultivan el amor a la sabiduría, disertaban sobre la verdad mientras paseaban alrededor de la Acrópolis de Atenas; los académicos, los epicúreos y estoicos reflexionaron sobre el dolor, la felicidad, el placer y el sentido de la vida. En Atenas, descrita por Cicerón como “la luz de toda Grecia”, todos, como ciegos, dirigían su mirada anhelando la luz. Pero no fue de esa ciudad de donde vendría la luz del mundo.

 

Reinaba Tiberio cuando, en las montañas de Galilea, un carpintero de Nazaret comenzó a proclamar la buena noticia. Fue entonces que “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt 4,16). Para los antiguos filósofos había llegado el momento de dejar sus mantos y alzar la vista: desde arriba había venido a visitar a los hombres “un sol naciente, para los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte” e indicar a los ciegos el camino de la paz (Lc 1,78-79).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Las propuestas del mundo me envuelven en la oscuridad, las del evangelio tienen luz”.

 

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