Archivo mensual: diciembre 2018

 
 

3er Domingo de Adviento – Año C – 16 de diciembre de 2018

Alegría: un regalo a recibir

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

¿Qué le pide el hombre a la vida sino la felicidad? La Biblia hebrea usa alrededor de veintisiete sinónimos para expresar sentimientos de alegría. Nada más contrario a la Biblia, por tanto, que una religión del victimismo, del mal humor, de caras largas que a veces se perciben incluso en nuestras asambleas dominicales.

 

Pero, ¿cómo alcanzar la felicidad? ¿Son suficientes la riqueza, la buena salud, el éxito? ¿Quién puede ser considerado realmente feliz?

 

A esta pregunta, el israelita de los tiempos bíblicos respondía: feliz es aquel que disfruta de los frutos de su campo (cf. Is 9,2), que alegra su corazón con el vino (cf. Jue 9,13), quien tiene una familia unida (cf. Dt 12,7) y tiene numerosa descendencia (cf.1 Sam 2,1.5); feliz es el pueblo que obtiene una victoria militar (cf. 1 Sam 18,6), que contempla la propia ciudad reconstruida (cf. Ne 12,43), que celebra con himnos, música y bailes las cosechas abundantes que Dios le ha dado (cf. Dt 16,11.14). Pero todo esto –lo sabemos– no es suficiente.

 

Con nuestras mañas, nuestros manejos, nuestros esfuerzos podemos, sí, lograr estar contentos, de buen humor, eufóricos, reír, sentir placer, divertirnos, pero no gozar de la verdadera alegría. Ésta es fruto exclusivo del Espíritu y sólo podemos poseerla como don recibido.

Podemos, sin embargo, poner obstáculos: las lecturas de hoy nos ayudarán a identificarlos y a eliminarlos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Aleluya, está viniendo a nosotros el Dios de la alegría”.

 

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Cuarto Domingo de Adviento – Año C – 23 de diciembre de 2018

Ricos de su pobreza

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Respóndeme, porque soy pobre” (Sal 86,1), así reza el salmista. Sorprende el argumento que usa con el fin de convencer a Dios para que intervenga en su favor: soy pobre.

 

Para obtener acceso a los palacios de los reyes, de los mandatarios de este mundo, se necesitan recomendaciones sólidas, títulos meritorios, credenciales de peso. Con Dios no es así: el único certificado necesario para ser recibido en audiencia es “ser pobre”.

 

Sus simpatías son para los pequeños, los indefensos, los abandonados. Él es “el Padre de huérfanos y protector de las viudas” (Sal 68,6), prefiere a quienes no cuentan, a los despreciables a los ojos de los hombres. “El Señor te ha elegido –dice Moisés a los israelitas– no por ser más numeroso que cualquier otro pueblo (son, en realidad, el más pequeño de todos los pueblos), sino porque el Señor te ama” (Dt 7,7-8).

 

“Los pensamientos del Señor no son como nuestros pensamientos y sus caminos no son nuestros caminos” (Is 55,8), por esto son difíciles de entender. Gedeón, llamado a realizar una ardua misión, objeta asombrado: “¡Oh, Señor! ¿Cómo puedo yo librar a Israel? ¡Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre!” (Jue 6,15).

 

Las lecturas de hoy nos presentan una serie de situaciones y personajes insignificantes en los que Dios ha hecho maravillas. Son una invitación a reconocer –como hizo María– nuestra pobreza y a disponernos para recibir la obra de salvación que el Señor viene a realizar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grandes cosas hará el Señor por los pobres que confían en él”.

 

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