Archivo diario: diciembre 18, 2018

Cuarto Domingo de Adviento – Año C – 23 de diciembre de 2018

Ricos de su pobreza

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Respóndeme, porque soy pobre” (Sal 86,1), así reza el salmista. Sorprende el argumento que usa con el fin de convencer a Dios para que intervenga en su favor: soy pobre.

 

Para obtener acceso a los palacios de los reyes, de los mandatarios de este mundo, se necesitan recomendaciones sólidas, títulos meritorios, credenciales de peso. Con Dios no es así: el único certificado necesario para ser recibido en audiencia es “ser pobre”.

 

Sus simpatías son para los pequeños, los indefensos, los abandonados. Él es “el Padre de huérfanos y protector de las viudas” (Sal 68,6), prefiere a quienes no cuentan, a los despreciables a los ojos de los hombres. “El Señor te ha elegido –dice Moisés a los israelitas– no por ser más numeroso que cualquier otro pueblo (son, en realidad, el más pequeño de todos los pueblos), sino porque el Señor te ama” (Dt 7,7-8).

 

“Los pensamientos del Señor no son como nuestros pensamientos y sus caminos no son nuestros caminos” (Is 55,8), por esto son difíciles de entender. Gedeón, llamado a realizar una ardua misión, objeta asombrado: “¡Oh, Señor! ¿Cómo puedo yo librar a Israel? ¡Precisamente mi familia es la menor de Manasés, y yo soy el más pequeño de la casa de mi padre!” (Jue 6,15).

 

Las lecturas de hoy nos presentan una serie de situaciones y personajes insignificantes en los que Dios ha hecho maravillas. Son una invitación a reconocer –como hizo María– nuestra pobreza y a disponernos para recibir la obra de salvación que el Señor viene a realizar.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Grandes cosas hará el Señor por los pobres que confían en él”.

 

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Fiesta de Navidad (Misa de media noche)

Luz para el que yace en las tinieblas

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Las tinieblas cubrían el abismo cuando Dios dijo: “¡Que exista la luz!” (Gn 1,2-3). Luz es la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, palabra que marca el principio de la creación (cf. Gén 1,3). Y puesto que “vio Dios que la luz era buena” (Gén 1,4), el hombre nunca ha dejado de amarla, de buscarla, pues teme y huye de la oscuridad. La oscuridad recuerda a la muerte y, por tanto, hay que salir de ella.

 

Quien nace viene a la luz y quien muere se encamina hacia la oscuridad (cf. Job 10,21). “Dios –dice Job– revela lo más hondo de las tinieblas y saca a la luz las sombras” (Job 12,22). En la concepción bíblica las tinieblas no son sino un estadio provisorio de la luz; están destinadas a convertirse en luz.

Dios es luz e inunda de luz a cada criatura: el rocío se convierte, en la imaginación poética de Isaías, en rocío de luz (cf. Is 26,19); incluso las nubes, oscuras y amenazantes, están grávidas de luz que brilla, de improviso, cuando se enciende el relámpago (cf. Job 37,15).

 

Celebramos la liturgia de Navidad en la noche para reproducir, de manera sensible, las tinieblas vencidas por la palabra del Creador, la oscuridad de nuestra condición humana iluminada por la venida del Salvador.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Para los que viven en tinieblas, brilla la luz de un Niño”.

 

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Fiesta de Navidad (Misa del día)

Dios ha reveled su justice

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Desde sus inicios, la historia de la humanidad –nos dice la Biblia– ha sido una sucesión de pecados. Ya en el capítulo 6 del libro del Génesis el autor sagrado, con un antropomorfismo audaz, dice: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra, y le pesó de corazón” (Gén 6,5-6). En la plenitud de los tiempos, Dios han intervenido para hacer justicia o, como dice el salmo responsorial de la fiesta de hoy, para revelar a las naciones su justicia.

 

Nosotros conocemos solo una justicia, la forense, la retributiva, administrada por los jueces en los tribunales donde se imponen castigos proporcionales a los delitos cometidos. Esta no es la justicia de Dios. “Soy Dios y no hombre” (Os 11,9). No responde al pecado con represalias y venganza, sino dando la mayor prueba de su amor, dando al mundo a su Hijo.

 

Una cierta teología del pasado ha aplicado desconsideradamente nuestra justicia a Dios y lo ha presentado como un Dios justiciero, dando lugar a la visión de un “cristianismo del miedo”, en contraposición a lo que verdaderamente es: la comunidad de creyentes que anuncia la venida del Reino que es “justicia, paz y alegría” (Rom 14,17).

 

En Navidad Dios manifiesta la inmensidad de su amor incondicional. Esta es su justicia. Todos los pueblos son invitados a contemplarla con gozoso asombro y libres de temor, porque “en el amor no cabe el temor, antes bien, el amor desaloja el temor. Porque el temor se refiere al castigo, y quien teme no ha alcanzado un amor perfecto” (1 Jn 4,18).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“¡Qué diferente es tu justicia, Señor, de la mía”.

 

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