Archivo mensual: enero 2019

2do Domingo en Tiempo Ordinario – 20 de enero de 2019 – Año C

Amarte es una fiesta

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Una de las características de las religiones paganas era el miedo a la divinidad, miedo que se intentaba exorcizar mediante la observancia meticulosa de prácticas, tabúes, ritos purificatorios. Pablo llama “cárcel” a esta época en que las personas eran esclavas de los “elementos del mundo”, se fiaban de “poderes débiles e indigentes” (cf. Gal 4,3-9). 

 

Esta religión estructurada según los parámetros de la miseria sicológica humana reapareció en el judaísmo y convirtió éste en una “religión de deberes” que se concretizaban en una maraña de obligaciones, normas, observancias, prohibiciones, expiaciones, “que no son más que preceptos y enseñanzas humanas (Col 2,22-23), poniendo fin al dialogo gozoso con el Dios, padre y esposo, predicado por los profetas, y marcando así el comienzo de una fiesta de bodas sin vino, sin alegría, sin arrebatos de amor, sin espontaneidad ni libertad. 

 

El peligro no ha sido definitivamente conjurado ni siquiera con la invitación de Jesús a liberarnos de este yugo opresor e insoportable (cf. Mt 11,28).

 

Nos encontramos con esta relación equivocada con Dios cada vez que reaparece la religión de los preceptos, del legalismo, de los méritos, de las amenazas. Es una religión que roba la sonrisa, genera ansiedad, angustias, escrúpulos, que incluso transforma la fiesta en un deber jurídico. La fiesta de precepto asocia la alegría del encuentro con los hermanos en el “día del Señor” a la idea de la obligación y del miedo a cometer pecado mortal.

 

¿Puede agradar a Dios sentirse amado por el temor que inspiran sus castigos?

 

Es urgente restablecer con él una relación de amor esponsalicio y acoger el agua que Cristo nos ofrece (su Espíritu que nos hace libres), agua que se transforma en vino, fuente de alegría.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Como se alegra el esposo por la esposa, así se alegrará el Señor por nosotros”.

 

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3er Domingo de Tiempo Ordinario – 27 de enero de 2019 – Año C

Alegría de mi corazón,

luz para mis pasos: tu palabra

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

El Dios de Israel “lo dijo y existió” (Sal 33,9). Los ídolos Tienen boca, pero no hablan” (sal 115,5). Por esto son incapaces de socorrer, de proteger, de realizar prodigios.

 

Las palabras del hombre pueden ser “discursos vacíos” (Job 16,3), la de Dios es, por el contrario, “viva y eficaz” (Heb 4,12). Es como la lluvia y la nieve que descienden del cielo y no regresan sin haber regado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar (cf. Is 55,10).

 

No actúa de modo mágico, sin embargo, está dotada de una energía irresistible y, cuando cae en un terreno fértil, cuando viene escuchada con fe, produce efectos extraordinarios: “¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!” (Lc 11,28).

 

El lugar privilegiado para esta escucha es el encuentro comunitario.

 

En “el día del Señor”, el Resucitado dirige su palabra a la comunidad reunida. El cristiano que no siente la necesidad interior de unirse a los hermanos para escuchar con ellos la voz de Maestro, puede estar seguro de que algo no funciona en su relación con Cristo.

 

Ya en los primeros siglos se repetía insistentemente: “No antepongan a la palabra de Dios las necesidades de su vida temporal, antes bien, en los domingos, dejando aparte todo lo demás, apresúrense a correr a la iglesia, pues ¿qué justificación podrá presentar a Dios quien no acude en este día a la asamblea para escuchar la palabra de salvación?” (Didascalia, II, 59,2-3).

 

Si se han infiltrado entre los fieles el desinterés, el desafecto, la desgana de participar en las asambleas dominicales, no hay que culpar solamente a los laicos. Ciertas homilías improvisadas, pobres de contenido espiritual, aburridas, e incluso deprimentes, tienen una buna parte de la culpa. Las lecturas de hoy son para todos una invitación a la reflexión y a la revisión de nuestra relación personal con la palabra de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Lámpara para mis pasos tu palabra, luz para mi camino”.

 

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Presentación del Señor – 2 de febrero

Todos lo esperaban,

solo Ana y Simeón lo reconocieron

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Han pasado cuarenta días desde la Navidad y, quizás con un poco de nostalgia, recordamos aún las emociones que experimentamos en esos días, sobre todo por el gozoso mensaje que nos trajo el Niño, astro venido del cielo para iluminar nuestras noches: “nos visitará desde lo alto un amanecer que ilumina a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,78-79). ¿A qué se debe que la Iglesia nos invite a contemplar de nuevo al Niño Jesús? 

 

La fiesta de la Presentación del Señor tiene orígenes muy antiguos. En Oriente ya se celebraba en el siglo IV con el nombre y el significado de Fiesta del Encuentro: porque evocaba el encuentro de Jesús en el tempo con el Padre, con Simeón y Ana, representantes del resto de Israel que permaneció fiel a Dios como Abrahán.

 

Cuando en el siglo VII fue introducida en Roma, recibió el nombre de Fiesta de la purificación de María y, como se caracterizaba por una procesión nocturna con candelas, tomó también el nombre de la Candelaria. 

 

El rito de la luz la asociaba a la Navidad, fiesta de Cristo-luz.

 

En Belén la gloria del Señor envolvió de luz a los pastores; en los lejanos países de Oriente la estrella brilló para los Magos; en el templo de Jerusalén ha aparecido la luz para iluminar a la gente.

 

Han pasado ya cuarenta días desde Navidad y pudiera ser que la luz de Belén que “habíamos visto surgir” se haya ofuscado un poco, que no nos parezca tan fascinante como entonces o que no sea ya la única en captar nuestra atención. Quizás nos hayamos dejado deslumbrar por otras estrellas fugaces y más concretas, por otros “astros” que reflejan mejor nuestros sueños y expectativas. He aquí por qué la Iglesia nos invita a encontrarnos de nuevo con el Niño: nos invita a recibirlo en los brazos como lo han hecho Simeón y Ana, los pobres de Israel, personas atentas a la voz del Espíritu.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

Jesús es “la luz del mundo”.

 

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Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – 3 de febrero de 2019 – Año C

El profeta: un personaje incómodo

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Hay tribulaciones que llegan de improviso y sin quererlas, pero las hay también que son consecuencias de nuestras decisiones. Es el precio a pagar por quien acepta la difícil y poco gratificante misión del profeta: la persecución.

 

Aun las personas más simpáticas, por extraño que nos pueda parecer, cuando se hacen intérpretes del mensaje del Cielo pueden convertirse en irritantes, fastidiosas, insoportables para acabar siendo marginadas.    

 

El pueblo nunca suele ensalzar a los profetas por largo tiempo y, menos aún, lo hacen quienes detentan el poder sea político o religioso. En un primer momento podrá ser apreciado por su preparación, inteligencia, integridad moral; muy pronto, sin embargo, será mirado con sospecha, evitado y perseguido.

 

Jesús ha sido claro con sus discípulos, no les ha prometido una vida fácil, nos les ha asegurado la aprobación y el consenso de los hombres 

 

Les ha repetido con insistencia que la adhesión a su persona les acarrearía persecuciones: “No está el discípulo por encima del maestro ni el sirviente por encima de su señor. Si al dueño de la casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los miembros de su casa!” (Mt 10,24-25). “Llegará un tiempo en que quien los mate pensará que está dando culto a Dios” (Jn 16,2).

 

Lamentando su pasado, Pablo reconocerá: “Yo soy el último entre los apóstoles y no merezco el título de apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios” (1 Cor 15,9). No obstante, declarará también de haberlo hecho “por celo santo” (cf. Fil 3,6), convencido de que estaba defendiendo a Dios y a la verdadera religión.

 

Podría suceder también hoy.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Tú eres, Señor, mi esperanza, mi confianza desde mi juventud”.

 

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5º Domingo de Tiempo Ordinario – 10 de febrero de 2019 – Año C

Llevamos un gran tesoro

en vaso de barro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Hoy las lecturas nos presentan a algunos personajes que han sido llamados a desarrollar la misión de ser anunciadores de la palabra de Dios. Todos han tenido la misma reacción: se sienten incómodos, incapaces, inadecuados.

 

Isaías declara que es un hombre de labios impuros. Pedro pide a Jesús de alejarse de él porque sabe que es un pecador. Pablo afirma que el Resucitado se ha manifestado también a él, pero como “a un aborto”, es decir, un ser imperfecto, un anormal de nacimiento. 

 

La lista de las declaraciones de indignidad podría continuar con las objeciones de Jeremías: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer 1,6) y de Moisés: “Yo no tengo facilidad de palabra…soy torpe de boca y de lengua” (Éx 4,10).

 

Vocaciones para el anuncio de la palabra de Dios, hoy son: aquellas del diácono permanente, del catequista, del animador de centros de escucha.

 

Hay también, es verdad, quien, olvidándose de los propios límites, se siente seguro de sí  mismo. Pero la mayoría, consciente de sus miserias, se echan para a atrás, dicen que no están a la altura de la tarea que se les pide.

 

La falta de preparación no es un buen motivo para echarse atrás. Puede ser suplida por el estudio, por  la sistemática asistencia a cursos bíblicos y pastorales, por hacerse con una pequeña biblioteca teológica. La sensación, por el contrario, de la propia insuficiencia espiritual hay que superarla teniendo presente la obra de Dios: él purifica a sus profetas y a sus apóstoles y los habilita a anunciar su mensaje.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Purifica, Señor mi corazón y mis labios para poder anunciar tu evangelio”.

 

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