Archivo mensual: febrero 2019

8º Domingo de Tiempo Ordinario – 13 de febrero de 2019 – Año C

Hay un solo Maestro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Como todos aquellos que enseñan el camino de Dios, como los doctores del templo a los que Jesús, de doce años, fue a escuchar (Lc 2:46), como el Bautista (Lc 3:12), como Nicodemo (Jn 3:10), así también Jesús es llamado ‘maestro’ por la gente. De hecho, si excluimos los casos que acabamos de mencionar, este término (que aparece 48 veces en los Evangelios) siempre se refiere a él y solo a él.

 

Jesús, sin embargo, es un maestro original. Habla y se comporta de manera diferente a los demás. No dicta sus clases en una escuela; enseña en el camino. No requiere pago de sus oyentes, no reserva su entrenamiento para una élite de intelectuales. Se dirige a los pobres de la tierra, y los despreciados por los maestros de Israel se preguntan: “¿Cómo puede un hombre que guía el arado llegar a ser sabio, aquel cuyo orgullo reside en golpear un látigo y no habla de nada más que de ganado?” (Sir 38,25). Es un maestro libre tanto en la interpretación como en la práctica de la Torá, pero sorprende especialmente porque, en lugar de invitar a los discípulos a seguir los preceptos de la Ley, desde el principio de su misión, les pide que lo sigan. La Ley es su persona, su vida, no el atolladero de las discusiones rabínicas.

 

Los maestros de Israel explicaron lo que se debería hacer para agradar a Dios, confiando en su conocimiento de la Torá. Presentaron sus enseñanzas, derivadas de las Escrituras, en las palabras usadas también por los profetas: “Así dice el Señor”.

 

El Maestro Jesús habla de manera diferente. Presenta sus enseñanzas con la expresión: “Yo digo”, colocando sus palabras junto a las de Dios.

 

En los evangelios, a los apóstoles nunca se les llama maestros, sino siempre y solamente alumnos, discípulos que deben aprender no una lección sino una vida, siguiendo al único Maestro.

 

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7º domingo de tiempo ordinario – 24 de febrero de 2019 – Año C

¿Qué Haces Gratis?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Ernesto dice, frente a sus colegas en la escuela: “Respeto a todos, pero si secuestran a mi hijo, ciertamente mataré a los responsables”.

 

José es un empleado; un día llega a su casa molesto de ira por la injusticia sufrida y confiesa a su esposa: “¡Tengo que hacerle pagar a Luis! Cuando necesite un favor, tendrá que pedirme de rodillas y lo haré esperar hasta cuando yo quiera”.

 

El joyero Jorge fue robado tres veces por ladrones y también fue amenazado de muerte; ahora tiene un arma a mano para defenderse.

 

Vamos a evaluar estas tres actitudes.

 

Todos estamos de acuerdo en considerar que Ernesto, José y Jorge no son malos: no atacan a los que hacen el bien, simplemente reaccionan contra los que hacen el mal. La violencia, las represalias y la venganza tienen su propia lógica y pueden justificarse.

 

Tal vez no compartimos la forma en que intentan restaurar la justicia, pero el objetivo al que apuntan los tres no es el mal. Solo quieren castigar y disuadir a quienes cometen acciones reprensibles. Podríamos decir que solo son personas: responden bien con el bien y con el mal a lo que es malo. ¿Pero es suficiente ser considerado cristiano por ser justo?

 

Quien se transforma interiormente por el amor y por el Espíritu de Cristo va más allá de la lógica de las personas y coloca en el mundo un nuevo signo: el amor hacia aquellos que no lo merecen.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Ama a tus enemigos, para ser hijos de tu Padre que está en el cielo”.

 

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6º domingo de tiempo ordinario – 17 de febrero de 2019 – Año C

Las Bienaventuranzas:

Una Buena Noticia

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Quién tiene dinero para invertir, no confía en el primer lanzamiento de ventas que está en la calle. Solicita información, busca el asesoramiento de algunos expertos en economía, comprueba qué acciones están caídas y cuáles están aumentando, lo que da mayor fiabilidad y cuáles están a la venta. Sólo al final, después de una cuidadosa consideración de los riesgos, elige qué comprar.

 

Nuestra vida es un capital precioso que Dios ha puesto en nuestras manos y debe ser productivo. ¿Cuáles son los valores en juego? ¿Cuáles son las acciones que impulsarán el capital? Algunos tienen una gran demanda y la mayoría de las personas apuestan todo: éxito a cualquier costo, carrera, dinero, salud, gloria, la apariencia, la búsqueda del placer. ¿Será una elección correcta?

 

Otras acciones, en cambio, pierden valor: el servicio a los últimos sin ganancia, paciencia, resistencia, la renuncia a lo superfluo, la generosidad hacia los necesitados, la rectitud moral …. ¿Cómo se considera en nuestra cultura al que tiene estos valores: sabio, ingenuo, soñador, idealista?

 

Si tuviésemos muchas vidas, nos gustaría jugar una en cada apuesta, pero solo tenemos una vida irrepetible: no se nos permite cometer errores. El consejo de un experto confiable es esencial y urgente, pero existe el peligro inminente de elegir al asesor incorrecto. El dicho sabio siempre es correcto: “No confíes en nadie, ni siquiera en amigos”. Concéntrate en los valores que Dios garantiza.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Bienaventurado el que pone su esperanza en el Señor”.

 

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5º Domingo de Tiempo Ordinario – 10 de febrero de 2019 – Año C

Llevamos un gran tesoro

en vaso de barro

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Hoy las lecturas nos presentan a algunos personajes que han sido llamados a desarrollar la misión de ser anunciadores de la palabra de Dios. Todos han tenido la misma reacción: se sienten incómodos, incapaces, inadecuados.

 

Isaías declara que es un hombre de labios impuros. Pedro pide a Jesús de alejarse de él porque sabe que es un pecador. Pablo afirma que el Resucitado se ha manifestado también a él, pero como “a un aborto”, es decir, un ser imperfecto, un anormal de nacimiento. 

 

La lista de las declaraciones de indignidad podría continuar con las objeciones de Jeremías: ¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho” (Jer 1,6) y de Moisés: “Yo no tengo facilidad de palabra…soy torpe de boca y de lengua” (Éx 4,10).

 

Vocaciones para el anuncio de la palabra de Dios, hoy son: aquellas del diácono permanente, del catequista, del animador de centros de escucha.

 

Hay también, es verdad, quien, olvidándose de los propios límites, se siente seguro de sí  mismo. Pero la mayoría, consciente de sus miserias, se echan para a atrás, dicen que no están a la altura de la tarea que se les pide.

 

La falta de preparación no es un buen motivo para echarse atrás. Puede ser suplida por el estudio, por  la sistemática asistencia a cursos bíblicos y pastorales, por hacerse con una pequeña biblioteca teológica. La sensación, por el contrario, de la propia insuficiencia espiritual hay que superarla teniendo presente la obra de Dios: él purifica a sus profetas y a sus apóstoles y los habilita a anunciar su mensaje.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Purifica, Señor mi corazón y mis labios para poder anunciar tu evangelio”.

 

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