Vigilia Pascual – 20 de abril de 2019 – Año C

¿Por qué ha debido morir para salvarnos?

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Los cristianos estamos convencidos de ser custodios de un excelente proyecto del hombre y la sociedad, y estamos orgullosos si se reconoce la noble y elevada propuesta moral que predicamos. Nos complace ser mencionados como los mensajeros de la fraternidad universal, la justicia y la paz. Experimentamos una cierta modestia presentándonos como testigos de la resurrección, como portadores de la luz que ilumina la tumba.

 

A veces uno tiene la impresión de que, en la misma noche de la Pascua, los predicadores se sienten un poco avergonzados de mostrar en sus rostros el gozo de la victoria de Cristo sobre la muerte mientras hacen la homilía. En cambio, al hablar sobre el Resucitado, a menudo recurren a temas actuales que cautivan más la atención de la asamblea. Tocan temas sociales serios e importantes que deben ser iluminados por la luz del Evangelio; sin embargo, en la Vigilia Pascual, la comunidad se reúne para escuchar otro anuncio. Está reunida para celebrar y cantar al Señor de la vida por el prodigio inaudito que realizó su siervo Jesús.

 

Tertuliano, un retórico cristiano de los primeros siglos, caracterizó así la fe y la vida de las comunidades de su tiempo: “La esperanza cristiana es la resurrección de los muertos; todo lo que somos, lo seremos en la medida en que creemos en la resurrección”.

 

Lo que distingue al cristiano de otras personas no es una vida moral heroica. Los nobles creyentes también hacen gestos nobles de amor que, sin darse cuenta, son movidos por el Espíritu de Cristo. El mundo espera una vida moral consistente con el Evangelio de los cristianos. Sin embargo, primero busca la respuesta al enigma de la muerte y el testimonio de que Cristo ha resucitado y ha transformado la vida en esta tierra en gestación de vida al morir.

 

La urgencia de una nueva vida solo puede ser entendida por alguien que ya no teme a la muerte porque, con los ojos de la fe, “vio” al Resucitado y cultiva en el corazón la expectativa de que pronto amanece el día y la estrella de la mañana sube (2 P 1:19).

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Cada momento de nuestra vida está iluminado por la luz del Resucitado”.

 

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1° Lectura | Evangelio

 

Primera Lectura: Romanos 6,3-11

 

6,3: ¿No saben que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? 6,4: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó de la muerte por la acción gloriosa del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva. 6,5: Porque, si nos hemos identificado con él por una muerte como la suya, también nos identificaremos con él en la resurrección. 6,6: Sabemos que nuestra vieja condición humana ha sido crucificada con él, para que se anule la condición pecadora y no sigamos siendo esclavos del pecado. 6,7: Porque el que ha muerto ya no es deudor del pecado. 6,8: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. 6,9: Sabemos que Cristo, resucitado de la muerte, ya no vuelve a morir, la muerte no tiene poder sobre él. 6,10: Muriendo murió al pecado definitivamente; viviendo vive para Dios. 6,11: Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. – Palabra de Dios

 

 

Desde los primeros años de la vida de la Iglesia, los cristianos declararon santo “el día después del sábado” y le asignaron un nuevo nombre. Aquel que los romanos llamaban “día del sol” se convirtió en el “día del Señor”, en latín dominica dies, de donde deriva el nombre de “domingo”.

 

Muy pronto, sin embargo, sintieron la necesidad de dedicar un día especial para celebrar la resurrección de Cristo, acontecimiento central de su fe. Nació así la Pascua, considerada como “el domingo de los domingos”, “la fiesta de las fiestas”, la reina de todas las fiestas, de todos los domingos, de todos los días del año. 

 

Durante la solemne vigilia nocturna –de la que nadie podía estar ausente– se administraban los bautismos. El rito preveía que los catecúmenos no recibieran una simple ablución, sino que fueran totalmente inmersos en el agua para después emerger de la fuente bautismal –imagen del seno materno– como nuevas criaturas, hijos de la luz. 

 

La comunidad acogía entre cantos de alegría a estos nuevos hijos suyos, regenerados a la vida divina por el agua y el Espíritu. Es este el rito al que hace referencia Pablo en el pasaje que se nos propone en la lectura. Les recuerda a los cristianos de Roma el momento de su bautismo y la catequesis que han recibido. 

 

Comienza su alegato con una pregunta retórica: “¿No saben que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte?” (v. 3), una llamada de atención eficaz para recordarles una verdad que ciertamente tenían bien gravada en la memoria. Han sido bautizados en Cristo y esto comporta una unión íntima con él, una participación en su destino de muerte para alcanzar con él la vida.

 

También Jesús empleó un día la imagen del bautismo: “Tengo que pasar por un bautismo y, ¡qué angustia siento hasta que esto se haya cumplido!” (Lc 12,50). Se refería a su inmersión en las aguas de la muerte, de las que reemergería en el día de la Pascua. 

 

El cristiano, explica Pablo, está llamado a recorrer el mismo camino que el Maestro. Para participar en la vida del Resucitado, primero debe “morir el hombre viejo” con toda su conducta perversa. Esto sucede en el rito de la inmersión en la fuente bautismal. Descender en esta fuente significa aceptar de morir al pecado, “sepultar” el propio pasado e iniciar una vida completamente nueva, una vida en sintonía con la de Cristo (vv. 4-6). 

 

En la carta a los Gálatas, Pablo explica el paso de la muerte a la vida con una dramática contraposición entre “las acciones de la carne” y el “fruto del Espíritu”: “Las acciones que proceden de los bajos instintos, son manifiestas: fornicación, indecencias, libertinaje, idolatría, superstición, enemistades, peleas, envidia, cólera, ambición, discordias, sectarismos, celos, borracheras, comilonas y cosas semejantes. Les prevengo, como ya les previne, que quienes hacen estas cosas no heredarán el reino de Dios. El fruto del Espíritu, por el contrario, es amor, alegría, paz, paciencia, fidelidad, modestia, dominio propio” (Gal 5,19-23). 

 

La noche de Pascua es, para todo cristiano –niño, adolescente, joven o adulto– el momento más apropiado para recordarse a sí mismo los compromisos que asume quien quiere aceptar de modo coherente el propio bautismo. 

 

Después de haberse detenido, en la primera parte del pasaje, sobre el aspecto negativo, sobre la muerte al pecado (vv. 8-11), Pablo, en la segunda parte (vv. 8-11), introduce el tema positivo, el ingreso en la vida: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él”. Se pasa a través de la muerte, pero el destino último es la vida. 

 

Los cristianos de las primeras generaciones han interiorizado profundamente esta catequesis paulina sobre el bautismo, han intentado llevarla a la práctica en sus vidas y han ido enriqueciendo también el rito con otros elocuentes gestos simbólicos. 

 

Han introducido el gesto de vestir a los neófitos con una vestidura blanca, signo de la vida completamente nueva y sin mancha que estos se comprometían a llevar. El obispo se la entregaba después de abrazarles a medida que salían de la fuente bautismal. En algunas comunidades, el obispo les ponía también sobre los labios una gota de leche y miel, los alimentos prometidos por Dios a aquellos que entrarían en la tierra prometida, tierra que –para los neófitos– era el reino de Dios. 

 

Incluso la forma de estas piscinas fueron tomando significados simbólicos. Las más antiguas –en Nazaret se conservan dos muy célebres– eran cuadradas o rectangulares para recordar al que se bautizaba, la tumba en la entraban juntamente con Cristo para sepultar al “hombre viejo” con toda su conducta perversa y después resucitar con Cristo a una nueva vida. Las había en forma circular para reproducir la bóveda del cielo e indicar al neófito el reino celeste en el que ingresaban. Otras eran cruciformes para llamar la atención del bautizando sobre el don de la vida; éste era invitado a unirse al maestro y ofrecerse a sí mismo a los hermanos. Finalmente, las de forma oval presentaban un símbolo incluso más evidente: como del huevo nace la vida, así de la fuente bautismal nace la nueva vida.

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Evangelio: Lucas 24,1-12

 

El primer día de la semana, de madrugada, fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados. 24,2: Encontraron corrida la piedra del sepulcro, 24,3: entraron, pero no encontraron el cadáver del Señor Jesús. 24,4: Estaban desconcertadas por el hecho, cuando se les presentaron dos hombres con vestidos brillantes. 24,5: Como las mujeres, llenas de temor, miraban al suelo, ellos les dijeron: –¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? 24,6: No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea: 24,7: El Hijo del Hombre tiene que ser entregado a los pecadores y será crucificado; y al tercer día resucitará.

 

24,8: Ellas entonces recordaron sus palabras, 24,9: se volvieron del sepulcro y contaron todo a los Once y a todos los demás. 24,10: Eran María Magdalena, Juana y María de Santiago. Ellas y las demás se lo contaron a los apóstoles. 24,11: Pero ellos tomaron el relato de las mujeres por una fantasía y no les creyeron. 24,12: Pedro, en cambio, se levantó y fue corriendo al sepulcro. Se asomó y sólo vio las sábanas; así que volvió a casa extrañado por lo ocurrido.– Palabra del Señor

 

 

El Viernes Santo, algunas mujeres que habían acompañado a Jesús desde Galilea estaban en el Calvario y, desde lejos, habían presenciado el drama que allí se llevó a cabo (Lucas 23,9). Volvieron a la ciudad y prepararon especias y ungüentos. El día de reposo descansaron, como lo prescribe la ley (Lc 23,55-56), pero el primer día de la semana, al amanecer, fueron a la tumba.

 

Era costumbre que, después del entierro, las mujeres volvieran a visitar la tumba. Se creía que, durante cuatro días, el aliento vital del difunto continuaba flotando alrededor del cuerpo y podía volver a reanimar el cuerpo. Sucedió en la época de los profetas: Elías, Eliseo y Jesús también habían hecho algunas reanimaciones: había devuelto a la vida al hijo de la viuda de Naín, la hija de Jairo y Lázaro.

 

Pero revivir no es derrotar a la muerte. Todos aquellos que han sido revividos por algunos hombres de Dios murieron de nuevo y para siempre. La muerte, implacablemente, siempre regresaba para recuperar por sí misma la presa que había sido retirada temporalmente.

 

Resucitar no es volver a la vida anterior, como ocurre en la reanimación, sino entrar en una forma de vida completamente nueva, una vida sobre la cual la muerte no tiene más poder.

 

¿Qué esperaban las mujeres al ir a la tumba en la madrugada de Pascua? ¿Una reanimación? ¿Encontrar algunas señales de vida en el cuerpo que José de Arimatea había depuesto tristemente en su propia tumba? ¡No! Una resucitación del cuerpo roto de Jesús era absolutamente impensable.

 

¿Una resurrección entonces? ¡Es verdad! Jesús había hablado de eso, pero nadie había entendido lo que quería decir. Era completamente ajeno a la cultura judía de la época. La idea de que el fallecido pasaría inmediatamente de esto a otra forma de vida era completamente ajena a la cultura judía de esa época.

 

En los últimos dos siglos antes de Cristo, en Israel, comenzaron a hablar de un “despertar de los que duermen en la región del polvo” (Dn 12,2). Pero este despertar se proyectó muy lejos. Se creía que solo se realizaría en el fin del mundo.

 

Los más sabios entre los rabinos aseguraron que los justos, los mártires que se habían sacrificado por su fe, tendrían su vida que había sido quitada brutalmente y devuelta. Cuando en la tierra se realizase el tan esperado reino de paz y justicia universal, el Señor los habría devuelto a la vida y los habría hecho participar en la alegría del mundo completamente renovado. El destino de los impíos, sin embargo, sería la muerte eterna. Su final sería como el de los animales y las plantas: ninguno habría conservado ni siquiera su memoria.

 

Solo los fariseos creían en este “despertar de la región del polvo”. Los saduceos, que eran la casta sacerdotal que oficiaba en el templo de Jerusalén, no creían en ninguna forma de vida después de la muerte. La gente simple, la masa de la gente tenía problemas concretos de supervivencia en este mundo y no tenían mucho tiempo para discutir sobre otro mundo posible.

 

Siendo esta la mentalidad generalizada, nadie, en ese primer día después del sábado, podría esperar una resucitación del cuerpo de Jesús. El único pensamiento consolador que alguien probablemente cultivó fue la vaga esperanza de un retorno a la vida en los últimos tiempos.

 

Cuando las mujeres llegaron a la tumba, aquí está la sorpresa: la piedra estaba removida. Entraron y se asombraron al no encontrar el cuerpo de Jesús.

 

Ellas no entienden. Todavía no son capaces de interpretar correctamente la señal que Dios deseaba colocar ante sus ojos asombrados e incrédulos. Tendrían que reflexionar, recordar y comprender las palabras de resurrección que habían escuchado repetidamente del Maestro.

 

Su primer pensamiento fue bastante diferente: los ladrones entraron en la tumba.

 

A pesar de la pena de muerte impuesta por la ley romana contra quienes violaron las tumbas, la remoción de objetos y mobiliario de las tumbas era una práctica común. “Han sacado al Señor de la tumba y no sabemos dónde lo han puesto”, María Magdalena le dice a Pedro y al otro discípulo (Jn 20,2).

 

Un pensamiento tímido (¿ha revivido el espíritu vital el cuerpo de Jesús?) cruzó probablemente la mente de las mujeres, pero de inmediato se comprendieron que eso era absurdo.

 

Luego permanecieron “inciertas”, o más bien, como dice literalmente el texto del evangelista, se encontraron en una situación de “no salida” (v. 4).

 

En ese momento, solo una luz del cielo podía introducirlas en la novedad absoluta que no solo no habían pensado, sino que ni siquiera podían concebir.

 

“De repente, aparecieron dos hombres con prendas deslumbrantes” (v. 4). Más tarde serán identificados como ángeles (Lc 24,23). Marcos habla de “un joven”, Mateo de “un ángel del Señor descendió del cielo”, Juan de “dos ángeles”.

 

El lenguaje literario empleado por cada uno de los evangelistas es diferente, pero el mensaje es el mismo. El cielo envía su luz para iluminar el misterio de la muerte, para dar respuesta al más grande de los enigmas que siempre angustian al hombre.

 

La reacción de las mujeres ante el esplendor de la luz de Dios es el temor religioso. Inclinaron sus caras al suelo, tomando la actitud de aquellos que aceptan de manera respetuosa y devota la revelación del cielo.

 

“¿Por qué buscan a los vivos entre los muertos?”, Se les pregunta: no lo encontrarás aquí. Ha resucitado” (vv. 5-6).

 

La resucitación es una experiencia que se puede observar, la resurrección, es decir, la entrada final en la forma de vida inmortal propia de Dios, no es verificable por los sentidos. No es un descubrimiento de la mente del hombre o es el resultado del razonamiento y las deducciones lógicas; solo puede ser revelado por Dios.

 

La tumba está vacía, no porque la víctima haya escapado temporalmente de la muerte, sino porque Dios la ha transformado en un matriz que dio a luz a una nueva vida. Dios fue la partera que causó el nacimiento.

 

Las mujeres ya no tienen que buscar a Jesús en el reino de los muertos. Él es el Viviente y con su muerte, él vació todas las tumbas.

 

Desde el día de Pascua en adelante, es absurdo pensar en reunirse en el cementerio con los que han abandonado este mundo. Allí solo se encuentran los restos, átomos, moléculas que no entran al cielo. El ser querido que buscamos está viviendo con Cristo, con Dios.

 

Las mujeres, como nosotros hoy, querían ver a Aquel a quien solo se puede ver con los ojos de la fe. Los mensajeros celestiales les indican, a ellas y a nosotros, la manera de encontrarlo: “Recuerden lo que les dijo en Galilea” (v. 6).

 

¡Recuerda su Palabra, búscalo en su Palabra! Es a través de esta Palabra que lo encontrarás y lo “verás”.

 

“Y se acordaron” (v. 8).

 

Este es el momento en que su corazón está abierto a la fe en el Resucitado. Es el recuerdo de las palabras del Señor que arroja luz sobre los acontecimientos, por lo demás absurdos, de lo que le sucedió a Jesús. Y da un significado positivo también a todos los muertos de hoy.

 

En el evangelio de Lucas, las mujeres tienen un lugar especial. Se colocan al lado de los Doce, siguiendo a Jesús que recorre pueblos y aldeas predicando y proclamando las buenas nuevas del reino de Dios (Lucas 8,1-3).

 

En el día de Pascua alcanzan el punto más alto de su misión. Son las primeras en involucrarse en la revelación del cielo; ellas son las primeros en recordar la Palabra y proclamar la Resurrección.

 

En la cultura judía, el testimonio de las mujeres no tenía valor. Dios altera no solo las expectativas de los hombres, sino también sus criterios de juicio: elige, como dice Pablo, “lo que el mundo considera tonto para avergonzar a los sabios… lo que el mundo considera débil para avergonzar a los fuertes…, haciendo uso de lo que no es nada para anular las cosas que son bajas y despreciadas en el mundo, lo que no cuenta para nada para llevar a cabo sus diseños” (1 Cor 1,27-28).

 

La reacción de los apóstoles a las noticias de las mujeres es la más natural: “Los que escucharon no creyeron la historia aparentemente sin sentido” (v. 11).

 

A lo largo del Nuevo Testamento, el término “delirios” aparece solo aquí y da la idea de cómo la resurrección fue un pensamiento absurdo que ni siquiera tocó la mente de un israelita.

 

Cuando, en su discurso de defensa frente al fiscal, Pablo mencionará la resurrección de Jesús. Festo lo detiene diciendo: “Pablo, ¿estás loco? tu gran aprendizaje ha trastocado tu mente” (Hechos 26,24).

 

Pedro no cree, pero se va y comienza el viaje que hicieron las mujeres: primero va a la tumba y allí ve los manteles de lino y encuentra los signos de la muerte. Son la única realidad que los ojos humanos pueden verificar. Su reacción, sin embargo, ya no es incredulidad, sino el maravillarse. Es el primer paso que da hacia la fe. Él dará el paso decisivo solo cuando el Resucitado le “recordará” las palabras que había dicho (Lc 24,44) y le abrirá la mente para entender las Escrituras (Lc 24,45-47).

 

Lucas, más que los otros evangelistas, señala la dificultad de los apóstoles para aceptar la revelación del cielo, su incredulidad, su sorpresa.

 

Su historia es la nuestra, el viaje de fe que los apóstoles recorrieron es el nuestro.

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

https://youtu.be/PKSUwV01tMA

 

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