Archivo mensual: julio 2019

18º domingo de tiempo ordinario – 4 de agosto de 2019 – Año C

Acumular bienes para uno mismo: ¡Una locura!

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Tres veces, en el evangelio de Lucas, se le pide a Jesús indicaciones acerca de la herencia. “¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?”, pregunta primero un doctor de la ley (Lc 10,25) y después un notable (Lc 18,18). Jesús responde a ambos explicado detalladamente cuáles son las condiciones para tener parte en esta herencia.

 

En un dialogo con los discípulos Jesús mismo introduce el tema sobre la herencia eterna: “Todo aquel que por mí deje casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o campos recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29).

 

La tercera pregunta es la que viene referida en el evangelio de hoy. Dos hermanos no logran ponerse de acuerdo sobre la herencia. 

 

Nótese el hecho curioso: la herencia debía ser dividida, sin embargo es “ésta” la que divide. 

 

El dinero arrastra al desapercibido a una trampa sigilosa. Le lleva a donde quiere, le programa su vida, le aparta de sus amigos, divide a su familia, le hace olvidar incluso a Dios. Pero, sobre todo, le engaña porque elimina de su mente el pensamiento de la muerte.

 

En el pasado la muerte se agitaba como un espantajo. Hoy asistimos al fenómeno opuesto, pero igualmente deletéreo: se intenta de todas las maneras posibles hacer olvidar que desde el momento en que se comienza a vivir, se comienza también a morir. 

 

La insensatez, la ofuscación mental provocada por el dinero se hacen patentes en el hecho de que, justamente en presencia de la muerte (la división de una herencia tiene lugar después de un fallecimiento) la codicia hace desaparecer el pensamiento de la muerte.

 

Jesús no ha despreciado los bienes de este mundo, pero ha puesto en guardia ante el peligro de convertirse en esclavos de éstos.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días y alcanzaremos la sabiduría del corazón”.

 

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17º Domingo del Tiempo Ordinario – 28 de julio de 2019 – Año C

La oración, una lucha con Dios

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Los creyentes rezan, cualquiera que sea la religión a la que pertenecen. También los cristianos rezan. Rezan por quien está enfermo, por el que no encuentra trabajo, por el hijo que frecuenta malas compañías, por las familias con problemas. Piden a Dios que envíe la lluvia, bendiga las cosechas, proteja de las desventuras. Hoy, este tipo de oración es objeto de risa para algunos, deja indiferentes a otros y suscita no pocos interrogantes también entre los creyentes. ¿Por qué rezar a Dios quien ya conoce lo que necesitamos y está siempre dispuesto a darnos toda clase de bienes?

 

Ante las más fervorosas peticiones, sin embargo, Dios ordinariamente calla, deja que los acontecimientos sigan su curso aparentemente absurdo. Todo sigue como si él no existiera y su inexplicable silencio nos hace exclamar: “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2).

 

El diálogo con él asume también tonos dramáticos, se transforma en discusión, en disputa abierta. Jeremías le lanza una acusación casi blasfema: “Te me has vuelto arroyo engañoso de agua inconstante” (Jr 15,18), como un torrente que baja turbio en tiempos del deshielo cuando se deshace la nieve, pero que con el primer calor se seca y en verano desaparece de su cauce. Las caravanas de Temá lo buscan…pero queda burlada su esperanza y al llegar se ven decepcionados. (cf. Job 6,15-20). 

 

Hubiéramos querido un Dios complaciente, que se hiciera garante de nuestros sueños. Él, por el contrario, intenta liberarnos de nuestras ilusiones, sacarnos de nuestra mezquindad, de nuestros horizontes estrechos, de nuestros vanos deseos, para involucrarnos en sus proyectos. La oración se convierte así en una lucha con el Señor, como la sostenida por Jacob durante toda una noche junto al vado del Yaboc (cf. Gn 32,23-33). Sale vencedor quien se rinde a Dios.

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Nuestro Padre sabe lo que necesitamos”.

 

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16º Domingo del Tiempo Ordinario – 21 de julio de 2019 – Año C

Cristo, huésped pero no para un día

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

“Ante ti somos emigrantes y extranjeros, igual que nuestros padres. Nuestra vida terrena no es más que una sombra sin esperanza” (1 Cr 29,15). En estas palabras de David se capta la lección que Israel ha asimilado de la experiencia del desierto: ha vivido en tiendas, sin morada fija, ha pedido hospitalidad a otros pueblos (frecuentemente rechazada cf. Nm 20,14-21) y así ha aprendido a apreciar la hospitalidad.

 

Rashi, el famoso comentador medieval de la Escrituras, recordaba a su pueblo: “Aunque los egipcios arrojaron al Nilo a nuestros recién nacidos, no debemos olvidar que fueron también ellos los que nos dieron hospitalidad en momentos de necesidad, durante la carestía, en tiempos de José y sus hermanos”. 

 

La hospitalidad nos trae a la memoria, también a nosotros cristianos, nuestra condición de peregrinos en este mundo. Pero nos recuerda, sobre todo, que Cristo ha venido como forastero: “Vino a los suyos, y los suyos no la (la luz) recibieron” (Jn 1,11). 

 

Hoy él sigue pidiendo hospitalidad: “Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi palabra y abre la puerta, entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20). Pide poder entrar en la vida de cada persona, de cada sociedad, de cada institución.

 

“No reconociste el momento en que fuiste (Jerusalén) visitada por Dios” (Lc 19,44).

 

Nos quedamos siempre titubeando e indecisos cuando Jesús llama a nuestra puerta y, si dudamos antes de abrirle, es porque intuimos que su palabra terminará por poner patas arriba toda nuestra casa. Desearíamos que, al menos nos dejara un rincón para nosotros mismos, que no entrara allí, que nos permitiera arreglarlo a nuestro gusto. 

 

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Vendrá a visitarnos un sol que surge”.

 

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