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Domingo de Pentecostés – 20 de mayo de 2018 – Año B

El Espiritu: la fantasia al poder

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

Los fenómenos naturales que más impresionan la fantasía del hombre –el fuego, el relámpago, el huracán, el terremoto, los truenos (cf. Ex 19,16-19) son empleados en la Biblia para narrar las manifestaciones de Dios.

 

También para presentar la efusión del Espíritu del Señor, los autores sagrados recurren a estas imágenes. Han dicho que el Espíritu es soplo de vida (cf. Gn 2,7), lluvia que riega la tierra y transforma el desierto en un jardín (cf. Is 32,15; 44,3), fuerza que da vida (cf. Ez 37,1-14), trueno del cielo, viento huracanado, fragor, lenguas como de fuego (Hch 2,1-3). Imágenes vigorosas todas que sugieren la idea de una incontenible explosión de fuerza.

 

A donde llega el Espíritu, acontecen cambios y transformaciones radicales: se desploman barreras, se abren las puertas de par en par, tiemblan todas las torres construidas por manos humanas y proyectadas por la “sabiduría de este mundo”, desaparece el miedo, la pasividad, el quietismo, surgen iniciativas y se toman decisiones audaces.

 

Quien se siente insatisfecho y aspira a renovar el mundo y el hombre, puede contar con el Espíritu: nada resiste a su fuerza. Un día, el profeta Jeremías se ha preguntado en un momento de desconfianza: “¿Puede un etíope mudar de piel o una pantera de pelaje? ¿Podrán hacer el bien habituados como están a hacer el mal?” (Jer 13,23) Sí –se le puede responder– todo prodigio es posible allí donde irrumpe el Espíritu de Dios.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“El Espíritu del Señor llena el universo y renueva la faz de la tierra”.

 

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Santísima Trinidad – 27 de mayo de 2018 – Año B

La alegria de descubrir el arcano misterio

 

Hay un video de Fr. Fernando Armellini con subtítulos en inglés

comentario en la lectura del Evangelio de hoy:

 

Introducción

 

No tenemos la exclusiva de la fe en Dios, pero la afirmación de que en el único Dios hay una paternidad, una filiación y un regalo de amor, es específico del cristianismo. Con una palabra abstracta, no bíblica y ciertamente inadecuada, nosotros llamamos a este misterio: Trinidad.

 

La rechazan los hebreos, quienes en la oración de la mañana y de la tarde, repiten: “El Señor es uno” (cf. Dt 6,4-5); no la aceptan los musulmanes para quienes sólo “Alá es grande y Mahoma es su profeta”.

 

Nosotros hablamos de misterio, no en el sentido de una realidad oscura, incomprensible y, si se entiende mal, incluso contraria a la razón, sino de riqueza de vida infinita del único Dios; trasciende toda comprensión y se revela progresivamente al hombre introducirlo en la plenitud de su gozo.

 

¿Será posible al hombre sondear este misterio inescrutable? Un sabio, que vivió en tiempos de Jesús, afirmó: “A duras penas adivinamos lo que hay en la tierra y con trabajo encontramos lo que está a nuestro alcance: ¿Quién podrá rastrear las cosas del cielo?” (Sab 9,16).

 

Para penetrar en el misterio de Dios, los musulmanes tienen el Corán del que derivan los noventa y nueve nombres de Alá; el nombre número cien, permanece innombrable porque el hombre no puede comprender todo de Dios. Los hebreos descubren al Señor a través de los acontecimientos de su historia de la salvación, meditada, reescrita y releída durante siglos, antes de ser finalmente consignada definitivamente al pueblo y, mucho más tarde, escrita en los libros sagrados. Para los cristianos, el libro que abre el camino hacia el descubrimiento de Dios es Jesucristo. Él es “el libro abierto a golpes de lanza” es el Hijo que, desde la cruz, revela que Dios es Padre y don del Amor, Vida, Espíritu.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Introdúceme, Señor, con la mente y el corazón, en tu vida que es amor.”

 

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Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – 3 de junio de 2018 – Año B

La Alianza: Es el Anillo de la Esposa

 

Hay un video disponible por el P. Fernando Armellini

con el comentario para el evangelio de hoy:

 

Introducción

 

En el Antiguo Testamento el término alianza aparece hasta 286 veces y esto da una idea de la importancia que Israel ha atribuido a esta institución. La utilizó  como imagen para exprimir su relación con el Señor. Pero ¿qué significa hacer una alianza con Dios?

 

Hablar de contrato bilateral es aproximativo y también engañoso. La primera alianza, estipulada con Noé y, por medio de él, con la humanidad entera y “con todos los animales que los acompañaron: aves, ganado y fieras; con todos los que salieron del arca” (Gn 9,8-11), fue unilateral, sólo el Señor asumió los compromisos sin pretender nada a cambio; prometió que no habría más  diluvios, aunque sabía que el hombre seguiría siendo infiel, “porque el corazón del hombre se pervierte desde la juventud” (Gn 8,21).

 

Llamó a Abrahán de Mesopotamia para darle una tierra, aunque Abrahán no había hecho nada para merecer este regalo: sólo se le pidió creer en el amor gratuito. Para convencerlo, Dios hizo una alianza con él y la sancionó con un ritual (cf. Gn 15). El patriarca no debía tener miedo, entraría en posesión de la tierra, porque la alianza del Señor era inviolable: se basaba en su palabra, solemne, confirmada por un juramento.

 

La gratuidad y el compromiso unilateral caracterizan las alianzas de Dios. A lo largo de su turbulenta historia, Israel mantuvo la memoria de ellas y, aun en los momentos más dramáticos, nunca perdió la esperanza, consciente de que la predilección del Señor por ellos nunca vendría a menos. Podría también pecar lo que quisiera, pero el Señor nunca revocaría su alianza, ya que, sin pedir nada a cambio, había prometido bendecir a su pueblo. Las alianzas de Dios no tienen nada de contractual, son pura gracia.

 

Sin embargo, el Señor espera una respuesta por parte del hombre: no le pide que firme un acuerdo, sino que acepte su propuesta de mutua pertenencia, como sucede entre el esposo y la esposa.  La Eucaristía… es el intercambio de anillos.

 

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“La celebración eucaristía es el banquete de bodas con el Señor”.

 

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