Ciclo ABC

Domingo de Pascua – Año A (20 Abril 2014)

Testigo es quien “ha visto” al Señor

Introducción

 Son conmovedoras las palabras apasionadas con las que Juan comienza su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palpado con nuestras manos, es lo que les anunciamos, la Palabra de vida” (Jn 1,1-3). Una experiencia inolvidable e irrepetible la suya. No obstante, para ser “testigos de Cristo” no es indispensable haber caminado con Jesús de Nazaret por los caminos de Palestina.

 Pablo –que tampoco ha conocido personalmente a Jesús– fue nombrado testigo“Ponte en pie; que para esto me he aparecido a ti, para nombrarte servidor y testigo de que me has visto y de lo que te haré ver” (Hch 26,16) y recibió del Señor esta tarea: “Lo mismo que has dado testimonio de mí en Jerusalén, tienes que darlo en Roma” (Hch 23,11). Para ser testigo, basta haber visto al Señor realmente vivo, más allá de la muerte.

 Testimoniar no equivale a dar buen ejemplo. Esto es ciertamente útil, pero el testimonio es otra cosa. Lo puede dar solamente quien ha pasado de la muerte a la vida, quien puede afirmar que su existencia ha cambiado y adquirido un nuevo sentido desde el momento que fue iluminada por la luz de la Pascua; quien ha experimentado que la fe en Cristo da sentido a las alegrías y a los sufrimientos e ilumina tanto los momentos felices como los tristes.

 Tratemos de preguntarnos: ¿Es la resurrección de Cristo un punto de referencia constante en todos los proyectos que llevamos a cabo, cuando compramos, vendemos, dialogamos, compartimos una herencia, cuando decidimos tener otro hijo…o pensamos que la realidad de este mundo no tiene nada que ver con la Pascua?

Quien ha visto al Señor no hace ya nada sin él.

Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Si nuestro corazón se abre a la compresión de las Escrituras, veremos al Señor”.

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Tiempo de CUARESMA

“Pasado el Sábado, al alba del primer día de la semana”… (Mt 28,1). Así comienza el relato de las manifestaciones del Resucitado en el día de Pascua. Por esto los cristianos han escogido para celebrar su fiesta seminal no el Sábado, como hacían los Judíos, sino al día siguiente, aquel que los Romanos llamaban día del sol. Muy pronto han comenzado a llamar de un modo nuevo a ese día: día del Señor. Se reunían para “partir el pan” (cf. Hech 20,6-12) y para repartir entre los hermanos necesitados lo que habían podido ahorrar durante la semana.

Al principio no existía la fiesta de Navidad ni las fiestas de la Virgen ni ninguna otra fiesta. Solamente existía la celebración semanal de la Resurrección del Señor. Pasadas algunas décadas, se sintió la necesidad de dedicar un día particular para conmemorar el acontecimiento más importante de la fe. Nació así la primera de las fiestas, la Pascua, el Domingo de los domingos, la Fiesta de las fiestas, algo así como la reina de todas las fiestas, de todos los domingos, de todos los días del año.

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Miércoles de ceniza – Año A (5 Marzo, 2014)

CUARESMA: TIEMPO DE AYUNO PARA ALIMENTARNOS DE LA PALABRA

Introducción

No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). Con estas palabras tomadas del Deuteronomio, Jesús rechaza la propuesta del maligno que le sugiere de empeñar todas sus energías y capacidades en producir pan.

El hombre tiene necesidad de alimento pero, justamente cuando se ha saciado, toma conciencia de que hay en él inquietudes más profundas.

Pensar que sea posible aplacar la necesidad de infinito y de lo eterno replegándose sobre la realidad de este mundo, es una dramática ilusión: la belleza se marchita, “niñez y juventud son efímeras” (Ecl 11,10); los bienes de este mundo prometen el paraíso en la tierra, pero después llega el momento en que son requisados o confiscados. Sabemos que todo va a terminar así, sin embargo nos parece natural continuar a confiar en las realidades efímeras para la realización de nuestra vida.

Cuando tomamos conciencia de la caducidad de este mundo y nos interrogamos sobre el sentido de nuestra existencia, cuando entramos en diálogo con el Señor, es entonces cuando realizamos el salto cualitativo que nos convierte realmente en personas. Para los musulmanes, justamente o no, quien no alza su mirada al cielo, quien no establece una relación íntima con Dios, no es persona.

  La búsqueda de alimento y de refugio, la pulsión instintiva de prolongar nuestra especie, la sed de placer, son “apetitos” que tenemos en común con los animales. Solo cuando experimentamos la necesidad íntima de otro alimento, es cuando se manifiesta en nosotros lo específico del ser humano. Consciente de ello, el profeta Amós anunciaba: “Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que enviaré hambre al país: no hambre de pan y sed de agua, sino de oír la Palabra del Señor (Am 8,11).

  La Cuaresma es un tiempo privilegiado para adentrarse en nosotros mismos, para hacer crecer lo divino que llevamos dentro de nosotros. Es el tiempo para escuchar la palabra de Dios. No es una escucha superficial, distraída, temerosa de que el mensaje penetre demasiado profundamente en la mente y en el corazón, provoque turbación y exija cambios radicales de dirección en nuestra vida.

 * Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

  Tu Palabra, Señor, es alimento para la vida que me has dado.

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LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR

TODOS LO ESPERABAN,
SOLO ANA Y SIMEÓN
LO RECONOCIERON

Introducción

¿Quieres ser feliz por unas horas? Emborráchate. ¿Quieres serlo por algunos años? Agarra los placeres que la vida te brinda. Lo sugiere el mismo Qohelet: “Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino…y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas todo lo que te dure esta vida fugaz” (Ecl 9,7-9).

Pero ¿Cómo ser feliz siempre?

La alegría no se identifica con el placer que, aunque querido y bendecido por Dios, es efímero, caduco y tantas veces desemboca en tristeza y desilusión. “También entre risas llora el corazón, y la alegría termina en aflicción” (Prov 14,13).

La Biblia garantiza una paradoja: la alegría verdadera y durable nace del empeño, de la renuncia, de la abnegación, del sacrificio y es compañera del dolor. “Ahora me alegro de sufrir por ustedes” declara Pablo a los Colosenses (Col 1,24). A los cristianos perseguidos, Santiago recomienda: “Hermanos míos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas” (Sant 1,2) y Pedro reconoce: “Ustedes…se alegran con gozo indecible y glorioso” (1 Pe 1,8).

¿Cuál es el secreto de esta alegría? Lo revela Jesús: “Más vale dar que recibir” (Hch 20,35). No es bienaventurado quien acumula y retiene egoístamente los bienes para sí, sino quien, repartiendo, se hace pobre para socorrer al necesitado.

Una propuesta desconcertante. Aceptarla es arriesgado, pero Él es la garantiza.

* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

 “Bienaventurado quien no retiene nada para sí y se hace pobre por amor”.   

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